General Luis Mendieta, "A la selva no la quiero ni ver"

Por fin en la tranquilidad de su casa, en Bogotá, el General de la Policía recuerda cómo sintió en carne propia su secuestro durante 11 años, 7 meses, 13 días.
General Luis Mendieta, "A la selva no la quiero ni ver"

Es extraño, pero no fue sino verlo para quererlo abrazar. Hay algo en él que resulta familiar. Algo que viene de muy lejos. Algo que martilla muy adentro como un recuerdo doloroso. Es su cara –como la de la mayoría de secuestrados por las farc–, con sus contadas y dramáticas apariciones en los medios de comunicación probando su existencia a pesar de estar enterrado en vida en lo más profundo de la selva. Tiene la paz del que ha logrado salir del infierno. Es por eso que frente a este curtido policía de 53 años, de Tinjacá, Boyacá, el saludo formal se desvanece y dan ganas de abrazarlo con la certeza de que él también quiere abrazar. No cesa de festejar su libertad.

Todavía trae en su cuerpo una soledad de años que le dan un aire de monje de clausura y no de lo que realmente es: un General de la República. No resiste mucho tiempo sentado en las mullidas sillas de su sala sin que se resientan sus piernas enfermas condenadas a largas caminatas y a descansar, qué ironía, sobre maleza y tierras empantanadas en condiciones precarias como víctima de la guerrilla. Tampoco soporta ese olor a moho que le recuerda el tufo de la selva. Y no es para menos, si duró allí, contra su voluntad, el tiempo equivalente a dos carreras universitarias, con sus respectivos posgrados, en no dejarse morir ni mucho menos matar por las farc.

Ayer se acostó a las tres de la madrugada, jugando con sus hijos a que José Luis dijera una palabra cualquiera en español, Yenny la tradujera al inglés y él, automáticamente, al ruso. Ese es su único orgullo, su dominio gramatical de este idioma gracias al curso de cuatro años, en medio de las marchas forzadas, con el profe y compañero de infortunio, Alan Jara. Conserva como un tesoro el cuaderno donde garabateó en tinta azul su propio diccionario rústico palabra por palabra.

Con 73 kilos, 7 menos de los que tenía hace 12 años, su fragilidad física parece levitar entre las atenciones obsesivas de su familia: su hijo le trae las gafas, María Teresa, su esposa, le alcanza la barra de humectante para los labios y su hija no se cansa de mirarlo desde la escalera. Volvió el general Luis Mendieta a casa. Volvió a la vida. Volvió al mundo civilizado con luz eléctrica, andenes, libertad para transitar, gente para hablar, cama acolchonada, ropa limpia y baño de verdad. Atrás quedaron sus captores salvajes –a los que prefiere decirles “ellos”–, las culebras, los caminos cenagosos, los bichos ponzoñosos, las cadenas, las noches heladas, el silencio obligado y la oscuridad.

¿Cuáles son las cuentas de su cautiverio?

Once años, siete meses y trece días.

Demasiados días en la selva, a usted lo sacaron de su entorno, lo internaron en el monte, eso es como si se lo hubieran llevado a otro planeta. ¿La selva es otro planeta?

Un planeta de oscuridad, de bichos, de animales, de pantanos –o caños que llaman “ellos”– y de gente prehistórica.

Algo que no pueda olvidar de su primer día de cautiverio en la selva.

Acostado en el piso, la primera noche, bajo la lluvia y árboles de 30 ó 40 metros, con un plástico negro como esos con los que se cubren a los muertos.

¿Esa es su primera imagen?

Sí, y se repitió durante muchísimo tiempo en la selva, parado, sentado o medio recostado según el cansancio, bajo la misma lluvia.

¿Pensaba que lo iban a matar?

Todo el tiempo, desde el primer minuto de secuestro hasta el último de rescate cuando veo el casco del soldado que se aproxima. Todo el tiempo en el filo de la navaja pero sabiendo que en cualquier momento se inclina para el lado de la muerte, porque fueron muchos los que murieron en cautiverio.

