Gabriel Ochoa Uribe "Me fui porque estaba intoxicado de fútbol"

Fuimos a su casa, en Cali, para que nos hablara de su vida y de lo que más sabe y le gusta, a unos días de que comience el Mundial.
Gabriel Ochoa Uribe "Me fui porque estaba intoxicado de fútbol"

Leo esta mañana en el periódico que el gran bandoneonista argentino Rubén Juárez ha muerto, el mismo que ayer conocí y oí en un viejo LP del doctor Gabriel Ochoa Uribe, uno de sus favoritos. Me doy cuenta entonces de que peor que envejecer es este hombre con ese ímpetu que parece que nos va a enterrar a todos. Tiene 80 años y todavía conserva el peso, sus 75 kilogramos, del arquero de otras épocas que volaba en los arcos. Cuando lo llamo para darle la mala noticia de que murió el cantante de su disco más gastado, sólo atina a decir: “Ya se fue Funes (Juan Gilberto) y ahora Rubén”.

Lo primero que me dijo antes de nuestra cita es que no era fácil llegar. Ya lo tenía todo planeado. Que del aeropuerto fuera por la avenida Ciudad de Cali y luego tomara la Simón Bolívar hasta el Valle del Lili, por el viejo autocine Piedra Grande, abajo de Pance… pero que, si tenía problemas, él salía a buscarnos. Por su edad preferí no aceptarle la cortesía, que allá llegábamos. Después de superar tres bifurcaciones en el camino, todas iguales, al doblar sobre una curva bordeada por un muro verde, a unos 500 metros un hombre nos manoteaba con la energía de un director técnico indignado por alguna jugada polémica. Era él. Ya había caminado sus religiosos seis kilómetros diarios y nadado su hora reglamentaria. Ya estaba listo.

–Hola, hijos, bienvenidos, pasen por acá. Este es mi refugio hace 25 años.

Camina muy recto y nos marca el paso. ¡No puede haber nacido en 1929! Va muy rápido. Cruzamos bajo una inmensa ceiba, hay cuatro más en todo el recorrido, a mano derecha susurra una fuente, orgullo de Cecilia, su esposa, y enfrente pasta un caballito de madera amarillo, muy parecido a Pirulí, con el que ganó su primera carrera como jockey a los 12 años en el Hipódromo Los Libertadores. Al final del camino está su rincón favorito, junto a la piscina, el del baño turco, el de la foto de Gardel, el de su sala abierta con olor dulzón a mandarinas, el de los tangos y sus recuerdos de infancia en una Medellín vieja y maleva.

Tiene el alma de esos generales que no se retiran nunca. Que todavía lleva en el pecho todas sus medallas y proezas, esta vez en el fútbol como jugador y entrenador con sus títulos con Millonarios, Santa Fe y América. En vísperas del Mundial, qué mejor que el doctor Ochoa para hablar de fútbol. No puede evitar contarnos que en su habitación, en un pequeño estante, con pasta dura de color rojo se mimetizan sus lecturas favoritas, sus memorias deportivas de 1979 a 1991 en el América de Cali. Sin embargo, como los alcohólicos, se confiesa que hasta hoy está curado del fútbol. Ochenta veces Ochoa.

Bueno, doctor Ochoa ¿todavía lo abordan en la calle y le piden que dirija la Selección, que salve usted la patria?

No, ya eso se les olvidó. Eso del gran salvador se acabó en el 98 cuando el señor Álvaro Fina me pidió que hiciera un proyecto por la Selección Colombia, después de ser eliminada en Francia.Entonces me puse a trabajar tres meses para hacer un plan a diez años, comenzando con el niño de los 8 y terminando con el adolescente de los 18, haciendo un plan para los nuevos entrenadores, lanzándolos para Europa. Ese era todo mi plan, pero ellos se atrevieron a decir que eso era imposible hacerlo en Colombia. Lo tiraron a la basura.

Y por eso estamos como estamos.

No hemos adelantado mayor cosa. Ojalá que ahora el profesor Maturana y Hernán entiendan que eso se necesita porque no se puede ir con pasos de ciego. Ellos hablan el mismo idioma porque fueron compañeros durante más de diez años. Siempre me dije: que no le vayan a poner al profesor Maturana otro tipo de entrenador porque no pueden hablar el mismo idioma, en cambio con Hernán sí.

¿Y con eso ganamos mucho?

Ganamos el acoplamiento de dos cabezas experimentadas. En estos dos partidos ya me demostraron que están en pleno conocimiento de lo que ha hecho Lara en ocho años y eso es muy importante, es continuar un trabajo desde los Sub-16 hasta los Sub-23.

