Lucho Herrera: "Yo no escribo una autobiografía porque no tengo secretos"

En su casa de Fusagasugá, el ‘Jardinerito’ le hace honor a su apodo. Mantiene las bajas pulsaciones que lo hicieron grande en las cumbres europeas y disfruta de la calma con la que crecen las plantas de su patio. Ni siquiera Fignon logró despelucarlo. Un hombre lacónico pero con mucho que contar.
Lucho Herrera: "Yo no escribo una autobiografía porque no tengo secretos"

 

Entrevistar a Lucho Herrera es tan difícil como seguirlo en bicicleta en plena cuesta. En el fondo, según el ‘Jardinerito’, es por eso que Laurent Fignon siempre le tuvo “bronca” en las competencias ciclísticas en Colombia y en Europa.

Un duelo que parece no tener fin, porque ahora vuelve el francés de las gafitas de John Lennon al ataque en su autobiografía Éramos jóvenes y despreocupados, donde dice que a él y a sus compañeros les pagaron 30.000 francos para que no atacaran al ‘escarabajo’ colombiano en una etapa plana con viento de costado.

Lucho no pierde la calma y responde sin tener ni siquiera que pararse en los pedales. Y aunque ya no tiene 20 años (cumplió en mayo 48) ni pese los 56 kilos de otras épocas (ya va 20 kilos arriba), y sus pulsaciones por minuto ya no son 38, 39 ó 40 (ahora se acercan a las 50), después de una hora de chuparle rueda es imposible seguir hablando con él. Lo suyo no son las palabras. Cada vez que mira su reloj Cartier, que compró en Europa en 1985 cuando ganó dos etapas en el Tour de Francia y se puso la camisetas de pepas rojas como campeón de la montaña, parece decir sin decir que ya es hora de irse.

¿Cuántas pulsaciones tenía por minuto cuando corría?

Eran 38, 39 ó 40 por minuto.

Eso de normal no tiene nada.

No, pero funciona. Yo siempre he sido una persona muy tranquila.

¿Y las pulsaciones hoy cómo las tiene?

Normal, yo creo.

¿Cuántas?

Por ahí 48, 50. (Lo normal son 70).

¿De dónde viene esa tranquilidad? Muchos expertos naturistas dirían que de su antiguo oficio de las flores. ¿Usted cree eso?

Los jardines lo hacen ver a uno como una persona más tranquila, más serena, y de aquí, de Fusagasugá, la zona donde más se siembran jardines, salen casi todas las plantas para todo el país. De pronto sí.

¿Qué opina de la declaración de Fignon en su autobiografía Éramos jóvenes y despreocupados, aparecida en la revista Cambio, de que le pagaron a él y a cada uno de sus compañeros 30.000 francos para no atacarlo en una etapa con viento de costado en la Vuelta a España que usted ganó?

Si él tuviera argumentos para expresar esa vaina, con la bronca que nos tenía a nosotros, al otro día había podido decir: “vea, fulano de tal me ofreció tanto para poder ganar”, pero no 22 años después.

¿Bronca por los ‘escarabajos’?

Sí, él nos menospreciaba, decía que nosotros únicamente éramos ciclistas para correr aquí en Colombia. Nos miraba como inferiores y en cierto momento no éramos del agrado porque le rompíamos el grupo o a veces le dañábamos la táctica que él tenía.

¿Y ustedes qué sentían de que Fignon los mirara mal?

A nosotros nos daba más energía.

¿Entonces por qué cree que escribió lo que escribió?

De pronto ganas de vender más libros.

Definitivamente y para cerrar el tema, ¿Fignon no le ayudó?

Hay una parte muy especial en esa Vuelta a España que gané en el 87. En la llegada a Ávila, ese día él ganó la etapa y yo llegué segundo y en ningún momento se vio que de pronto él me hubiera colaborado, que me hubiera esperado, alguna alianza o esa vaina, no hubo nada de eso.

¿Y sí había plata para dar?

No, apenas nos daban para la gaseosa y no más.

¿Pero tuvo algún roce con Fignon durante la carrera?

¡Nooo! Más que todo con los compañeros, no les agradaban y muchas veces bregaba a buscar que uno estuviera mal ubicado para atacar o romper el grupo.

¿Pero él fue grosero?

Con algunos compañeros sí. Aunque no se le entendía, uno sabe cuándo le están diciendo groserías así sea en francés. Pero igual nosotros teníamos que ir por lo nuestro.

¿Cuándo conoció a Laurent Fignon?

En las carreras en Europa. Creo que el Tour de Francia del 84.

¿Cuántas veces se cruzó con él? ¿En cuántas carreras?

En muchas... en Francia, en España y en Italia.

¿Llegaron a hablar alguna vez?

No, fue muy poco el diálogo... de pronto un saludo o algo así pero no más. Él era una persona a la que no le agradábamos mucho.

¿No sería que le molestó que en el 84 le hubiera ganado como aficionado la etapa en Alpe d’Huez en el Tour de Francia del 84?

