César López, armado para la música

Conoció la fama gracias a la banda Poligamia, pero luego decidió darle la espalda a lo comercial y hacer música con sentido social. Calmado y tímido, usa las historias reales de violencia como materia prima de sus canciones.
César López, armado para la música

Veinte minutos después de estar parados frente a la casa de César López (músico, ex Poligamia), se abre la puerta. Uno, dos, tres, cuatro timbres sin respuesta nos hacen pensar que quizás no hay nadie adentro. Al fin aparece un muchacho joven con rastas en el pelo, se disculpa, y dice que, como están ensayando, no escuchan nada. Nos pide que sigamos al segundo piso, que César no se demora. Al fondo, detrás de la ventana que da contra el comedor, se alcanzan a escuchar algunas notas de piano, una voz femenina.

Mientras aparece aprovecho para echarle un vistazo al lugar: el segundo piso de la inmensa casa ubicada en el barrio La Soledad, en Bogotá, tiene una sala amplia, un cuadro hecho con casetes viejos (hay uno de Poligamia), un enorme piano café apoyado contra la pared y, al lado de una ventana, una guitarra con la bandera de Colombia y la famosa “escopetarra”, ese instrumento que inventó hace ocho años y que, para bien o para mal, ha puesto a sonar su nombre en el mundo entero.

Pasa el tiempo. Diez minutos. Veinte más.

Jorge Eliécer, su gato amarillo claro, camina de aquí para allá, maúlla. En una repisa junto a la escalera descansan unas flores hechas con llaves de lavaplatos; más adelante, cuando César llegue, dirá que él mismo las fabricó en un rato de ocio (igual que el cuadro de los casetes), y que la base donde reposan son gases lacrimógenos que alguna vez recogió de una protesta en la Universidad Nacional. Finalmente, poco más de una hora después, López sube las escaleras que separan la sala de su estudio de música, ofrece un jugo y dice que está listo. Lleva una camisa blanca por fuera, gafas de marco grueso y unas botas rojas. Habla despacio, pausado, tal vez a causa de una timidez evidente. Se sienta en un viejo sofá, cruza las piernas, y entonces, ya más tranquilo, habla.

Dice, para empezar, que se levanta todos los días a las 5 y 30 de la mañana y le prepara el desayuno a su esposa. Siempre. Que cuando ella se arregla y se va para el trabajo, él se queda en la casa tocando, componiendo. Que nunca sale en las noches y que por lo general a las diez ya está dormido. Es en esta casa, pues, donde se han creado proyectos como los Invisibles Invencibles, en el que varios músicos de la calle se unieron bajo su batuta a grabar un disco, o Toda bala es perdida, que grabó el año pasado junto a artistas como Fonseca, Andrés Cepeda y Andrea Echeverri.

Como esos proyectos hay muchos más. Todo porque desde hace más de diez años a César se le despertó una conciencia social que es la que ha guiado su trabajo. Lo hace sin importar que las emisoras lo dejen por fuera de su programación o que periodistas como Daniel Samper Ospina aprovechen cualquier oportunidad para burlarse de él (“Estamos a instantes de que César López empuñe en la frontera su escopetarra, se invente la granaraca, híbrido de granada y maraca, y la arparabina, mezcla de arpa y carabina”, escribió Samper durante la crisis con Venezuela, en 2010).

Pero César lo hace, según dice, sin afán de protagonismo, aunque muchos crean que andar por el mundo repartiendo escopetarras es una forma de figurar. Y lo hace después de haber conocido la fama con Poligamia (el grupo que lideró Andrés Cepeda) y de saber, como hoy lo sabe, que a pesar de la diversión, y las novias, y la buena experiencia que fue, en el fondo se sentía vacío. Por eso comenzó a viajar por el país en 2002: para tratar de conocer de cerca esa realidad que muchas veces no sale en los medios y que le ha dado material de sobra para sus proyectos. Para sentirse un poco más lleno aunque esas historias, como él mismo reconoce, terminen afectándolo. Desde entonces la mayoría de sus canciones hablan de eso: de conflicto, de seres desprotegidos y sin voz, de la guerra absurda que en este país viene de cualquier lado.

Historias como la que le contó una vez una señora en La Dorada, Caldas, y que le sirvió para componer la canción Toda bala es perdida. Una noche –cuenta César que le dijo–, los paramilitares entraron a su casa y sacaron a rastras a su esposo. Dos semanas después, sin plata ni rastro de su marido, se vio obligada a lavar ropa de sus vecinas en el río para ganarse algunos pesos. Un día, lavando, vio bajar su cadáver arrastrado por la corriente; lo reconoció, dice, por la camisa. Entonces fue hasta su casa, agarró una de las camisas de su esposo, la llevó al río, la mojó, se la puso y dijo que sentía cómo él la abrazaba.

López hace largos silencios después de contar ese tipo de historias. No cambia ni un momento su posición en la silla (sigue con las piernas cruzadas encima del asiento), y tampoco mira a los ojos por mucho tiempo. Le afectan, parece. Los mismos silencios que hace luego de recordar aquella vez que instaló un improvisado estudio de grabación en la cancha donde ocurrió la matanza de El Salado, en Bolívar, esa en que los paramilitares asesinaron sin contemplación a campesinos inocentes mientras tocaban gaitas y hacían fiesta. Por esos viajes, quizás, los sitios que más lo han impactado no son ciudades barrocas e imponentes al estilo de París sino, por el contrario, lugares como la cárcel La 40 de Pereira, de la que dice recordar el olor fuerte, penetrante y pestilente que se camuflaba, a veces, con el del pan recién horneado de una pequeña panadería en el interior del penal.

Pese a todo –a las críticas, a la espalda que le dan las emisoras comerciales, a las historias que lo llenan pero a la vez lo afectan–, López dice que es optimista. Lo dice después de otro silencio largo, como si tuviera que pensar muy bien las palabras que va a decir. Y dice, también, que sí cree en el perdón. Que es posible. Que tal vez la música ayude de alguna forma a lograrlo.

Por eso hace lo que hace.  

Temas relacionados