Jean Claude Bessudo , " me gustan los lugares sin gente"

El hombre que todo el mundo relaciona con viajes, hoteles, páginas sociales, turismo y, desde hace unas semanas, con una hija Ministra, habló con nosotros.
Jean Claude Bessudo , " me gustan los lugares sin gente"

Cuando lo veo sonreír y sonreír con tanta generosidad, un sábado en su oficina, vestido de pantalón y camiseta negros, no puedo evitar recordar a aquel funcionario oriental que, hace ya varios años, con una sonrisa similar, me regaló un tarro de té muy llamativo sin otro motivo más descabellado que el de NO (en mayúscula) haber contratado su agencia de noticias. La infusión acabó con mi estómago y con mi confianza frente a esas sonrisas eternas.

Aquí estamos de nuevo pero frente a este hombre tan conocido en las sociales y entre los colombianos como el pan francés. No ha dejado de sonreír mientras se cambia la camiseta por algo más vivo y se pone el blazer que le trajo su conductor para las fotos. Tiene la piel bronceada. ¡Cómo no tenerla así, si lo suyo es el turismo desde hace 43 años con su empresa Aviatur!

Su cabeza de fondo combina con los dos cuadros de Lorenza Panero que tanto le gustan y que, para completar con la escena del hombre risueño, son de la serie Euforia. Está listo para la entrevista o para una partida de bridge o para Sábados felices o para junta directiva o para lo que sea. A Jean Claude no le duele una muela.

¿Los zapatos de primeros o de últimos en la maleta?

De últimos, me enseñó mi esposa, Danielle, para rellenar los espacios vacíos en los bordes.

En los viajes siempre se pierden cosas. Algo que todavía le duela haber perdido.

Tres vestidos carísimos que tenía colgados en un 747, en el vestier delantero del avión, siendo yo el único pasajero en primera clase. No voy a dar el nombre de la aerolínea pero me quedé dormido y cuando el avión paró ya no estaban los tres vestidos. Eran marca Cerruti.

Dicen que los turistas deben viajar, sobre todo, para olvidarse de ellos mismos.

Digamos que el anonimato tiene grandes ventajas y es delicioso, pero viajo más para conocer. Lamentablemente no logro ser irresponsable, no logro desconectarme totalmente, viajo con teléfono satelital. Soy muy psicorrígido.

¿Influencia de quién?

De la niñera alemana que tuve de chiquito, Elizabeth Magenthies, le decíamos “Tati”.

¿Era muy rigurosa?

La comida que no nos comíamos en la noche, nos la daba en el desayuno, y si no nos la comíamos, nos la daba otra vez en la comida. Y si nos ponían tareas para dentro de una semana, cuando llegábamos a la casa tocaba hacerlas ese mismo día. Por ella, no dejo nunca un papel pendiente en mi escritorio.

¿Cuántas nacionalidades tiene?

Tengo dos, la francesa y la colombiana, pero podría tener hasta nueve.

¿Por qué?

A esas dos súmeles tres por mi papá: la turca porque nació en Turquía, la checa porque también la tuvo y la de Mónaco porque fue su última nacionalidad. Por mi abuelo materno tendría la de Perú. Los judíos sefarditas tenemos derecho al pasaporte español. Los judíos que van a Israel pueden tener el pasaporte israelí. Y el belga porque residí más de tres años en Bélgica y estoy casado con una belga.

¿Cuándo no viajar?

Cuando te provoca estar en tu casa y te sientes rico ahí.

Algo absurdo que la gente nunca se imaginaría que le pueda pasar a Jean Claude.

Hacíamos escala en Miami, en un viaje al Club Med en la isla de Nassau, entonces cogí nuestros pasaportes y los de todo el grupo que éramos como 20 personas, y me fui a reconfirmar los tiquetes a la aerolínea. Cuando regresé al gate para hacer el embarque, no estaba ni el avión ni los demás acompañantes, y yo con todos los pasaportes. Les tocó entrar camuflados a las Bahamas.

¿El turismo es lo suyo?

Le confieso que yo odio el turismo. No viajo prácticamente nunca por la empresa, siempre hay alguien del trabajo que lo hace mejor que yo. A veces en asuntos feriales, pero más que todo viajo por placer.

