Juan Gossaín, "yo no oigo noticias"

Frente a un nuevo rumor de su inminente retiro, luego de 40 años literalmente enclaustrado en el periodismo de RCN Radio, fuimos hasta Cartagena para entrevistarlo.
Juan Gossaín, "yo no oigo noticias"

Tratamos de hacer las cuentas en la vida de un auxiliar de contabilidad que impuso un estilo frente al micrófono. Hoy escribe en su iPhone apuntes para su nueva novela y confiesa que a sus 61 años ya no “come ansias” ni le interesa ir a ninguna parte. Memorias del hombre que quería irse.

Son las ocho de la mañana y mientras entro por el angosto corredor de la emisora de RCN en Cartagena, me cruzo con una desbandada de costeños apurados y bulliciosos. Me devuelvo con ellos, primero para verificar que no se me escape mi entrevistado y luego para averiguar qué pasa: no suena ninguna sirena, no parece un simulacro de desalojo ni tampoco están regalando en la calle raspao.

Todos corren para mover sus carros antes que la policía los multe por parquear en la calle. Todos menos uno. Un gran privilegio para don Juan. Su camioneta, Ego Toyota, es más reconocida y respetada que la estatua del parque frente al Palacio de la Inquisición. Una gran comodidad, lo admito, pero no creo que por eso no se retire de la radio, a pesar de que de vez en cuando insinúe su despedida como los circos viejos que nunca se van. Otra vez ha corrido la voz de que ahora sí es cierto.

Y ese es el motivo de mi visita. Sospecho que Juan ya lo sabe y en el fondo le da mucha pereza recibirme. Lo entiendo, por eso no exploto en la recepción y pongo cara de dalai lama cuando un escolta nervioso intenta abortar la cita con mil excusas: que no pudieron comunicarse antes para avisarme de la cancelación, que don Juan tiene una reunión, que qué vaina, que fue un imprevisto, que espere un momento le van a contar a don Juan que usted vino de Bogotá exclusivamente para esta entrevista. Media hora después, el portero me pasa un teléfono por el que me avisan que finalmente me va a recibir, que espere, que ya me llaman.

Espero a que me llamen junto a un puesto de dulces con un radio a todo volumen en donde se oye la inconfundible voz de don Juan entrevistando a Juan Manuel Santos. Su despedida al aire con el ex ministro es mi contraseña de entrada. Adentro y justo antes de encontrarme con Juan Gossaín en su cabina de radio, donde ha pasado más de la mitad de su vida, lo veo por la ventanita de la pesada puerta y da la sensación de ser un reo feliz o por lo menos cómodo y resignado en su celda, que no quiere que le vengan con más preguntas sobre cuándo queda libre de su encarcelamiento en la radio. Lo entiendo.

Frente a frente, la primera impresión es la de un Juan Gossaín mucho más light que el de Bogotá, no sólo por cambiar los vestidos de paño y las corbatas por una pinta de algodón blanco con zapatos de tela y sin medias, sino por los 23 kilos que se quitó de encima en dos años. Ahora su báscula no marca 104 kilos sino 81. Le entrego unas fotografías suyas que le copié del archivo de CROMOS, como si botara carnada fresca para asegurar una buena pesca. Lo demás fue olvido y nostalgia. Olvido de mi forcejeo al entrar y nostalgia de verse él con más pelo, otras gafas y pinta de reportero tropero, cuando los viáticos eran cortos y muy largas las ganas de aventurarse detrás de una buena noticia.

Estas fotos son un regalo de CROMOS.

Si es un soborno para la entrevista, se equivoca porque es al revés: yo lo soborné con la entrevista para que me regalara las fotografías.

¿Dónde está usted en esta foto?

En mi oficina en RCN, recién nombrado director. Lo recuerdo por dos razones: primero, porque este era el sofá de la oficina, de mi primera oficina en RCN, y segundo porque estos zapatos me los regaló Margot recién casados, entré a RCN el 12 de febrero del 84 y me casé con Margot el 24 de marzo, y esos zapatos me lo regaló ella, yo estaba recién casado y recién posesionado.