No sé, de pronto, quién no quiere ganar en Alpe d’Huez. (Sonríe, la única vez en toda la entrevista)

¿Se acuerda cómo le ganó en esa etapa?

Fue una etapa dura para mí porque en un puerto fuera de categoría, me colgué subiéndolo, me dolían mucho las piernas y duramos unos cuatro minutos para llegar al grupo de punta.

¿Con quién iba usted ahí?

Íbamos un grupo de unos treinta corredores. Ya saliendo de Grenoble empezaba uno a subir y, ese día, me acuerdo que lo que hice fue ubicarme en la parte de adelante del pelotón.

¿Y el dolor de piernas?

No, ya me había pasado, ya había calentado. Ahí estaba Fignon, entonces me ubiqué detrás y empezamos a trepar, se seleccionó el grupo y quedamos como unos seis.

¿Y Fignon no atacaba?

No, yo andaba a su sombra, o sea, la idea era llegar en el grupo con ellos pero no...

¿Qué pasó?

Coronamos el puerto y bajamos. Después fue que nos alcanzó Robert Millard y luego subimos al Alpe d’Huez y como a los dos kilómetros nos fuimos y ya quedamos como tres o cuatro. Me acuerdo que estábamos el ‘Perico’ Delgado, Fignon, Millard y como otros dos. Luego yo traté de alejarme y quedé solo adelante. Quedó Fignon ahí cerquita, y ya cuando me quedaban como catorce kilómetros a la meta, me fui y lo dejé.

¿Y usted no oyó a un francés por ahí diciéndolo vainas? Le digo bromeando.

No. (Responde serio)

Le sacó 49 segundos, ¡eso es un jurgo!

Sí, por ahí como trescientos o cuatrocientos metros.

¿Pero sí hay acuerdos entre los corredores?

De pronto, si nuestro equipo busca ganar la etapa, entonces vemos lo que tenemos que hacer, por ejemplo, no dejar hacer fugas o que no se prolonguen, que no sean largas, para que podamos en los últimos 50 kilómetros recoger la gente que va a escapar y poner nuestro hombre en el último kilómetro de la meta para que embale, pero si nosotros vamos a hacer ese trabajo y resulta que nosotros no somos los líderes de la carrera... otro equipo se está beneficiando con el trabajo que en cierto momento vamos a hacer nosotros, entonces puede que nos ayuden. No es más, pero de resto así que haya alianzas o esa vaina ¡nooo!

¿Cuándo fue la última vez que vio a Fignon?

Cuando fui invitado a París al centenario de Tour de Francia, en el 2003. Lo vi de lejos, él estaba como periodista.

¿Por qué no terminó viviendo en Bogotá, como muchos ex ciclistas?

Siempre me ubiqué aquí y aquí es donde tengo lo más importante, mis hijos –Valentina, Luis Alberto y Julián Felipe–, además estamos muy cerca a Bogotá. Fusa es hoy día como un barrio de Bogotá.

¿Y sus negocios? ¿Sigue con las flores?

No, ya quedó superado.

¿A qué se dedica entonces Lucho?

A administrar la finca, manejar los negocios que tengo y estar pendiente de mis papás y mi familia.

¿Cuál es la pregunta que más le hacen los colombianos? La que usted ya contesta de memoria.

Muchos me dicen: “yo me acuerdo cuando usted se cayó y llegó sangrando de primero a una etapa en el Tour de Francia, la foto es una verraquera ¿esa es su etapa más dura?”.

¿Qué recuerdos tiene usted de esa caída y esa foto memorable, con frente ensangrentada, bajando del premio de montaña en Croix de Chaubouret?

La foto fue llegando al final de la etapa en Saint-Etienne. Me acuerdo todo, eso sí iba rápido llegando a una curva y encontré una mancha de brea y por no cogerla había un campito entre la orilla y la brea y salí por ahí, entonces empecé a coger el bordecito de la arena que se hace en las curvas y me fui para el piso. La bicicleta se elevó y yo salí patinando como se deslizan los motociclistas cuando se caen en las pistas. Yo no me di cuenta de la sangre pues el afán mío era coger la bicicleta.

Usted en el aire y ya estaba pensando en coger la bicicleta.

Sí, claro, y resulta que la bicicleta quedó como a unos ocho o diez metros de donde caí y yo con las manos frenaba porque seguía patinando por el pavimento. Estaba solo, me monté y seguí.

¿Por qué si iba de líder no tenía carro acompañante ni un camarógrafo siguiéndole el paso?

El carro del equipo no había podido pasar porque estaba atrás del grupo que me estaba persiguiendo. Y ese día la moto estaba filmando quién más se había quedado en la parte de atrás. O sea que no quedó nada de imágenes sobre la caída.

Pero uno no se olvida de esa caída.

No, ese día gané.

¿Fue su etapa más dolorosa?