¿Cuántos a su alrededor? ¿Así como llevó la cuenta de los días también llevaba la de los muertos?

Lo escuchábamos por el radio: los diputados de Cali, el caso de Urrao y otros militares, lo del capitán Quintero, lo del capitán Guevara…

¿Cada uno era como un eco de la muerte?

Claro, porque la radio nos informaba. Teníamos la información inmediata, lo que nos hacía estar más alertas de que la muerte estaba ahí a un centímetro.

Pasó de un mundo civilizado a un entorno completamente primitivo, deme un ejemplo de ese cambio.

Pasé de usar cubiertos a comer con la mano. Los cubiertos no existían, después nos dieron una cuchara y más tarde otra.

¿Cómo eran?

La primera era una cuchara amarrada al mango azul de un cepillo de dientes, la segunda sí era toda metálica. Tocaba cuidarlas al extremo y guardarlas en un sitio privilegiado del morral.

¿Qué otra cosa mínima se le volvió de suma importancia?

Un pedacito de vela que algún guerrillero le diera a uno. Era un material muy valioso. Porque con ese pedacito de vela en la noche podía alumbrar el entorno, así fuera por unos segundos, al escuchar algún sonido, por ejemplo el de una culebra. De resto era sólo oscuridad.

Lo primero que le tocó aprender para sobrevivir en la selva.

Tener paciencia y poner la mente en blanco.

Eso en la parte mental ¿y en lo físico?

Aprender a sentarse en la tierra, a espantar la maraña, a sentarse en palos mojados, aprender a sentarse en sitios fangosos. Es pasar de sentarse en una silla a sentarse en la maleza.

¿Alguna habilidad que descubrió que tenía a punta de la fuerza de la necesidad?

A usar un machete o una pala, cuando la prestaban, para limpiar el sitio donde dormir o para adecuar el sitio de las famosas letrinas.

Lo peor de la selva.

La oscuridad.

¿Lo mejor de la selva?

La luz de la luna.

Una costumbre que tuvo que borrar de su vida.

Leer.

¿Cuál fue el último libro que se leyó?

Sobrevivientes de la tempestad, de Alirio Bustos Beltrán. Un libro sobre la violencia en Cundinamarca en la época del presidente Laureano Gómez.

Y ahora, ¿ya tiene en mente qué va a leer?

Todas las revistas y los periódicos donde haya artículos míos con la familia.

Así como el oído se educa para la música, también se educa para la selva. ¿Qué sonidos aprendió a reconocer e interpretar en la selva?

Los más peligrosos: el sonido del helicóptero, el de la avioneta, el del avión plataforma y los aviones bombarderos. Y los inofensivos: los aviones que llevan carga y los vuelos comerciales.

¿Todos tenían un sonido diferente?

Sí, y de acuerdo con ese sonido uno estaba preparado, psicológicamente, y podía o estar tranquilo o alistar las pocas cosas que tenía porque era posible tener que salir en cualquier momento.

Otro sonido de alerta de la naturaleza.

El del cielo. Si iba a haber tempestad el cielo crujía. Si el viento era suave la tormenta era suave y fuerte si el viento arreciaba.

Un sonido que significara algo bueno

El radio, ese sonido es cien por ciento satisfactorio. Es la comunicación del secuestrado con el exterior, con el mundo, con Colombia, con la familia, con los periodistas, con el deporte.

Otro sonido que significara bienestar.

El de la lancha, porque es donde vienen las provisiones, la comida o las cosas de aseo personal.

¿A qué huele la selva?

A humedad, a viejo, porque la naturaleza se va descomponiendo, se caen tantos árboles que huele a madera podrida.

¿Y un olor agradable en la selva?

Un guiso de cebolla y tomate que en algunas oportunidades se sintió el olor, pero esa comida era para “ellos” nada más. Nosotros esperábamos que nos llegara algo de ese olorcito en el almuerzo o en la comida pero no llegaba.

¿Qué les llegaba?

El arroz, la pasta sancochada, el mismo fríjol, la misma lenteja.

¿Con qué animales peligrosos se cruzó en el camino?

