Almirante (r) Gabriel Arango Bacci: "Dios me dio la mano".

Luego de una dura batalla legal por demostrar su inocencia contra la acusación de estar vinculado con el narcotráfico, el ex militar de alto rango logró su cometido, que la Corte Suprema de Justicia lo declarara inocente.
Almirante (r) Gabriel Arango Bacci: "Dios me dio la mano".

¿Cómo entró y salió del infierno en 18 meses? Parte de victoria y recuerdos en carne viva.

Cuando tenía 10 años se subió sin permiso al jeep Willys modelo 52 que su abuelo Nicodemo Bacci parqueaba, siempre que iba a almorzar, frente a la casa, en una calle empinada de la Barranquilla de su niñez. El juego al volante terminó con el alboroto del vecindario por el choque del carro de don Nicodemo tras rodar pendiente abajo hasta dar contra el carrito ambulante de la cuadra, produciendo una inusual explosión de avena y galletas de avena por todas partes. Esa vez fue sorprendido in fraganti pero no hubo castigo.

Hoy, 46 años después, le pasó todo lo contrario. Sin ser culpable, fue castigado con su retiro de la Armada y su confinamiento en un batallón durante 18 meses, acusado de tener vínculos con el narcotráfico, hasta que la Corte Suprema de Justicia lo absolvió de toda culpa.

Gabriel Arango Bacci, el niño orgulloso de su apellido italiano, el nieto del dueño del legendario almacén Liberty, en La Arenosa, el hijo del que fuera alcalde de Barranquilla, Federico Arango Valencia, y el huérfano de padre a los 14 años, es ahora un ex militar reivindicado con la vida y devoto ferviente del Señor de los Milagros, después de demostrar que no es un villano.

Tres días después de que la Corte declarara su inocencia, fuimos a su encuentro como hombre libre y, sobre todo, libre de toda sospecha. La cita era en la Escuela de Infantería, al norte de Bogotá, lugar de su confinamiento, más exactamente en el bar, frente al alojamiento de oficiales donde pasó 18 meses de zozobra, atrincherado en su batalla legal, con la ayuda de su esposa, Catalina Jiménez Isaza, y su abogado, Jaime Granados Peña.

Llegamos puntuales como se debe llegar a una cita militar. Sin embargo, tuvimos que esperar 45 minutos antes de que el almirante llegara. No sabía cómo disculparse, se acababa de bañar y un pedazo de papel sobre su labio secaba la sangre de una afeitada de afán.

–¡Mil excusas! Cuando llegué aquí me levantaba a las cinco de la mañana, pero terminé levantándome a las ocho y media. ¡Qué pena con ustedes!

El lugar de la entrevista, el bar de oficiales, con sus bultos de arena, su tela de camuflaje y apariencia de búnker, es perfecto para escenificar el fin de una guerra, la suya. Todavía hay ansiedad en su rostro y en sus palabras a la hora de hablar sobre su pesadilla.

¿Después del fallo de inocencia de la Corte, volvería a vestir uniforme?

Si me lo permite el Presidente de la República, yo volvería para decirle al país “aquí estoy, soy inocente”.

¿Qué es lo que extraña de su uniforme?

Era como mi segunda piel. Desde los 17 años estoy vistiendo el uniforme de la Marina y hoy tengo 56. Extraño mis 21 condecoraciones en el pecho.

¿Y esa medalla qué carga ahora de civil?

Esta es la medalla del Señor de los Milagros. Es la condecoración que más me llena, la que no dejo en ningún lado. Es la que he llevado a todos los juicios.

Cuando perdió sus privilegios de contraalmirante ¿cuál fue la primera cosa de que se vio privado?

Yo vivía en un apartamento autorizado por la junta directiva de Cotecmar, como presidente de los Astilleros de la Armada, nombrado por el propio almirante Barrera. Entonces mi primera preocupación cuando llegué a Cartagena fue la vivienda, porque los oficiales, a partir del momento en que pasamos a retiro, tenemos derecho, si estamos viviendo en casa fiscal, a quedarnos tres meses mientras uno se organiza, porque de un momento a otro queda uno en la calle.

Pero este no era el caso, esa no era vivienda fiscal.

