¿Grandes directores o torturadores?

Atormentaron a sus actores durante los rodajes para hacer de sus filmes obras de arte. Los llevaron al límite para cumplir su visión... sin importar los métodos. 
¿Grandes directores o torturadores?

El humor inglés tiene fama de corrosivo. Pero el danés lo es más. Había que ver a Lars von Trier en Cannes, en la rueda de prensa de Melancholia, dispuesto a agraciar a los periodistas. Había que ver las risotadas que arrancó cuando contestó “sí, sí, sí, sin duda, sí, sí, sí” a la pregunta de si su película tenía las condiciones para pelear una Palma de Oro. Había que verlo plácido cuando bromeó sobre la forma en que había convencido a Kirsten Dunst de que se desnudara. Había que oír las carcajadas del público, y la sonrisa nerviosa de ella. Y luego, claro, verlo regodearse del chiste definitivo, con el que pretendía ganarse la ovación final: su confesión de que simpatizaba con Hitler.

Era una broma, por supuesto, una absurda broma sobre algo muy serio. Muchos años atrás, un compatriota suyo, el físico Niels Bohr, le habría dado la razón, cuando afirmó: “Hay algunas cosas que son tan serias que sólo puedes bromear con ellas”. Pero sin duda nadie lo entendió así en Cannes, y Trier, otrora consentido del certamen, debió abandonarlo con el rabo entre las piernas.

Pocos son, en realidad, los que aguantan de buen ánimo el humor de Von Trier. Paul Bettany, quien coprotagonizó Dogville, en 2003, al lado de Nicole Kidman, contó en una entrevista la bromita que le había montado el director en Copenhague. Iban ambos en el mismo carro y Trier paró a echar gasolina. Al regresar al vehículo, llegó cargado de varias revistas pornográficas. “Esto es para ti”, le dijo. Bettany se limitó a guardarlas. Más tarde, Trier apareció en el hotel, acompañado de Kidman. Entró a la habitación con ella detrás y luego de un saludo normal, se dirigió a la rubia mientras señalaba el montón de revistas para adultos: “¿Paul ya te mostró su colección porno?”.

Nadie sabe a ciencia cierta por qué lo hará. Si será porque es un bromista pesado y disfruta de sus diabluras de bachiller, o si será una estrategia para manipular a quienes tienen que ver con él. Bettany, virgen en el terreno de la “triermanía”, se alistaba para interpretar con Kidman uno de los papeles más fuertes de su carrera. De pronto aquella broma sólo era un entrenamiento velado para ponerlo a tono.

Al límite

Von Trier hace parte de esa pléyade de directores que consideran que al actor hay que exprimirlo con tal de lograr una interpretación natural. El papá de ellos fue Alfred Hitchcock, a quien se le atribuye una frase suficientemente explícita: “Los actores son ganado”. Cuestionado al respecto, el director inglés hizo gala de su humor: “Nunca he dicho que los actores son ganado, he dicho que hay que tratarlos como ganado”.

Sobre todo a las mujeres. Si Hitchcock decía que eran ganado, a Tippi Hedren, protagonista de Los pájaros (1963), le pegó la ordeñada de su vida. La había descubierto en un comercial de televisión y prometió convertirla en una estrella si seguía sus designios. Ella aceptó encantada, pero no sabía lo que le esperaba. Durante la filmación de la cinta, que trata sobre una invasión de pájaros en un pueblo, fue sometida a un ataque real de plumíferos que le crearon verdaderos ataques de pánico. Su interpretación la hizo merecedora del Globo de Oro. ¡Pero a qué precio!

Donald Spoto, en su libro Las mujeres de Hitchcock, da cuenta de la presión sicológica (y a veces física) que el director inglés imprimía en sus estrellas, fruto, quizás, de su incapacidad para conquistarlas. Al parecer, disfrutaba humillándolas, diciéndoles obscenidades. A Joan Fontaine, protagonista de Rebecca (1940), la aisló por completo del grupo de filmación con el fin de provocarle la ansiedad necesaria para su interpretación. Dominó sus emociones a tal punto que la hacía llorar a punta de cachetadas. La relación entre ambos, sin embargo, rindió sus frutos un año más tarde, cuando Fontaine se llevó el Oscar a mejor actriz por su interpretación en otra cinta de Hitchcock: Sospecha (1941).

Otra que sufrió el método Hitchhock fue Madeleine Carroll, protagonista de 39 escalones (1935). Spoto cuenta que el maestro del suspenso no sólo le hacía bromas sexuales pesadas, sino que no tenía reparos para llamarla puta. En una escena en la que Carroll debía hacer cara de pánico, el director inglés utilizó un recurso tenaz pero efectivo: mientras rodaba, se bajó los pantalones y quedó desnudo de la cintura para abajo. Al final, le dijo en tono serio: “Esa era la cara que quería”.

Hitchcock no sólo las doblegaba sino que las acosaba como si quisiera ser rechazado y corroborar su gran frustración: su incompetencia para conquistarlas en la vida real. Así le pasó con Grace Kelly y con Ingrid Bergman, con Doris Day, Marlene Dietrich y Janet Leight.

