Andrés Orozco es el nuevo director de la Orquesta Sinfónica de Houston

Recordamos la entrevista con el colombiano que hoy toma la batuta de una de las orquestas más prestigiosas del mundo.  
Conversaciones con Andrés Orozco-Estrada

Un privilegio de pocos en el mundo que este colombiano logró a sus 33 años. A su paso por Medellín, su ciudad natal, nos contó cada movimiento de su vida, del adagio molto al allegro vivace. Visita de concierto.

No puedo quitarme de la cabeza el color de sus zapatillas. Es un color que me relaja a pesar de la tensión inicial del encuentro. Él acaba de llegar de ensayar con la Mahler Chamber Orchestra de Alemania y yo espero paciente en la puerta del apartamento de su mamá en Envigado, con el firme propósito de cambiarle las reglas del juego a alguien tan controlado y controlador como un director de orquesta.

Sin embargo, sus zapatillas tan azules me sacan, momentáneamente, del túnel oscuro por donde corre mi intención de decirle, como si nada, que el tiempo que habíamos acordado –sólo y exclusivamente para unas fotos– lo utilicemos mejor hablando, y que el fotógrafo se las arregle como pueda. ¡Sólo fotos! Esa había sido su condición para recibirme horas antes de su concierto en el Teatro Metropolitano, y yo estaba ahí parado, frente a él, con cara de jugador de póker, esperando su respuesta.

Me miró en silencio, fue hasta el final de la sala y giró como cuando mira al público al final de un concierto, luego se dejó caer en un sillón café y con una gran sonrisa me dio su visto bueno. Inmediatamente, su mamá nos ofreció algo de tomar. No hay duda del amor y del respeto de Nora Estrada, su mamá, por Andrés. No hay una pared que no tenga una foto suya, ni un anaquel donde no haya no una revista sino dos (¡las guarda por duplicado!) de todas las que hablan sobre la exitosa carrera musical de su hijo en Europa.

Aunque hacía un poco de calor, preferí cerrar la puerta del balcón para que nuestra conversación no se perdiera entre los sonidos de una calle ruidosa. Fue entonces cuando él, al verme clausurar la única entrada de aire, exclamó: “¿A usted también le molesta el ruido?”. Él mismo se respondió: “Todo está lleno de ruidos y yo los oigo todos”. Su privilegio también es su propio suplicio.

Del niño del barrio Manrique, criado entre un mar de parlantes con música de arrabal, sólo queda su amor por el violín, por su mamá y por las cálidas reuniones con la familia de su mamá,. De su papá (Ricardo Orozco) muy poco sabe, habla o le interesa. De resto, el barrio es territorio ocupado por la parsimonia de un habitante de Viena, Austria, que entró en las grandes ligas de los grandes músicos con batuta.

¿Para qué le ha servido ser hijo único?

Me ha servido para acostumbrarme a la soledad del director. En un contexto musical es el único que está en la mitad y cuando se acaba un ensayo es muy normal que todos los músicos se vayan juntos y uno se quede solo.

Su mamá en su vida, ¿pieza clave?

Muy importante, fundamental. Es la persona que me impulsó, que ha hecho todo lo imposible y más allá para apoyarme, para defenderme, para sacarme adelante.

¿Usted vio la música o su mamá se la mostró?

Creo que yo la viví pero no la podía ver porque era muy chiquito y ella se dio cuenta y me puso en el camino.

¿Y su papá?

Ricardo Orozco. Biológicamente es importante, pero era un ciclo que tenía que llegar a un final y así lo viví a los 10 años, cuando mi mamá y yo nos separamos de él, era lo más aconsejable para todos.

¿Hoy qué relación tiene con él?

No tenemos ninguna relación, evidentemente él se entera de mis cosas porque vive aquí en Medellín, pero para mí es una etapa que ya culminó porque creo que uno no busca lo que no necesita.

¿A qué le suena Medellín?

A la voz de mi mamá y a las risas de mis seis tíos y de mis primos en las reuniones familiares de los Estrada.

¿Le gusta mirar hacia atrás?

Miro pero muy poco, sólo por necesidad, para aprender y saber qué fue lo que no salió bien.

¿Qué recuerda de Manrique, el barrio de su infancia?

La iglesia gris y el atrio. Me acuerdo que era el lugar de encuentro. Es curioso pero en Viena, donde vivo, hay una iglesia muy parecida, la Votiv.

¿A qué edad se fue de Manrique?

A los 10 u 11 años.

Manrique es un barrio cruzado por el tango. ¿Tiene un recuerdo sonoro de su barrio?