¿Cuál es la diferencia?

Por ejemplo, mañana voy a Brasil a dictar una charla a la Asociación de Agencias de Viajes. Viajo mañana por la noche, llego el lunes en la madrugada, dicto la charla y me devuelvo ese día por la noche, no es muy divertido. Pero con mi esposa nos vamos de viaje, no sé exactamente qué día, pero nos vamos en un crucero desde la Isla de Pascua a Tahití. Me gustan los lugares sin gente.

¿De dónde viene ese gusto?

En invierno, en Francia, afuera del metro cuando la nieve se vuelve barro y todo es sucio, usted siempre encuentra carteles con islas desiertas, palmeras y arena. Yo creo que de ahí viene mi sueño de la isla desierta.

Cuáles son las tres islas desiertas que más le gustan.

En Colombia, Cayo Bolívar, que es el paraíso en la tierra, muy cerca de San Andrés; Clipperton (o Isla de la Pasión, en el océano Pacífico) y una que está cerca de Pitcairn, la isla de Henderson (Pacífico Sur).

Un consejo importante a la hora de viajar.

Estar seguro de querer viajar con la persona con la que está viajando.

Cuando quiere escapar de lo que hace, ¿para dónde coge?

Trato de imponerme cinco o seis días al mes en una propiedad en Barú, un bungalow muy rústico sobre el mar, muy elemental, con una vista incomparable, pasan sólo unas lanchitas chiquitas. Para mí eso es escapar.

La gente que rotula todo con clichés, ve a Bessudo como el eterno viajero. ¿Qué tan cierto es eso?

Tuve la suerte que los viajes que quise hacer con mi esposa los pudimos hacer y fuimos hasta el reino de Mustang, cuya capital es Lo Manthang, en Nepal, caminando cinco días en el Himalaya para llegar porque no había carreteras, teléfonos, agua corriente, luz eléctrica… Fuimos a los sitios que quisimos conocer, por lo general con nuestra familia y nuestros hijos (Sandra, Samy y Ann). A Petra en Jordania, a los templos de Angkor en Camboya...

Su mayor sueño.

Poder ser irresponsable y viajar con un tiquete de regreso fecha abierta, sin compromisos y sin guías, soy muy malo para aguantarlos.

¿Qué le molesta de los guías?

El cuento tradicional, el situacional, el inventado, que te lleven a las tiendas a hacer compras en vez de contarte algo interesante. Yo soy un pésimo agente de viajes.

Con tantos años de vida turística ¿no hay un guía que lo haya cautivado?

Sí, digamos que sólo una, una argentina en Israel. Cuando una persona logra llamar tu atención te bebes las palabras de su boca.

Un lugar que por cosas del destino casi no llega.

La isla de Clipperton. Me demoré cuatro viajes para llegar. El primer intento fue en un barco de pescadores mexicanos que no supieron llegar, queda a 1.100 kilómetros al suroeste de Michoacán.

¿Cómo fue el segundo intento?

Fue alquilando un Antonov 42, especialista en aterrizar en lodo con las turbinas encima de las alas. Un viaje memorable. Pero no aterrizamos porque había una invasión de guanayas, un ave marina del Perú, con sus nidos por toda la isla. Íbamos con el embajador de Francia, teníamos un sello en el pasaporte y nos detuvieron por presuntos narcotraficantes en Acapulco, y al regreso, por el mismo motivo, en Guatemala.

¿Por qué?

Era un avión ruso con 11 tripulantes rusos y colombianos. Era muy sospechoso. El tercer intento fue en un yate alquilado, pero olas de 9 metros no nos dejaron llegar a sus costas. Y el cuarto, el que finalmente nos puso en la isla, fue una expedición científica francesa, en un barco con ex presidiarios y ex drogadictos.

¿Con ex presidiarios y ex drogadictos en el barco?

Sí. Porque era un buque experimental de un padre francés que había tomado la misión científica de rehabilitarlos haciéndolos observar y acatar el reglamento del barco. Nos tocaba limpiar pisos con mi esposa, trapear, servir la mesa, cocinar hasta que llegamos.

Si cierra los ojos y le digo Clipperton, ¿qué ve?

