Germán Castro Caycedo, "La historia que siempre quise escribir me la robaron"

El más reciente libro del escritor es Objetivo 4,  en el que les hizo inteligencia a los propios oficiales de inteligencia de la Policía.
Germán Castro Caycedo, "La historia que siempre quise escribir me la robaron"

Más de la mitad de su vida ha estado a la caza de buenas crónicas. Comenzó en 1976 con Colombia amarga y ahora llega a su libro número 20, Objetivo 4, en el que les hizo inteligencia a los propios oficiales de inteligencia de la Policía, para saber los detalles de las operaciones encubiertas contra Martín Sombra, El paisa,  

Así como escribe se viste, se acicala como pone una palabra y no otra en sus libros, como siembra puntos y comas en sus escritos, como coge con pinzas cada prueba de sus pesquisas, como describe los personajes de sus crónicas. Es mesticuloso. Detrás de sus 70 años y de su pinta informal se ve la mano del hombre que calcula, que sabe equilibrar muy bien sus bluyines entre unos zapatos cafés y una chaqueta de gamuza clara.

Con su apartamento es igual. Lo mira y cuenta que todo lo hizo su hija Catalina, que es arquitecta y vive en París con su marido documentalista y su debilidad, su nieta Maïa de apenas nueve meses. Vuelve y lo mira y todo son paredes blancas, divisiones de madera, muebles fucsia y café, mucha luz entrando por las ventanas y libros a lado y lado del corredor de entrada. Lo vuelve a mirar y ya le quiere quitar cosas como cuando corrige sus notas.

Su espacio tiene que ser minimalista. Le molestan las flores que aparecen en primer plano, en el cuadro de un bosque de niebla a la salida del ascensor. No puede ni ver las tres botellas decorativas en cristal amarillo, verde y morado que tiene su esposa sobre una repisa, ni mucho menos soporta el cenicero sobre la mesa con fruticas de mentira hechas de madera. Los mira de reojo y con sorna vaticina que pueden ser víctimas de un accidente doméstico.

Este hombre, nacido en Zipaquirá, que comenzó su carrera periodística en La República y que hoy suma 37 años de escritura, 10 en El Tiempo y el resto por su cuenta, el hombre del bigote blanco que los colombianos vieron durante 20 años en la televisión en Enviado especial, un programa memorable por sus denuncias, el conversador pausado vuelve y alza y la voz con su nuevo libro, el número 20, Objetivo 4.

¿Si tuviera que escribir sus memorias por qué momento de su vida las comenzaría?

No, tengo mucho pudor.

¿Pero si tuviera que escribirlas por qué lado comenzaría?

No sé, nunca he pensado en eso. Comenzaría con alguno de los dos accidentes aéreos que he tenido. Uno fue en Barranca de Upía en el Meta, en un avión nuevecito de dos motores; se le fundió un motor y alcanzamos a llegar a la Sabana y hacer un aterrizaje de emergencia. El otro, íbamos volando de Villavicencio hacia el norte y vimos que venía un frente de tormenta violento por lo negro y espeso, y el piloto dijo “bajemos” pero había una zanja muy honda y nos fuimos de cabeza y el piloto se mató.

¿Le pasó a usted algo?

Me partí una costilla.

¿Qué edad tenía?

Veinte y pico de años.

¿Con qué personaje le gustaría compararse?

Con ninguno. De pronto con algún reportero viejo, con Alberto Urdaneta, el dueño del Papel Periódico Ilustrado. El periodismo se hacía en el escritorio y los periodistas estaban en Bogotá y escribían lo que pensaban, por lo general religión y política, y Alberto Urdaneta empezó con eso de ir a los sitios. Decían que en Cundinamarca había tigres, entonces él se fue a pie hasta Zipaquirá, que era muy lejos, y todo el mundo decía que sí había tigres pero nadie los veía; entonces se fue todavía mucho más lejos, era casi subir una cordillera hasta Pacho, Cundinamarca, y describe el bosque, pero ningún tigre, en una crónica de mediados de 1800.

