En busca del mundo perfecto

Las 43 obras del Salón de Arte BBVA – Nuevos nombres del Banco de la República dan testimonio de las inquietudes que rondan a los artistas jóvenes.
En busca del mundo perfecto

Una gran molécula de bolas blancas de icopor unidas por unos palillos recibe a los visitantes, que llegan a sentir la fragilidad del mundo gracias a una estructura que parece condenada a romperse, a fracasar, a fallar. Más adentro hay sonidos, dibujos acabados e inacabados, movimientos repetitivos, imágenes poéticas y crudas, y piezas destinadas a desaparecer. Pero no es el fin, es un proceso artístico en busca del conocimiento.

Ese fue el punto de partida para la exposición Ensayos para un mundo perfecto, como se llama el Salón de Arte BBVA – Nuevos nombres Banco de la República, que es el resultado de la unión de dos programas que buscan impulsar y hacer visibles a los artistas que apenas despuntan en el horizonte. Obras de 43 artistas –de Bogotá, Medellín, Cali, Bucaramanga, Cartagena, Pereira, Manizales, Santa Marta, Montería, Floridablanca y Jamundí– dan testimonio del arte joven que se está haciendo en el país.

Son diferentes propuestas que el curador Carlos Betancourt empezó a trabajar el año pasado, desde cuando el Banco recibió los 500 portafolios de la convocatoria. Primero seleccionó 70 y, luego visitar a sus autores y discutir el trabajo, y llegó al número final.

“Lo que me interesó fue un concepto que se fue depurando: cómo en el arte el fracaso, la prueba, el error, es una forma de conocimiento. El título se refiere a cómo ensayar, equivocarse y volver a hacer”, explica Carlos Betancourt.

El punto de partida avanzó hacia una reflexión más profunda: “Mostrar cómo la sociedad se mueve sobre unos parámetros de éxito y continuamente se enfrenta a seguir unas ideologías y unas utopías, y también cómo esos esquemas ideales se desvanecen en cierto momento y vuelven a reformularse”, explica.

Aunque la muestra está dividida en temáticas: la repetición, la prueba y el error, la extinción, la nostalgia, la paradoja, el accidente y la tragedia, y el arte del fracaso, no hay ningún distintivo que marque un camino al espectador por las salas de la Casa Republicana de la biblioteca Luis Ángel Arango.

En ese recorrido libre es difícil encontrar una tendencia entre dibujos, video, pintura, fotografía, instalaciones, proyecciones, sonidos y juegos de luces, así como objetos que adquieren otro significado para transmitir las diversas visiones del mundo, de los símbolos del consumo, de los sistemas sociales y de las paradojas de la sociedad.

“Hay un trabajo de video evidente, pero creo que hay más una discusión entre si el arte debe ser formal y estético o estar en un nivel más conceptual y dar el paso entre ese concepto y una buena realización. Pienso que los artistas actuales son mucho más claros en tender ese puente”, agrega el curador.

Así lo muestran, por ejemplo, Liliana Sánchez en El excavador, un ensayo de la misma obra después de varios intentos; Juan Raúl Hoyos en Proyecto Sintec, imágenes repetidas que hablan sobre la homogenización de la sociedad; o Alexander Rodríguez, que utiliza como base para sus dibujos cientos de papeletas usadas para envolver bazuco.

También lo hacen otros que se enfrentan a lo efímero de las relaciones humanas, expresado, por ejemplo, en una secuencia con la imagen de unos zapatos de hielo que terminan derretidos, de Ana María Villate; en los dibujos de plantas al estilo de la Expedición Botánica de Edwin Monsalve, quien usa tintas de clorofila que desaparecerán con la luz; o los dibujos hechos con pimienta y canela que el tiempo borrará, de Paola Tafur.

La exposición confronta los sentidos, exhibe de manera cruda procesos sociales inútiles, sistemáticos e irónicos en obras que ya no solo hablan de Colombia sino de un universo más amplio. Como lo hace Legión, la obra de Carlos Castro, que consiste en una máquina musical que toca una marcha triunfante romana del siglo I antes de Cristo, pero cuya melodía es producida por cuchillos decomisados por la Policía. Al lado, Castro puso otra pieza elocuente: Cosecha, una mazorca hecha con muelas humanas.

A pocos metros, la cultura urbana de Bucaramanga cambia el ritmo con un video del bailarín Dayro Legro, del artista Nicolás Cadavid. La obra se llama Yo escucho y bailo chispum, y en él, el protagonista baila al ritmo de este sonsonete popular que se ha convertido en todo un movimiento urbano, en lugares como supermercados o bibliotecas.

Los sonidos repetitivos del chispum quedan como un eco entre las apuestas del salón, una selección que aunque ambiciosa –pues en el arte una muestra de 43 trabajos es amplia– tampoco tiene la intención de resumir el arte joven del país. Como la mayoría de los artistas oscila entre los 18 y 32 años, la muestra marca, de todas maneras, un panorama de las inquietudes que estarán rondando el arte colombiano en los próximos años.