Llegué a oír el rugido del tigre y los guerrilleros nos enseñaron a percibir su olor.

¿A qué olía?

A almizcle muy agrio.

¿Cuando olía a eso qué hacían?

Los guerrilleros estaban más alertas.

Otra amenaza de la naturaleza.

Las culebras venenosas, a cada rato mataban culebras y matábamos culebras porque también tocó aprender a matarlas, nosotros a punta de palo y los guerrilleros con machete y con armas de fuego cuando era una anaconda, porque podían medir 8 metros de largo por 25 centímetros de diámetro.

¿Y un animal bello en la selva?

El mochilero, un pájaro pequeño. Según los guerrilleros, tenía más de 60 tipos de sonidos. La característica especial es que es el pájaro más protegido de la selva. Las avispas lo siguen y lo cuidan porque puede imitar a los otros pájaros de la selva.

¿Y las águilas?

Siempre que hubo presencia de águilas, hubo liberaciones. Fueron tres, la primera con Gechem, la segunda con Alan Jara y la tercera con nosotros.

¿Usted se podía mirar en un espejo?

Ellos suministraban un espejo pequeño como de cinco centímetros por diez centímetros.

¿Le gustaba mirarse a ese espejo?

No, pasaban semanas y no me veía, sólo me miraba cuando me iba a afeitar cada quince días.

¿Por qué?

Porque me veía triste, viejo, con una expresión vacía, perdida, sin brillo de los ojos.

¿Quién les traía la ropa?

Los que llevaban la ropa y los alimentos son personas que vienen por la selva caminando o vienen en lancha.

¿Cómo se repartían la ropa?

Los guerrilleros nos entregaban a cada uno una prenda depende de lo que llegara. Lo que le tocó le tocó.

¿El color importaba?

Siempre era mejor usar colores apagados. No me gustaba usar camisetas azules porque inmediatamente me picaban todos los bichos. Prefería el café claro o el verde.

Así como el dinero es importante en la ciudad, ¿en la selva con qué se negociaba? ¿Cuál era su moneda de cambio?

Los cigarrillos eran importantes.

¿Usted fuma?

No, pero me tocó por la necesidad de tener dinero, es decir de cigarrillos. Tenerlos podía traer beneficios a cambio, como tener, por ejemplo, la más mínima información de algo que “ellos” hubieran escuchado en el radio.

¿Qué otra cosa negociaba con cigarrillos?

Algunos alimentos como salsa de tomate y mayonesa. Todo por debajo de cuerda porque donde descubran a un guerrillero haciendo trueque se le juzga por ayudar al enemigo.

¿Todos eran iguales en el cautiverio o había privilegios?

Privilegios hubo cuando se estuvo con personal civil, es decir, los secuestrados políticos. Mientras algunos tuvieron acceso a medicina, productos alimenticios, radio de pilas y otras cosas de esa naturaleza, a nosotros, los militares, no nos los suministraban porque decían que no había. Nuestro carcelero, Martín Sombra, era muy tacaño, no suministraba nada. Pero le salió caro.

¿Por qué?

Porque cuando comienza la operación en esa zona y a ellos les toca sacarnos y separarnos por grupos –más o menos hace seis años–, los guerrilleros que hablaron con nosotros en esa travesía culpaban a Martín Sombra de que teniendo toneladas de alimentos y víveres, los dejó botados en la selva y no se los dio ni a ellos ni a nosotros.

¿Lo más difícil de compartir cautiverio con más personas?

Hablar. Porque por determinado tema surgen posiciones y diversidad de criterios y cada uno se vuelve dueño, amo y señor de la verdad… y no hay nadie que le pueda contradecir.

¿Qué deseaba más: que alguien hablara o que hicieran silencio?

Depende del secuestrado. Algunos repiten la misma historia, otros varían más sus opiniones, pero llega un punto en que son los mismos temas, entonces uno se abstiene ya de hablar.

Su peor momento.