¿Cómo escoge los temas de sus libros?

La mayoría salen de la prensa porque lo que yo hago es narrativa, no ficción, así se le dice ahora a la crónica. Por ejemplo, Mi alma se la dejo al diablo fue una historia que salió de una foto en El País de Cali, un esqueleto debajo de un toldillo en plena selva y decía que al lado había una biblia y un diario. El hombre que habían dejado abandonado en la selva, lo último que escribió fue: “Mi alma se la dejo al diablo”. El libro salió cinco años después de la noticia y fue un acontecimiento, luego yo creo que en periodismo se trata de decir la cosas bien y no decir primero cualquier bobada.

¿Mi alma se la dejo al diablo es el libro en que se demoró más tiempo?

Fueron cuatro años. Es en el que me he demorado más tiempo por dos cosas: una, por lo difícil que es encontrar gente en la selva, y dos, porque se me acababa la plata. Tuve que ir a Viena porque descubrí que había dos antropólogos austríacos que habían estado en ese campamento del muerto y que lograron salvarse.

¿Qué vio en los periódicos para animarse a escribir Objetivo 4, su nuevo libro?

Esta vez no salió del periódico, salió de un pensamiento, de una reflexión, como dicen los viejitos. Es que llevamos veinte años hablando de sicaresca, todo lo que se hace en televisión, en narrativa y en cine, quitando algunas cosas, es una vergüenza. Son prostitutas y sicarios y capos, ese es el modelo que se le está dando a la juventud colombiana.

¿Y con este libro usted cruza la calle?

Cruzo la calle porque son historias de espionaje moderno hechas con el servicio de inteligencia de la Policía, reconstruyendo cómo, con seguimientos de satélite, con instrumentos ultrasonido, de visión nocturna, se ha logrado capturar a grandes bandidos.

¿Oye radio?

No, radio escucho muy poco. El cargamento de noticias trágicas es muy grande, y la radio interpreta muy bien a este país. Pero siendo tan buena la radio, oírla en las mañanas me deprime un poco, se me daña el día. No es problema de la radio, es problema del país. No es ficción engañar a una persona, disfrazarla de guerrillero, asesinarla y cobrarle al estado un millón setecientos mil pesos por lo que llaman falsos positivos.

¿Ese sería tema para un nuevo libro?

Para un libro muy peligroso para su autor porque es denunciar con profundidad lo que ha salido en los medios de prensa.

A pesar del peligro, ¿no se animaría a hacerlo?

No, porque el peligro está más en el sector oficial que en los bandidos. Seguro donde usted diga, con detalles, cómo el noventa y cinco por ciento de los militares que estuvieron presos por asesinar inocentes y cobrar por ellos, están libres, ahí tienes problemas.

¿Un libro suyo que le haya despertado esa?sensación de peligro?

No, ninguno. Bueno, el país ha cambiado mucho, hace 10 años no se corría peligro haciendo denuncia. Hoy sí? y el peligro viene del Estado colombiano.

Un 3 de marzo de 1940 nació.

Yo quité esa fecha de la solapa de mis últimos dos libros para que crean que estoy ‘sardino’.

¿A los setenta se restringen los temas de escritura, o al contrario, se tiene licencia para escribir de lo que sea?

¡De lo que sea! Quitando el peligro en un país tan peligroso como es Colombia. Sin embargo, lo que tiene preocupados a un grupo de jóvenes es que se maten seis toros en una plaza, eso los preocupa mucho, los angustia mucho, pero les importa cinco que haya unos seres humanos hace doce años amarrados con cadenas a los árboles en la selva, eso no les preocupa, les preocupan seis toros.

En el caso específico de Objetivo 4, ¿cuál fue la mayor traba?

Fue el tiempo, porque los agentes de inteligencia, que son más o menos veinte en el libro, viven muy ocupados y viven fuera de Bogotá, entonces había que irlos a buscar o esperar a que regresaran y hacer las entrevistas, mínimo tres, cuatro entrevistas por cada uno.