¿Qué zapatos eran?

Eran no, son. Yo no boto nada nunca. Esos tienen 25 años. Son unos zapatos españoles deliciosos que todavía funcionan. El otro día le di uno a Antonio José Caballero que iba para España y le encargué que me consiguiera un par. Pero llegó allá y me llamó indignado desde un almacén diciendo que los vendedores se estaban burlando de él, que eso ya no existía.

Una cosa que hoy ya no le importe

El dinero, cuando empecé en el periodismo yo necesitaba vivir y tener unos ingresos que ya hoy, cuarenta años después, no son importantes. Mi mujer dice una cosa que es cierta: que yo podría vivir con doscientos mil pesos mensuales para comprar las revistas del crucigrama que me dedico a hacer todo el día; no como, no voy a ninguna parte y mis camisas a veces me las pongo y no sé si están rotas o si son nuevas… eso no tiene importancia de nada, lo único importante en la vida ¿sabe qué es? Saber qué es lo que uno quiere.

¿Y hoy quiere retirarse?

Yo quiero retirarme desde hace mucho tiempo, desde hace diez o doce años. Le voy a decir una cosa y lo digo en serio: una de las razones por las cuales no me he ido es porque no sé qué tanta falta me vaya a hacer esto. En Las mil y una noches hay un cuento de un derviche al que contrataban para que le adivinara a la gente cómo iba a ser su vida en el futuro; si yo pudiera conseguir uno que me dijera “no se vaya que se va a morir o váyase que no le va a pasar nada”. Pero como de eso no hay, ¿sabe qué me ha empezado a pasar? Que estoy empezando a entender a los depresivos, a los jubilados que juegan dominó, a los que se vuelven alcohólicos, incluso a los suicidas. ¿Esa es la vida que me espera? Y como no lo sé, tengo miedo de lanzarme, esa es la verdad, es un viaje al vacío con los ojos cerrados.

¿No está poniendo muchos puntos suspensivos, por no decir que se despide más que circo viejo?

Creo que sí, pero no tengo coraje para eso, yo he sido un cobarde toda la vida. Desde hace cuarenta años yo no tengo valor para enfrentar una amenaza ni para enfrentar el futuro. Yo soy un periodista, un hombre que sabe lo que está pasando hoy pero que le aterra un poco lo de mañana, sobre todo cuando se trata ya de la vida de uno.

Como en el ciclismo, ¿no cree que en el periodismo seguimos con los mismos capos, incluido usted?

Claro que sí. Y eso no sólo es injusto sobre todo porque represa a las nuevas generaciones de periodistas sino que es injusto incluso con uno que merece un descanso. Un montón de viejos vamos a terminar llegando a las cabinas de radio con un bastón o con un perro para ciegos, no es justo ni con los demás ni con uno, ahora ¿lo es con la opinión pública? Eso sí no puedo responder.

Juan, una debilidad suya. ¿Una puede ser eso de no dejar esta silla?

No, mi debilidad, lo que me hace titubear de todo, son mis nietos. Tengo dos, el mayor naturalmente se llama Juan Gossaín porque en esa casa no abunda la imaginación, y la menor se llama Ana Gabriela, esos son mi debilidad realmente; y el mar, ver el mar.

¿Qué más lo emociona a sus 61 años?

¿Usted sabe, después de tantos años de experiencia como director y jefe de redacción, qué me emociona a mí? Ver a los nuevos periodistas que están viniendo de las universidades, llegan a la oficina a pedir trabajo, convencidos de que van a cambiar el mundo con el periodismo. Cuando tengan la edad mía descubrirán que no lo cambiaron pero no importa, lo importante es que lo creyeron.

¿Para usted oír las noticias es tan importante como lo fue en los primeros años de su carrera?

No, yo no oigo noticias, si usted me lo quiere creer, muy bien, si no peor para usted. En mi casa no hay radios. Un día un médico en Bogotá, un poco insistente, me preguntó por qué no tenía radios en mi casa. ¿Que por qué? Por la misma razón –le respondí– que en la suya no hay un quirófano.

