Francisco Santos "Siempre digo lo que me da la gana"

Desde el corredor grita que ya llegó, en su oficina vuela la corbata, salen los zapatos y aterriza en el sofá. A punto de completar dos períodos con Uribe y a un año largo de dejar la Vicepresidencia, eso cree, Francisco Santos no parece un político, sigue siendo Pacho, un hombre impulsivo, un ex secuestrado agradecido, un santafereño resignado, un adicto al Black Berry y un coleccionista de Tin Tin. Sin reservas ni rodeos.
Francisco Santos "Siempre digo lo que me da la gana"

¿Su secuestro todavía lo pone a pensar?

No, ya no, yo asumo, absorbo, digiero y sigo para adelante sin meterle carreta al cuento.

¿Qué le queda de esa experiencia?

Le soy sincero, se lo digo así, cambió mi vida porque creé País Libre, porque a partir de País Libre hice las marchas, porque a partir de las marchas las Farc me exiliaron, porque yo no sería hoy vicepresidente de Colombia si no me hubieran secuestrado.

¿Le pidió o no le pidió al Presidente la Vicepresidencia?

Vea, yo he sido muy respetuoso y lo seguiré siendo siempre hasta el fondo de mi relación con el presidente Uribe. Por eso sobre ese tema prefiero dejarlo pasar y decir que independientemente del origen, yo creo que esta ha sido una fórmula ganadora que ha funcionado.

¿Es en lo único que no se han podido poner de acuerdo?

No, hay otras cosas en las que de pronto tenemos diferencias. Sin embargo, creo que la relación política y humana que tenemos es tan importante para el país y, por lo menos, para mí y para mi familia, que ese tema es anodino.

Cambio la página. ¿El secuestro le dejó alguna pesadilla?

Sí. La tuve por ahí unos dos o tres años. Me acuerdo que estaba encadenado a una cama y yo vivía mirando para arriba, y miraba el techo que era como de tablones de madera, que yo contaba de ida y vuelta, y como en el tablón número 51 había un chicle pegado.

¿Pero esa era la pesadilla?

No, esa era la realidad, la pesadilla era que cuando yo estaba dormido durante el secuestro, soñaba que abría los ojos y no estaba ese techo sino el techo blanco de mi casa y me entraba la alegría y abría los ojos y ahí estaba el chicle pegado. Y cuando salí del secuestro me pasaba lo contrario, soñaba que me despertaba y veía el chicle y me despertaba ahogado, con angustia.

Siendo uno de los protagonistas, ¿cómo así que no leyó Noticias de un Secuestro?

No, no lo he leído, mire, no sé, le soy sincero, no sé, no sé si es una tara, no sé si necesitaré psicoanálisis profundo para saber por qué, pero no, no puedo, no lo he leído.

¿Ha tenido el libro en la mano?

Lo he tenido ochenta veces y nunca lo he leído.

¿Pero qué es lo que siente?

No es sensación de dolor ni de rechazo, de pronto es ¿sabe qué? Vea, yo ya lo viví, yo ya sé lo que es, entonces para qué lo leo.

¿Y Gabo lo sabe?

No sé, no sé, no creo. Gabo es un ser humano tan especial que estoy seguro de que entiende eso más que nadie.

¿Ha leído los libros de los secuestrados liberados?

Ni uno. Y los tengo todos.

¿Por qué? ¿Viene de su condición también de secuestrado?

No sé. ¿Sabe? Vea, bueno, me leí uno, porque quería entender la mentalidad de las Farc, fue el de Fernando Araújo, aunque toda su parte íntima nunca la leí. Yo creo que el secuestro trastorna tanto la realidad de la familia, del individuo, que lo que uno escriba tiene un lente que distorsiona la realidad, los sentimientos. Tanto es así que escribí un jurgo durante los siete meses de mi secuestro y una noche empecé a leer y dije este no soy yo, y lo destruí todo.

