“Chicago” un musical a lo colombiano

*Stephanie Cayo, Andrea Guzmán y Juan Pablo Espinosa *protagonizan esta superproducción ambientada en los años 20, que ofrecerá solo 25 funciones.
“Chicago” un musical a lo colombiano

Las luces se prenden y los cristales de Swarovski y las lentejuelas dan los primeros destellos, mientras los diseñadores les hacen los últimos ajustes a los corpiños. Las voces todavía no están calientes, los ensayos no terminan aunque ya van ocho semanas frente a un espejo y, desde hace unos días, frente a un teatro vacío que le daría pánico a un novato. Como mirando al público ausente, todos cantan, bailan y descansan, se aflojan los zapatos y empiezan de nuevo. Al otro día regresan, toman aire y... Es impensable parar.

Así ha sido la rutina de 16 bailarines y seis actores antes del estreno del musical Chicago. Una escalera, un andamio, los movimientos técnicos, nada los desconcentra. Son las cinco de la tarde en el Royal Center, un viejo teatro de cine en Chapinero transformado en un gran salón de rumba electrónica y de musicales que le cantan a Dios, y hay que pulir detalles. Solo faltan algunos para que sea una sucursal de Broadway en la carrera 13 de Bogotá.

Ya no hay marcha atrás pero hay nervios. El reto será mostrar la versión colombiana de la historia de dos mujeres asesinas en la Chicago de los años 20: Velma, una estrella de vodevil que mató a su esposo y a su hermana cuando los encontró en la cama; y Roxie, una aspirante a estrella que hizo lo mismo con su amante al sentirse burlada. Ambas son defendidas por el abogado Billy Flinn, experto en convertir a sus clientes en celebridades de los medios. Una sátira sobre el espectáculo en que puede convertirse la justicia.

El reto no intimida a su productor, Joaquín Valencia, quien no duda en afirmar que este “es el musical más grande que se ha hecho en Colombia”. Y lo dice respaldado por los quince años y más de 6.500 funciones que lleva la obra en cartelera en Nueva York, y por montajes en Londres, Buenos Aires, Madrid, Tokio y Berlín.

Pero también es consciente de que está asumiendo un riesgo grande por los costos que implica montar un musical. Esto lo sabe desde que trabajó en Sugar, el primer espectáculo de este género en el país, que en 1989 llenó durante casi seis meses el teatro Jorge Eliécer Gaitán y recorrió luego varias ciudades del país.

Allí muchos aprendieron que recuperar la inversión tomaba tiempo y que la respuesta del público podría ser impredecible. Sin embargo, le siguieron La mujer del año, La jaula de las locas, Doña Flor y sus dos maridos, La invencible Molly Brown, Peter Pan, Los caballeros las prefieren rubias, El soldadito de plomo, La casita del placer y por último Y se armó la mojiganga. Eso hacía pensar en que el teatro musical había llegado para quedarse.

Pero los números no dieron del todo. Aunque hubo productores empeñados como María Cecilia Botero y David Stivel, el boom bajó y las producciones cesaron. En 2006 el Teatro Nacional presentó con éxito Cabaret y prendió de nuevo los motores del musical.

La que nunca ha desfallecido es María Isabel Murillo, Misi, quien no ha bajado la guardia con los musicales desde que empezó en la década del 90. Su compañía ha realizado versiones de Jesucristo Superestrella, West Side story, Grease, Oliver, Annie y El mago de Oz, y creaciones propias como Fuego, Gaitán, el Tributo a Michael Jackson (en cartelera estos días) y los shows de Navidad, que podrían ser pioneros del género en el país y llevan 25 años en escena. Este año su obra La más grande historia jamás cantada debutará en el Lincoln Center de Nueva York.

Sobre estas producciones nadie quiere hablar de cifras, pero los cálculos apuntan a que una superproducción puede costar hasta 1.800 millones de pesos, un precio muy alto pues aunque al público le gusta el musical, no va a teatro con frecuencia y el éxito puede ser un entusiasmo pasajero.

Un valor, además, que cualquiera pensaría antes de montar un show como Chicago. Durante el montaje, el teatro fue acondicionado para montar la silletería, las luces (que serán 240) y el sonido, que esta vez estrenará un sistema localizado muy cerca de los espectadores. Estos dos rubros, junto con el vestuario, pueden llevarse el 50% del presupuesto. También se debe restar un 35% que se gasta en publicidad, 10% del alquiler del teatro y 150 millones que valen los derechos de la obra. El resto se reparte entre los salarios del elenco, la orquesta (ocho personas), el equipo técnico (26) y de logística (120), y el alquiler de la sala de ensayos previos.

“Un musical es muy costoso y los récords de duración en Colombia son cortos. Nos hace falta saber del género, tener el hábito de ir a teatro. Y cuando uno funciona, alargar la temporada es complicado porque la sala no está disponible”, afirma Misi. Y eso que ella tiene una ventaja: tiene una academia que nutre a su compañía y ella misma es quien hace la música.

Con Chicago la expectativa es alta, y el nivel de riesgo también porque apenas ofrecerá 25 funciones. Pero producir parece que tiene un encanto especial: “No es fácil pero esto es lo que quiero hacer, me gusta el género”, agrega Valencia. Sin duda hay un ingrediente romántico y por eso, ante la ausencia de un mecenas, lo ideal es tener patrocinio para evitar que las boletas tengan precios elevados. “Uno aspira a que sea al menos el 40%; si es más, es ideal porque da cierta tranquilidad”, afirma Alejandra Gallego, productora ejecutiva.

Esta fue la principal razón por la que muchos desistieron. “Lo hice hasta donde más pude y llegó un momento en que la deuda era muy grande. Además los patrocinadores se redujeron, cambiaron su estrategia de mercadeo y no les interesaba mucho el musical. Creo que de todas maneras se necesita al menos uno al año”, dice María Cecilia Botero.

Para producir uno o más también se necesitan actores. Y en Colombia no hay muchos que canten, bailen y actúen. Aunque han aumentado, no son suficientes. “El musical requiere de gente especializada. Tiene que estar bien hecho, la gente quiere ver cosas que la descresten”, dice Manuel José Álvarez, que dirigió Doña Flor y sus dos maridos, y La casita del placer.

Ese será también el reto de Chicago. Por ahora siguen los ajustes de coreografías, luces y de los vestidos de Stephanie Cayo, Andrea Guzmán, Juan Pablo Espinosa, Yolanda Rayo, Consuelo Luzardo y Víctor Hugo Morant. Las canciones y los pasos de baile ya resuenan en el teatro y solo falta que comience la función. El público tiene la última palabra. Quizás ahí es donde está la magia de hacer musicales.