¿Pesó en su trabajo que la noticia sigue siendo importante?

Es más importante que entonces porque hoy comprendo, después de cuarenta años (claro, para eso se envejece), el valor que tiene, sobre todo el valor de las noticias correctas, oportunas, veraces.

Pero en este país llegan muchas noticias correctas, oportunas y veraces y no pasa nada…

No sólo no pasa nada sino que yo no conozco país en el mundo en el cual duren menos las noticias que en este, lo que a las siete de la mañana es a la siete y cuarto ya no parece, las noticias se desplazan unas a otras empujándose por detrás. Lo que pasa es que no hay seguimiento, pero no hay seguimiento no porque los periodistas sean malos, no hay seguimiento no porque los medios sean diferentes, no hay seguimiento porque no hay tiempo ni espacio de meter tanta cosa.

Juan, ya lejos de la prisa, ¿valió la pena correr tanto, madrugar tanto, rabiar tanto detrás de una noticia?

Sí, la noticia lo merece todo. No diría la noticia, el periodismo lo merece todo y justifica todo, salvo la mentira. Yo sé lo que es la ética profesional pero también hay una estética profesional. No basta con decir la verdad, hay que contarla bien contada, que es lo que hacen los grandes reporteros. La noticia por sí misma no tiene valor sino por una cantidad de elementos que la vuelven emocionante.

¿Cree que el periodismo olvidó los detalles?

Los olvidó. El periodismo se volvió muy “rentabilista”. Esa creencia está acabando con el periodismo. Los periódicos no publican buenas historias porque dicen que no hay cronistas y los cronistas dicen, con razón, que cómo van a escribir una cosa que nadie publica, y eso requiere tiempo, requiere espacio, requiere paciencia y requiere talento.

Los medios impresos cada vez más son como carteleras que sólo anuncian cosas.

Así es, el otro día vi una que me dejó pasmado en un periódico de Bogotá, era más largo el titular que la noticia, yo habría hecho una broma: poner la noticia primero y el titular después.

¿Cómo ve El Tiempo?

A mí no me gusta. El Tiempo, siendo un periódico nacional, no puede seguir comportándose como el periódico local de Bogotá. El Tiempo no conoce las regiones, no las registra. Es un medio autista encerrado en sí mismo. De ahí el crecimiento de los diarios regionales.

¿A El Tiempo le falta Cambio?

Si, le falta mucho Cambio y le sobra mucho Elenco.

¿Cómo ve El Espectador?

Fue mi casa inicial, ahí empecé. A mí me gusta mucho de El Espectador los alardes de independencia que está dando desde el punto de vista crítico y político. Ahora bien, lo que tiene de bueno es lo mismo que tiene de malo. Me explico: cuando usted tiene tantos columnistas puede pasar que sobren algunos, mientras que los que valen la pena sólo aparecen una vez a la semana porque el espacio lo están ocupando los otros.

¿Cuál es el diagnóstico del periodismo colombiano hoy en día?

Le falta corazón, le sobran riñones. El riñón es símbolo de coraje, según los médicos antiguos. Yo admiro a mis colegas colombianos que se hacen matar por una noticia por allá en un pueblo. Pero lo que uno ve es que les hace falta un poco más de corazón, el periodismo se ha vuelto desalmado. Los periodistas vamos a tener que entender que no es lo mismo la imparcialidad que la frialdad o la indiferencia.

Juan, ¿dónde está la nueva generación de periodismo?

Sin duda en la radio, lo malo es que la televisión nos saquea las redacciones todos los días, y el problema es que se vuelven triviales porque lo que buscan en la televisión es la imagen, les parece divino que su mamá los vea. No he dicho que la televisión sea un desastre, lo que digo es que le dan mucha importancia a las apariencias.