Una y mil veces

Como sucede en el fútbol, donde hay un pacto tácito para no ventilar en público lo que sucede en los camerinos, en el cine es poco lo que se sabe de lo que ocurre en los sets de filmación. Sin embargo, hay casos tan evidentes que es difícil ocultarlos. Se sabe que Stanley Kubrick, el genial director neoyorquino, sufría de lo que expertos llaman transtorno obsesivo compulsivo. No por otra razón era tan meticuloso y perfeccionista en sus películas. En varias de ellas, no obstante, se pasó de la raya. En El resplandor (1980), una de sus obras maestras, sucedió algo inverosímil. La escena en la que Shelly Duvall espera en un rincón, armada de un bate, la arremetida de un enloquecido Jack Nicholson, ¡fue repetida la bobadita de 127 veces! Al final la pobre Duvall está estragada, hecha un manojo de nervios, totalmente desmoronada, con el gesto ideal para lograr el cometido de Kubrick.

También es famoso el dominio sicológico que Kubrick ejerció sobre Nicole Kidman y Tom Cruise durante la filmación de Ojos bien cerrados (1999), su última obra. El tormento fue tal que desnudó la fragilidad de la relación matrimonial que Kidman y Cruise sufrían en la vida real y que finalmente los llevó al divorcio.

Maria Schneider y Marlon Brando, por su parte, jamás le perdonaron a Bernardo Bertolucci la tortura emocional a la que fueron sometidos en El último tango en París (1972), una de las películas más provocadoras de su tiempo. El actor de El Padrino dejó de hablarle 15 años y confesó que después de tanto tiempo no había logrado reponerse. Schneider, fallecida de cáncer en febrero de este año tras una carrera llena de depresiones, y quien tenía apenas 20 años cuando rodó la cinta, quedó tan arrasada sicológicamente, que culpó al director de haberle arrebatado la juventud. Bertolucci, incluso, le pidió perdón en su lecho de muerte.

¿Misoginia o método?

El más reciente heredero de la tortura como método es Lars von Trier. Todos parecen estar de acuerdo en que su filmografía está hecha para mostrar la vulnerabilidad femenina desde los ángulos más retorcidos, como si quisiera dar por sentada su misoginia.

Kirsten Dunst, al recibir la Palma de Oro a la mejor actriz en el pasado festival de Cannes por su papel en Melancholia, le agradeció a Von Trier la plena libertad con la que le permitió trabajar el personaje. Falta ver qué opinará dentro de unos años.

Porque sus antecesoras en los filmes del director danés, no han quedado con muchas ganas de repetir. Al menos así lo narra el periodista Nils Thorsen en el libro El genio. Vida, cine y fobias de Lars von Trier, una biografía autorizada por el propio Von Trier. En ella, el danés queda desnudado en todos sus desequilibrios y en sus fallidas relaciones con sus actrices.

Comenzando por Björk, la cantante islandesa que protagonizó Bailarina en la oscuridad (2000). La cinta, que narra la tragedia de una inmigrante checoslovaca en Estados Unidos que se está quedando ciega y busca costear una operación a su hijo para que no sufra del mismo mal, resultaría ser la primera y la última participación de Björk con Von Trier. ¿La razón? La enorme presión sicológica que tuvo que sufrir durante la filmación. Fue tal la desavenencia entre ambos, que se dejaron de hablar. Björk llegó al punto de escupir a los pies del director, y de ignorarlo durante el Festival de Cannes en el que Björk se llevó la Palma de Oro. Después de eso, juró no volver a trabajar con Von Trier.

Algo similar le ocurrió a Nicole Kidman, protagonista de Dogville (2003), un filme claustrofóbico en el que el personaje de Kidman, Grace, sufre toda suerte de vejaciones. Su actuación fue mundialmente aclamada, pero cobró un precio. Kidman, así haya dicho en público que tenía problemas de agenda, quedó demasiado perturbada como para reincidir en otra interpretación con Von Trier, quien incluso le imploró de rodillas en Cannes que aceptara participar en Manderlay, la segunda parte de la trilogía sobre Norteamérica iniciada con Dogville. “Ha sido la película más salvaje y loca de todas las que he realizado. Von Trier me llevó a extremos a los que no suelo llegar”, dijo Kidman tras su paso por las manos del danés.

Ni qué decir sobre Anticristo (2009), la cinta inmediatamente anterior a Melancholia, en donde narra la relación traumática de una pareja conformada por un terapauta (Willem Dafoe) y su compañera (Charlotte Gainsbourg). De principio a fin, la película no le da un respiro al espectador, que asiste a una intimidad literalmente asfixiante de la que Von Trier se regodea en cada escena. Dafoe y Gainsgourg llegaron a extremos increíbles y quedaron exprimidos, sin una gota de sudor.

La misoginia explícita, que llegó a la mutilación genital en escena, hizo de Anticristo una de sus películas más controvertidas, incluso en Cannes. Von Trier, sin embargo, se ha defendido diciendo que la película fue, simplemente, la expiación de sus propios tormentos sicológicos, como si Anticristo hubiera sido una sesión psiquiátrica.

¿Hasta dónde puede llegar Von Trier en sus propósitos? Eso es algo que sólo él mismo puede contestar. Lo que nadie le ha podido reprochar, ni siquiera los actores que se han sentido vulnerados en su más profunda psiquis cuando se dejan dirigir por él, es la fortaleza y la solidez de su obra, aclamada en cuanto festival se presente. Con razón (y, claro, motivado por ese humor danés que sólo él entiende) dijo alguna vez que era el mejor director del mundo.