No, la más dura fue después de ganar en Alpe d’Huez. Al otro día me agarró un dolor de cintura como una picada, ese día casi no termino, tenía que volver a bajar y volver a subir y ese día perdí como treinta minutos, son etapas que nadie recuerda pero que tienen un sufrimiento tenaz.

¿Pensó en retirarse?

Sí, claro, tenía una picada muy fuerte.

¿Por qué no se retiró?

Porque no fui capaz.

¿Cuándo vamos a leer su autobiografía?

No he pensado en eso.

¿Pero al leer malas memorias de otros no le dan ganas como de sacar las suyas?

No, porque todas las cosas que yo he hecho son de conocimiento de todos los colombianos, prácticamente no hay secretos que contar.

¿Muy duro el ciclismo?

Sí, muy duro, yo creo que es uno de los deportes más duros y lo más importante del ciclista es aprender a sufrir encima de la bicicleta.

¿Usted cree que por ser tan duro es que hay tantos casos de dopaje en el ciclismo?

Bueno yo no especifico únicamente en el ciclismo, yo creo que en la mayoría de los deportes.

Sí, pero en el ciclismo las jornadas son extenuantes.

El Tour de Francia, el Giro de Italia y la Vuelta de España son de tres semanas.

Con etapas de un promedio de 180 kilómetros.

Eso es hoy, en mi época eran un poquito más largas, había etapas de casi cuatrocientos kilómetros.

¿Lucho, su bicicleta cuánto pesaba en esa época, se acuerda?

Como 16 libras.

¿Y hoy en día qué pesa una bicicleta?

Ahorita debe pesar unas 10 libras.

¿Es decir que hoy usted podría ser mucho mejor con la tecnología que tiene el ciclismo?

De pronto sí, pero no creo. Porque se puede ir más rápido pero el sufrimiento es similar al anterior. Usted puede trotar a 10 kilómetros por hora digamos, hace 20 años trotaba a eso, y ahora puede correr a 15 kilómetros, pero entonces le va a pedir más el cuerpo y se va a cansar más, lo mismo pasa en la bicicleta. Igual le puede dar la pájara.

¿La qué?

¡Oye, tío, si te ha caído una pájara! (Lucho, de repente, se vuelve español) Así le dicen los españoles a la pálida.

¿A usted no le queda como en el corazón una espinita de haberse retirado muy joven, a los 31?

No. Ya estaba muy cansado.

¿Qué cansancio era ese?

No de la bicicleta sino de correr en Europa, es que correr allá es muy duro, a veces con tanta nieve.

¿Qué falta para que vuelvan los tiempos dorados de los escaladores?

Pienso que más entrenamiento, más trabajo.

¿Pero qué nos falta, entrenadores más exigentes?

No, yo creo que de entrenadores estamos bien. Hay corredores que tienen condiciones pero de pronto puede ser la preparación la que esté fallando.

¿Usted cuánto entrenaba en esas épocas doradas?

Ocho o nueve horas diarias.

¿De todo eso que sufrió en carretera a qué lugar quisiera volver en carro?

Después de que estuvimos en el centenario del Tour, tuvimos la oportunidad de montar en bicicleta con unos compañeros y fuimos por allá por donde nosotros subimos y me dije “esto es muy es duro, no vuelvo por estas montañas”.

¿Usted quiere que alguno de sus dos hijos sea ciclista como usted?

No sé, es una decisión tan dura que es para dejársela absolutamente a ellos, que decidan ellos solos. Por el momento no tienen interés.

El mundo ha cambiado, la gente ha cambiado, ¿qué sintió cuando supo que un gran competidor suyo en la montaña como Robert Millar, se cambió de sexo y hoy no es un señor sino una señora? (ahora se llama Philippa York).

Pues sí, queda uno un poco sorprendido pero en la vida no hay nada oculto ni hay nada imposible.

¿Qué pasó con ese toro que le regalaron en una etapa el Tour de Francia? Un toro inmenso.

Se me murió en el 93 de una virosis.

¿Traerlo fue complicado o no?

Ese toro me lo prometieron en el 85 en una etapa y me quedé esperándolo porque nunca llegó, hasta cuando gané la Vuelta a España, dos años más tarde. En el 87 me tocó ir a Francia a correr –no me acuerdo qué vuelta– cuando me llamaron de Colombia para informarme que me habían traído un toro y que no sabían qué hacer con él. Duró como dos meses enguacalado en el aeropuerto El Dorado. Si no hubiera ganado la Vuelta a España todavía estaría esperándolo.

¿Y cuál es la conexión del toro con su triunfo en España?

Me imagino que después de que gané y salí en los periódicos fue cuando los franceses se acordaron de mi regalo y lo mandaron.

Los tres grandes corredores que fueron un ejemplo para usted.

Bernard Hinault, Miguel Induraín y Lance Armstrong.

¿En quién cree Lucho?

Yo creo en Dios. Él siempre está detrás de las cosas buenas.

¿Cree en Fignon?

¡No! Pero igual no quiero discutir con él porque sé que él está pasando por una situación muy difícil en su vida, con su enfermedad.

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