Roland Joffé “Me gustaba más la Cartagena bohemia”

Entrevista con el director de La misión, que presenta en Cartagena la película Secretos de pasión.
Roland Joffé “Me gustaba más la Cartagena bohemia”

Usted conoció Cartagena en 1985, cuando filmó La Misión. ¿Cómo la ha encontró ahora?

Muy cambiada. Y ha cambiado porque ha cambiado Colombia. Se ha modernizado, como todo el país. Ahora hay más infraestructura para que vengan más turistas en mejores condiciones. Sin embargo, la Cartagena de hace 25 años era más bohemia. Los turistas estaban interesados en la historia, en las historias. La gente era gente. Ahora el turista es otra cosa: eres lo que consumes. Pero así es el desarrollo. Así ha sucedido en todo el mundo. Antes los viajes eran una aventura. Ahora hay cada vez menos aventuras. Eso es el progreso. Aun así, Cartagena no ha perdido la magia.

Vino a presentar Encontrarás dragones (There be dragons), que narra, entre otras cosas, la juventud de Escrivá de Balaguer, fundador del Opus dei... ¿cómo llegó a esa historia?

En primer lugar, debo decir que la que vengo a presentar en Cartagena es una nueva versión de la película original. Se llama Secretos de pasión. ¿Cuál es la diferencia con la primera versión? La primera parecía casi hecha en exclusiva para el Opus Dei, es decir, era para un público especializado. En la segunda he querido darle un giro: recortar el protagonismo de Escrivá y concentrarme en la historia romántica que sucede durante la Guerra Civil Española. Escrivá aparece, pero el personaje es secundario. Además, la nueva versión tiene 15 minutos menos.

Si no es sobre Escrivá, ¿entonces de qué se trata esta nueva versión? La película es sobre el amor y sobre nuestras creencias, y sobre cómo una decisión, basada en el amor y en nuestras creencias, nos puede cambiar la vida. La gente en la guerra se muestra tal como es. El amor, la rabia, el perdón son emociones que la guerra hace más explícitas. La película trata todos estos temas.

Perdóneme que insista: ¿por qué cambiar la versión para restarle protagonismo a Escrivá de Balaguer? ¿Acaso se sentía incómodo?

Se lo pongo de esta manera: es una antigua técnica artística. La obra de arte no es sólida, sino maleable, va cambiando, podemos mirarla desde diferentes puntos de vista. Lo que he hecho es mira la película desde otro ángulo. Es lo que sucede en las conversaciones: yo te cuento una historia y, de pronto, no la entiendes. Y entonces yo pienso en contártela de otra manera. Eso es lo que he hecho en Secretos de pasión. Si uno es un productor independiente, puede ir probando, probando, hasta encontrar la versión que más le gusta.

La Misión y Secretos de pasión tienen una fuerte carga religiosa. ¿Es un tema obsesivo?

Me interesa mucho el tema alrededor de la muerte y sobre cuáles son nuestras creencias al respecto. Al fin y al cabo son las creencias las que nos hacen tomar decisiones determinantes en nuestra vida. Muchas de estas creencias son personales, pero muchas otras son impuestas. El ser humano es muy vulnerable y necesita de afirmación social, sentir cierta afinidad con un grupo. Pero casi siempre, por nuestro afán de pertenecer, terminamos juzgando. No entendemos que lo importante de esta facultad divina no es juzgar sino comprender, no a la masa, sino al individuo. En Secretos de pasión, las creencias sobre el comunismo y sobre el fascismo dividen a una familia. Lo interesante es que observar cómo se puede llegar a la reconciliación.

¿Reconciliación política o personal?

El perdón puede ser político o personal. Lo importante es que se reconozcan las acciones.

El conflicto de siempre: la política y la religión... 

Así es. Lo irónico es que la izquierda, por ejemplo, cuya filosofía estaba basada en el individuo, se industrializó, perdió la voz del pueblo y empezó a tratar al individuo como un código. La religión se convirtió, en reacción, en la lucha por el individuo. El error de la Iglesia, claro, es el deseo de controlar. Cuando intenta controlar, pierde su esencia, que es la lucha individual. La gracia es mostrar la cara de Dios y que cada uno la mire como quiera.

¿Y eso es lo que quiere mostrar en sus películas?

