La revancha de Juan Pablo Montoya

Han pasado tres años y 131 carreras desde que Juan Pablo Montoya cambió la F1 por la Nascar. Ahora es el primer extranjero en disputar la competencia más vista en Norteamerica lejos de la aristocracia del automovilismo, ha vuelto a correr por gusto, !y está feliz!.
La revancha de Juan Pablo Montoya

El sábado 25 de junio de 2006, en Montreal, a eso del mediodía y previo a la clasificación del Gran Premio de Canadá de Fórmula Uno, hablaba con Juan Pablo Montoya sobre cómo avanzaban sus conversaciones con los tres equipos que consideraba para seguir su camino en la máxima categoría. Toyota, Red Bull y Williams se veían como opciones en ese entonces, pues se daba por descontado que el bogotano cumpliría su última temporada en McLaren.

Sentado en la zona VIP del equipo, y con las mangas del uniforme plateado amarradas a la cintura, me dijo: “Hablé con Chip”. Yo, por supuesto, pensé que su idea era regresar con su ex jefe Ganassi a la IndyCar, en la que había sido campeón en 1999, cuando la serie se conocía como Cart. “No –me dijo–, es para correr en Nascar”. Imaginé que era una broma pesada, pero me insistió: “Piénselo y verá. Tiene mucho sentido”.

Tengo que admitir que pasaron meses antes de que pudiera encontrarle todo el sentido que él le veía a realizar ese cambio que ningún piloto en la historia del automovilismo había intentado antes. Nascar nunca ha sido percibida como una serie mundial, al mismo nivel de la Fórmula Uno, sino como una categoría aparte, con reglas muy diferentes y muy especializada. Un espectáculo, sí, pero uno concebido para el público estadounidense. Esto era algo así como pasar de jugar el mundial de fútbol a disputar el Superbowl.

Fue muy duro aceptar la decisión que había tomado Montoya. De repente lo vi dejar atrás todo eso por lo que él había trabajado desde que tenía 6 años junto a su padre y su familia. Era abandonar el sueño de ser campeón del mundo, uno que ya había acariciado años atrás con el equipo Williams. Era entrar en un terreno desconocido para él y para todos los que estábamos pendientes de su desempeño.

En nuestro país, muchos de quienes madrugaban a ver o escuchar sus carreras, simplemente no volvieron a seguirle. Algunos superamos el período de conflicto por su decisión y otros aún se lamentan, aunque poco a poco han vuelto a ver sus competencias, un poco a regañadientes. Sin embargo, Montoya siempre estuvo seguro de su decisión, porque la asumió como un desafío, como un giro en su carrera en busca de volver a disfrutar de su profesión.

En cuestión de meses, tras haber cortado abruptamente con McLaren y la Fórmula Uno, Montoya era otro. El estrés permanente que vivió durante sus últimos días en la máxima categoría ya no estaba allí. De nuevo era el Juan Pablo bromista y alegre de antes. Su esposa Connie siempre lo apoyó y se ha convertido a la Nascar tan rápido como su marido.

Montoya ha sido un tipo de retos, o como dicen en su familia, de “echar el pique”. Es un competidor nato y la tarea de convertir un equipo de mitad de tabla en uno que lograra triunfos y disputara títulos en una categoría tan competitiva como Nascar, era algo que lo atraía. Ganassi le dijo: “Usted es el mejor piloto que yo he tenido” y creyó en su potencial para echarse la gente al hombro y poner a rivalizar el equipo contra los mejores de la categoría.

Además de toda la novedad que implicaba el cambio, había una serie de elementos que le permitían a él vivir las carreras como siempre le ha gustado: con su familia y sus amigos cerca. Recuerdo cómo en 2005, cuando apareció en la pista con su primogénito Sebastián, tras regresar de su polémica lesión en el hombro izquierdo, las miradas fueron de asombro. “¿No le preocupa que se quede sordo el niño con el ruido de los carros?”. Me preguntaron algunos colegas. Un niño de pañal en la zona VIP de McLaren era algo tal vez nunca visto.

En Nascar, en cambio, es algo normal. Sus integrantes, incluso, la conciben como una familia. De hecho Dale Earnhardt Jr., el piloto más popular de Nascar, creció en las pistas viendo correr a su legendario padre, quien llevaba su mismo nombre. Generación tras generación se han ido desarrollando la categoría, los equipos y los escenarios desde que Bill France fundó la serie en 1948. Su hijo Bill Jr. la posicionó y la convirtió en un espectáculo multitudinario y millonario, y ahora el nieto Brian es quien está frente al timón de la categoría más importante del automovilismo norteamericano, el segundo deporte más visto en televisión en los Estados Unidos.

