Rodrigo Triana, vigilado por Marilyn

El director de Soñar no cuesta nada abrió las puertas de su casa para hablar de cine. Autocrítico, acelerado y exigente, este director dejó ver otras de sus aficiones: la ecología.
Rodrigo Triana, vigilado por Marilyn

La casa del director Rodrigo Triana está un poco más allá de las Torres del Parque y un poco más acá de la entrada al centro de Bogotá. El edificio es viejo por fuera y un tanto oscuro. Adentro, sin embargo, se revela moderno: una sala amplia, espaciosa, adornada con dos sofás negros; un inmenso cuadro estilo pop de Marilyn Monroe en la pared del fondo, casi al lado de la chimenea; un piano que de cuando en cuando toca su esposa Johana, y arriba, en el techo, un proyector para ver películas. Se entiende: su profesión –y también su pasión– no es otra que el cine.

No podía ser de otra manera: su padre, el reconocido director Jorge Alí Triana, y su madre, la dramaturga Rosario Montaña, le inyectaron desde muy pequeño ese amor por el arte, por las causas sociales, por esa forma más sensible de ver la vida. “De pequeño me la pasaba en un teatro, acompañaba a mi papá a los rodajes”, dirá más tarde. Por el momento, Rodrigo se hace esperar.

Mientras tanto, Iván René –un perro amarillo con rayas negras que parece enrazado con pitbull–, corre de aquí para allá, husmea, menea la cola. Pocos minutos después se escucha, en un cuarto de atrás, la voz de Rodrigo:

–¡Melba! –grita–. ¿Ya llegaron?

Le dicen que sí y de nuevo hay silencio. Minutos más tarde aparece con una camisa negra, unos pantalones azules de cuadros y botas. Tiene el pelo mojado, desordenado. En la mano derecha lleva una blackberry que mira de tanto en tanto. El apartamento es frío y tiene buena vista: por la ventana de la sala aparece, al fondo, la torre Colpatria. Iván René recibe a su dueño meneando la cola, trepándosele, lamiéndolo. Rodrigo lo aparta con una mano, le dice que lo deje tranquilo. “Es muy necio –cuenta–. Tiene mucha energía”.

Luego se sienta en el sofá, con Marilyn al fondo, y comienza a hablar de cine. ¿De qué otra cosa podía ser? Sucede que algunos personajes, para bien o para mal, no logran desligar el trabajo de sus aficiones. Las dos son una sola. Y entonces, con esa voz ronca que lo caracteriza, cuenta que nació viendo a Chaplin y a los hermanos Marx; que en su adolescencia descubrió a Roman Polanski y que cuando vio El inquilino supo que lo que quería hacer en su vida era contar historias. Cuenta, también, que sus dos directores favoritos son Luis Buñuel y Martin Scorsese.

Pero el camino del cine no es fácil. Y Rodrigo, que nació por casualidad en República Checa, lo sabe a pesar de que tuvo que entenderlo a la fuerza. Sucedió cuando volvió de Buenos Aires, donde estudió dirección y producción de cine por allá a finales de los años ochenta. “Argentina fue para mí un despertar en todos los sentidos –cuenta–. Viví en una época muy interesante porque, como había terminado la dictadura, la gente venía con ganas de aprender, experimentar, vivir y crear. Se estaban haciendo muchas cosas, mucho cine, y yo pensé que al regresar a Colombia iba a poder hacer lo mismo”.

Al volver se encontró con una realidad complicada, donde la cultura era un lujo que pocos podían darse. Y entonces, a sus 26 años, entendió que dedicarse por completo al séptimo arte iba a ser una tarea casi imposible. “Cuando uno tiene esa edad es rebelde y está convencido de que va a ser cineasta y que la televisión, como dicen, es el opio del pueblo –recuerda mientras le da vueltas a la blackberry con la mano–. Pero al llegar me di cuenta de que si en Colombia se hacían una o dos películas al año era la berraquera. Entonces tuve que agachar la cabeza y empezar a dirigir televisión porque yo no me quería poner a vender empanadas ni hacer otra cosa”.

De su vida en Argentina, sin embargo, le quedaron gratos recuerdos y una que otra afición. “Salir de la casa me obligó a aprender a cocinar; siempre me gustó la comida, pero al estar lejos le cogí más el gusto”, cuenta. Ahora dice que le encanta hacer asados, carnes al horno y platos mediterráneos como pastas, pescados y berenjenas a la parmesana. Esa afición, quizás, explique por qué tiene una cocina moderna y un comedor de apariencia rústica adornado, atrás, por una escultura de un pavo real que despliega sus enormes plumas de color naranja.

“De los argentinos envidio que creen de verdad en sus cosas, se sienten los mejores y no les da pena –dice–. Acá, en cambio, nos da como vergüenza, siempre estamos mirando a los otros. Creo que esa prepotencia también es necesaria porque allá nunca hablan de hacer las cosas con las uñas sino que a todo le meten ganas, por pequeño que sea”.

Al volver aterrizó en la televisión. Rodrigo todavía recuerda el día de su debut como director, con una comedia de Pepe Sánchez que se llamó La posada. “Estaba cagado del susto –dice, riéndose–, porque eso de criticar la televisión es una coraza, pero vaya hágala a ver si es tan fácil. En ese momento pensé que no iba a ser capaz, pero a medida que fui haciéndolo me hizo muy feliz. Hoy le agradezco mucho a la televisión”.

Con el tiempo, también, llegó a hacer cine, su gran pasión: primero fue un cortometraje llamado Me entra frío por los ojos, luego su ópera prima Como el gato y el ratón –que es su película favorita– y, finalmente, Soñar no cuesta nada.

Rodrigo, que se describe como una persona autocrítica y acelerada, tiene en su casa una colección de música tan variada como interesante. Al fondo de la sala, junto al equipo de sonido, están apiñados discos de los Rolling Stones, Joaquín Sabina, Miles Davis y varios de Héctor Lavoe. “Soy muy salsero”, revela. También hay libros: títulos del Nobel José Saramago y la colección completa de novelas que ha publicado Mario Mendoza. “Mario es mi gran amigo y me encanta como escribe; en algún momento me gustaría hacer una película con algo de él”, cuenta.

Y así, mientras dice que no cree en nada porque se crió en un hogar de ateos, que es un amante de la naturaleza y defiende las causas ecológicas, y que su hija Carmen es su fanática más acérrima, Rodrigo mira su blackberry y se da cuenta de que es hora de irse. Iván René regresa, le salta encima. Luego se despide y se pierde, de nuevo, tras las puertas que hay más allá de la inmensa sala.