¿Un obstáculo o una resistencia memorable que haya sorteado para terminar un libro?

En Mi alma se la dejo al diablo, mi problema era el gringo que dejó abandonado al campesino que murió en la selva, un poco agresivo, pero finalmente inteligente porque entendió que si no hablaba era peor. Me recibió como al año y medio.

Eso de sacarles información a los protagonistas de su nuevo libro, agentes de los servicios de inteligencia, recelosos y expertos en no decir nada, ¿cómo hizo para que hablaran?

Primero, había una autorización del Director de la Policía y, en segundo lugar, porque a medida que se hicieron las entrevistas, ellos fueron soltando y fueron entendiendo perfectamente que yo no estaba haciendo un boletín para bandidos.

¿Había un compromiso con la Policía?

No, no había un compromiso, había una experiencia de 37 años escribiendo libros.

Con 37 años escribiendo, ¿qué se gana?

Técnica narrativa. El manejo del tiempo dramático, que la gente sepa qué tiempo está pasando en una historia, si un minuto o un año. Cuándo debo presentar una secuencia o parte de una secuencia como diálogo y cuándo como monólogo, en todo eso gana uno, en la estructura de los relatos.

Ese afán suyo por quitar cosas de su apartamento, de simplificar la decoración, ¿sucede también en su escritura?

Es centrarse más en lo que se dice, evitar lo que se llama en la literatura digresiones y en narrativa de no ficción subtemas, eso es apretar, apretar subtemas para que la gente no se vaya de la historia.

¿Tiene una manía a la hora de escribir?

No escucho música porque tengo un oído muy melódico y me desconcentro muchísimo.

¿Para escribir qué hora prefiere?

Prefiero trabajar desde las nueve de la mañana hasta las cuatro de la tarde de lunes a domingo. En la noche no, porque si no descanso la cabeza, comienzo a martillar y a patinar en la misma idea.

¿Con su nombre de por medio se abren más puertas que las que se cierran?

Algunas se abren, la mayoría, pero algunas se cierran porque me cuesta mucho trabajo convencer a la gente.

¿Qué puertas se cierran?

Cuando la gente ha cometido algún error y estima que es el acusado, se protege más.

¿Qué es lo más complicado a la hora de cazar datos importantes para sus libros?

Conocer el país. Una nación cultural es el Caribe, la Guajira, y otra es Nariño y no tienen nada que ver los Llanos Orientales con el Chocó en cuanto a costumbres y usos que se les dan a las cosas. En el Llano madrina es una manada de toros y una vez me dijeron que había un vaquero llamado Chirrinche que mató él solo a una madrina de 15,? y yo puse que había matado a su madrina que tenía 15 años, cuando en realidad eran 15 novillos.

¿Qué historia le hubiera gustado escribir y no pudo?

Una de marihuana, que me la robaron. La historia era de un marimbero que se movía por Santa Marta, un guajiro ignorante pero muy inteligente llamado el Gavilán Mayor. Tenía una hamaca enorme donde se comía las pollitas. Este personaje, enfrentado a uno de los grandes promotores de la marihuana en Estados Unidos, Ed Rosenthal, un profesor de Berkeley que ha escrito ocho o nueve guías para sembrar marihuana. Estuve en Berkeley, en San Francisco, estuve en Kentucky viendo los cultivos hidropónicos y sin semilla, que es la variedad gringa; estuve en Alaska –tengo el fallo de la corte de Alaska autorizando la venta y la producción de la marihuana hace 18 años–, y venía a hacer la parte del Gavilán... Al robarme la camioneta, saliendo de la oficina en RTI, se llevaron todo el material.

¿Ya superó su pérdida?

