Homenaje a Alberto Zalamea, nostalgia de un maestro

pasó por la casa Cromos, como director, entre 1992 y 1996 y dejó una huella imborrable. Además de periodista fue escritor y diplomático y uno de los intelectuales más importantes del siglo XX.
Homenaje a Alberto Zalamea, nostalgia de un maestro

Combatiente, polémico, pensador, aventurero, intelectual y hombre de ingenio y de principios. Eso fue Alberto Zalamea Costa. El exigente periodista, político, hombre de letras y diplomático, quien hace cinco meses, después de haber sufrido una fractura de cadera que lo obligó a guardar reposo, “se fue apagando poco a poco como una velita” hasta que murió tranquilo, en su casa en Bogotá. En la ceremonia religiosa de su despedida, el pasado domingo 4 de septiembre, en la iglesia del Gimnasio Moderno, su hija Patricia, académica y especialista en arte, tomó el micrófono y con sentidas frases, exaltó al amoroso papá, al amigo constante y asiduo, al hombre de cultura amplia, apasionado por la historia, la música clásica y por la belleza estética. Contó que Alberto Zalamea se identificaba totalmente con su padre, el escritor y diplomático Jorge Zalamea Borda, autor de El sueño de las escalinatas y de El gran Burundún-Burundá ha muerto. Y es que él –como señala su gran amigo Jaime Posada, con quien fue miembro de número de la Academia Colombiana de la Lengua–, llevaba “la huella de una herencia enorgullecedora”.

Hijo único de Jorge Zalamea y de la española Amelia Costa, nació el 24 de agosto de 1929 en Barcelona, cuando su padre era miembro de la legación colombiana. Como él lo reveló, “la tinta de imprenta es algo que evidentemente los Zalamea llevamos en las venas”, desde cuando en 1770 don Francisco Zalamea y Herrera, de la Real Casa de Moneda, llegó a Bogotá procedente de España, y luego sus sucesores fundaron la Imprenta a vapor de Zalamea Hermanos. “Tener imprenta propia constituía mi más secreta y terca aspiración”. Y lo logró cuando tenía 30 años. En su imprenta italiana editaron dos de las grandes publicaciones que dirigió, Semana y La Nueva Prensa.

En esos años sesenta, de revolución, protagonizó desafiantes aventuras periodísticas con un selecto grupo de jóvenes como Eduardo Zuleta Ángel, Julio Mario Santo Domingo, Antonio Cruz Cárdenas, José María Espinosa, Hernando Téllez, Hernando Agudelo Villa, Belisario Betancur, Max Henríquez y mujeres como Gloria Gaitán, y las que fueron sus esposas, Marta Traba y Cecilia Fajardo. La una, crítica de arte; la otra, artista y diseñadora. “Nuestro horizonte era el combate. Buscábamos una reforma del Estado… Tumbábamos un gabinete ministerial… Pretendíamos comprender al mundo y facilitarle a la nueva generación armas intelectuales para transformarlo”, recordaba Zalamea en el prólogo de la antología de La Nueva Prensa, publicada por Colcultura en 1986.

Además del gusto por cierta forma de provocación, Alberto Zalamea siempre fue extraordinariamente joven. Cuando tenía 18 años, en la Navidad de 1947, publicó su primer artículo en La Razón, diario dirigido por Juan Lozano y Lozano. Era una reseña sobre el libro al alimón de dos poetas desconocidos: Álvaro Mutis y Carlos Patiño. Al año siguiente, cuando acababa de fundar la Agencia de Noticias, Continental de Prensa COP, el 9 de abril de 1948, vio desde las ventanas del Capitolio cómo arrastraban el cadáver de Roa Sierra. Entonces, con su gran pluma comenzó a preguntarse y a polemizar sobre el significado de los hechos. “Gaitán fue el primero de los dos caudillos que Zalamea vio caer. El otro fue Luis Carlos Galán”, recordó el hijo de este segundo, el senador Juan Manuel Galán, en la iglesia, el domingo de la despedida a Zalamea. Y agregó: “Zalamea fue un liberal íntegro. Discutíamos sobre el país político y el país nacional”. Pero, Zalamea, además de intelectual, tenía grandes habilidades de político. Fue concejal de Bogotá, representante a la Cámara y participó en la Asamblea Nacional Constituyente de 1991, donde se ganó el apodo de “Doctor No”. Fue el único de los 74 constituyentes que no firmó el acta de la Constitución y publicó El diario de un constituyente.

Cuando recibió el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar a la Vida y Obra de un Periodista, en 2002, presentó una cronología en la que cuenta que escribió en Crítica, el quincenario de su padre; entre 1949 y 1954, “durante un auto-exilio voluntario”, trabajó en France Presse, en la sede de Buenos Aires. En 1955 el expresidente Eduardo Santos le ofreció dirigir la página internacional de El Tiempo, y durante cuatro años trabajó como responsable de la información internacional primero, y luego como comentarista, editorialista y secretario general de Redacción. Después, en Europa, fue columnista de Inter Press Service, corresponsal de El Espectador y colaborador de El Nacional, de Caracas, y de Vanidades.