Una frustración

Lo que realmente me hiere el alma es no haber aprendido a tocar el acordeón vallenato, eso es lo más importante en mi vida y no pude hacerlo. Hoy, supongo, sería músico de un prostíbulo, con un hermoso corbatín de satín azul brillante, estaría feliz en eso.

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Seguro que ese Juan del prostíbulo anda por ahí entre los demás Juanes que deambulan por la ciudad. Porque Juan Gossaín hay más de uno. Lo supe de tanto buscarlo semanas antes de esta entrevista. Había muchos Juanes Gossaínes en Cartagena. Era como si en un tablero de ajedrez de pronto los peones comenzaran a parecerse al rey. Lo había visto en las páginas sociales, pero también en el Hay Festival “vallenateando” con David Sánchez Juliao, en una calle mirando las nubes, en El Laguito escribiendo apuntes de novela en su iPhone, frente al mar con una copa de vino, de farra en las fiestas callejeras del 11 de noviembre, en una universidad, en el Santa Clara comiendo sancocho, de incógnito en un almacén y en una ceremonia casándose por segunda vez pero –para martirio de sus amigos separados– con la misma mujer con la que se casó hace 26 años. Para él esto no es una sorpresa ni mucho menos un misterio. Él ya sabe que de él hay por ahí varios dobles dando vueltas. Detectados por ahora lleva dos, el primero fue su amigo, ya fallecido, Augusto de Pombo Parejo, y el segundo, un hombre de Turbaco que gracias a su parecido hasta se ganó un reportaje en El Universal, recorte que Juan guarda desde hace dos años como un comodín, para mostrárselo a Margot, su esposa, el día que le diga que lo vieron en el centro con una vieja.

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¿Algún tatuaje que certifique que usted de verdad es usted?

No, no. Tatuaje no.

¿Alguna seña particular para que su esposa, Margot Ricci, certifique su autenticidad?

Que yo tengo una bola en la pierna, por eso a veces cuando hay gente no me pongo vestido de baño. Que no sé nadar. Que por la presión arterial no puedo tomar whisky, que era lo que me gustaba, ahora me dan vino mezclado con hielo y refresco, una cosa horrible pero me toca. Que no me pongo nunca calzoncillos, eso es una incomodidad, lo más antinatural que hay en la vida es la ropa interior. Y que tengo un Rembrandt y un Dalí.

¡Un Rembrandt!

Sí, un Rembrandt. Entramos a una galería en Nueva York un día, hace como 25 años, y lo estaban vendiendo en unas condiciones tan buenas, daban como veinte años para pagarlo con tarjeta de crédito, entonces lo compré hace muchos años y ya lo terminé de pagar. Se llama El jugador de golf y es una plumilla.

¿Y el Dalí?

Fue peor, en un crucero por las islas del Caribe, una vez de vacaciones con mi mujer y mis hijos, Isabela y Danilo, en el barco había una sala de exposiciones y ahí hubo un remate y no nos presentamos sino nosotros y lo compramos muy barato, no me acuerdo cuánto. Se llama Dante entrando al infierno y es una acuarela. Era la época que me gustaba viajar. Hoy ya no salgo a ninguna parte, no sólo porque el médico me lo prohibió sino que coincide con mis ganas de no salir.

¿Y su reloj Cartier es de verdad?

¡No! Esto es una auténtica imitación Cartier con todo lo que eso tiene de surrealista y de paradójico.

¿Qué carga en la cadena de oro?

Un escapulario, un Cristo y el mapa del Líbano, la tierra de mis antepasados.

¿Qué lugar lleva en el alma?

Lugar que me llevo en el alma eso sí lo tengo clarísimo desde el día que lo conocí: un parquecito en Bogotá que está frente a la iglesia de Teusaquillo. Cuando yo tenía 20 años, recién llegado a Bogotá, ahí me sentaba a padecer mis penas, no tenía a nadie, nadie es nadie: ni mujer, ni hijos, ni amigos, ni perros, ni gatos, ni nada. Ahí me sentaba y el lugar me daba un gran sosiego.

“El colmo es no haberme tomado nunca en serio”, eso dijo usted en CROMOS, ¿en qué estaba pensando?