A ese libro le tenía muchos deseos porque yo hice el trabajo de campo en Estados Unidos en el año 1987, que fue el año en que Estados Unidos se convirtió en el primer productor de marihuana del mundo. Hay una revista en Estados Unidos que se llama High Times, especialista en marihuana, y la venden en la calle y esa sí no es mala. El primer libro de Rosenthal dice “para cultivadores patriotas”, es decir que sustituyan importaciones de marihuana a favor de la economía estadounidense.

Investigaciones como esta, ¿en qué posición lo ponen frente a Estados Unidos?

Eso no es problema mío, me imagino que no les gustará.

Pero... ¿tiene visa?

Tengo visa porque el libro no salió. Pero si la pierdo, pues lo siento mucho porque para vivir lo que yo he vivido no se necesita ir a Miamí, con tilde en la í. Es una doble moral, son los árbitros de los derechos humanos y acaban de aprobar la tortura y se llama “presión física leve”, y a los mercenarios ahora les dicen contratistas. ¡Ahí están pintados!

¿Qué pasó con la ficción, nació y murió con Candelaria?

No, Candelaria es una crónica. Lo que pasa es que por seguridad la presenté como novela. Son dos o tres grandes capos de la mafia colombiana de la época de Escobar y el cartel de Cali, pero cambié nombres y de tres capos hice una mafiosa que es Candelaria. Ese libro lo hice parte en Rusia, parte en México, en Colombia y parte en París, en el Observatorio Geopolítico de la Droga.

¿Ese toque de ficción en el libro le dio resultado o no?

No me dio resultado aquí. Cometí el error de comenzar Rusia, Colombia, Rusia, México, porque si comienzo por Colombia tal vez hubiera funcionado mejor. Claro que en España fue todo un éxito.

A propósito de Candelaria y de su accidente en Rusia en el 99, eso da para un cuento: se fracturó la base del cráneo...

Estaba en Muiskamenni, una pequeña aldea muy soviética que tiene debajo una gran base de submarinos; había nevado, hizo mucho frío y todo se congeló y me resbalé. Estuve acostado amarrado de la frente a la cama como 15 días en la Clínica Bodkina en Moscú.

¿Ese incidente cambió su vida en algo?

No, me quitó el olfato y el gusto, pero la vida no. Ellos me dijeron, cuando salí de la clínica, que en otro lugar me habrían abierto la cabeza y me habrían dejado cuadripléjico.

¿Qué ha ganado con sus libros?

Una satisfacción. Toda mi ilusión de vivir es escribir y espero hacerlo hasta el último día de mi vida.

¿Se puede vivir de escribir?

Sí claro, yo he tenido la enorme suerte de vivir de los libros, no como un archimillonario, pero vivo.

¿Qué ha perdido con sus libros?

No he perdido nada, he ganado amigos y de golpe gente que no me quiere cuando denuncio robos que se cometen desde el Estado. Por ejemplo, en un libro que se llama Sin tregua, algunos funcionarios del alto gobierno evaporaron cuatrocientos mil millones de pesos, ellos no me deben querer mucho.

La marca de Enviado Especial es una marca indeleble.

Sí, claro, es una marca que la puso Fernando Gómez Agudelo, ese nombre es el slogan de los periodistas que mandan a cubrir algo.

Muchas de esas denuncias en Enviado Especial fueron efectivas. ¿Hay alguna que todavía vea por ahí que no se ha resuelto?

La mayoría sí, pero esas que eran serruchos, esa plata nunca la devolvieron. Fueron mil ocho programas.

¿Qué extraña del periodismo?

La crónica, el género mayor del periodismo que incluye entrevista extensa, cronología, noticia, investigación y descripción. Prácticamente desapareció la crónica en un país que ha tenido un periodismo fabuloso. El abolengo periodístico de este país es de lo más grande de América.

¿Ya no le gusta lo que lee?

Si veo un programa de televisión por la noche, al día siguiente en la prensa lo que veo es un boletín de noticias de televisión, un montón de “chivitas”, ahí no hay nada, quitando la página editorial de El Espectador que es maravillosa.

¿La extinción de la crónica no es un poco el resultado del ahorro en los gastos de los medios impresos?