También trabajó en radio como comentarista de Caracol y, a la par de director general de CROMOS, fue un influyente comentarista. Por su columna Perfiles ganó el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar 1995.

Dirigió, editó y escribió 15 libros, algunos de gran formato y todos cuidadosamente realizados y diagramados como Las Jornadas de Mayo; El pensamiento del Libertador; Galán, Gaitán: Yo no soy un hombre, soy un pueblo; América, Hispania y Colombia, y Perfiles, publicado por CROMOS.

En la diplomacia fue ministro plenipotenciario ante la Organización Mundial de la Alimentación y la Agricultura (FAO), embajador en Costa de Marfil, en Venezuela y en Italia. En sus últimos años fue decano de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano, y en la red creó El Periódico de Zalamea, en el que escribió hasta el último instante.

Tuvo dos matrimonios: con Marta Traba, con quien tuvo dos hijos: Fernando, brillante matemático, y Gustavo, gran artista, fallecido en julio pasado. Y con Cecilia Fajardo, con quien tuvo a su única hija, Patricia.

Alberto Zalamea tenía un encanto especial y era generoso compartiendo también su gusto por el arte, la buena mesa, los libros. El día de su despedida, en la iglesia, su sobrina favorita, la guionista y productora de televisión Juana Uribe, tomó también el micrófono y contó que él le había presentando a Fellini, a Pasolini, a Cortázar y a Álvaro Mutis. Y cuando se terminó la ceremonia religiosa, antes del último adiós, Jairo Dueñas, director de CROMOS, con quien a Zalamea le encantaba ir a restaurantes y elegir la mesa más cercana a la cocina, recordó una de las tantas enseñanzas del maestro: “Perseverar. Persistencia. Tenacidad. Ser reiterativo en los principios y en la defensa de la libertad”.

Una concepción del periodismo

El 11 de diciembre de 1995 alberto zalamea escribió esta columna que reflejaba sus preocupaciones sobre el oficio. por estos escritos ganó el premio de periodismo simón bolívar en 1995. sus reflexiones siguen más vigentes que nunca.

Esto de haber trabajado durante cuarenta años en una profesión y seguir todavía tratando de descifrar sus secretos, su dignidad y sus servidumbres, muestra hasta qué punto el periodismo puede ser una pasión.

En mi caso –como seguramente también en el de muchos colegas– es una pasión que se confunde con la vida misma. De ahí que verlo a veces al servicio de las peores causas o confundido y tergiversado por quienes ignoran ese incendio espiritual, resulta melancólico. Ver la decadencia de las ideas por las que se combatió tanto tiempo siempre ha sido triste. Ningún mayor dolor que acordarse del tiempo feliz en la miseria, enseña Dante. Versos que serían el frontispicio perfecto para los grandes rotativos de la actualidad.

En lo que a mí respecta –y a estas alturas de la existencia que se resume en millares de páginas escritas en los más diversos escenarios de la prensa– sigo pensando lo mismo que escribí hace años, cuando tuve la honrosa ocasión de presidir el jurado Simón Bolívar y que hoy repito, ante la insistencia de un joven colega que se duele de algunas de mis críticas a nuestro periodismo contemporáneo. Decía entonces y ratifico hoy:

“Cuentan las crónicas de algunos reinos que, antes de la aparición sobre la tierra de los periodistas, existían ya los embajadores. Su papel en aquellos tiempos remotos consistía en llevar embajadas, es decir, regalos y noticias –las mismas buenas y malas nuevas de siempre– a los soberanos de alejadas regiones. Cuando las noticias eran buenas, los embajadores eran agasajados y premiados; cuando las noticias eran malas, el soberano ordenaba decapitar a los embajadores…Dicen también los cronistas de aquel ayer desaparecido que al entrar a la sala de audiencias reales, donde habría de decidirse su suerte, los enviados plenipotenciarios parecían rodeados de unánime simpatía; y que luego, al salir –si salían–, gozaban del privilegio de algunas antipatías preferenciales. No importa… Aún hoy los embajadores y los periodistas estamos acostumbrados a enfrentar las modestas soberbias de los poderosos, nuevos o viejos… Y hoy, por fortuna para muchos, aquellas costumbres bárbaras han desaparecido.

