Un historiador con buena mano

Jorge Orlando Melo, el reconocido historiador, cambió la rutina laboral para dedicarles más tiempo a la música, a las plantas y al amor. Ideas bien plantadas.
Un historiador con buena mano

Todo le gusta a Jorge Orlando Melo. Usar la pala, sembrar las semillas y regarlas con agua. Incluso disfruta el proceso completo desde el comienzo y la pasmosa lentitud con que crecen: "Me gusta ese cambio. Es sorprendente ver las transformaciones luego de los años y es un regalo maravilloso que finalmente la vida te dé la oportunidad de observarlas. Es como derrotar un poco el paso del tiempo".

Su afición no nació por casualidad ni fue fruto del ocio del retiro laboral, del que goza desde 2005 cuando se jubiló de su cargo como director de la biblioteca Luis Ángel Arango.

En el caso de este historiador, su amor por las matas fue heredado de sus padres, unos señores que durante 30 años se dedicaron con esmero a las labores de siembra de jardines y árboles: "Mi mamá era obsesionada con tener matas extrañas, sembró orquídeas y llegó a tener cerca de mil". También tuvo toda clase de flores y de frutales. Incluso los aguacates que come siguen saliendo de esa finca. Junto a su madre aprendió a disfrutar de una afición que, según dicen, es una de las más gratificantes y relajantes de la vida.

En algún momento, en una casa que tenía en Villa de Leyva, Jorge Orlando se dedicó a sembrar un jardín que floreció a pesar de la aridez propia del lugar. Al final, luego de mucho luchar y trabajar, logró crear un espacio verde con árboles y buganvilias florecidas: "Ese fue un ejercicio casi de testarudez".

Con mayor razón, cuando la profesión le ha dejado más tiempo libre, las matas siguen uno de sus principales afectos. En su apartamento aprovecha las terrazas, pero también el antejardín del edificio, para dar rienda suelta a su espíritu de cultivador. Le gusta coleccionar pasifloras, una especie de enredaderas que la expedición botánica de Mutis clasificó en cientos de clases y que él, con paciencia, espera ver crecidas en algún momeue goza desde 2005 cuando se jubiló de su cargo como director de la biblioteca Luis Ángel Arango.

En el caso de este historiador, su amor por las matas fue heredado de sus padres, unos señores que durante 30 años se dedicaron con esmero a las labores de siembra de jardines y árboles: "Mi mamá era obsesionada con tener matas extrañas, sembró orquídeas y llegó a tener cerca de mil". También tuvo toda clase de flores y de frutales. Incluso los aguacates que come siguen saliendo de esa finca. Junto a su madre aprendió a disfrutar de una afición que, según dicen, es una de las más gratificantes y relajantes de la vida.

En algún momento, en una casa que tenía en Villa de Leyva, Jorge Orlando se dedicó a sembrar un jardín que floreció a pesar de la aridez propia del lugar. Al final, luego de mucho luchar y trabajar, logró crear un espacio verde con árboles y buganvilias florecidas: "Ese fue un ejercicio casi de testarudez".

Con mayor razón, cuando la profesión le ha dejado más tiempo libre, las matas siguen uno de sus principales afectos. En su apartamento aprovecha las terrazas, pero también el antejardín del edificio, para dar rienda suelta a su espíritu de cultivador. Le gusta coleccionar pasifloras, una especie de enredaderas que la expedición botánica de Mutis clasificó en cientos de clases y que él, con paciencia, espera ver crecidas en algún momento; y en el antejardín ha sembrado cidrón, menta, yerbabuena, albahaca, perejil, un árbol de papayuela y unos lulos que comparte con todos sus vecinos. Su avidez ha sido tan grande que se animó a plantar, junto a la quebrada que pasa por la calle de su casa, un yarumo, un sauce, un caucho, un plátano y una mata de salvia para atraer a los colibríes.

Esa dedicación con que se ha consagrado al cuidado de sus plantas es la misma que lo ha caracterizado durante toda su trayectoria profesional, desde cuando decidió embarcarse en la formulación del Plan Nacional de Lectura y Bibliotecas, y luego cuando aceptó la dirección de la Luis Ángel Arango, la biblioteca del Banco de la República más importante del país y que hoy, gracias a su esfuerzo, es la más visitada de América Latina.

Gracias a un trabajo de años, los resultados no sólo se ven en la biblioteca sino en todo un interés de la administración pública por convertir a Bogotá en la ciudad de habla hispana con un uso mayor de bibliotecas: "A mí me encanta ver que las cosas funcionen. Muchos de los proyectos en los que me he metido en la vida son de paciencia, no de un día para otro". Dentro de esas obsesiones está, por supuesto, seguir impulsando las bibliotecas escolares, un vacío que sigue causando estragos en la educación colombiana.

Los días de retiro se le van a Jorge Orlando en muchos temas, demasiados para su gusto: "Siempre he sido un poco disperso. ¡Es que me han interesado cosas tan distintas!". Ya sea dedicado a sus libros, a las conferencias sobre personajes literarios o históricos, al piano que aprendió a tocar desde niño cuando estudiaba en el conservatorio de Medellín, a las tertulias con amigos o a sus plantas. Dice que no le queda tiempo para aburrirse. Después de todo se las ingenia para tener ocupados su mente y su espíritu, siempre tratando de descifrar ese gran misterio que es la vida.