No sé, pero déjeme decirle que es de las pocas afirmaciones hechas por mí, hace años, que reivindicaría completa. Aunque le cambiaría una palabra, una sola.

¿Cuál?

Cambiaría colmo por fortuna. Todo el que se toma en serio a sí mismo está condenado, mire como en la historia de la Revolución Francesa, Michel Vovelle comienza diciendo que los reyes franceses eran un desastre, pero que tenían un virtud: no les daba vergüenza hacer el ridículo en público, con esos atuendos con bombachos y medias color fucsia, y dice que los reyes franceses descubrieron el sentido del humor que comienza cuando uno no se toma en serio a sí mismo.

¿Un fanatismo superado ya en su vida?

El del béisbol.

¿Fanático es que se volvía energúmeno?

Sí, y peleaba con media humanidad. Yo no admitía que los Yankees de Nueva York pudieran perder. Ese era el único fanatismo mío y lo superé hace tiempos.

¿Cuándo mira al cielo?

Con mucha frecuencia, pero por una buena razón, a mí me encanta el juego muy poético de encontrar figuras entre las nubes, sobre todo porque sé que uno puede encontrar lo que quiera.

¿Ve a Dios?

Claro, y hablamos mucho. Soy un creyente, mi madre me educó así. Hablo con Dios al levantarme y al acostarme, todos los días. ¿Sabe en qué estoy ahora? Ya no pido nada, me la paso dando gracias porque tengo una familia, porque tengo unos nietos, porque tengo un oficio…

¿De qué se cansó de Bogotá?

De nada, de la salud. ¡Hombre! Por fin encontré un médico que me dijera lo que uno quiere oír en la vida. Y le pedí que me lo pusiera por escrito, lo mandé enmarcar y lo colgué en el estudio: “El señor no puede volver a la altura de Bogotá”.

¿Qué le hace Bogotá a su salud?

Me sube la presión inmediatamente y me pone a palpitar el corazón, mejor a latir muy rápido, no a palpitar, porque así me lo ponen las muchachas.

¿Su miedo más nuevo?

La diabetes, le tengo terror, he visto morir a mi familia de eso, creo que diabetes es mala palabra.

¿Está lejos de ella?

Lejos de ella. ¡Satanás! Estoy haciendo ejercicio todos los días y ya adelgacé 23 kilos sólo por miedo a esa cosa. No sabe lo que se sufre de adelgazar en Cartagena, aquí es una tortura con la sopa, la yuca, el ñame, los arroces...

¿Cuanto más conoce a los periodistas más quiere a su perro?

A mí no me gustan los perros, me parecen serviles. Me quedo con los periodistas que son casi tan traidores como los gatos pero no tanto. ¿Sabe por qué me quedo con ellos? Porque no son tan serviles como los perros.

¿Cómo quiere que lo recuerden? ¿Cómo el hombre que quería irse y nunca se fue?

Parece un buen argumento para una película. Me sentiría satisfecho que me recordaran como una persona que todos los días intentó cumplir con sus deberes, eso es todo.

¿Y qué me dice del hombre que se atrevió a salir de San Bernardo del Viento?

No estoy seguro a estas alturas de la vida, cuarenta años después, que haber salido de San Bernardo del Viento rumbo a Bogotá y al periodismo hubiera sido una buena idea. No tengo mayor elementos de juicio para autoanalizarme pero pienso en lo que hubiera sido mi vida en San Bernardo del Viento: sería un hacendado, tendría un montón de vacas, unas botas, unos blue jeans americanos, sombreros, tendría varias queridas y un montón de hijos, sería compadre de todo el pueblo… Yo no sé si eso es mejor que haber hecho una carrera periodística.

¿Un consejo para los jóvenes que quieran ser como usted?

Que no intenten ser como yo.

¿Una palabra en su vida?

Paciencia, porque no la tengo.

¿La fama para qué le sirvió?

Para conocer más gente y para distinguir mejor a los seres humanos.

¿Le robó tiempo para conocerse a sí mismo como escritor?