El día a día en las pistas para Montoya y su familia es muy diferente ahora. Mientras en la Fórmula Uno la rutina diaria en un Gran Premio iniciaba y terminaba en un hotel, pasando por un cuarto de dos por dos metros que era su espacio privado en la pista, en Nascar tiene una casa rodante que se convierte en su hogar en cada escenario que visita, igual a la que tienen los demás pilotos, dirigentes y patrocinadores. En cada pista hay una especie de barrio en el que todos tiran el ancla por tres o cuatro días. Allí pueden compartir como colegas, amigos o familia, en un ambiente mucho menos tenso que el de los Grandes Premios.

Entre un entrenamiento y otro, Connie le prepara el almuerzo a su marido mientras él juega con Sebastián y Paulina. Cuando los “chiquitos” no están, pasa los tiempos muertos en internet, jugando Nintendo Wii o viendo una película. En las tardes de sábado prepara con su gente un asado para su equipo. La entraña, su carne favorita y especialidad de la casa Montoya, está siempre en el menú. Esto cuando no hay cena en la casa rodante de su jefe Chip Ganassi, quien ameniza la noche mostrando sus dotes de mago con el naipe. Montoya nunca tuvo con Frank Williams ni menos con Ron Dennis –su jefe en McLaren– una confianza de ese nivel.

La relación con sus colegas también es muy diferente de lo que vivió en la Fórmula Uno. Muchos de los pilotos organizan eventos de beneficencia para sus fundaciones, normalmente los jueves antes de las competencias. La mayoría son torneos de golf, en los que Montoya suele mostrar que ha pasado unos buenos años trabajando su swing y afinando la puntería con el putt. Allí comparte con quienes enfrenta los domingos en la pista, incluyendo los campeones Jimmie Johnson y Jeff Gordon. En la Fórmula Uno con Michael Schumacher rara vez cruzaron un comentario amable.

En general, el ambiente en Nascar durante un fin de semana es mucho más relajado de lo que Montoya estaba acostumbrado a vivir y aunque inevitablemente la presión va incrementándose conforme se acerca la hora de la carrera, el entorno hace todo mucho más llevadero. También esto le permite sobrevivir al ritmo de trabajo que es más intenso, pues de 52 fines de semana del año, por lo menos en 39 está compitiendo, mientras que antes tenía máximo 18 Grandes Premios por año. Todo esto sin contar los entrenamientos, que hoy en día en Nascar son más de los que hacen los equipos de Fórmula Uno.

También están los compromisos comerciales con patrocinadores, algo que en el pasado Montoya trataba de mantener al mínimo contractualmente con Williams y McLaren, pero que ahora hacen parte de su agenda semanal en Nascar. Su relación con la prensa también es distinta, y aunque no ha cambiado en su forma irreverente e instintiva de responder a quienes le lanzan el anzuelo con sus preguntas, ha logrado poner de su lado a varios de los periodistas estadounidenses más influyentes del medio. Ellos lo admiran por su palmarés, su talento y además porque viniendo de la Fórmula Uno su perspectiva es diferente y sus respuestas por lo general son refrescantes. Además porque le da un aire internacional a una categoría que siempre ha sido visto como All-American.

En la pista también ha cambiado. En un principio fue el mismo piloto agresivo y visceral frente al timón vuelta tras vuelta, pero en su primera carrera en la Copa Sprint, la máxima división de Nascar, lo pusieron contra el muro para mostrarle que así no se compite allí. En su tercer año en la categoría entiende más las carreras, sabe que son largas y por eso hay que ser más paciente y cerebral, y que hay que correr contra los otros 42 pilotos como quiere que ellos corran contra él. En Nascar todo lo que se da en la pista, luego se recibe, sea para bien o para mal. Corriendo sesudamente ha conseguido ya un lugar entre la élite de la serie y es uno de los doce pilotos que disputarán el título de esta temporada en el Chase, algo así como la final del campeonato repartida en diez carreras.

Todo esto no quiere decir que haya dejado de ser polémico. Los arraigados fans americanos lo abuchean siempre que lo presentan antes de las carreras, pero cuanto más fuerte es la bulla en las tribunas, más lo disfruta Montoya, pues prefiere no pasar desapercibido. El rol de villano es uno que siempre le ha gustado. Su forma de ser, su carácter fuerte y su excesiva franqueza le han ganado muchos detractores a lo largo de su carrera –sobre todo en nuestro país– pero él no es de los que le quiere caer bien a todo el mundo. Él es como es, gústele a quien le guste, para bien o para mal.

