Así quedó el Teatro Colón, ¿le gusta?

La polémica por la remoción de la lámpara de cristal del plafón opacó la restauración. CROMOS le muestra algunos rincones del edificio que recuperó paredes perdidas en capas de pintura y ahora luce sus colores originales. Además, estrenará piso en la platea y estará aislado del ruido externo.
Así quedó el Teatro Colón, ¿le gusta?

La independencia de Colombia se dio hace 200 años por cuenta de un florero. Desde entonces, cualquier polémica que se arma en el país tiene su propio florero. El más reciente no fue un objeto de mesa sino la lámpara del teatro Colón, que después de ser retirada para la restauración del recinto provocó el enfrentamiento entre los defensores de la araña y el Ministerio de Cultura.

Hace un mes la controversia estuvo al rojo vivo, con una discusión que contempló el techo y la platea del teatro, gracias a la lámpara y a la nueva silletería. Los argumentos de los admiradores de la lámpara eran que la araña que durante más de 60 años estuvo colgada del plafón no debía ser bajada de su sitio, pues tenía una importante carga estética y sentimental.

La historia de la lámpara comenzó cuando Laureano Gómez, como ministro de relaciones exteriores, se encargó del embellecimiento del Colón para la Conferencia Panamericana de 1948. Una de las razones para cambiar la lámpara fue que el teatro, también sitio para fiestas de gala y banquetes, merecía un objeto más lujoso en el techo. Por eso se importó la araña de Checoslovaquia y ocupó el lugar que han conocido tres generaciones.

La lámpara original, mientras tanto, deambuló por varios lugares antes de regresar al teatro y ser ubicada en un lugar discreto. Hace dos años, sin embargo, cuando comenzó la restauración del teatro, recobró su protagonismo y hoy cuelga del plafón donde estuvo cuando se inauguró el Colón, hace casi 120 años.

“Para la restauración se estableció que todo el concepto del plafón sea uno y este incluye la lámpara original y la pintura, que estaba deteriorada. Además, la araña tapaba tanto la visibilidad desde el último palco (gallinero) como la pintura. La ministra Paula Marcela Moreno decidió con buen criterio bajarla también porque pesaba 400 kilos y estaba dañando la estructura”, explica Mariana Garcés, ministra de Cultura.

Hoy la lámpara está guardada en el Museo Nacional esperando, como le pasó a la original, a ser reubicada. Se habla de la Cancillería, el Congreso y el mismo teatro, aunque no en el plafón. Lo cierto es que el enfrentamiento ha sacado a relucir sentimientos que no se han dado frente a otros objetos quizás de mayor valor que la araña de Laureano.

El caso es que la original, una pieza en yeso y vidrio cuyos decorados son acordes con la pintura y cuyo peso es de 120 kilos, ha vuelto a su sitio. El objetivo era recuperar el diseño original de Pietro Cantini, al tiempo que se acondicionaba todo el teatro a las exigencias musicales y escénicas actuales.

Fue aquí donde entró el tema de las sillas de la platea, pues se reemplazaron las instaladas en 1948 y que, según los restauradores, no tenían las condiciones de seguridad y comodidad.

Las nuevas sillas están hechas con telas que evitan que un incendio se propague con rapidez y, aunque han sido calificadas por los detractores como “de sala de cine”, son similares a las de otros teatros patrimoniales del mundo. “Todo se hizo acorde con las normas de restauración aceptadas internacionalmente. La restauración no es un tema de gustos sino de especialistas”, concluye la ministra.

La platea cambió su disposición, pues las normas de seguridad obligan a tener corredores amplios en caso de evacuación. Estas medidas provocaron que se eliminará el corredor central para no perder aforo.

La pelea, al mejor estilo de godos y cachiporros opacó toda la restauración, que en su primera etapa recuperó las paredes, los colores originales, la yesería, el piso de la platea, el vestíbulo, el foyer, las escaleras, los palcos y sus sillas. La adecuación también incluyó la acústica, el aislamiento con el exterior de la sala, dos salas de exposiciones y la sala Mallarino, ubicada en el último piso del teatro.

Además, se cambió el famoso gallinero, que ahora tiene sillas tan cómodas como las de la platea, y mejor visibilidad. También se le dio acceso desde el vestíbulo, pues antes se accedía por una puerta distinta y la zona ni siquiera tenía baños.

El debate no se ha cerrado y es posible que reviva cuando se entregue el teatro en 2012, con tramoya, escenario y foso nuevos. Tal vez ese día todos mirarán hacia arriba para entender dónde comenzó la polémica; a los lados para redescubrir las figuras en su color original, y abajo para ver las nuevas sillas. ¿Quién romperá de nuevo el florero?