La arena, el mar turquesa, setenta mil pájaros, catorce millones de cangrejos, los vestigios del cementerio mexicano de la historia de la isla y del libro de Laura Restrepo, La isla de la pasión.

¿Qué hay que conocer a los 15 años?

Vamos a hacer propaganda: los parques nacionales en Colombia.

¿A los 30?

Venecia, con la persona a la que uno ama.

¿A los 50?

Regresar a Venecia.

¿A qué le dice NO de forma rotunda?

A sacar fotos, a los bailes típicos. Yo creo que no fui presidente de la Asociación Mundial del Turismo por mi profunda antipatía a los bailes típicos que siempre son con ruidos y tambores.

Lo más grande que haya traído

de un viaje.

Troncos de madera que encontraron mis hijos en las playas, y dos sillas de Bali que trajo mi mujer, de esas grandes de madera que hacen iguales en el barrio del Siete de agosto.

¿Y usted qué trae?

Relojes antiguos falsos. Llámese al ex presidente Gaviria para que le cuente de la tarde entera que nos la pasamos comprando relojes falsos en la ciudad de Phnom Penh, en Camboya. Compramos 20 ó 30.

Un viaje al que haya ido muy lejos para encontrar algo que tenía muy cerca.

La mayor parte de la ciudad de Bangkok, excluyendo algunos templos, se parece a Barranquilla.

¿Viajar es su verbo favorito o tiene otro que conjuga más?

Amar, a veces pensar, a veces escuchar.

¿Qué música escucha?

Barroca y misas de réquiem.

¿Y en su casa sí lo quieren bastante cuando pone esa música?

A las niñas, cuando chiquitas, la señal los domingos para decirles que el desayuno estaba servido era la obertura de Tannhäuser, de Richard Wagner.

¿Y ellas qué decían?

No han vuelto a escuchar música clásica desde entonces.

Un famoso que haya conocido en un avión.

En un avión a Cartagena estuve sentado al lado de Julio Iglesias. También conocí a Sofía Loren en un vuelo de Tahití a Los Ángeles. Y lo más extraño: me tocó al lado de un marajá con su esclavo en un avión entre París y Nueva Delhi.

El aeropuerto más hermoso.

El de la isla de Bora Bora, porque aterrizas en la pista y coges una lancha para llegar al pueblo. Es la perfección en aeropuertos.

La moneda más difícil.

En el reino de Mustang (entre Nepal y China) utilizan el trueque, no hay moneda.

La compra más inútil.

Mantelería de Venecia y de la India. En casa hay clósets enteros de mantelería sin estrenar. Es tan fina que nos van a enterrar con ella.

Uno de tanto viajar se llega a encontrar con gente muy parecida a uno. ¿Ha encontrado su doble?

El otro día compré en la India una foto de alguien en el río Ganges porque el tipo es igualito a mí, visto por detrás. Es mi doble y no sé cómo se llama. (Señala la foto que tiene afuera, en la recepción de su oficina).

Cuándo ponga su punto final, ¿qué va a hacer?

Una hamaca, un libro, música barroca.

¿Dónde?

En Barú.

Si usted fuera un destino turístico, ¿cómo se anunciaría?

El riesgo es que te quieras quedar.

¿Cómo imagina su último viaje?

En un ataúd, con amigos en el cementerio, o por lo menos conocidos.

¿Y en una isla desolada?

No, no creo.

Su frase de batalla de todos los días.

Defíname, sí o no.

¿Cómo se siente con hija ministra, metida en la política?

Una vez Uribito me preguntó en la esquina en un coctel, ¿señor Bessudo, usted qué opina de la reelección? Y yo le dije: “a mí eso me encanta”, y me preguntó “¿y eso por qué?”. Y le contesté: “porque no tengo que cambiar de partido cada cuatro años”. Eso le dice un poco lo que pienso de la política.

***

Al final me tenía un regalo. Rogué que no fuera otro tarro colorido de té, pero para tranquilidad mía era un bumerán australiano. Sonríe, se despide y cierra la puerta de su oficina, una mole de madera vieja rescatada de alguna casa incendiada durante El Bogotazo en 1948, un año después de que él naciera muy lejos de aquí, en Niza, un 23 de septiembre. A solas, no sé qué pueda pasar con su risa.

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