John Frank Pinchao y su vida en Francia

El policía que escapó del secuestro de las Farc en una fuga cinematográfica de 16 días de supervivencia en la selva, goza de una beca de estudios en la ciudad de Lille.
John Frank Pinchao y su vida en Francia

El joven que me abraza y dice “Hola, hermano”, como si fuéramos viejos amigos, no es el héroe con el que había fijado una entrevista el primero de mayo en una ciudad al norte de Francia.

John Frank Pinchao no corresponde a la imagen que me había hecho de él leyendo Mi fuga, el libro donde el famoso policía colombiano relata cómo logró escapársele a la guerrilla tras ocho años y medio de secuestro.

Es delgado, sonriente y afable. La mirada no expresa la más mínima sombra de amargura. La expresión no es aguerrida. Me cuesta trabajo, incluso, imaginarlo en uniforme y portando un arma. Tampoco revela 36 años de edad. No es la primera vez que se lo dicen: “Mi hermana es diez años más joven, pero siempre creen que ella es la mayor”.

El primer día en la universidad francesa donde está estudiando, un profesor chileno lo acompañó para ayudarle con los trámites. Los compañeros de estudio le contaron después que confundieron a ese profesor con su padre y alcanzaron a comentar entre ellos: “¡Qué vergüenza traer al papá a la universidad!”.

En la calle, mientras caminamos con su novia y el fotógrafo, nos cruzamos de casualidad con uno de sus compañeros. Es un chico francés que nos sugiere en español, con acento madrileño, participar en la “Fête de la soupe” (Fiesta de la sopa) que se celebra en esos momentos en un barrio popular. Este sí es un auténtico joven, pienso. Unos veinte años. John Frank, al lado de él, se revela como lo que es realmente: un adulto con eterno rostro de muchacho.

–Vámonos de fiesta a comer ajiaco, sugiero. Y tras decir esto, aprovecho para hacer la pregunta de rigor entre colombianos en el extranjero.

–¿Qué es lo que más extraña de Colombia?

–La gente, la música, el ambiente. Todo. Incluido un buen pedazo de carne.

Dejamos las sopas para los turistas y nos vamos a buscar un asado para el almuerzo.

“Carne, pero no roja, por favor”, dice en francés John Frank al mesero y de inmediato nos voltea a mirar.

Entendemos enseguida que debemos repetir la orden no vaya a ser que el mesero no entienda y se la traiga roja como a la francesa y no bien negrita como a la colombiana. Los tres, incluso el vegetariano del grupo, repetimos en coro : “Pas saignante, s’il vous plaît”.

Pero es inútil porque el garçon había entendido desde el principio y ya ha pasado a otra cosa:

–¿Quiere carne Charal?, le pregunta el mesero a John Frank.

–¡No, yo no como caballo!, responde alarmado, como si el mesero estuviera empujándolo a cometer un crimen.

En realidad, el mesero no le ha ofrecido carne de caballo (cheval), sino carne de vaca marca Charal. La situación es cómica. Una de las tantas que nos ocurren a diario a los colombianos aquí. Pero nadie se ríe. Todos sabemos ya que el idioma es el talón de Aquiles de nuestro héroe y preferimos pasar por alto el incidente.

–¿Y qué tal el francés?, le pregunto.

–El idioma es lo más difícil para mí en este momento. Sobre todo la pronunciación, los sonidos nasales. Diferenciar, por ejemplo, entre ‘en’ y ‘an’ .

Entiendo de lo que habla porque aún me ocurre que un nativo pase del francés al inglés tras escuchar mi acento. Y eso que comencé a estudiar el idioma siendo niño y vivo desde hace 15 años en este país. La única forma de progresar es comunicarse lo más posible, pero John Frank no ha tenido muchas oportunidades en estos nueve meses.

Vive en una residencia universitaria para extranjeros situada en un pueblo pequeño donde no conoce a ningún francés. Sus amigos son una mexicana y un chileno con los que habla en español.

Ahí lleva la vida de un modesto estudiante: cuarto de 20 metros cuadrados con cocineta y baño que le cuestan 300 euros mensuales. Tras pagar el alquiler, le quedan 500 euros para el resto del mes. Una suma irrisoria para pagar comida y transporte. Almuerza por tres euros en el restaurante estudiantil y él mismo se prepara el desayuno y la comida. Aun así, se las ha arreglado para viajar a Bélgica y a Holanda, países que tiene muy cerca, pero también a España e Italia.