No era vivienda fiscal. Una de mis grandes preocupaciones fue ahora qué hago si estoy en este apartamento, que es pagado por la empresa. Tengo un apartamento en Cartagena pero estaba alquilado en ese momento, entonces pedí una reunión con la junta de Cotecmar para que me dejaran un mes más en el apartamento y la tristeza más grande fue que la mayoría de mis compañeros de la Armada de toda la vida dijeron que no.

¿Adónde se fue a vivir?

Asumí de mi propio bolsillo el arriendo del apartamento durante un mes más mientras buscaba para dónde irme. Afortunadamente, al mes, un gran amigo en Cartagena, Antonio Porras, me prestó un apartamento durante nueve meses. Un amigo en las buenas y en las malas. Allá me dictaron medida de aseguramiento.

Almirante, ¿usted de dónde es?

De Barranquilla, hijo adoptivo de Cartagena, porque yo he vivido más tiempo en Cartagena.

¿Sus padres viven?

Mi padre no, yo quedé huérfano de padre muy joven, a los 14 años. Mi madre, Beatriz Bacci, vive en Barranquilla. La pobrecita sufre de Alzheimer, pero no dejo de darle gracias a Dios de que no se hubiera dado cuenta de nada, porque yo era el orgullo para ella. De verme acusado de narcotráfico se habría muerto.

Si usted fuera el comandante de la Armada, ¿cómo habría manejado la situación?

¿Si yo fuera el almirante Barrera?

Sí, si cambiamos los papeles por un momento, ¿usted qué habría hecho?

Habría llamado a ese almirante para mostrarle el recibo en el momento en el que apareció. Le habría dicho “¿Esto qué es?”. Porque es que la lealtad es decirle al tipo “¿esto qué es?”. Si él me lo hubiera dicho le habría contestado “hombre, investigue, mándelo adonde usted quiera a ver si le certifican eso”, pero es que ni siquiera me dieron la presunción de inocencia. Me retiraron con el recibo escondido.

¿Era una factura por 115.000 dólares?

Bueno, yo no sé si era una factura, no sé si se le pueda llamar factura o no a un recibito hecho en una impresora normal y donde estaba la huella mía. Decían que “el señor de la herradura” me pagaba 115.000 dólares por abril, mayo y junio, los meses en que estaba dedicado 24 horas a los Juegos Centroamericanos y del Caribe en Cartagena.

¿Cuándo se entera del recibo?

Me enteré de ese recibo con esa huella cuando me reuní con la periodista María Isabel Rueda, ella fue la que me dijo que le habían ido a mostrar las pruebas contra mí sin antes haberlas mandado para la Fiscalía. ¿Cómo es eso posible? Fui retirado por una duda y lo peor de todo es que los veredictos que dieron irresponsablemente los señores del DAS salieron así en la televisión. El tipo dijo: “A mí nunca me preguntaron que dijera si era la huella del almirante puesta directamente, a mí me preguntaron que si esa huella era de él o no… y yo soy dactiloscopista, el que dice si es una huella igual a la otra, no si es puesta directamente con el dedo o no”.

¿Dieciocho meses de encierro perdidos?

Privado de la libertad sin haber hecho absolutamente nada de los cargos que me imputaron, pero no fueron perdidos porque fueron 18 meses en los que me dediqué a reflexionar sobre una cantidad de cosas, estudié, hice unas grandes amistades aquí en la Escuela de Infantería del Ejército de Colombia y experimenté un crecimiento espiritual muy grande.

¿Usted es creyente?

Cuanto más dura se me ponía la situación, más decía: “Cumplo tu voluntad pero no sueltes mi mano, aquí estoy para hacer tu voluntad pero no sueltes mi mano”. Dios me dio la mano. Además de un abogado, tuve apoyo aéreo.

¿Qué pasó con su familia?

Tenemos una nana que lleva 20 años con nosotros, recibió a mis tres hijos primero que yo, se llama Amparo González y no tengo cómo agradecerle. Ella se quedó en Cartagena sola durante todo este tiempo con mi hija Camila, de 6 años, mientras mi señora, Catalina, me acompañaba, y mis dos hijos, Nicolás y Alejandro, continuaban estudiando en Bogotá.

¿Qué le dijo por teléfono a su hija Camila todo este tiempo?