¿Y eso es un buen comienzo?

Muy bueno, excelente.

¿Cómo hace para mantenerse en forma con 80 años?

Primero, conducta de vida. Yo no tomo licor, no como sino una sola comida voluminosa al día. En la mañana me tomo un chocolate o un Milo, en la noche me como tres o cuatro frutas, pero al mediodía sí como mi proteína y mis verduras.

¿Ese es el secreto?

Sí, claro, porque yo no exijo a mi organismo todo el día comiendo. ¡Ah, y todo el día estoy tomando agua!

¿Cuánto lleva retirado del futbol?

El 22 de diciembre de 1991 cerré mi último año con América, ahí terminé, fuimos subcampeones y dejé al equipo en la Copa Libertadores del 92. Y punto final.

¿Y de la medicina cuándo se retiró?

En 1980. Intenté irme para Bogotá pero don Pepino Sangiovanni, el presidente del América, me dijo que no, que no me podía ir porque estábamos entrando a la Copa. Y se acabó ahí.

Ochoa nunca ha podido alejarse definitivamente del futbol, era lo que siempre se decía. ¿Hoy ha podido alejarse definitivamente del futbol?

No piso un estadio hace veinte años, no volví al Club América, fui radical para tratar de contaminarme del deseo de volver al campo de juego y de seguir en mi actividad como entrenador.

Me habla como un alcohólico.

Sí, exacto, así lo viví, estaba intoxicado, o me iba o ya no volvía a salir del fútbol.

¿Quién lo llevó al América?

Fue don Pepino Sangiovanni, el gran cerebro de este América. Siempre le digo “señor presidente”; es un hombre italiano, oficial del ejército, un hombre muy inteligente, muy capaz, mantiene sus empresas de Café Águila Roja y Pastas Nuria y fue el hombre que se dedicó a conquistarme porque yo no quería venir, pero él siguió insistiendo e insistiendo hasta que en diciembre de 1979 me dijo: “Ya soy Presidente, lo espero mañana para presentarlo a la junta directiva”. Hoy me pesa no haberme dedicado a la medicina.

¿Cambiaría sus triunfos por la medicina?

Sí, por mi medicina sí, ya viendo a mis hijos, el poder que tiene Gabriel, su capacidad intelectual y docente en la Universidad del Bosque, y viendo a Germán Alberto como un gran cirujano de trauma, yo digo, yo pude haber continuado.

Doctor Ochoa, ¿qué es lo verdaderamente importante hoy en su vida?

Mis hijos, Gabriel, Ricardo y Esneda, de mi primer matrimonio, y de mi segundo matrimonio Germán Alberto y William Darío, aunque murió hace 4 años; mis nietos y mi esposa Cecilia, con la que he compartido 58 años de mi vida.

¿Una costumbre obsesiva que le haya dejado el fútbol?

No acepto que nadie trate de imponerme su verdad.

Eso se llama terquedad.

Soy terco, soy terco, no me dejo recostar de nadie. Yo siempre digo: si me equivoqué me equivoqué yo, no me ayudó nadie, solo tuve un confidente: mi almohada.

Usted fue arquero. ¿Tiene heridas de guerra por jugar en esa posición? Leí en algunos artículos que se fracturó las manos, ¿eso fue en un arco?

Sí, claro, es que siempre fui arquero desde los 14 años. En plena guerra yo llegué a un equipito que se llamaba el Tino Bol de Medellín, la quinta categoría del Unión Indulana, que después fue Atlético Municipal y mucho más tarde el Atlético Nacional. Ahí me formé. Volábamos por la pelota, jugábamos debajo de los tres palos, no sabíamos más. Cuando Pedernera me vio en Millonarios me dijo: “pibe, así no podés seguir jugando”. Vivía con lesiones en las manos, en los codos, en las rodillas, y me trajo a Julio Cozzi, el mejor arquero de esa época. Y ese sí sabía todo, sabía cómo pararse, cómo achicar, cómo saber, por el perfil del atacante, si le pega duro, suave o con chanfle, todo eso lo sabía Julio.

¿Cómo ve el oficio con los nuevos balones? Arqueros como Iker Casillas y Julio César los abominan.

No son malos, son peores, son preparados para ser perversos. El punto clave es que el doctor Blatter, presidente de la FIFA, y su comité técnico necesitaban que el fútbol tuviera goles, entonces cambiaron el balón por uno más pequeño, más liviano y más rápido.