En esa época se hacía la Tangovía y me acuerdo de tener a veces el ruido de los parlantes y un poco de la música de las esquinas, de las heladerías. Era un barrio ruidoso, con mucha gente y muchos buses.

¿Alguna vez ha añorado ese ruido?

No, porque son ruidos. Por ejemplo, acá en Envigado, donde vivo ahora, no es ni comparación, pero igual me molestan muchísimo. Si quiero descansar es fatal, para dormir es horrible porque a las siete de la mañana pasan los buses de colegio y es desesperante. Tanto así que me pongo tapones en los oídos.

¿Usa tapones para dormir?

Casi siempre. Ahora en Bogotá, en el hotel, también, y eso que estoy en una calle que no es muy ruidosa, pero me toca.

¿Qué lo malacostumbró a usarlos?

Yo creo que dos cosas: la primera fue la música, porque para poder reflexionar y poder entrar en la música tienes que tener silencio; y la segunda, el lugar donde vivo hace 15 años, porque aunque Viena tiene esquinas muy ruidosas es un lugar muy tranquilo, allá casi no se pita, es bastante agradable.

¿La autoridad defiende el silencio?

Sí, pero no necesitas autoridad para que el silencio se respete, cada uno lo entiende. Al principio, cuando llegué, tocaba el piano y los vecinos a veces bajaban y decían que no podían dormir, entonces comprendí que después de las diez de la noche es prohibido tocar. Tengo amigos músicos a los que inclusive les han puesto demandas.

¿El ruido le molesta cada vez más?

Sí, cada vez más. En España me pasa mucho, y eso que San Sebastián es una ciudad relativamente tranquila, pero si la comparas con Viena es un lugar muy ruidoso.

¿San Sebastián es su tercer hogar?

En este momento sí. Ahí es donde está mi segunda orquesta, pero es que en España se habla muy duro y eso me molesta muchísimo, porque igual si hablan pasito les vamos a entender lo mismo.

Ese es el martirio para un oído educado.

Puede ser. Fíjese que una vez me pasó que estábamos viendo televisión con mi mamá y mi novia, y yo casi que no podía oír la televisión y, por un momento, me preocupé y dije: “será que estoy perdiendo el oído”, cuando entendí que el problema era que en realidad estaba oyendo todo a mi alrededor al mismo tiempo.

El oficio suyo como director de orquesta es eso.

Sí, es como una especie de sonido cuadrafónico. Tienes que estar pendiente de escucharlo todo.

¡Va a terminar en un monasterio!

Puede que en un monasterio no, pero sí teniendo ojalá un espacio en el campo, una finquita donde pueda oír la naturaleza, porque eso no me molesta para nada, al contrario, me gusta mucho. Es lo artificial lo que me molesta.

Hoy en día ¿cuál es su noción de casa?

La que tengo en Viena con mi novia austriaca, Julia –ella toca la viola pero decidió ser veterinaria–, y con mi perro (Coco), un chandanés superbonito. Tenemos un Volkswagen gris y una bicicleta que lastimosamente utilizo muy poco.

Para la música es muy concentrado, pero ¿para qué cosas es distraído?

Digamos que para recordar direcciones. Sólo me sé la de mi casa en Viena: Margaveten strasse 101/11. Al entrar al país siempre me pasa lo mismo, me preguntan en la aduana para dónde voy y me toca llamar a mi mamá y preguntarle la dirección de mi casa en Medellín.

¿Pero, seguro se acuerda de todos sus conciertos?

Sí, me acuerdo de casi todos los programas. Más exactamente de los que vienen. Mi mánager se ríe porque no necesito la agenda.

¿Cuántos concierto puede dirigir en un año?

No tengo ni idea, son muchos.

Pero en un mes ¿cuántos?

En un mes, en promedio, digamos que son dos programas y cada uno se repite por lo menos dos veces, así que puedo llegar a hacer cinco conciertos, y estoy trabajando 11 meses.

Casi 55 conciertos al año.

Yo diría que sí. Y eso que a veces pueden ser más porque, por ejemplo, en febrero de 2011 voy a hacer una gira por Inglaterra. Serán 11 conciertos en 13 días.

¿No se cansa?

Pues claro, lo que pasa es que a mí el cansancio no se me nota, los que sufren con mi cansancio son mi novia o mi mamá porque me tienen que aguantar. Me pongo un poco más irascible.

¡Qué ironía! Al principio de su carrera, seguro añoraba tener muchos conciertos.

Muchas veces, pero después es que empiezas a darte cuenta de que un poquito menos no estaría mal. Este verano tuve que cancelar un concierto porque ya estaba demasiado cansado, venía de una serie muy larga de conciertos muy importantes y era mucha presión.