También sigue siendo temperamental y explosivo. Pocas han sido las carreras en las que por la radiocomunicación no ha tenido una discusión subida de tono con su jefe de equipo cuando el auto es “inmanejable”. El año pasado hubo varios cambios en su grupo técnico que no le permitieron dar continuidad a su evolución y tuvo una airada discusión por teléfono con Chip Ganassi, quien se vio obligado a volar de Indianápolis a Charlotte en el día de su cumpleaños para calmar a su enfurecido piloto. Este año en Indianápolis Montoya criticó duramente a Nascar por la radiocomunicación durante la carrera, tras haber sido penalizado por exceder el límite de velocidad en pits cuando iba rumbo a su primera victoria en un óvalo. Él estaba seguro de no haberlo hecho y lo que dijo lo escuchó todo el mundo, pues salió al aire en la transmisión en vivo por televisión.

Todos esos ingredientes lo han convertido en un piloto reconocido por la afición. Unos lo quieren, otros lo odian, pues es un colombiano en un mundo redneck. Nascar ha percibido su valor y no por otra cosa hizo parte de una comitiva que visitó Washington el mes pasado para un evento con el presidente Barack Obama. Ese mismo día Montoya fue uno de cinco pilotos que grabaron un comercial de la Casa Blanca promocionando el polémico discurso que Obama dio a los estudiantes en días pasados.

Es un hecho que estamos ante un Montoya más maduro en todo sentido, pero que no ha perdido su esencia ni dentro ni fuera de la pista. Su vida siempre han sido las carreras; son su modus vivendi y lo que mejor sabe hacer en la vida. Sin embargo. lo que pase en una pista ya no es su único motivo para celebrar o rabiar. Ser padre le ha dado una perspectiva diferente de su profesión y de la vida. El día que choca con el muro, su frustración dura lo que tarde en volver a ver a sus hijos. Ellos le han mostrado que una derrota en la pista no es el fin del mundo y su tiempo en familia le recarga las baterías, le borra la memoria RAM y lo deja listo para el siguiente reto.

Han pasado ya 131 carreras desde que él dejó la Fórmula Uno y en esas miles de millas recorridas ha crecido a todo nivel. En la Nascar está más vigente que nunca y tal vez lo mejor está por venir.

“Cuando vine a Nascar mucha gente criticó el cambio y pensó que estaba loco, pero yo lo he disfrutado muchísimo”, dice Montoya hoy como el primer piloto no americano en hacer parte de la final de la Copa Sprint de Nascar. “Desde que yo llegué acá la idea era que esto era un plan a tres años, en el que al final lo que queríamos era estar en el Chase. Ya lo logramos. Sueño con el título, pero vamos a ir carrera por carrera a ver hasta dónde podemos dar la pelea. La verdad la estoy pasando muy bueno”.

Este 20 de septiembre Montoya cumple 34 años, de los cuales ha dedicado ya 28 a un deporte que él mismo hizo popular en nuestro país. Seguido o no, odiado o admirado, ‘Juancho’ sigue siendo uno de los principales estandartes de nuestro país en el exterior y sus logros profesionales escriben un palmarés único y diverso. Nombres como Sebastián Saavedra, Gabby Chaves y otros tantos, son hoy promesas del automovilismo que han crecido con Montoya como ídolo y modelo. Él, sin proponérselo, ha puesto a soñar a una generación con sus triunfos en Indianápolis, Mónaco, Monza, Silverstone o Daytona.

Sin embargo, le quedan muchas vueltas por completar, trofeos por lograr y retos por cumplir, pues con 34 años es todavía joven en Nascar y vive uno de los mejores momentos no solamente de su carrera deportiva, sino lo más importante, de su vida.

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“Yo no corro carros para otros, corro por mí”

CROMOS: ¿Cuál es su velocidad favorita en la pista y en las calles?

Juan Pablo Montoya: Obviamente, en la pista cuanto más rápido, mejor; en la calle toca respetar el límite de velocidad.

Los futbolistas cuando entran al terreno de juego, se persignan. ¿Usted qué hace antes de entrar en la pista? ¿Tiene algún agüero?

La verdad, ninguno. En fórmulas siempre me montaba por el mismo lado. Acá en Nascar no tengo ningún agüero. Es más una rutina: hidratarme, ponerme las botas, no me pueden faltar las gafas; luego todos en el equipo nos juntamos para el himno y la oración que hacen en la pista antes de cada carrera… cosas así, que son más de rutina.

¿Entrar en el Chase es su revancha?