¿Qué lo motivó a escribir?

En un secuestro acaba uno apreciando los pequeños pedazos de intimidad que uno tiene, que son poquiticos.

¿Entonces la intimidad eran sus escritos?

La intimidad era mis pensamientos, era mi escritura.

¿Era un Pacho triste, gris?

He sido una persona inmensamente libre, siempre he dicho lo que me da la gana, sin importarme los costos, y ahí empecé a ver barreras, empecé a ver y dije esa no es mi voz, yo no diría eso, yo sería mucho más agresivo, entonces destruí todo. Fue un proceso extraño, duré como dos semanas destruyendo mis tres cuadernos. Comencé a ir más a menudo al baño y arrancaba cuatro o cinco páginas y las rompía en pedacitos y los echaba en la taza envueltos en el papel higiénico, por temor de que pensaran que estaba mandando señales afuera.

¿No hay que escribir por el temor a ser mal interpretado?

Exacto, porque por más fiel que uno sea a lo que uno escribe, en un entorno tan hostil, tan difícil y tan complejo genera una distorsión que puede que venda libros, pero que no se compadece ni con la realidad, ni con el sufrimiento, ni con los demás.

Bueno, otra cosa que pasó durante su secuestro fue que su hermana Juanita se casó de nuevo, ¿cómo vio eso?

¡Guuuuau! ¡Qué pregunta tan difícil! A veces me traían periódicos y preciso recibí la página en la que salía la foto del matrimonio... ¡Me dio una rabia! Uno por dentro dice, claro uno aquí pudriéndose, encadenado a una cama y los otros felices, y esa fue la sensación de rabia, tanto que lo primero que hice cuando volví fue hacerle el reclamo.

¿Tema superado?

Ha sido superado ampliamente. Después de la liberación uno ya se da cuenta de que en el fondo era una pendejada, de que la que tenía razón era ella: su marido había muerto con la bomba en el avión de Avianca y quiso rehacer su vida.

Cambiemos de tema. ¿Le hace falta El Tiempo?

Estuve antier y por primera vez, le soy sincero, sentí un poco de nostalgia.

¿Hace cuánto no iba?

He ido poquitico, yo creo que en estos siete años he ido dos veces.

¿Y cómo ve todo lo que ha ocurrido en el periódico?

Pues lo veo como algo normal, los medios de comunicación impresos hoy no sobreviven si no son parte de grandes grupos. Si no existiera esa alianza con Planeta, las perspectivas de El Tiempo habrían sido muchísimo peores, porque no existen los recursos para sobreaguar los momentos que se vienen, que van a ser muy difíciles, y sobrevivir a los nuevos momentos del periodismo que todavía están por llegar y que ninguno de nosotros sabe cómo van a ser.

¿Le gusta El Tiempo como lector?

La información es de una ligereza inmensa pero no sólo en El Tiempo, en todos los medios. He dejado de leer mucho los periódicos y las revistas.

¿Por qué?

Por una razón, porque por aquí pasa tanta información que uno cuando lee algo dice no puedo creer que no hayan ido ni a esta fuente ni a esta fuente que son fuentes absolutamente abiertas. Ve uno una cosa muy pandita que le hace mucho daño, no sólo al periodismo sino a lo que el periodismo genera, que es la toma de decisiones.

¿Cómo fue su salida?

El Tiempo es mi casa, mi familia, mi historia, pero cuando yo salí del país en el año 2000, El Tiempo me siguió pagando mi salario de jefe de redacción hasta el año 2001 cuando nombraron a Rodrigo Pardo.

¿Y qué le dijeron?

Yo no sé qué decisión fue pero me dijeron mire usted ya no vuelve. Lo mío ha sido un desprendimiento de mucho antes, no sólo fue lo de la Vicepresidencia.

¿Literalmente, lo echaron?