Los deportistas con muchos partidos encima tienen el riesgo de lesionarse. ¿Les pasa lo mismo a los directores de orquesta?

A nosotros también nos puede dar tendinitis o las lesiones de los tenistas, sobre todo en el cuello y la espalda, porque es una actividad física.

¿Cuánto dura un concierto?

Es más o menos como un partido de fútbol: son dos partes de 60 minutos con un descanso en la mitad, la diferencia es que no te reúnes con tu equipo ni haces charla técnica. Tú te concentras, haces la primera parte, descansas y vuelves y terminas. Además, que casi siempre haces lo mismo: una obra de obertura, una obra de solista invitado, y en la segunda parte haces una obra sinfónica muy grande y poderosa.

¿Usted calienta antes de un concierto?

Debería pero no lo hago, lo que sí hago es estirar después del concierto.

¿Tiene que gesticular la obra todo el tiempo?

Tú tienes la posibilidad de escoger. Hay directores que les gusta estar ahí encima todo el tiempo, pero eso no significa que el sonido sea mejor.

¿Se siente más enérgico en algunos conciertos que en otros?

Sí, hay momentos que uno siente más energía, pero eso hace parte de nuestra profesión, hay que ser inteligente en el sentido de cómo organizas todo: tu tiempo, tu fuerza, cómo distribuyes tus gestos.

¿Y el concierto que lo ha hecho sudar más?

Casi siempre después de los ensayos me tengo que cambiar la camisa. Cada vez me doy cuenta de que cuanto mejor sea la orquesta más obligación tienes de entender cuándo tienes que actuar y cuándo no. Como dice el dicho: “menos es más”. Cuando estuve con la Filarmónica de Viena hace poco, además de ser la presentación más importante de mi vida, fue la vez donde menos sudé porque es una orquesta de un nivel profesional tan alto que lo que ellos aprovechan del director es el estímulo en el momento justo.

¿Piensa en los gestos que hace frente a los músicos?

Yo no pienso cómo voy a hacer los gestos pero sí pienso en la música que no se me puede olvidar. Es igual al piloto de Fórmula 1 que ya tiene en su cabeza la pista y sabe dónde son las curvas.

¿Y cuándo llegan las estrelladas?

Una de las estrelladas más duras es encontrarse con una orquesta con la que uno no tenga química, porque es como si quisieras conducir un bólido pero vas en un camión y no le puedes sacar los 300 kilómetros que quieres.

Hablando del estilo frente a una orquesta, ¿usted copió otros estilos para encontrar el propio?

Siempre que empiezas en cualquier profesión, te guías por el trabajo de otros porque el mundo ya está inventado. Me acuerdo que una vez, antes de irme para Viena, me dio por hacer unos movimientos con los dedos muy parecidos a los que hacía Herbert von Karajan, que no tenían lógica porque no eran míos. Lo interesante es encontrar tu propio lenguaje corporal.

¿Cómo define su estilo?

La música a mí me hace mover y no sólo los brazos, sino el cuerpo completo, pero es algo que se da natural. Entre los directores hay unos muy técnicos que son muy secos, muy alemanes, muy parcos; están los que son muy despelucados, demasiado emocionados, y existen otros que son como la mezcla. Creo que esa combinación va con mi personalidad.

¿Cuál es su color favorito?

Me gusta el negro porque es serio, es ceremonial, está en su punto. Es más neutro y a mí no me interesa llamar la atención.

No quiere llamar la atención pero le toca llamar la atención.

Sí, yo lo entiendo, porque estoy todo el tiempo en la mitad del escenario y creo que eso es suficiente.

Antes de decidir ser director de orquesta, ¿qué quiso ser?

De niño me gustaba mucho manejar, de pronto me habría gustado ser piloto de carreras. Yo me inventaba los carros debajo de la máquina de coser vieja de mi abuelita, una Singer de pedal. Después jugué mucho fútbol, era arquero y no lo hacía ni tan mal, hasta llegué a pensar en dedicarme a eso.

¿Jugó en algún equipo?

Sí, en el equipo del barrio. Mi baja estatura no era problema porque en esa época jugábamos con canchitas que no eran tan grandes como las profesionales. Me gustaba ser el capitán y estar atrás pendiente de todo el equipo.

Una pregunta para sus estados de ánimo: ¿Cuándo Beethoven?

Beethoven es para los dos extremos: si estás muy enérgico puedes oír la Séptima Sinfonía, el último movimiento, o si estás apagado y melancólico funciona también la Séptima pero con el segundo movimiento, o La Marcha Fúnebre de la tercera.