Mis películas (como lo es la religión) son una experiencia emocional, no intelectual. Nosotros entendemos por emociones, no por la razón. La vida es una pregunta no verbal que tiene respuestas no verbales. ¿Qué significan el amor, la muerte, la enfermedad, lo bueno, lo malo, la compasión, el perdón? No encontramos respuestas en palabras, sino en emociones. Si un familiar nuestro tiene cáncer, ¿odiamos la vida porque no es perfecta, o la asumimos como una oportunidad para dar amor? De eso se trata, de la manera como entendamos la vida.

Todo depende de la manera como uno la mire... No se trata de mirar sino de actuar. La vida no dice mírame, dice actúa. ¡Involúcrate! Un ejemplo sobre el amor: ¿Es amor casarte y tener cinco hijos y obedecer fielmente al matrimonio? ¿Es eso más amor que el de un hombre y una mujer que tienen un hijo y luego se separan? El amor se expresa de diferentes maneras. La mujer se casa por segunda vez y su hijo, fruto del primer matrimonio, ama a su padrastro. El papá biológico entra en celos, es normal, los celos hacen parte del amor, pero la gracia está en comprender y aceptar que su hijo puede querer a su padrastro. Y si ese padre biológico enferma de cáncer y su exesposa acude con su hijo al hospital y lo abraza y le dice “te amo”, el padrastro podría sentirse muy incómodo. Pero su reacción puede ser también la de entender que ahí hay un momento de mucho amor, y participar de él: “Yo lo amo también”. Ese es el descubrimiento humano. Y eso es lo que me interesa en el cine. En la película, la situación de Escrivá es esa: unificar en medio de la división fascista y comunista. La necesidad de perdón para parar la cadena de horror. Lo mismo que pasó con Mandela en Suráfrica.

Hablando de sus películas anteriores, ha hablado mucho de La Misión, de Los gritos del silencio..., pero poco habla usted de Vatel, esa película sobre el gran cocinero que prefirió morir a cocinar en Versalles. ¿Cómo llegó a esa historia?

Un día leí en el periódico la historia de un cocinero muy famoso que, de repente, desapareció. No se volvió a saber nada de él hasta tres años después, cuando un periodista lo reconoció entre un grupo de mendigos que recibía comida de caridad. ¡Qué le pasó!, le preguntó el periodista. Y él contestó: “No pude con la presión. Todo el mundo disfrutaba mi comida, pero ya no sabía cómo más satisfacerlos. Literalmente, quedé abrumado”. El periodista intervino: ¿cómo puede sentir algo así?. Y entonces el chef contestó: “Ya no estaba cocinando por amor, sino por dinero. El negocio me robó la alegría”. Y entonces me acordé de Vatel, que prefirió suicidarse a satisfacer el deseo de Luis XIV de llevarlo a Versalles. Él solo quería cocinar con amor, para su gente. Se mató porque no pudo vivir como quería.

¿Se identifica usted con él?

Sí. Se lo cuento con una anécdota: antes de iniciar el rodaje, mientras conversaba con Gerard Depardieu sobre Vatel, me dijo: “¡Pero si ese papel es para ti! Tú deberías interpretarlo. Si lo hago yo, te voy a interpretar a ti”. Fue muy cortés de su parte. En todo caso, trato de seguir la misma filosofía de Vatel. Quizás por eso Vatel es mi película preferida. Después de La Misión, fui contratado por los estudios Warner. Y un productor me empezó a dar órdenes para que me encargara de un proyecto. Le dije que no quería hacerlo, que no tenía ningún significado para mí. Entonces me miró extrañado: “¡No importa, haremos mucho dinero!” No pude continuar. Yo no hago cine por plata. Tomé el riesgo y me retiré del estudio.

En La ciudad de la alegría hay una escena hermosa en la que el protagonista lleva a casa una planta recién nacida y dice: “Necesitamos ver algo crecer”. Ha adoptado usted la misma costumbre?

Sí, y estoy totalmente de acuerdo con ella. Una planta tiene necesidades individuales que debemos cuidar y respetar. En esta medida, todo político debería tener una planta en su casa. Los gobernantes deberían ser jardineros, no políticos.

¡Cómo en Desde el jardín!

Exacto, como en Desde el jardín.