Cinco mil años después siguen existiendo, sin embargo, según las estadísticas más respetables, dos nobles profesiones de altísima peligrosidad: la diplomacia y el periodismo, sean o no sus oficiantes árbitros o jurados… Conformémonos, pensando que Nietzsche aconsejaba “vivir peligrosamente”. Al fin y al cabo también hay periodistas tan engolosinados con las primicias que no vacilan en seguir el imprudente ejemplo del derviche borgiano que soñó haber encontrado un tesoro en otra ciudad, y a la mañana siguiente viajó a la ciudad predestinada donde encontró su muerte. Pasemos, como dijo el poeta… no somos sino sombras…

Se ha dicho y repetido que el periodista debe ser “un simple fotógrafo de las diversas escenas de la vida”. Hoy, sin pretender orientar la información, lo que nos conduciría tal vez al totalitarismo, el periodista debe ser algo más. Y lo es realmente en el ejercicio cotidiano de su oficio. La prensa democrática y liberal, en el sentido más amplio de la palabra, tiene fe en el hombre y en sus capacidades; es eminentemente optimista, aunque sean la tragedia y el drama de la humanidad en ascenso las materias primas de su trabajo. Por ello entrega al público una información en bruto, lo más objetiva posible, alejada de toda pasión sectaria, comentándola –aparte– con un criterio constructivo si lo considera conveniente. Esta presentación, al parecer tan sencilla, muchas veces resulta tremendamente explosiva, pero es precisamente porque se trata de la verdad desnuda, sin velos, en sociedades mal acostumbradas a ciertas verdades convencionales.

El periodismo tiene todavía mucho por hacer: no hay que descansar sobre los viejos y merecidos laureles; tenemos un largo trecho por descubrir. No parece imposible ni demasiado ambicioso mejorar la calidad de las informaciones; facilitar la libre circulación de las noticias dentro de las fronteras nacionales y de un país a otro; y ofrecer a los periodistas la más completa educación y formación profesional y cultural posibles… El análisis riguroso de la prensa escrita, la evocación y la oportunidad de la radio, el impacto de la verdad televisada, el documento permanente de la fotografía, la crítica búsqueda de la más profunda realidad humana en la caricatura, son las facetas de esa hermosa y difícil profesión… El periodista genuino, el que de pronto se ve arrastrado por una indeclinable vocación de descubridor, es aquel que siente, o al menos intuye, que está sumido en una corriente de hechos, sucesos, acontecimientos que son la urdimbre de la historia. La noticia no es un vano acontecer; es la trama en que se juega la vida de los millones de individuos que conforman las sociedades humanas…

La noticia no es el rumor, ni el chisme, ni la conseja… La noticia es aquel acontecimiento capaz de ligarse a muchos otros y de ir construyendo así la historia. El rol del periodista no consiste solo en hacerla conocer por un lado. Su papel reside en escudriñarla por todas sus facetas, incluso las más ocultas, y analizarla a la luz de un conocimiento objetivo. Confundir el síndrome, yo diría el trauma, de la primicia con el papel informativo y educativo del periodista, es no entender cuál es la esencia del periodismo auténtico… Y no hay que confundir el amor por la noticia con la invención de la pseudonoticia. Son dos cosas bien distintas.

El periodista es en estos tiempos un protagonista, dueño de una parcela importante del poder… ¿Qué hacer con ese poder? O el poder para qué, como preguntaba Darío Echandía hace cuarenta años, mientras el país se incendiaba… El no haberlo sabido nos costó mucho a los colombianos, y especialmente a los periodistas que debimos enfrentarnos a la censura, el cierre y la persecución… el periodismo colombiano contemporáneo es legatario de una tradición que ve en la libertad de conciencia la más noble conquista de nuestra civilización. De ahí que considere como deber irrevocable de los escritores públicos la defensa y perfeccionamiento de esa libertad. Hoy, entre el vendaval de los adelantos técnicos, que revolucionan con la informática todo el espectro de la prensa escrita, hablada o televisada y logran la simultaneidad del acontecimiento con la difusión de la noticia, el periodista tiene que ser cada día más consciente de la inmensa responsabilidad que con tales adelantos científicos delega en él la sociedad moderna; y qué difícil resulta discernir, entonces, entre la verdad y el error, si no se busca acopiar la mayor cantidad de datos posibles para el análisis general de la noticia…

Oficio exaltante, sin duda, éste del periodismo, pero siempre y cuando se huya de la improvisación y de la irresponsabilidad… Profesión hermosa en la que las incertidumbres de la inteligencia y el razonamiento no pueden dejarse de lado jamás… Arte, me atrevería a decir, que tiene su dignidad propia y que, en el fondo, es la exploración de la aventura inconmensurable de la conciencia y su expresión… ante la complejidad cada día mayor de los fenómenos, ante la paleta infinita de matices con que se pintan los hechos, el periodista auténtico se niega a dividir a la historia y al hombre en dos facciones: la de los condenados y la de los salvadores”.

Y, como lo he dicho muchas veces desde hace casi medio siglo, no quiere sentirse pontífice sino partícipe… 

Temas relacionados