Que su papá estaba haciendo un trabajo en Bogotá y que ya estaba terminando, pero llegó un momento en que ella me comenzó a decir: “Todos los trabajos tuyos me han gustado, pero este ya no me gusta porque llevas mucho tiempo lejos”. De las grandes satisfacciones es haberle podido decir hace tres días que su papá terminó el trabajo y que va para allá a pasar la Navidad.

¿Nada del escándalo llegó a los oídos de su hija?

Teniendo 5 años, cuando se vino toda la cantaleta por radio y televisión de la huella y la huella del almirante, de un momento a otro me dijo: “El almirante Arango puso mal la huella”. Yo casi me voy para atrás.

Ya con la tranquilidad de la inocencia y aparte de perder la libertad por 18 meses ¿qué más perdió?, ¿amigos?

Esa es una de las cosas que hemos hablado con mi mujer, que los falsos amigos son como las sombras porque cuando el sol brilla todo el mundo está contigo, pero cuando deja de alumbrar las sombras desaparecen. Perdí personas que creí que eran amigos míos.

Antes de la acusación ¿cuál era su relación con el almirante Barrera?

Era una relación muy buena, de compañerismo y de respeto. Antes de que, de un momento a otro, me dijeran que debía pasar a retiro, él había estado en mi casa almorzando con su familia... y yo inocente de todo lo que estaba pasando.

¿Después qué pasa con esa relación?

Pues no lo volví a ver. Bueno, sí lo volví a ver en el Club de la Fuerza Aérea, el 18 de junio del año 2007, cuando me dijo que lo esperara para que habláramos de un asunto, después de una reunión con el ministro Santos. Fuimos a un saloncito donde estaban unos seis o siete oficiales más antiguos que yo, y me dijo: “Bueno, almirante Arango, a partir de ahora debe pasar a retiro”.

¿Se veía venir algo así?

¡Jamás! Yo le dije: “¿Se puede saber por qué?”. Y él respondió: “Decisión del Gobierno”. A mí me pareció supremamente extraño y doloroso que, si yo acababa de hacer unos Juegos Centroamericanos que fueron un éxito rotundo, hasta el Presidente me felicitó, de un momento a otro me retiraran por decisión del Gobierno.

¿Usted qué hizo?

Mucha gente se pregunta por qué yo me fui sin decir nada. Lo que pasa es que cuando uno es almirante o general uno tiene que estar preparado para que le digan “muchas gracias, hasta aquí llega usted”. Porque no todos podemos llegar a la cima, esto es un asunto piramidal, abajo la base es muy grande pero arriba solamente llega uno. Lo que no sabía era que había un recibo por debajo.

¿Esa noche qué pasaba por su cabeza?

Esa noche casi no duermo, dormiría dos horas y con una serie de sobresaltos tremendos porque pensaba ¿qué pasó, yo qué hice? Al día siguiente muy temprano llamé a mi señora Catalina a Cartagena y le dije que había pasado a retiro. Ella me respondió: “Vamos para delante, en algún momento nos tendría que llegar esto”. Me dediqué a hacer los papeles del retiro. Pero al poco tiempo, personas cercanas a la Armada me dijeron que había un rumor generalizado de que yo había salido por narcotráfico.

¿Cómo reaccionó usted?

Yo pedí una audiencia, no una sino tres veces, con el ministro Santos para preguntarle por ese rumor. No fue posible porque el ministro dijo que él no podía recibir a todas las personas que se retiraban. Me dolió profundamente porque una persona que le dedica 37 años de su vida al Ejército de pronto se merece que el ministro de Defensa lo reciba cinco minutos. Pero bueno, en vista de que no me recibió, le pedí una audiencia al comandante de la Armada, al almirante Barrera. Él me dio la audiencia en Cartagena. Allá nos reunimos con el inspector de la Armada, en ese momento el almirante Parra, y le dije: “Mire, la reunión es muy corta, solamente quiero preguntarle si hay algún indicio o alguna investigación contra mí por narcotráfico”, y él me respondió que no, que contra mí no había nada.

Entonces, ¿cuándo estalla todo?