Hace seis años cuando me quedé sin poder caminar, arrastrado en una hamaca durante cinco semanas. En ese momento está uno con un pie en la muerte porque en cualquier momento lo pueden matar. Sabemos que al secuestrado que no camina “ellos” lo eliminan.

¿Eso lo presionó para recuperarse?

Sirvió, además de algo de medicina, la fuerza de voluntad y orar a Dios todos los días para que me pudiera mejorar y sobrevivir otros cinco años.

¿Cómo fue el día que pudo volver a caminar?

No se lo he dicho a nadie... Volví a caminar de pura y extrema necesidad porque estaba tan enfermo que esa noche me oriné en la cama y con la ayuda de dos palos hago un esfuerzo sobrehumano y me arrastro para ir a lavar la ropa a un caño y hacerme aseo. Desde ahí seguí con la ayuda de los palos.

Su mayor piedra… y por qué.

Cuando me pusieron las cadenas, hace unos cuatro años, por unos malos entendidos entre los secuestrados políticos. Entonces quedé encadenado las 24 horas del día a Murillo (Enrique), porque nos “acollaraban” de a dos.

¿Su mayor tristeza?

Soñar con la familia, verla en sueños llorando, angustiada, preocupada.

¿Lo más duro que tuvo que presenciar?

Las cercanías de la muerte, hablemos de la toma de Mitú, de la operación rescate, de las operaciones cercanas, escuchar los bombardeos. Otra situación especial fue cuando un guerrillero, mando medio, se suicidó con una granada cerca de donde dormíamos.

La imaginación puede ayudarnos en casos extremos, ¿en algún momento de hambruna imaginó estar comiendo su plato predilecto?

¡Cantidad de veces! Me imaginé en la casa comiendo en familia la lasaña especial de mi esposa María Teresa, con crema de leche, con champiñones, con quesito y pollo, con pedacitos de espárragos.

¿En 12 años pudo clasificar a sus captores?

Claro, están los que creen ser intelectuales y dan el mismo discurso viejo y desactualizado a los otros. Luego están los “raspachines” que están allá porque necesitan comer y subsistir y, por último, los analfabetas.

Uno imagina que ustedes no hacían sino acampar y caminar, ¿caminó mucho?

Muchísimo, entre muchas marchas hay una que llamamos “la de la muerte” porque fueron más de dos meses y medio caminando casi todos los días, fue por el tiempo en el que me enfermé. La segunda, que afortunadamente me cuidé, fue este año, el 20 de enero, de 15 días por los sectores donde se produjo la operación Camaleón.

Una visita extraña en medio de la selva.

Tres veces vi al Mono Jojoy.

Leí que en alguna ocasión él le dijo que usted era el último liberado.

Sí, sí, me lo dijo cuando estábamos en medio del acuerdo humanitario, por eso siempre quería que salieran todos rápido... porque yo era el último.

Lo que no le pudo decir al Mono Jojoy…

Que deje a sus hombres en libertad para que se reintegren a la sociedad, porque muchos ya no quieren estar allá.

¿Termina uno odiando a la selva?

Claro, al extremo, uno no quiere saber más de ella.

¿Perdió peso?

Sí, claro, pero me tocaba perder por mi bienestar.

¿Perdió pelo?

No, ya lo había perdido.

¿Qué más perdió?

Doce años de mi vida. No ver crecer a mis hijos, no estar con la señora, no estar con la familia.

¿Cómo encontró a Bogotá?

Una ciudad completamente cambiada, puentes, anillos viales, centros comerciales. Y sobre todo con mucha gente, gente con sonrisas, gente de la mano, gente en los parques, gente en familia.

¿Tuvo alguna pesadilla recurrente?

Por las cadenas ¡muchísimas! Porque el candado me apretaba cuando dormía de lado y me dificultaba la respiración, se entrecortaba, y la pesadilla era violenta. Me despertaba con la mitad del cuerpo dormido.

¿Y qué soñaba?

Que estaba encadenado y que me estaban matando.

Describa al hombre que sale de un largo cautiverio.

Soy una persona mucho más espiritual,

¿Cree más en Dios ahora que hace 12 años?

Sí, claro, ese es el cambio.