Así es, me robó tiempo, pero mi regreso a Cartagena me lo está devolviendo.

Casos como el de Paolo Giordano, un escritor exitoso a los veintiséis años con su primer libro ¿no lo pone a pensar en su carrera literaria tardía?

Para mí el periodismo no fue sino un sustituto de la literatura y eso no me gusta. Quisiera que Dios tratara a los escritores como a Matusalén dándole novecientos años, que haga una excepción. Yo debí haber sido escritor desde el comienzo pero no tuve el valor para renunciar al salario mensual que me garantizaba un mercado, un yantar, como dice don Francisco de Quevedo; no tuve el coraje, por eso yo admiro tanto a los que lo tienen.

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Por lo pronto, alimenta su coraje con un nuevo hábito: el de escribir en su iPhone ideas, atmósferas, pedazos de alguna novela, “apunticos” como él los llama, para una escena, en su intento por empezar una novela sobre la historia de un par de crímenes de su juventud. En la pantalla se ven palabras sueltas, parecen versos pero son apuntes para su prosa: “alguna vez quisiera tener un sueño largo / dormir durante horas / sufrimiento, pereza, debilidad / mistificaron la vida hasta hacerla inexplicable / miserias de la vida con mis círculos / vacío desanimado / sueño imposible / quimera / se le notaba desesperado comiendo ansias”.

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¿Comiendo ansias?

En la sabana de Bolívar, cuando alguien estaba desesperado, le decían “no comas ansias”, que me parece bellísimo, no comas ansias, espérate, cálmate. Hoy ya no como ansias, ni cuento, ni nada.

¿Y el cuento de sus hijos?

Danilo tiene 36 años y terminó siendo músico. Tiene en Bogotá una pequeña empresa de producción y grabación de discos y de comerciales de radio y televisión. Isabela es pintora, estudió en Boston y está en Cartagena con su mamá y conmigo, preparando una exposición. En mi casa no hay periodistas, por fortuna. Me encanta que en vez de ser abogados y periodistas hayan decidido ser pintores y músicos.

¿Y sus otros hijos, su Rembrandt y su Dalí en Bogotá, no le hacen falta?

¡Mucha! Los cuadros son realmente miembros de la familia. Y mis libros, la mayor parte también está en Bogotá. ¿Hasta cuándo? No tengo la menor idea.

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Lo que sí tiene muy cerca en su casa en la costa es su colección completa de diccionarios, que el año pasado se multiplicaron como conejos gracias a una nota en CROMOS sobre “Juan, el coleccionista de diccionarios”. Luego del artículo, un montón de señoras lo llamaron para decirle que le querían enviar el mamotreto de la abuelita. Hasta un anónimo le regaló un diccionario del siglo XVII que había rescatado de una pila de papel reciclado cuando se disponía a picarlo.

Yo venía a la entrevista por el adiós de Juan Gossaín

No, ‘hombe’, qué adiós ni qué nada, no sé sinceramente, no sé, no sé, a lo mejor mañana amanezco fuera o a lo mejor termino muriéndome aquí, sentado en la cabina.

¿Pero a Juan Gossaín lo pueden echar?

Pero claro que sí, un día le dicen a uno: ¡Mire, váyase! No sé, no sé, lo que sí le garantizo es que no he trabajado en ningún lugar mejor que en RCN y lo digo ahora cuando ya no necesito nada de nadie.

¿De pronto eso es lo que espera, que el final se lo marque alguien?

A lo mejor uno necesita eso, por eso es que a veces las muchachas tienen que decirles a los tipos “casémonos”, somos tan faltos de valor para proponer cosas que nos tienen que empujar… con tal de que el empujón no sea al abismo.

El día que ya no trabaje en radio ¿qué va a hacer?

A las muchachas del servicio de mi casa les he dado la orden de que cuando a mí me llamen de los medios de comunicación digan que yo no estoy, no le paso a nadie, le tengo pavor a los periodistas, sobre todo el día que ya no trabaje en la radio.