¿Cuándo Mozart?

Cuando quiero estar tranquilo pero concentrado.

Y cuando está triste ¿qué oye?

Escucho mucho a Gustav Mahler.

¿Qué pasó con el violín de su infancia, murió?

Murió técnicamente porque no lo toco, aunque a comienzos de este año me compré uno a ver si me vuelvo a acercar al instrumento, pero como director ha sido muy bueno porque uno de los grandes regalos de la vida es entender la cuerda. La mayoría de una orquesta son instrumentos de cuerda, y entonces poder hablar el mismo lenguaje ha sido muy importante.

¿Un buen director tiene que ser virtuoso de un instrumento?

Lo más normal es que te vuelvas virtuoso de la música a través de algún instrumento. Pero tuve la gran suerte de empezar a trabajar con el instrumento del director que es la orquesta, yo empecé a dirigir a los 15 años y si a esa edad empiezas a tener contacto con una orquesta o con un coro pues ese ya es tu instrumento.

Entonces, ¿qué es ser director?

Es hacer sonar la orquesta, mi instrumento técnico es la batuta, pero mi instrumento real es la orquesta, todos los músicos en uno. Esa coordinación de estar todos a punto parece muy fácil cuando uno lo escucha, pero no lo es.

¿El mundo de los directores de orquesta es una comunidad grande, pequeña, fraternal, competitiva, intrigante?

De fraternal poco.

¿Hay envidia?

Yo creo que sí porque somos una figura con mucho poder y, al fin y al cabo, en las grandes orquestas necesitan un director, entonces es un cargo muy apetecido.

¿Cómo se percibe esa envidia?

En que es difícil encontrar buena comunicación con los otros directores para compartir ideas musicales. Yo no la he encontrado todavía. Me imagino que es como cualquier otro artista que sabe que tiene una idea y no se la va a contar a nadie porque el otro se la copia.

¿Son contados los directores?

De grandes ligas son contados, pueden ser 10 ó 15, que para el tamaño del universo musical es muy poco. Es como la Fórmula 1, los realmente importantes son los que salen a la carrera, mientras hay otros que están haciendo los tests de los carros, otros en la banca esperando.

¿Hay un límite de edad o es un oficio que se puede ejercer también de viejo?

Los grandes dirigen hasta una semana antes de morirse. Si lo llevas bien es una profesión que te garantiza una larga vida como músico y como persona.

Así como en la Fórmula 1 hay una rosca alemana, una inglesa, una italiana, ¿en los directores de orquesta las roscas de dónde vienen?

Yo creo que hay roscas, pero no creo que tenga que ver con nacionalidades sino con las agencias, con los mánagers.

¿Todos los directores tienen un mánager?

Si no tienes un mánager no estás en el mapa.

¿Cuáles son las agencias?

Hay muchas, digamos que las anglosajonas son las más poderosas y las que juegan más fuerte, las que se le miden más a conseguir lo que toca, pero tienen una mentalidad muy agresiva y el director hace parte de una maquinaria.

¿Su agencia de dónde es?

Tengo tres agencias: la principal en Viena, luego una en España y hace unos años otra agencia en Estados Unidos. A mí me gustan las cosas que tengan una cierta velocidad, pero no excesiva. Hoy en día hay muchos directores jóvenes que van a toda velocidad y yo prefiero no tanta velocidad sino un poquito más de balance.

¿Qué evento es para un director de orquesta lo que es la pompa de Mónaco para un piloto de Fórmula 1?

La Filarmónica de Viena, es uno de los eventos más glamurosos que le pueden pasar a un director de orquesta, en su sede, la Wiener Musikverein.

Siguiendo con las comparaciones, cuando los toreros se gradúan, alguna figura taurina les da la alternativa, ¿en la dirección de orquesta pasa lo mismo?

Sí pasa, pero se da con las tragedias de los otros, casi siempre cuando se enferma un director y es ahí donde te dan a ti la alternativa, sales en el cartel y hay veces en que ni siquiera alcanzan a sacar el programa con tu nombre. Este año me pasó con la Filarmónica de Munich, me avisaron que fuera a dirigir la orquesta porque quien la iba a dirigir, Christoph Eschenbach, no pudo volar desde Washington por la nube de ceniza que hubo sobre Europa y llamaron a mi agencia.

¿Esa fue su alternativa?

