!Aquí está por fin Juan Diego Flórez!

El peruano, considerado por Plácido Domingo como el tenor lírico ligero más grande de todos los tiempos, cantará el 18 de febrero en el Teatro Metropolitano de Medellín, y el 21 en el Jorge Eliécer Gaitán, de Bogotá, en celebración de los 35 años de la Ópera de Colombia.
!Aquí está por fin Juan Diego Flórez!

El 13 de agosto de 1996, durante el Rossini Opera Festival de Pesaro (Italia), el mundo de la música vivió uno de esos momentos mágicos que suelen enriquecer su devenir: el nacimiento de una nueva estrella del bel canto. Era Juan Diego Flórez, un tenor peruano de escasos 23 años hizo delirar al público en el papel de Corradino, en la ópera Matilde de Shabran.

Su debut en el rol estelar fue fruto de una casualidad. Pocas semanas antes del estreno, el tenor principal, Bruce Ford, tuvo que cancelar su participación por enfermedad, y el director artístico, Luigi Ferrari, decidió que el novel talento latinoamericano podría ser una excelente alternativa. Así que Flórez tuvo que trabajar a marchas forzadas, ayudado por toda la compañía, para cumplir con el propósito. El resultado fue apoteósico. “La verdad, la misma inconsciencia que me hizo aceptar el papel y la poca o nada de experiencia de teatro, me impidió darme cuenta de lo que había pasado –recuerda Flórez–. Vi que todos estaban muy contentos y quedé satisfecho, pero en ese momento no le di el peso que la circunstancia merecía”.

¡Y vaya que la merecía! Algo similar le había pasado a Luciano Pavarotti en 1963, en el Covent Garden, de Londres, cuando tuvo que reemplazar a nadie menos que Guiseppe di Stefano en el papel de Rodolfo, en La Bohème, de Puccini. Como suele suceder en el fútbol con los jugadores jóvenes, ambos se entregaron a muerte en la oportunidad soñada, y habían triunfado.

En el caso de Flórez, como en el de Pavarotti tiempo atrás, fue el comienzo de una carrera brillante, que lo ha llevado por los teatros más importantes del mundo, incluidos la Scala, de Milán; el Covent Garden, de Londres, y el Metropolitan Opera, de Nueva York, entre muchos otros recintos donde su voz brillante, firme y “casi insultante” en los tonos agudos –como lo describió el comentarista Pablo Meléndez-Haddad– ha arrancado los aplausos de espectadores rasos y críticos especializados.

Esa voz, a la que le vienen de maravilla los repertorios de Rossini, Donizetti y Bellini; ésa que provoca ovaciones cerradas cada vez que interpreta al conde Almaviva en El barbero de Sevilla, o los descomunales do de pecho en La hija del regimiento, es la que vibrará en Colombia el próximo 21 de febrero, en celebración de los 35 años de la Opera de Colombia.

Flórez, quien en su niñez se jactaba de cantar a los Beatles y a Elvis Presley, y quien de la mano de su padre, Rubén Flórez, guitarrista de Chabuca Granda, creció bajo la influencia de la musica criolla peruana, había nacido, sin embargo, con un don que más tarde el duende del destino le permitiría desarrollarlo de la mejor manera posible: una voz privilegiada de tenor, de tenor ligero, diáfana y expresiva, melodiosa en los tonos altos, colorida en el fraseo. Era algo natural, una disposición, como él mismo lo reconoce con modestia. “Es una característica con la cual uno nace, como medir tanto de altura o ser rubio o moreno”.

Pero hacía falta educarla. Hijo de una tradición lírica peruana que ha dado tenores de la talla de Alessandro Granda en los años veinte, Luigi Alva en la década del cincuenta, y Ernesto Palacio en los setenta, Flórez empezó a estudiar canto lírico bajo la batuta de Andrés Santa María en el Conservatorio de Lima, y luego continuó su preparación en el Instituto Curtis, en Filadelfia, Estados Unidos. Pero fue el propio Ernesto Palacio, quien en la década del noventa ya se había transformado en mánager, el que lo catapultó a las grandes ligas de la ópera. Se lo llevó para Italia y en corto tiempo se convirtió en su maestro y su mentor. “Indudablemente fue una suerte haberlo encontrado. Él es peruano, como yo, fue tenor, como yo, y del mismo repertorio. Me dio muchísimos consejos y conoce mi voz como nadie”, afirma Flórez.

Palacio lo enrumbó por el repertorio gracias al cual el mismísimo Plácido Domingo, quizás el intérprete más versátil que ha dado la ópera, confesó que Flórez era el tenor ligero más grande de todos los tiempos. Quizás esa haya sido la clave: saber qué tipo de óperas y autores le van mejor a su voz. “El éxito de un tenor, aparte de la técnica, consiste en elegir bien el repertorio. Para elegirlo se deben tener en cuenta dos aspectos: el musical y el teatral. En mi repertorio teatral hay personajes cómicos como el Barbero, Matilde di Shabran, etcétera, y otros más dramáticos como Donna del lago, Zelmira, Puritani, etcétera. En general, me siento muy bien con autores del bel canto: Rossini, Donizetti, Bellini… Lo importante es, respecto del lado musical, respetar mis condiciones para no salirme de lo que mi voz puede hacer”.

Y quizás una de las cosas que su voz hace mejor sean los nueve do de pecho de La hija del regimiento, que ya se han vuelto leyenda. Tanto que en 2007, en el teatro La Scala, de Milán, tuvo que repetir esa aria para satisfacer el delirio del público, que lo ovacionaba de pie, una concesión que no se otorgaba en ese templo de la música desde 1933. Al año siguiente, en el Metropolitan Opera, tuvo que volver a repetir, por circunstancias similares. ¿Pero coindide con que sea su interpretación preferida? “Podría decir que también tengo otros personajes favoritos, pero lógicamente al gran publico le puede impresionar esa aria”, asegura.

Otra vez sale a relucir la modestia de un hombre consagrado que no admite, sin embargo, la más leve fantasía en su concentración. Para Flórez, ser considerado un monstruo del bel canto es apenas el premio a un trabajo que se teje diariamente, aunque él no tenga ningún ritual para cuidar su voz. “No hago nada más allá de llevar una vida sana. Eso sí, soy metódico en la preparacion del día de función”.

El público se derrite con su voz y la crítica se ha cansado de escribir sobre sus logros. Y sin embargo, Juan Diego Flórez es consciente de que a más gloria, más compromiso. “Si algo ha cambiado desde el día de mi debut, aquel 13 de agosto de 1996, es que la responsabilidad ha aumentado. Claro, también la experiencia, siendo muy autocrítico, trato siempre de hacerlo mejor, por respeto a quien viene a verme”.

En Bogotá interpretará obras de Cimarrosa, Rossini, Boldieu, Massenet, Verdi, Gounod y, por supuesto, Donizetti. Y el público bogotano tendrá la oportunidad de reafirmar, con sus propios oídos, por qué alguna vez, aunque los críticos no estén muy conformes, Pavarotti confesó que en Flórez había encontrado a su sucesor.