¡Revancha de qué! No, esa era nuestra meta este año. Nos lo merecíamos Chip, Target, Brian Pattie, el equipo y yo, por todo el esfuerzo.

A la gente que soñaba con que usted siguiera o volviera a la Fórmula Uno, ¿qué les dice?

Una cosa que no entiende la gente es que yo no corro carros para otros sino que lo hago por mí. El día que dejé la F1, fue porque no estaba disfrutando lo que hacía, estaba aburrido y quería un cambio.

Y a la gente que desconoce o menosprecia la Nascar, ¿qué les diría?

Nascar es una superbuena categoría. Sí, obviamente los carros en F1 son absurdos, pero Nascar fue hecho para los fans, es un show. Usted en una carrera sabe de qué sale, pero pueden pasar tantas cosas ajenas a uno, que es imposible saber de qué termina. Por eso la exigencia del piloto es mayor, tiene un papel más relevante en los resultados del equipo y cuenta mucho la experiencia que tenga.

¿Cómo es un día de trabajo en la Nascar?

Es muy parecido a todas las categorías en las que he estado. Primero me reúno con mi crew chief (Brian Pattie), miramos el plan de trabajo: la puesta a punto del carro, qué cambios vamos a hacer, cuántas veces tenemos previsto entrar a pits… cosas así. Algo que me ha gustado mucho es que acá tengo el motor-home en la pista, así puedo compartir con mi familia entre las prácticas, la clasificación o las actividades que me tenga programadas el equipo (entrevistas, firmas de autógrafos). Después de estar en la pista uno puede compartir con los fans. Como los días son tan largos, uno sale en el carrito de golf a dar una vuelta y se ve con ellos. También puede ver la carrera de las otras series de Nascar, que casi siempre son el día anterior. Si es día de carrera, siempre me quedo en el motor-home y cuando ya es hora de salir a la pista, como le decía antes, hago mi rutina de siempre. Antes de la carrera, estoy al lado del carro con mi familia, mi señora y mis hijos siempre están en la grilla; además, en ese momento también hay espacio para que se le acerquen los fans a tomarse fotos. Durante la carrera siempre le voy contando a Pattie cómo está el carro en cada curva y qué exigencias está pidiendo en la pista para ver qué mejoras se deben hacer en la próxima parada.

¿En Nascar qué es más difícil: acelerar o frenar?

Saber cuándo frenar y cuándo acelerar, porque cada vuelta es distinta.

¿Qué es lo más emocionante de una carrera de Nascar?

Que se puede correr por la forma como están hechas. A mí, personalmente, me parece más chévere correr en los óvalos porque en los circuitos el carro se vuelve más pesado y es más complicado frenar; en el óvalo, en cambio, uno va más rápido y es más fácil poner a punto el carro, uno es más competitivo.

Su meta inmediata es ganar un campeonato de Nascar. ¿Cuál es la próxima?

Como he dicho antes, yo voy por partes. Mi meta con el equipo era entrar al Chase; ahora que entramos, queremos ganar carreras, estamos trabando en eso por ahora.

¿Cómo lo ve a usted el aficionado promedio en Estados Unidos?

Ni idea, yo corro porque me apasiona y no para estar pendiente de qué piensan de mí. Generalmente, con excepción de los de Ferrari, los fanáticos son del equipo que gana. En cambio los de Nascar son apasionados, adoran a su piloto, a la marca, al equipo, son muy fieles. Por ejemplo, los que me apoyan acá es porque han seguido mi carrera y ahora me acompañan en Nascar.

Por ser franco en su carrera, ¿se ha ganado más amores o más odios?

Los dos. Si estoy ganando o voy bien, me gano cosas buenas y amores, así haga más odios entre los fans de otros pilotos. Pero es claro que siempre he dicho lo que pienso y eso me puede traer odios de algunos.

¿Cuáles son las ventajas y las desventajas de tener 34 años?

Todavía no he encontrado las desventajas; más bien ventajas, por la experiencia. Todos los días uno aprende y cada vez el aprendizaje es distinto y en este deporte eso cuenta mucho.

¿Ha pensado alguna vez en el retiro?

Sí, cuando estaba aburrido corriendo en F1.

Después de las carreras, ¿qué se imagina haciendo?

Realmente nunca he pensado en eso pero algo tendré que hacer para no enloquecerme y enloquecer a mi señora. Todavía no hemos encontrado ese algo.

“Con excepción de los de Ferrari, los fanáticos son del equipo que gana. En Nascar es distinto, son apasionados, adoran al piloto, al equipo, son muy fieles”.

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