No. Hace tres semanas tuve la suerte de debutar en la Filarmónica de Viena porque canceló el director Esa-Pekka Salonnen. Fue una alternativa mucho más atrevida porque me dijeron que dirigiera una sinfonía en especial, y les dije que no la iba a dirigir porque no era la sinfonía para el programa. Pensé en otra y cuando nos reunimos con el presidente de la Filarmónica nos pusimos de acuerdo y se alcanzó a sacar un programa precioso.

El director Wilhelm Furtwängler decía que “ensayaba 200 maneras de decir NO con la esperanza de que la noche del concierto pudiera decir una vez SÍ”. ¿Hay algo de eso?

Musicalmente lo entiendo de esta forma: lo que tú ensayas es cómo no debe sonar pero al mismo tiempo ya estás mostrando cómo quieres que suene para sacarlo en el concierto. Eso es un poco poético porque creo que en la vida real tienes que ensayar también lo que quieres.

¿Un ídolo en su oficio?

Hoy en día hay un director que está siendo muy reconocido que se llama Mariss Jansons, es muy interesante porque no es una de esas figuras de circo que están ahí para ser famosos, sino que él está concentrado en su música, dando el espacio para que los músicos toquen, realmente lo disfrutas.

Daniel Barenboim dice que “una buena interpretación no se puede volver a ver como a un cuadro, ni abrirse de nuevo como un libro, lo más extraordinario de la música es su irrepetibilidad”. ¿Qué siente al trabajar con algo tan efímero?

A mí me alegra y me da un cierto orgullo porque estás haciendo cosas que son irrepetibles y eso es muy grande. Puedes coger unos discos, que son lindos e interesantes, y hay que grabarlos, pero un concierto es un momento único y eso te hace un ser privilegiado.

¿Para usted qué es la partitura?

Es como la Biblia para los católicos porque ahí está todo.

¿Cuál es su sueño?

El que estoy viviendo ahora: trabajar con grandes orquestas, pero no por su nombre sino por lo que significan. La Filarmónica de Viena, la de Munich o la Mahler Chamber son orquestas muy famosas, pero lo interesante no es escribir su nombre en la hoja de vida, sino que cuando te paras ahí, la manera de hacer música es sagrada.

Al final de un concierto ¿qué espera?

Por una parte, espero que el público se haya conectado y eso lo siento con el aplauso o, peor aún, en el silencio que hay o debe haber entre un movimiento y otro, porque si la gente está medio aburrida se oye toser, gente hablando, mucha bulla.

¿Hay aplausos diferentes?

Existe el aplauso regional, es decir, el de los que ya te aprecian, como el aplauso de tu familia, que es un aplauso muy lindo porque te llena de mucha alegría, pero es un aplauso muy subjetivo; está el aplauso del público que no te conoce para nada y que no logró pasar a tu orilla, es más objetivo y cortés; y, finalmente, el aplauso de un público que se logró conectar y que, por esas dos horas de concierto, la vida le cambió.

¿Lo más absurdo e inesperado que le ha pasado en un concierto?

Cuando estuve en Italia con mi orquesta de España. Ya estábamos listos para el concierto para violín de Sibelius, miro el atril y mi partitura no estaba, me volteé al escenario, dije que me faltaba la partitura, le hice señas al utilero y la gente se rió.

Lo vi mordiendo una batuta en la foto de El Espectador y vi que la batuta es un palito muy simple, ¿hay batutas de marca?

Lo que hay es luthiers de batutas, pero eso es ya muy exclusivo. Básicamente, existen de madera y fibra de vidrio, que es la que yo tengo porque no pesa tanto y además es muy resistente.

¿Se le ha zafado la batuta en pleno concierto?

Sí. Normalmente no pasa nada, te ríes un poquito y si no le sacaste un ojo a nadie pues la música sigue sin batuta y luego, más adelante, un músico te la pasa. Hay directores que guardan una batuta de reserva en el atril.

¿Qué escucha normalmente en sus ratos libres en los viajes, que no sea música clásica?

A veces pongo la emisora y me dejo llevar. Si quiero estar como de buen ánimo, pongo un poquito de salsa.

¿Una canción de salsa que lo arrebate?

Sonido bestial, de Richie Ray.

***

Apuro al fotógrafo para que empaque su maleta metálica, paso por alto los deditos de queso y las galletas que hace una hora puso su mamá sobre la mesa, me zampo un vaso de té frío, doy las gracias y explico mi afán en voz alta como una cortesía para que Andrés tenga tiempo para descansar antes de su concierto. En parte esa es la verdad, la otra es que no aguanto las ganas de poner en mi iPhone la Séptima Sinfonía de Beethoven y probar la receta: el segundo movimiento para la melancolía, y el último para esos días de estampida. ¡Funciona!

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