Laura García regresa a la televisión

La actriz de teatro Laura García regresó a la televisión después de 30 años de su última telenovela: Una mujer de cuatro en conducta. Participa en la serie Correo de inocentes.
Laura García regresa a la televisión

En el estudio de Laura García hace frío, pero basta oír hablar a esta actriz consagrada –de voz grave, fuerte y muy clara– para olvidarlo. Es inevitable mirar su biblioteca atiborrada de libros, postales y fotos donde se mezclan los griegos, los ídolos del cine, un recuerdo de París y otras imágenes puestas al azar, como fetiches y testigos mudos de conversaciones, trabajo y preparación. Parte de su vida que ha volcado a su manera en los escenarios.

Los televidentes más jóvenes tal vez no la conozcan, pero Laura marcó una huella indeleble en una telenovela que hizo historia: Una mujer de cuatro en conducta, una versión del libro de Jaime Sanín Echeverry que en 1980 causó polémica y que los papás vieron a las diez de la noche mientras sus hijos la seguían a escondidas. Dos años antes había hecho Teresa Valverde. Sin embargo, después de fallar en conducta, le dijo adiós a la pantalla.

Treinta años después ha vuelto a la televisión con la serie Correo de inocentes. Allí es una fiscal de la unidad antinarcóticos, una mujer fuerte y solitaria que lleva un guante que oculta un misterio. Es también la mamá de Sergio (Salvador del Solar), la que se opone al romance de él con Pilar (Margarita Rosa de Francisco), y hará todo lo posible para que su hijo siga los principios en los que ella cree.

Detrás de su retiro de la televisión hay más sensibilidad que misterios. “En 1980 me leí una novela que todo mundo tenía que leerse en ese momento: La consagración de la primavera, de Alejo Carpentier. Eso influyó en mí, porque la heroína es una bailarina rusa que llega a La Habana y crea su grupo. Inconscientemente se dieron las cosas, porque me enamoré de un cartagenero y me fui para allá a hacer lo mismo que hacía la bailarina”.

Laura se dedicó durante cuatro años al grupo que creó: La Pandonga. Allí –cuenta– escribió, dirigió, diseñó, echó lija y puso clavos. Se presentaron donde se pudiera, hicieron gira y montaron obras de Esteban Navajas, Chejov, y hasta actuaron delante de la catedral de Cartagena con El amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín, de García Lorca.

“Tenía todos los ingredientes para ser una diva de televisión, pero escogí otro camino, fue una decisión orgánica y natural. Creo que la vida le abre a uno las puertas y los salones por donde tiene que transitar. Muchas veces no son decisiones tan conscientes, pero esto me pareció prioritario y era lo que quería hacer”.

Esa aventura la hizo crecer como actriz, un oficio para el que estaba destinada desde niña, cuando conoció en el cine a su ídolo, Sissi emperatriz, mientras su mamá le hablaba de Sófocles, Eurípides y Esquilo, y su abuela hacía veladas artísticas con sus amigas. Un talento innato hizo el resto.

Este fue solo el comienzo de una carrera que la ubicó como una de las actrices más importantes del país.

Empezó en el teatro El Local y luego pasó por el Teatro Popular de Bogotá (TPB). “De ocho a dos ensayábamos, luego almorzábamos, a las cuatro ensayábamos lo que se iba a grabar para televisión y a las ocho de la noche teníamos función. Era una delicia, ese fue mi colegio de la actuación y mis padres putativos fueron Chejov, Molière, Shakespeare, Ibsen…”.

Después, su “grado” mayor fue en el Teatro Libre, donde afianzó ese respeto profundo que tiene por la actuación. De ahí quedaron papeles inolvidables en obras como La balada del café triste, Diatriba de amor contra un hombre sentado, La Orestiada y Madre coraje. Hace unos meses viajó a Washington para montar La cándida Eréndira y su abuela desalmada, donde el diario The Washington Post calificó su papel de abuela como “un personaje fascinante, un monstruo decadente, cuyos ojos miran desde las profundidades de un rostro devastado”.

Laura luce tranquila, satisfecha y madura. Tiene claro que el de Correo de inocentes es un regreso temporal a la televisión, aunque, la verdad, nunca se haya peleado con ella. Simplemente, en todos estos años no la sedujeron ni las historias ni los personajes. Pero tampoco quiere ser un prototipo de mujer madura o interpretar a una madre porque sí. Quiere papeles profundos que tengan un mundo propio.

Sus opiniones se cruzan con fuertes carcajadas, con un tono dramático para explicar que a la pasión hay que ponerle disciplina. “Eso puede ser mal interpretado. No concibo un actor que llegue tarde o que no haya estudiado, o que uno tenga que maquillarse o vestirse y no esté el personal para eso. A mí me exigen que actúe bien y para hacerlo necesito óptimas condiciones. Y dicen que uno es diva por eso”.

Esto se los enseña a sus alumnos de la Escuela de Actuación de Caracol, donde es directora académica y maestra de interpretación. Allí les pregunta: “¿quieren una carrera larga o corta, sólida o etérea? Trato de que sean conscientes de que si estudian y trabajan duro serán actores de largo aliento. Si no, serán estrellitas que olvidan después de que se les caigan las carnes”.

Por eso Laura es una estrella. “Actuar es lo que me hace vivir, es la pasión. Uno no es actor por la fama ni por el número de autógrafos, ni porque lo pasen de la fila de atrás para adelante. Hay que tener pasión por algo y hay que hacerlo sin atajos, sin ponerle zancadilla a nadie y que al final de la vida pueda decir que lo hizo bien, con corazón, con espíritu, con bondad”.