No, no, no fue una echada pero entendí, yo era una persona muy costosa para el periódico, ya me había mantenido afuera un año largo, estaba apenas escribiendo una columna y ellos ya tenían un nuevo editor. Tienen difíciiles, y sobrevivir a los nuevos momentos del periodismo que todavía están por llegar y que ninguno de nosotros sabe cómo van a ser.

 

 

¿Y qué le dijeron?

Yo no sé qué decisión fue pero me dijeron mire usted ya no vuelve. Lo mío ha sido un desprendimiento de mucho antes, no sólo fue lo de la Vicepresidencia.

Usted cuando aceptó la Vicepresidencia dijo que nunca volvería al periodismo. ¿De verdad no va a volver?

Yo lo que dije fue que no volvía al periódico, no sé si al periodismo, entre otras porque hoy con lo que sé, creo que mi capacidad de añadir valores y mantener informaciones es infinitamente superior a lo que era hace seis años. Por aquí no sólo conoce uno cómo se mueven los hilos del poder, cómo es el engranaje del Estado, sino también conoce uno el país y si hay algo deficiente en Colombia, es que muchos de los periodistas de Colombia no conocen el país.

Le queda más de un año largo, ¿no?

Sí, un poquito.

¿Cree que esto se alargue?

Huy, mire, no tengo ni idea, pero además la única persona que no puede hacer planes es el Vicepresidente y hay una razón fundamental: su función número uno es reemplazar al Presidente en caso de una ausencia temporal o permanente. Lo único que he hecho, con toda disciplina y conciencia es prepararme por si –Dios no lo quiera– se presenta una eventualidad.

Después de la Vicepresidencia, ¿qué?

Lo primero es descansar un tiempo largo, luego leerme unos quinientos libros que no he leído y que tengo guardados. Qué rico levantarme el 8 de agosto y decir bueno, ya quedé desocupado.

¿Negocios, periodismo, memorias?

Lo único que sé es que es una lástima no haber escrito las memorias porque he debido arrancar estos años tomando notas, porque eso requiere una disciplina de anotar, requiere una disciplina de estar uno como escribiendo impresiones y no lo hice, entonces creo que escribir memorias desde la memoria me parece un error, sobre todo memorias de gobierno.

¿Su señora y sus hijos qué dicen?

Me dicen que ni pu’el diablo vaya a continuar.

¿Continuar en la política o en la Vicepresidencia?

En la Vicepresidencia y en la política, ellos han pagado un costo muy alto. Mi hija Carmen y mi hijo Pedro, los menores, llegaron de cinco y seis años, entonces no saben lo que es la libertad, montarse en un bus de colegio, o sea su vida fue totalmente distinta y salen ya de 16 y 17.

¿Fatiga de escolta?

Fatiga de escolta, fatiga de la falta de independencia.

Algo que le guste mucho, pero que definitivamente para eso ya lo dejó el tren...

Mierda, no había pensado, qué pregunta tan jodida. Siempre pensé que algún día lograría estar en el estadio El Campín y ver a un hijo mío salir con el uniforme del Santa Fe, eso nunca me va a pasar y lo soñé muchas veces.

También quiso ser jugador de futbol.

Hubiera querido ser futbolista, lo juro. Me acuerdo una vez que le dije a mi papá que quería jugar y él me dijo qué bueno y al otro día no fui al colegio y me fui a Santa Fe a entrenar. Al día siguiente igual no fui al San Carlos y llamaron del colegio a mi casa y dijeron: oiga, su hijo lleva dos días sin venir, ¿qué es lo que pasa?

¿Y hasta ahí llegó?

Mi papá me dijo: ¡Imbécil! ¿Usted cree que yo no lo voy a obligar a ir al colegio? Y hasta ahí llegó. Yo era buen jugador, un centro delantero rápido, lo que pasa es que era asmático, y en ese entonces no había el spray.

¿Y usted qué le dijo a su hijo Benjamín cuando le dijo que quería ser futbolista?