Cuando el ministro Santos, en una rueda de prensa, le preguntan qué pasó con el almirante Arango, él dice: “Lamentablemente tengo que decir que el almirante Arango fue retirado de la institución. Hay una investigación por narcotráfico, pero no digo más para no entorpecer la investigación”. ¡Ahí fue Troya! Comenzó a llamarme hasta el gato y yo no tenía ni idea. Extrañamente a los ocho o diez días de haber dicho eso el ministro, el almirante Barrera dio la orden de mandar el recibo para la Fiscalía.

¿Cómo así?

El recibo estuvo en Contrainteligencia marzo, abril, mayo, junio, julio, y en agosto, cuando se armó el escándalo por lo que dijo el ministro Santos, el almirante Barrera dio la orden de enviar el recibo a la Fiscalía. El fiscal Mario Iguarán ordenó abrir la investigación de oficio porque no hubo una denuncia contra mí. Él ni siquiera me dio la presunción de inocencia ni me oyó en una declaración libre y espontánea, sino que me vinculó directamente al proceso.

¿Qué hizo entonces?

Enseguida me vine con mi señora para Bogotá, donde el doctor Jaime Granados Peña. Él nos aceptó y me dio una excelente tarifa porque no soy una persona adinerada. Me dijo que mientras yo estuviera privado de la libertad él no me cobraría, había que pagar algunos gastos de la oficina y de algunas otra cosas, pero él como abogado en estos 18 meses no me cobró y tampoco habría tenido con qué pagarle porque en esos pocos meses se me fueron los ahorros, aunque todo vale una buena defensa.

¿Cómo van sus cuentas?

He perdido de mis ahorros, como 240 millones. Tal vez no suene que sea mucho pero para mí era la plata que tenía para la educación de mis hijos.

¿Alguna vez le pasó por la cabeza que lo podían enredar por su oficio?

¡Jamás!, porque mi especialidad en la Armada era técnica. Soy ingeniero naval y los ingenieros no hemos ocupado los cargos altos en la Armada desde hace muchos años y menos el cargo de comandante. El único cargo operativo que tuve me lo dio el almirante Mauricio Soto, para que pudiera cumplir algunos requisitos y poder ascender; fue como comandante en San Andrés y de ahí me salió todo este asunto. Allá me inventaron todo. Para decirlo vulgarmente, “me agarraron con los calzones abajo” porque no me imaginé nunca que me iban a hacer esto.

¿Tiene alguna explicación a lo que le pasó?

Sé que fue un complot para hacernos daño a mi familia y a mí. Yo tengo dos hipótesis: una, que fue una jugada del narcotráfico contra la Armada por ser una de las fuerzas que le ha dado los más grandes golpes en estos últimos años; y dos, es muy probable que haya habido rencillas dentro de la institución de los que estaban llegando arriba conmigo, para sacarme de la línea de mando.

¿Podría estar en competencia para la Comandancia de la Armada?

Yo no lo puedo decir, pero pensaba que con lo que había hecho, con mi hoja de vida, podía aspirar. Lógicamente, hay unos que dicen que yo no podía por esto o por aquello, pero yo aspiraba.

¿Leyó mucho estos 18 meses?

Siempre he leído.

¿Qué está leyendo?

Uno que se llama Cómo perdonar cuando no sabes cómo hacerlo, de Jacqui Bishop y Mary Grunte.

¿Y qué aprendió?

Cómo no llenarse de odio, cómo no llenarse de resentimiento, cómo transformar ese dolor que uno tiene en amor hacia afuera.

Y después del fallo de la Corte, ¿qué viene para usted?

He quedado lesionado económicamente y tengo que declararme ávido buscador de trabajo en la web.

¿Ha pensado en una indemnización?

He hablado con mi abogado y no lo descarto.

¿Es suficiente con su inocencia o usted quiere más?

No, yo quería demostrarles a mi familia, a mis hijos, a los colombianos, a mi país y a mi institución que el almirante Arango era inocente, que jamás tuvo una actividad fuera de la ley.

¿Hay algo que perdió y que el tiempo no le va a devolver?

Estos 18 meses lejos de mi hija Camila.

¿Cuál es la gran enseñanza para usted de todo esto?

La gran enseñanza es que uno no puede ser tan confiado en la vida. Creí que la gente es tan buena como la pintan y uno no puede ser así de confiado.

¿Y en quién no debió confiar?

Hay un nombre, pero no se lo voy a decir.

Temas relacionados