Jairo Clopatofsky, a prueba de todo

Ni siquiera el accidente autosmovilístico que lo dejó inválido para caminar, ha logrado alejarlo de su amor por el deporte: el director de Coldeportes juega tenis y bucea.
Jairo Clopatofsky, a prueba de todo

Casi treinta años después del accidente que lo dejó paralítico, Jairo Clopatofsky –exsenador de la República, director de Coldeportes–, practica más deportes de los que hacía por aquellos días: se levanta religiosamente a las 4 y 30 de la mañana a hacer abdominales y luego va al gimnasio; juega tenis los fines de semana en su finca de Chía (desde que empezó a competir en la silla de ruedas ha sido subcampeón nacional); monta karts con su pequeño hijo Mario; navega en velero cuando va a Cartagena y bucea junto a su esposa, María del Rosario Marín, gracias a un pequeño submarino de motor que lo impulsa bajo el agua.

Eso sin contar con sus infaltables paseos en cuatrimoto, y los partidos de tenis de mesa o ajedrez que suele jugar con su hijo, quien le heredó la pasión por el deporte. “Lo que pasa es que las barreras las hace uno mismo –cuenta al referirse a su parálisis–. Todo está en la cabeza”. Y en eso Clopatofsky ha sido inflexible: desde que sufrió el accidente de carro que le produjo una lesión irreversible en la columna, hace 29 años, se ha dado a la tarea de no dejarse derrumbar. “A Jairo no hay barrera que lo frene –cuenta su esposa Rosario–. Todo lo que se propone lo logra. Tanto que después del accidente manejaba un Renault 4 con un palo porque todavía no existían los mecanismos para adaptarlo”.

El deporte es la tabla de salvación a la que Clopatofsky se ha aferrado para no dejarse ahogar; una pasión que, además de darle disciplina, lo ha ayudado a mantener la mente ocupada y convencerse de que la vida continúa. “Es que a través del deporte uno evita los vicios, las malas compañías. Yo estoy convencido de que la paz de Colombia se puede lograr por esa vía”, dice como preámbulo para enumerar, una a una, las políticas que está generando desde Coldeportes con el fin de afianzar el deporte en el país. Parece inevitable que hable del tema pese a que desde el principio sabía que su trabajo no iba a entrar en la charla. Aun así, Clopatofsky lo hace: cuenta los logros de su gestión, se echa flores, critica con vehemencia a algunos periodistas.

Pero más allá de la política, lo cierto es que el deporte ha ocupado una parte importante de su existencia, incluso antes del accidente: “La pasión por navegar viene de mi padre, que fue navegante, y de haber estudiado en la Escuela de Cadetes. A los 9 años ya era campeón de mi categoría y a los 13 comencé a jugar tenis”, dice. Luego vendría el accidente y luego –otra vez y con más fuerza– el deporte como método infalible para seguir viviendo.

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Es difícil no recordar ese día, y mucho menos evitar el tema; después de todo, la vida de Jairo Clopatofsky cambió desde aquel momento. Fue en 1982. Clopatofsky hacía con sus amigos un asado a la orilla de un río cerca a Pacho, Cundinamarca. Hacia el final de la tarde decidieron regresar a Bogotá y él se montó en su carro junto a tres compañeros. De repente, en una curva, se encontró de frente con un camión que intentaba sobrepasar un bus. Fue ahí –cuenta, aunque no recuerda muy bien lo que sucedió después–, cuando tuvo que maniobrar, perdió el control y el carro se volteó. En una de las tantas vueltas, se abrió la puerta y él salió disparado.

Luego recuerda que abrió los ojos, preguntó qué pasaba, y después, en el hospital de Zipaquirá, trataba de mover las piernas sin resultado. Entonces lo supo: había quedado inválido. Al principio fue difícil asumirlo, claro, pero después entendió: “Tenía dos posiciones: quedarme en la cama llorando o levantarme y volver a tomar mi vida y mi lesión como algo natural. Opté por la segunda”, relata en un texto que escribió sobre su accidente.

Y sí: eso hizo.

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Su casa, al norte de Bogotá, queda casi al borde de los cerros orientales. Detrás del conjunto de edificios donde vive hay pinos, bosque, mucho verde. El apartamento, sin embargo, no es tan grande como uno pensaría antes de entrar. “Lo que pasa es que vivíamos en Chía, pero nos aburrimos por lo lejos”, dirá minutos más tarde, cuando aparezca en la sala luego de hacerse esperar y sentarse en el sofá acomodando sus piernas inmóviles. Ahora, sin embargo, quien abre la puerta es su esposa Rosario y de inmediato sale su hijo Mario a saludar. Al fondo, detrás de una puerta, se escucha su voz hablando por teléfono.

Cuando llega enfoca la conversación hacia el trabajo: habla de la situación de los jugadores del Deportes Quindío, cuenta lo que ha hecho en Coldeportes y lo que está planeando para el futuro. Cada que puede aprovecha para mostrar sus logros y hacer un balance de su gestión, como si pensara que todo el tiempo está obligado a rendir cuentas. Pero cuando no lo hace, cuando logra salirse de su guion, dice que es vegetariano –una decisión personal que tomó cuando vivía en Estados Unidos y se volvió fanático de las ensaladas–; que le gusta viajar muchísimo, y que es amante de la comida italiana, en especial de los espaguetis y la lasaña. “No soy radical con eso de ser vegetariano, como carne o pollo una vez al mes –aclara–. Se trata más que todo de comer saludable”.

También cuenta que lee de todo –dice que el presidente Santos le despertó la curiosidad por Nelson Mandela, el expresidente africano, y ahora ha leído tres libros al respecto–; que cuando tiene tiempo adora estar en su finca con su familia –allá cocinan, prenden la chimenea, cantan en karaoke–; que es amante de las redes sociales, y que escucha todo tipo de música, desde un buen rock de los ochenta hasta un vallenato cuando está contento.

Pero Clopatofsky tiene claro que su verdadera pasión son los deportes. Y es cierto: en últimas su vida gira en torno a ellos y es gracias a ellos que ha logrado salir adelante.

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