¿Hay que cambiar la pelota para subir la emoción al espectáculo?

Sí, eso fue lo que hizo Blatter, hizo más difícil la situación del arquero, complicó a las defensas porque la pelota rápida cruza de sector a sector y, lógicamente, el lanzador de media distancia tiene más posibilidades de meter gol.

¿Más difícil dirigir hoy que en otras épocas?

Sí. Revisemos la parte táctica. Cuando yo comencé a conocer el futbol en la época de “El Dorado”, era el dos, tres, cinco. Jugábamos con dos defensas, tres medios y cinco hombres de ataque, entonces era un fútbol muy parsimonioso y muy abierto por las puntas. Hoy en día jugamos en un sistema en formación de dos bloques, uno de defensa y otro de contragolpe, entonces, lógicamente, hoy es más difícil porque es más destructivo, hay más marcación, entras en desesperación viendo a los equipos manejando mal la pelota.

En otros tiempos no había tanta presión en el campo.

No, no, se jugaba como decían los argentinos, “che, dejame jugar que yo te voy a dejar jugar a vos, pero mostrame la técnica”. Y no era para destruirlo. Hoy te estudian para destruirte. El ejemplo lo tenemos con Lionel Messi, brillante en el Barcelona, llegó al partido con Inter de Milán y Mourinho lo tenía estudiado y lo anuló. A él no le interesa sino destruir y ganar y esa es la filosofía de hoy en día.

¿Hay en Colombia jugadores a la altura de una Selección?

Sí, hay jugadores que saben jugar al fútbol, como Macnelly Torres, James Rodríguez y Sherman Cárdenas, pero no hay jugadores brillantes, no hay un Valderrama.

¿No tenemos ni uno brillante? ¿Giovanni Moreno?

No.

¿Radamel Falcao García?

No.

¿Dayro Moreno?

No.

¿Hugo Rodallega?

No.

¿Ninguno de esos?

No, es que no son brillantes, son buenos jugadores, útiles, pero si esos tipos tuvieran un líder como Valderrama, habría mejor opción de aprovecharlos.

¿Tenemos que esperar hasta que aparezca otro Valderrama?

Las generaciones a veces demoran 50 años.

¿Qué tanto le duele que Colombia no esté en el Mundial?

Me duele mucho ese descabezamiento sistemático de técnicos. Estamos creyendo que el fútbol es de varita mágica.

¿Cuándo será que volvemos a un mundial?

Creo que volveremos si Hernán y el profe Maturana orientan este grupo humano que formó Lara, con mucha disciplina, con mucha inteligencia y sin mucha presión, porque esto no es cuestión de varita mágica.

¿Cuándo se jodió el futbol colombiano? La gente no va a los estadios y las peleas de las barras bravas se roban ahora el show.

Nos invadió el mal aficionado y viene del sur, de Argentina, Uruguay y Chile: las barras bravas, los saltarines. Ahora estamos invadidos por una barra soez, maleducada, violenta, depredadora, que se ataca a sí misma.

Frases suyas hicieron carrera, qué tal esta: “El futbolista, si juega el domingo, sólo debe tener relaciones sexuales los martes y los jueves”.

No tanto, pero sí hasta el jueves, especialmente el deportista que tiene una vida disipada. Pero para los casados, pueden tener perfectamente relaciones con su esposa el día anterior o la mañana de juego. ¿Sigue pensando que los partidos se ven mejor desde las tribunas y no desde el borde de la gramilla?

Sí, desde ahí no se ve nada, se ven piernas corriendo para un lado y otro, pelotas corriendo para allá y para acá y uno adivinando lo que está sucediendo. En cambio, trabajando en Millonarios y en Santa Fe, aprendí que desde occidental central, un poquito hacia el norte, es el punto perfecto para ver los partidos… pero entonces el aficionado no te admite, te castiga, te ataca, te insulta.

Usted infunde un gran respeto en el futbol colombiano. ¿Quién le infunde hoy en día ese mismo respeto?

Alexis García es brillante en su trabajo con Equidad. Diego Édison Umaña está haciendo un trabajo importante con Junior, que no sólo es de él, es de Julio Comesaña y él ha continuado la ruta. Todos los entrenadores que se deciden a manejar destinos de un grupo humano con tantas dificultades merecen todo mi respeto.

¿Le duele no haber podido ganar la Copa Libertadores?