Que le diera, que yo lo apoyaría en lo que pudiera.

¿Y cómo le fue a su hijo?

Creo que le fue bien, vivió un año en Barcelona, jugando de enganche o de número 8 con un equipo de cuarta o quinta división del Español. Dormía en un apartamento muy chiquito donde vivían veinticinco jugadores con un solo baño; después estuvo en Argentina con Vélez como ocho meses, yo nunca quise vender el pase y creo que ese fue mi error, si lo hubiera vendido él habría llegado. Después estuvo aquí en Santa Fe en segunda división un par de años, se lesionó y dijo: yo más bien arranco a estudiar.

¿Cuánto duró todo eso?

Yo creo que de los doce, trece hasta los dieciocho años. Sacrificó toda su juventud.

¿Era el sueño de su hijo o era de esos sueños obligados de los papás?

No, yo siempre le dije que podía salirse cuando quisiera y siempre le preguntaba si creía que era suficientemente bueno para llegar; también les preguntaba a los técnicos y decían que era muy bueno.

Y con su Santa Fe del alma, ¿qué vamos a hacer?

Seguir sufriendo.

¿Es un masoquismo ya aceptado?

Es un masoquismo adorable y es una delicia. Es parte del menú, como la sopa que se toma Mafalda.

¿Cómo mejorar el futbol colombiano?

Democratizándolo, haciendo lo que hizo Colo Colo de Chile, que fue volverlo empresas serias que coticen en bolsa y cuyos rendimientos económicos estén directamente ligados a los rendimientos deportivos. Mientras sean unos clubes deportivos que no le responden a nadie ni a nada, vamos a seguir igual.

¿Usted sabe de quién es Santa Fe?

Hoy en día no, no tengo ni idea.

¿Habría que empezar por eso?

Por eso y no sólo Santa Fe, Millonarios... En la mayoría de clubes hay un grado de informalidad que es aterrador.

¿Qué hace para escapar de la rutina, tiene un hobby?

Veo series de televisión. Hay una que me encanta que se llama Boston Legal, son unos abogados que dicen todas las barbaridades y confrontan la visión normal de las cosas.

Un vicio. ¿Fumar?

No, lo dejé. Ya llevo sin fumar dos meses. ¿Sabe qué se está volviendo un vicio y es grave?

¿Qué?

El Black Berry.

¿Un sueño por realizar?

Me gustaría montar un bar para poner la música yo mismo y tomar traguito, que es otra cosa que es muy sabrosa. Soy un DJ de primera.

Una frase de su papá que siga vigente.

“No pasa nada”. No es que no pase nada, sino que todas las cosas tienen solución, y que la angustia profunda que le genera a uno no verle la salida a los problemas es quizás el problema mayor.

¿La Alcaldía de Bogotá le suena?

Me parece un cargo fenomenal, lo que pasa es que la transformación que hay que hacer es tan grande y tan impopular que no sé si algún día me aceptarán los bogotanos.

¿Qué tanto es lo impopular?

Hay que transformar la manera como la gente se mueve en la ciudad y eso implica unos costos inmensos en materia de transporte público.

¿Resultó más peñalosista que Peñalosa?

Yo creo que en muchas cosas soy más peñalosista que Peñalosa.

Mejor dicho, quemaría Roma.

No toda, pero sí una parte.

¿Qué ganó y qué perdió como Vice?

Gané conocimiento y perdí un poco de objetividad.

¿En qué cree?

En la bondad, la generosidad y la capacidad del ser humano.

¿Cree en Uribe?

Sí, totalmente.

¿A ciegas?

Sí.

¿Hasta cuándo ?

Yo creo que hasta siempre.

¿Se ha puesto a pensar de no haber aceptado la Vicepresidencia, en dónde estaría?

Viviendo por fuera. Yo creo que las Farc no me habrían dejado volver.