En esta rutina, el único momento que tiene para cruzar un par de palabras en francés con los compañeros es durante los cambios de clase. Me pregunto entonces cómo hace para entender las materias que dicta el prestigioso centro de estudios políticos donde está inscrito, entre otras, problemas internacionales contemporáneos, sociología política, instituciones políticas comparadas y geopolítica mundial.

“En las primeras clases no comprendía absolutamente nada. Me tocaba imaginar lo que estaban diciendo. Pero ya he desarrollado la capacidad para entender”.

Recientemente contó su fuga delante de una veintena de compañeros dentro de un ejercicio de exposición en la clase de francés. Había escrito un texto para hablar diez minutos, pero terminó hablando hora y media.

“Fue un largo monólogo. No me di cuenta de que había pasado tanto tiempo. Fue la primera vez que me dirigí en francés a un auditorio. Las palabras me fluyeron. Es la prueba de que sí he aprendido el idioma y puedo comunicar. Al final me aplaudieron y varios compañeros se acercaron a saludarme y a felicitarme”.

Hay que llegar a Francia sin saber el idioma, estudiarlo escasamente un mes y luego desembarcar en un curso de ciencia política con hijos de la élite mundial para comprender por qué se emociona al contar ese episodio.

Íngrid Betancourt es la que más le ha insistido para que aprenda bien el idioma. Ella le ha aconsejado que se mezcle con los franceses y viaje lo más posible.

–¿Se ha encontrado con ella?

–No. Pero quedamos de vernos este mes. Me llama por teléfono con frecuencia, una vez al mes, más o menos. Me pregunta cómo voy en los estudios y me ha contado que va a publicar pronto su libro.

John Frank agrega que la beca que le ha permitido estudiar en Francia, cuya prolongación un año más se decide muy pronto, es una de las Becas de la Libertad que el presidente francés Nicolás Sarkozy le otorgó a Colombia por petición de Íngrid Betancourt. Tres militares liberados en la Operación Jaque participan actualmente en ese programa.

Me intriga saber qué piensa sobre la imagen contrastada que se tiene hoy de Íngrid Betancourt. Los medios franceses se encargaron de subirla y de bajarla del pedestal en un par de meses.

“Pienso que los libros de los norteamericanos la perjudicaron mucho. Pero no hay que juzgar. Todos tenemos cosas buenas y cosas malas. Íngrid ha jugado un papel muy importante en mi vida”.

–¿Por qué?

–Me hizo creer en mí. Me hizo conocer la fuerza que había dentro de mí. La gente requiere estímulos para hacer cosas grandes. Todos somos capaces, pero necesitamos un impulso.

–Explíqueme, con sus propias palabras, qué fue lo que usted hizo de grande.

–Desafiar la muerte. Había más probabilidades de morir que de salir vivo. Claro que una vez que me lancé era como si no fuera yo. Por supuesto yo luchaba, pero sabía que todo lo que me pasara, bueno o malo, estaba en manos de Dios.

Siento de repente deseos de ponerme de pie y anunciar en voz alta que este hombre aquí a mi lado se le escapó a la guerrilla. Ahí donde lo ven sobrevivió 16 días solo en la selva. Planeó al milímetro la fuga para no dejarse atrapar al cabo de 48 horas. Dominó el pánico al agua. Se escabulló por los ríos sin saber nadar. Se trepó a un árbol para burlar a un tigre. Soportó estoico las picadas de una nube de zancudos.

Por todo eso, mesdames et messieurs, sugiero unos nutridos aplausos para Pinchao, héroe colombiano.

Pero retengo el impulso y termino de almorzar con el tipo entrañable y normal que tengo sentado enfrente. John Frank no practica ningún deporte porque es un perezoso de tiempo completo. Es capaz de nadar únicamente cuando el agua le llega al pecho. Dejó de dibujar porque ya nadie le pide caricaturas como hacían sus compañeros de cautiverio. Se molesta cuando la novia le reprocha no ser detallista. No va a misa los domingos ni los días de fiesta. Aprendió en Francia a cocinar arroz con pollo y pastas con atún, pero no sabe qué es una crepe.

–¿Tiene alguna pesadilla recurrente, John Frank?

–Sí, fíjese que sí. A veces sueño que la guerrilla me vuelve a secuestrar y me reúno nuevamente con mis compañeros; estoy con ellos y les hablo. Y vuelve a empezar el proceso de la espera de la libertad.

–Debe ser un sueño muy angustiante.

–“No, es más bien un sueño de incertidumbre total, de desaliento, la incógnita de no saber nuevamente cuánto tiempo tendré que volver a esperar para tener la libertad”.