Mike Tyson contra las cuerdas

Lo que empezó como una rueda de prensa para hablar de su nueva faceta como entrenador de palomas de carreras, terminó siendo un desesperado intento de Mike Tyson por demostrar que todavía no está en la lona. Al final sus propias palabras le hicieron perder la pelea.
Mike Tyson contra las cuerdas

La energía y determinación con las que Mike Tyson entró a la sala de conferencias del hotel Ritz, de Nueva York, eran tan intimidantes, que parecía que en lugar de sentarse a una rueda de prensa estuviera a punto de subir al ring a dar la pelea de su vida, y que el grupo de periodistas que esperaban para entrevistarlo fuera en realidad su más ferviente público.

Su mirada fija y cero expresiva recordaban sus días de Iron Mike, cuando lograba debilitar a su oponente con solo mirarlo. Pero esta táctica de intimidación, que aprendió de Jack Dempsey, uno de sus ídolos, no sería suficiente. Vestido con jeans negros y una camiseta verde bastante arrugada (totalmente alejado de los vestidos de diseñador que compraba por montones), Mike Tyson se ubicó en la parte de enfrente de la sala y comenzó a hablar de su nuevo programa, Taking on Tyson, producido por Animal Planet, donde muestra su faceta como entrenador de palomas para carreras. Era el motivo por el cual se enfrentaba de nuevo a los periodistas.

Emocionado y nostálgico, recordó su primera experiencia con estos animales. “Cuando estaba en el colegio era muy gordo y usaba gafas, no tenía amigos y me la pasaba caminando por las calles en lugar de ir a clases, un día encontré una paloma enferma, la cuidé y se volvió mi mascota hasta el día que un niño de mi colegio me la rapó, le rompió el cuello y me echó la sangre en mi cara”. Ese niño que doblaba su edad y su estatura fue la primera persona a la que Mike Tyson le reventó la nariz cuando solo tenía siete años de edad.

De repente, el Mike Tyson intimidante que controlaba el ambiente en la sala de conferencias, bajó su defensa y se dejó ver impotente como un niño cuando pierde su juguete preferido. Se sentó en una silla y fue como si se hubiera sentado en el banquillo.

“¿Cómo ha manejado su vida después de la muerte de su hija?”, le preguntó un portugués que no tuvo problema en omitir la advertencia de no tocar el tema de sus hijos. La cara de dolor de Tyson se comparaba a la del 11 de febrero de 1990, cuando James ‘Buster’ Douglas lo venció por nocaut. Su primera derrota desde el 22 de noviembre de 1986, día en que se puso el cinturón de campeón mundial de los pesos pesados, el más joven de la historia con solo 20 años.

“Cuando mi hija murió sentí que mi vida había terminado, nada tenía sentido, ahora sé que tengo que vivir por ella”. En ese momento, el estatus de celebridad con que lo muestran en su nuevo programa y con el que todavía muchos de sus seguidores y amantes del boxeo lo recuerdan, desapareció, y Tyson quedó solo en aquella sala, como en un ring en el que estuviera peleando contra su peor y más temido contrincante: él mismo. Las manos sudorosas delataban su incomodidad, haciendo que su táctica de hacer comentarios graciosos se viera como lo que era, un intento desesperado por no mostrar debilidad, por no caer de cara en la lona.

Pero cuanto más intentaba mantenerse de pie, más le temblaban las piernas. En el afán por no hacer de la rueda de prensa un juicio, algunos periodistas se enfocaron en sus grandes momentos como boxeador. Henry Tilman, Alex Steward y Donovan ‘Razor’ Ruddock, grandes figuras del boxeo que al lado de Tyson parecían aficionados (cayeron por nocaut antes del tercer asalto), hoy son solo un mal recuerdo. “No volveré a pelear en mi vida. Cuando estaba en la cima dejé de boxear con pasión, llegó un punto en que lo único que me motivaba era una línea de cocaína, ahora solo quiero estar presente, simplemente estar”.

Y aunque muchos piensen que este joven solitario, que no terminó sus estudios y que encontró en el ring un hogar, fue víctima de las circunstancias, Mike Tyson sabe que la culpa es de él: “Tenía un ego enorme”. Su arrogancia era su talón de Aquiles, y fue triste verlo caer, pero irónicamente su fragilidad en medio de una rueda de prensa que buscaba hablar de su regreso, resultó ser más dolorosa.

Su mirada, antes penetrante, ahora no se apartaba del piso, como si tratara de leer un papel para no equivocarse, pero estaba tan perdido que después de una pausa lo primero que salió de su boca fue: “No sé qué mierda estoy diciendo”.

Igual que en agosto de 2003, cuando se declaró en total bancarrota tras malgastar 300 millones de dólares en alfombras, collares, autos al por mayor y en servicio de limusinas, en esta oportunidad Mike Tyson no tuvo más opción que despojarse de lo que traía, un libreto memorizado para vender su nuevo programa. Porque al igual que la plata en años anteriores, este pequeño discurso era su única motivación para levantarse antes de que la cuenta llegara a 10.

Pero su nueva contextura lo hace más lento. Los 107 kilogramos de puro músculo que lo hacían parecer un muñeco de acción cuando estaba en el ring desaparecieron hace un año cuando decidió ser vegetariano estricto. El Mike Tyson de ahora no come carne, no entrena, no tiene sed de triunfo. El instinto animal que lo hacía invencible en el cuadrilátero es ahora puro y simple sentido de preservación. “Solo me interesan las cosas que me muestren con dignidad”,

Pero en medio de la rueda de prensa ese interés era más bien una ilusión. El Mike Tyson acostumbrado a salir en hombros del cuadrilátero, no veía la hora de abandonar la sala de conferencias. El tiempo para las preguntas había terminado. Se levantó de la silla, dio las gracias y salió con la cara agachada como cuando perdió su último combate el 11 de junio de 2005 ante el irlandés Kevin McBride. La puerta se cerró detrás de él dejando en claro que el hombre que había entrado triunfante, salía derrotado.

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