Retrato del Papa a 9.000 metros de altura

Benedicto XVI es tímido en exceso y adverso a los protocolos. posee un fino sentido del humor y Es un amante de la música clásica. guarda en un ipod de 30 gigas sus piezas preferidas. Crónica de un viaje con el papa hacia Tierra Santa.
Retrato del Papa a 9.000 metros de altura

El 7 de mayo, un día antes de que Benedicto XVI partiera rumbo a Jordania para iniciar uno de los viajes más difíciles en lo que va de su papado, un sitio de internet simpatizante del grupo extremista Al Qaeda difundió un mensaje sombrío: el pontífice no era bien recibido en los territorios seguidores de las doctrinas del profeta Mahoma y por lo tanto el avión no despegaría de Roma.

La nave a la que se refería era el Pastor Uno, un Airbus 321 de Alitalia con capacidad para 185 pasajeros que usa el Papa en trayectos cortos y que saldría en la mañana del 8 de mayo del aeropuerto Fuimicino de Roma con destino Amman, el primero de una travesía de ocho días que incluía Israel y Palestina y en la que tuvieron cabida cerca de 50 periodistas del mundo entero y entre los cuales yo era el único latinoamericano.

La amenaza provocó cierta tensión, adicional a la que suscitó el propio viaje: la visita a una de las regiones religiosamente más convulsionadas del planeta. Pero no hubo más remedio que resignarse. Así nos lo explicó con serenidad uno de los miembros del anillo de seguridad del Santo Padre: "La protección que gozamos ni siquiera depende de este mundo".

Sin embargo, la fe fue reforzada con una exhaustiva requisa a los equipajes de los comunicadores, quienes tuvimos que describir en detalle desde las referencias y marcas de los equipos de trabajo hasta cuántos pares de medias llevábamos en nuestras valijas. El último en abordar fue Benedicto XVI, quien después de recibir los honores de despedida del gobierno italiano, se acomodó en su poltrona de primera clase en una zona reservada únicamente para él y su secretario privado, monseñor Georg Gaenswein.

El avión está distribuido en tres secciones: la primera clase, donde va el Santo Padre y su secretario; la zona business, en la que viajan los cardenales Tarcisio Bertone y Leonardo Sandri, el portavoz Federico Lombardi, miembros del primer anillo de seguridad del Papa, el camarógrafo y el fotógrafo oficiales, el médico personal de Su Santidad y otros invitados especiales del Sumo Pontífice; y finalmente la zona de turismo, la de los periodistas, fotógrafos y camarógrafos de diversas partes del mundo. La nave olía a nuevo, su decoración era sencilla y lo único fuera de lo común era que cada silla llevaba el escudo papal estampado en el apoyacabezas. Al mando de la tripulación iba el mítico comandante Alfonso Pacini, curtido piloto de Alitalia que acompañó al papa Juan Pablo II en la mayoría de sus 103 viajes.

Apenas el avión tomó una altura razonable, nos aliviamos al comprobar que las amenazas habían sido sólo eso. Sin embargo, dos cazas de combate F-16 de la Fuerza Aérea Italiana se apostaron a los lados del Pastor Uno para contribuir a que las oraciones por la seguridad del Papa fueran más efectivas. Hora y media después, justo antes de la primera rueda de prensa que Benedicto XVI nos concedería en pleno vuelo, ingresó de nuevo el cuerpo de seguridad a pasarnos una última revista. Segundos más tarde apareció sonriente el Papa, quien agradeció la presencia de los medios mundiales, incluido el canal Al-Jazeera, el de mayor audiencia entre los musulmanes.

El pontífice se mostró amable y tranquilo, respondió pausadamente las cuatro preguntas seleccionadas por el padre Lombardi que incluían temas tan espinosos como el conflicto en el Medio Oriente, el Holocausto y los acercamientos con el Islam y los judíos. Luego retornó a su silla, a la espera del aterrizaje.

Cuando los viajes son más largos, el Papa acostumbra caminar por los pasillos del avión para reactivar la circulación y a veces va hasta la zona de prensa y saluda espontáneamente. Siempre está en actitud amable y sonriente. No se le dificulta comunicarse con los periodistas, pues habla 12 idiomas y varios dialectos.