Sí, claro, en el alma, tuve tres veces, prácticamente, la final. Perdí contra Argentinos Juniors, cuando Anthony perdió el penalti; pero de esas cosas que suceden, yo me ponía a pensar: ¿por qué salió Willington y Battaglia? El uno salió lesionado y el otro agotado y yo hice los cambios por Hernán Darío Herrera y Anthony de Ávila. Hernán hizo su penalti y le tocó a Anthony cobrar con dieciocho añitos. No tenía la experiencia, aunque ya lo habíamos preparado. Sabía que él no podría patear el penalti a la mano derecha porque Vidallé se tiraba hacia ese lado. Tenía que haber cobrado su penalti a la mano izquierda y eso me hubiera permitido ganar la Copa Libertadores. River, en cambio, me ganó bien. Funes me mató. El que no tenía que haber perdido nunca fue el de Peñarol, porque yo le gané a Peñarol dos cero aquí, me fui allá y empataba uno a uno sobre la hora y me hizo un gol un muchachito Vilar. Me fui a un tercer partido a Santiago, con el equipo acabado anímicamente y físicamente sin dormir. El cero duró todo el partido hasta los ciento veinte minutos que perdí a Gareca por lesión, a Cabañas lo expulsaron por enfrentarse con un defensa, Ampudia lo mismo, quedé con nueve hombres y sobre los ciento veinte minutos, veintitrés segundos, perdí la Copa. Me dolió en el alma, no lo demostré, me quedé impávido, dije: si Dios me lo quitó es porque no lo merezco.

Para el que ya se le olvida quién fue Ochoa Uribe, ¿cómo quiere que lo recuerden?

Como un hombre trabajador. Como un hombre con una solo meta: ganar. Al jugador perdedor lo detectaba y le decía: “Mijo, usted se equivocó de puerta, vuelva y salga porque usted es un perdedor y aquí necesitamos ganadores”.

Algo que quisiera olvidar, pero no puede.

La Copa del año 87, para mí fue realmente impactante, por todo lo que tenía proyectado, estaba el FC Steaua de Bucarest, el rival que yo iba a tener para la final, lo tenía ya estudiado, yo ya soñaba con la final de la Copa Internacional de Clubes, y no logré llegar.

Su favorito en el Mundial.

Brasil, yo soy brasilero de sentimiento porque, como estuve en Brasil tres años, 55, 56 y 57, me eduqué en la formación de medicina deportiva, hice mi Traumatología, entonces tengo mis sentimientos de atracción hacia un país que me acogió.

¿Arranca el mundial y usted entra en concentración?

¡Ahhh, sí! No me muevo de acá, me puedes llamar a la hora que quieras que estoy aquí encerrado analizando y haciendo mis diagramas.

Dicen que usted va a volver al América para levantarlo. ¿Eso es leyenda urbana o es cierto?

Hay que decirle a la opinión pública que ese señor no está con 40, ni 45, ni 50, ni 60 cuando estuvo en América, ese tipo ya tiene 80 años, y aunque ese tipo no tiene dificultad ni para caminar ni para moverse, mantiene su peso de 75 kilos cuando era jugador de futbol, si tuviera 15, 20 años menos podría ayudarle a ese América. Lo veo en una situación tan difícil, lo mismo que a Millonarios, porque con los dos he alcanzado los logros más altos en el fútbol colombiano. Con Millonarios me gané cuatro estrellas como jugador y seis como entrenador. Yo soy azul por dentro frente a una entidad que me dio todo. Y al América le di siete títulos después de que llevaba 53 años sin ganar nada.

¿Vuelve al América?

No le puedes decir a un viejo de 80 años “camine, hágase responsable del equipo”. Sería lo más absurdo, que me recuerden como un perdedor, como una persona que ha cometido un error de apreciación en la última etapa de su vida.

Pero por ahí su corazón se mortifica con el tema.

Claro, yo veo mal a América y me siento mal, veo mal a Millonarios y se me arruga el corazón, inclusive con Santa Fe, me sentí mal por ‘Basílico’.

¿Le queda algún sueño por cumplir?

No, todos los cumplí… en mis 48 años de vida deportiva todo lo hice… menos ser campeón de la Copa Libertadores. Fue lo único que no pude conseguir.

***

Se levanta como un resorte. ¡Hijo! –me dice–, me quedó sonando la pregunta sobre si guardo un bien muy preciado. Y sí, claro que tengo algo entrañable. Desaparece y vuelve con su tesoro: la fusta de mimbre trenzado que le regaló su padre. La que guardó del todo y para siempre desde los 13 años cuando se cayó de Rabino, precisamente el único caballo que montó que no era de su papá en el Hipódromo de San Fernando. Ese día, con una fractura en la cadera, se olvidó de las carreras.