Un abogado con alma de actor

Aunque vive hace cinco años en Colombia, el peruano Salvador del Solar apenas empieza a ser reconocido por su papel de boxeador en Amar y temer. Estudió Derecho, pero ganaron las cámaras.
Un abogado con alma de actor

El 18 de julio de 1994 quedó grabado en la memoria de Salvador del Solar. Hace 17 años dejó a un lado su vestido formal, se puso ropa cómoda, se paró descalzo en un escenario y empezó a liberar todas las sensaciones. “Ese día me dieron el paz y salvo para entrar a un mundo fantástico”, dice el actor.

Así recuerda su primera jornada en el taller de actuación de Alberto Isola, uno de los maestros del teatro en Perú, donde comenzó su otra carrera después de haber estudiado Derecho.

“Un juicio es una puesta en escena y luego uno descubre que hay más verdad en un escenario que en un espacio ocupado por abogados”, dice Salvador, enfundado en una chaqueta de cuero que traiciona el estereotipo de hombre rebelde y que simplemente se ve como el atuendo de un actor que quiere contar su historia.

Con él, una conversación puede durar horas. No es una exageración. Este peruano, que hace las veces de Simón Oviedo, un boxeador de la época de la Violencia, en la telenovela Amar y temer, tiene también un gran talento para argumentar. Él lo sabe y admite que de ser un niño que sostenía sus puntos de vista pasó a ser un hombre apasionado por el don de la palabra.

Por eso resulta lógico que antes de pararse en un escenario decidiera ser abogado. En esta decisión pesó cierta influencia de series de televisión como Paper Chase, Perry Mason y La ley de Los Ángeles. Su mamá aprobó su resolución pero le predijo que aunque le iría bien, al final no le gustaría.

Las palabras se cumplieron pero Salvador no se lamenta. “Actué desde niño, pero nunca pasó por mi cabeza que esa fuera mi profesión”. El jovencito del colegio que practicaba el polo acuático descubrió en la universidad algo que no se aprende en el bachillerato: “poner en duda las razones por las que se dan las cosas”.

Fue un estudiante destacado que actuó en obras que no salieron de los salones de ensayo y a los 21 años ya era practicante en una oficina de abogados. “La universidad me encantó, la práctica me desencantó”, dice, y trataba de nivelar ese desinterés yendo a teatro y a cine, donde se sentía invadido por una “emoción inusual”.

Para rematar, después de tres cervezas siempre les decía a sus amigos que quería ser actor. Tuvo varias señales que lo impulsaron hasta que recibió el empujón final de un amigo que le dijo: “¡Hazlo!, en serio”. Siguió buscando la manera de pasar de los juzgados al escenario y un día una amiga le dijo que fuera a un casting, pues tenía la edad de un personaje que buscaba. Cuando llegó, muy puntual, recibió la ficha 153 de una larga fila y, después de varias pruebas, fue escogido. Comenzó a ensayar y al tiempo entró a estudiar con Isola, en ese 18 de julio que no borra de su memoria.

Desde entonces su carrera como actor no se ha detenido. Además de hacer teatro, participó en telenovelas peruanas como Escándalo y Pobre diabla, y en la película Pantaleón y las visitadoras, donde hizo el papel principal con algo de inseguridad, pues venía de dos melodramas que él mismo consideró un fiasco.

Después sintió que su parte académica estaba estancada. Entonces llevó a cabo una maestría en Relaciones Internacionales, con especialidad en Comunicación y Negociación Intercultural, en la Maxwell School of Citizenship and Public Affairs en la Universidad de Syracuse, en Nueva York.

Este largo título le devolvió el placer de debatir. “Nos pasamos hablando de cosas de las que no estamos seguros, sin darle significado a la vida”, afirma. Esto le sirvió para dar clases de comunicación y tener un programa periodístico en Perú. Mientras tanto, la actuación lo volvió a reclamar y las ofertas lo trajeron a Colombia.

Lleva cinco años en el país pero apenas ahora es reconocido porque la mayoría de su trabajo lo ejecutó para producciones que se vieron en otros países, o en cable, como La traición, Sin vergüenza y Amores de mercado, y los dramatizados Decisiones y Tiempo final. A pesar de su larga estadía en el país, con Amar y temer volvió a tener la sensación de ser el nuevo en el barrio.

Ahora estudia menos y actúa más, y los fines de semana los pasa al lado de su familia, una esposa y dos hijas tan anónimas como él que lo devuelven a la vida normal, así sea solo los domingos.

Pero a sus 40 años es imposible quedarse quieto y sigue desarrollando proyectos paralelos a la actuación. Anda escribiendo un guion de cine con una disciplina casi obsesiva, en horas que le roba al descanso de las grabaciones.

Como buen abogado, y como buen actor, piensa que todavía le quedan argumentos pendientes, expresar mejor las ideas que tiene sobre la vida y que, mal o bien, las ha volcado en el escenario para bien de su alma .

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