El muro de Berlín, un monumento artístico

Un grupo de artistas que intervino el derrumbado muro como un homenaje a la memoria de los oscuros días de la Cortina de Hierro, anda indignado por la restauración a la que fue sometido el monumento. Los restauradores literalmente borraron las obras y... ¡las volvieron a pintar!
El muro de Berlín, un monumento artístico

Cada minuto de cada día del año, una tragedia artística se va cociendo a fuego lento frente a millones de turistas. La última cena, la obra maestra de Leonardo da Vinci, se consume poco a poco en el refectorio del convento dominico de Santa María de la Gracia, en Milán, desde 1497, año en que fue terminada. La razón: los tintes que fueron utilizados por Leonardo no son los más longevos (aunque ya hayan durado más de 500 años) y no ha habido manera de detener su deterioro. En todo caso, a nadie se le ha pasado por la cabeza borrar la obra de un brochazo para volver a pintarla.

En contraste, eso es justamente lo que le ha ocurrido en Berlín a la East Side Gallery, considerada la galería al aire libre más grande del mundo, y famosa porque en ella quedó plasmada la visión de 118 artistas de lo que significó para el mundo la construcción y caída del Muro de Berlín. Se trata de un monumento conmemorativo diseñado a lo largo de 1.300 metros de muro, que fue encargado a los artistas en 1989, una vez se derrumbó la Cortina de Hierro. Cada uno aportó lo suyo y lo dejó ahí, sobre la superficie de lo que alguna vez sirvió como símbolo de la enemistad entre dos ideologías opuestas.

Pues bien, veinte años después, y en vista de que los artistas no habían utilizado tintes duraderos, el Senado alemán aprobó la restauración del monumento, cosa que sucedió en el acto, con resultados nefastos. Eso es, al menos, lo que piensa Bodo Sperling, uno de los artistas que intervino el muro y que ha impuesto una demanda por violación de derechos de autor.

Lo que denuncia Sperling es que los restauradores, lejos de proceder con profesionalismo, causaron, en palabras colombianas, una verdadera “chambonada”. Muchas de las obras fueron literalmente borradas y cubiertas de pintura blanca; otras fueron redibujadas como las originales, pero no por los autores, mientras que en otros casos los autores originales fueron invitados a volver a pintar su obra tal y como la imaginaron en 1989. Eso le pasó, por ejemplo, a Dimitri Vrubel, cuya obra Bruderkuss (beso entre hermanos), que reproduce el famoso beso en la boca que se dieron el presidente ruso Leonidas Breznev y el líder alemán Erich Hoenecker, es una de las más representativas de la East Side Gallery. Vrubel quedó estupefacto cuando llegó al muro y observó que su obra había quedado tapizada de blanco, lista para que él recompusiera el trabajo hecho veinte años atrás.

Sperling y varios artistas más que lo acompañan en esta gesta, quieren al menos aclarar si la ciudad de Berlín tenía derecho de manipular las obras a su parecer, sin contar con la necesaria aprobación de los autores. Y en consecuencia, han pedido una indemnización de 25.000 euros por daños y perjuicios.

Según ellos, los restauradores fueron tan descarados, que ofrecieron 3.000 míseros euros a cada artista para que repintara su obra. Muchos francamente se rehusaron con indignación. Otros, simplemente, aceptaron con resignación.

Puede que la comparación sea desproporcionada, pero semejante acto sugiere pensar en qué pasaría si al alcalde de Milán le diera por decir que lo mejor que pueden hacer con La última cena, de Leonardo da Vinci, es volverla a pintar por profesionales. Al fin y al cabo la gracia de las obras de arte es que sean irrepetibles.

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