Pero no es ahorro, es perder totalmente un espacio, porque a finales del 70 se reunieron básicamente El Tiempo y El Espectador, ante el auge de la radio con las noticias en tiempo real, y dijeron que la única defensa era hacer crónica y que la prensa diaria fuera hacia las revistas y las revistas un poco hacia los libros. Y se hizo hasta los años 90 y luego volvieron atrás y ahora son más incompletos que los boletincitos de radio y de televisión.

Dentro de esa carrera de libros y de periodismo, se han cruzado muchos personajes. ¿Hay uno que lo haya condenado a recordarlo? ¿Pablo Escobar?

Sí, pero es que con Pablo Escobar lo que hice fue hablar unas ocho veces, después de una tremenda pesquisa (enfatiza su tono irónico), lo encontré sentado en el Congreso de la República como Representante a la Cámara y le propuse que me contara su vida y me dijo que sí. Entonces fui a Medellín a hablar con él para preparar el método para entrevistarlo, porque tenía mucha información. Él sabía todo lo de los bandidos de Antioquia y para encontrar el método hablé unas ocho veces con él ¡sin grabar! Y cuando íbamos a comenzar, le pusieron la bomba en su edificio Mónaco y yo pensé: “Miércoles, acá hay una guerra, mejor me quito de aquí”, y no volví.

¿Qué le faltó hacer con ese personaje?

Empezar a grabar su vida. Pero la metodología que encontré para entrevistarlo fue sacar los titulares de la página roja, los titulares de crímenes de El Colombiano de las décadas del 70 y del 80, volverla un título y un primer párrafo que la resumiera. Así sacamos 48.000 titulares con unos muchachos de la Universidad de Antioquia y le alcancé a mostrar el primer cuadernillo, pero no pude seguir por esa bomba. Sin embargo, lo que recordé de lo que habíamos conversado está en un libro que se llama En secreto.

¿Algún personaje anónimo que se le haya cruzado en el camino, digno de una novela?

Julián Gil, el que me inspiró un libro que se llama Perdido en el Amazonas, el más bello que tengo: un marinero raso que se perdió en el Amazonas. No parecía colombiano en cuanto a que pensaba en grande.

Si no fuera escribir, ¿a qué otra cosa se dedicaría?

Yo hubiera querido ser maestro de primaria sin escalafón.

¿Escribir hasta cuándo?

Hasta el día que me muera, hasta el día que pueda y tenga facultades.

¿Qué es mejor: ser escritor con hija o sin hija?

Con hija, por supuesto. Antes de casarme no soportaba los niños y hoy en día los adoro, tengo la maravilla de tener una nieta que se llama Maïa, de nueve meses. Tener a Catalina, ella es arquitecta y vive en París, me ha dado toda la ilusión de vivir; y tener una esposa como Gloria, también. Ahora: tener esposa, hija y nieta... pues no le puedo pedir más a la vida.

Dicen que todo vuelve a su origen, ¿volvería a Zipaquirá?

Yo paso por allá cada 15 días, pero no volvería allá, ya me he acostumbrado a Bogotá.

Algo que no soporte.

Oír comer papas fritas chasqueando, ¡me parece terrible! porque cuando era niño eso no se hacía, le decían a uno “hijo, vete a comer a la cocina”. Pero después vino la educación gringa que acepta el chasquear y lo llaman crocante. A mí una vez me llevaron donde una vecina que tenía un perro cuando estaba niño para que oyera al perro comer y me decían: “Hijo, eso es chasquear” y me quedó esa tara.

***

Han pasado muchos años desde aquella noche en que le robaron su camioneta y con ella la caja donde recopilaba la historia de Gavilán Mayor, el guajiro marimbero, pero no sobra reactivar un servicio social para quienes puedan todavía tener este arrume de notas y grabaciones, el libro inconcluso de un gran escritor. ¿Por qué no? Si todo es posible en un país donde, según Germán Castro, la realidad va más allá de la imaginación.