Lo primero que impresiona de Benedicto XVI es su cordialidad y su sencillez. Contesta él mismo su celular, aunque el número es un privilegio de muy pocas personas. Siempre mira a los ojos cuando habla. No es muy alto, pero a pesar de su edad es erguido y delgado y no muestra signos de cansancio. Tiene el pelo completamente blanco, pero no sufre de calvicie y sólo utiliza gafas para leer. Es un roble. Su jornada habitual comienza a las cinco de la mañana y termina a las once de la noche, y durante los viajes es incluso más exigente. Cuando lo conocí en el Vaticano y su secretario le dijo que yo era uno de los periodistas que lo acompañaría a Tierra Santa, dijo sonriendo, pero con firmeza: "Nos espera mucho trabajo".

Es conservador y elegante en su manera de vestir. Durante 23 años usó los diseños del mismo sastre y ahora, como Sumo Pontífice, rompió con la tradición y cambió la sastrería de los Gammarelli, la cual vistió a los papas en los últimos 200 años. Algunos le han criticado que sólo vista marcas finas, entre ellas zapatos rojos de Prada. Pero él los tranquiliza: son las grandes marcas las que se los regalan.

Tiene fama de ser serio y hasta antipático, pero la realidad es otra: es excesivamente tímido y, por su temperamento, evita los protocolos largos. Según el arzobispo colombiano Octavio Ruiz, vicepresidente de la comisión del Vaticano para América Latina, y quien trabajó junto a él por 13 años cuando el Papa era simplemente el cardenal Ratzinger, afirma que lo han querido caricaturizar de una manera negativa: "Nunca lo he visto alterado o discutiendo con alguien, tiene un sentido del humor muy fino y transpira una paz espiritual que conjuga muy bien con su afición por la música clásica".

De hecho, el Papa tiene una notable colección de discos, algunos de los cuales los tiene grabados en un iPod de 30 gigas en el que guarda su música preferida y programas en diferentes idiomas que se emiten por la cadena radial de la Santa Sede. Es, además, pianista virtuoso y seguidor de Mozart, a quien considera su compositor preferido. En sus pocos ratos libres suele tocar el piano que tiene en su apartamento privado, en el tercer piso del Palacio Apostólico, ubicado en la Plaza de San Pedro en el Vaticano (entre otras cosas, en ese mismo apartamento el Papa guarda una réplica de la Balsa Muisca que la Conferencia Episcopal Colombiana le obsequió cuando visitó el país, en su condición de cardenal, en 1978).

Los conciertos de música clásica se cuentan entre las pocas invitaciones que acepta con gusto. El otro plan que le encanta es cocinarles a los amigos, algo que, sin embargo, ha tenido que aplazar cada vez con más frecuencia. En el avión, su comida es más bien frugal y muy medida. Marco, el chef de Alitalia que conoce con exactitud el menú del Pontífice, le preparó en esta ocasión una ligera ensalada de frutas, suficiente para llegar a Jordania con buen ánimo.

A pocos minutos de aterrizar en Amman, tras cuatro horas y media de vuelo, la horda de afanados periodistas volvimos a nuestros asientos. Con el celular en la mano y las conexiones remotas de internet listas, esperamos impacientes la autorización para encenderlos e inundar el mundo informativo de las primeras reacciones del líder de los católicos antes de llegar a Medio Oriente como peregrino de paz en mitad de los ríos de sangre que ha ocasionado la intolerancia religiosa en Tierra Santa.

Apenas aterrizamos en el aeropuerto de Amman y mientras el rey de Jordania Abdalah II y su esposa Raina esperaban con pompas y música al Santo Padre, el avión papal se convirtió en una torre de babel que disparó páginas, imágenes y sonidos a diestra y siniestra a todos los medios del mundo acerca del acontecimiento: el momento histórico en que el Papa alemán pisó tierra musulmana.

En Israel y Palestina la ceremonia se repetiría, con otro protocolo, con otros anfitriones, siempre con la tensión del recibimiento hostil, pero con la convicción de que era un viaje necesario. El Papa retornó a Roma satisfecho. En medio del silencio que a veces se rompía en pequeños murmullos, los periodistas meditábamos sobre el balance que dejaba este agitado viaje. Mientras tanto, en su cabina personal, Benedicto XVI se dispuso a revisar el discurso del Ángelus del domingo. Por primera vez como pontífice, había pisado la tierra donde nació y murió Jesús. Y puede que haya sido la última.