La historia detrás de El artista

Lo tenía todo para triunfar, pero llegó el cine sonoro y todo se echó a perder. La historia de la película El artista es, en realidad, la de John Gilbert y Greta Garbo.
La historia detrás de El artista

Puede que no sea, claro, que sea apenas una inspiración. Pero la historia de El artista, la película de Michel Hazanavicius que ganó cinco óscares este año y sigue causando furor en el mundo por estos días, podría ser perfectamente la de John Gilbert, un actor del cine mudo que vivió la fama entre 1924 y 1928 y luego se sumió en la melancolía y en el alcohol hasta morir en 1936, a los 38 años de edad.

En la película el protagonista, una estrella del Hollywood naciente de nombre George Valentin (interpretado por Jean Dujardin), vive el esplendor de su carrera hasta 1927, cuando el cine estrena el sonido en El cantante de jazz. Entonces su carrera se viene a pique. El sonido trae nuevas perspectivas dramáticas y también nuevas estrellas. Valentin se resigna a su suerte y se entrega a la bebida a la espera de un milagro, mientras es testigo del ascenso de una prometedora actriz (Peppy Miller, interpretada por Berénice Bejo) que él mismo ha ayudado a forjar y de la cual se ha enamorado sin éxito.Eso mismo le pasó a John Gilbert. En el esplendor del cine mudo y convertido en una estrella, vivió un fracasado idilio con Greta Garbo y luego tuvo que sucumbir ante la nueva realidad del cine sonoro mientras la Garbo se transformaba en leyenda.

Nace una estrella

Nacido en Utah en 1897 con el nombre de John Cecil Pringle, Gilbert creció entre una familia de actores itinerantes, pero nunca la tuvo fácil. Como muchos colegas de su generación, asumió toda clase de profesiones, incluida la de reparador de llantas, antes de que algún director le diera una oportunidad en Los Ángeles. Un amigo de su padre, finalmente, le hizo un contrato módico para servir de extra y ejecutar papeles pequeños. Debutó en 1915 y tras cinco años de sacrificios en roles menores, tuvo por fin la oportunidad de actuar de coprotagonista de la famosa Mary Pickford en la película Heart o’ the Hills, de Maurice Tourneur, en 1919.

A partir de ese momento, su vida cambió. Firmó contratos alternativos con Paramount y con Fox Film y más tarde pasó a la Metro-Goldwyn-Mayer. Hacia 1925, Gilbert competía con el legendario Rodolfo Valentino en el papel de galán de Hollywood, tanto que alcanzó a ser apodado “El gran amante”, por sus interpretaciones apasionadas frente a las cámaras y su fama de mujeriego fuera de los escenarios. Ese año filmó, para el director King Vidor, su película más taquillera, El gran desfile, y un año después apareció al lado de la estrella Lillian Gish en la versión cinematográfica de la ópera La Bohème.En 1926, Valentino conmocionó al mundo y no precisamente por una película. La perforación de una úlcera duodenal lo tumbó de emergencia en un quirófano y días más tarde, derivó en una peritonitis de la que no pudo reponerse. Murió cuando apenas contaba con 31 años. Gilbert, así, se quedó sin competencia. Con la gracia que George Valentin, el seductor protagonista de El artista, destila en varias secuencias de la cinta, John Gilbert se vanagloriaba de su momento cumbre. Estrellas como Barbara La Marr, Norma Shearer, Billie Dove, Renee Adoree, se peleaban por actuar con él y –la verdad– era él quien las hacía lucir en la pantalla.

La sombra de la Garbo

Su encanto sería su pedestal y su condena. Acostumbrado a que sus compañeras de reparto sucumbieran a sus ojos profundos, intentó seducir también a una diva en ciernes que iría a brillar como quizás nunca más lo haría otra: Greta Garbo. La actriz, nacida en Estocolmo con el nombre de Greta Lovisa Gustafsson, había llegado a Hollywood tras ejecutar su primer protagónico en Suecia en la película La leyenda de Gosta Berling, bajo la conducción del director finlandés Mauritz Stiller. Pronto ambos fueron contratados por la Metro Goldwyn Mayer. Así que la Garbo llegó a Estados Unidos en la flor de sus 21 años, hermosa y hierática, perfecta para el galanteo de Gilbert, la gran estrella de la Metro, quien (cómo no) se ofreció como su tutor espontáneo. Juntos, filmaron tres películas: El demonio y la carne (1926); Love (1927) –adaptación de la novela Anna Karenina–; y La mujer ligera (1928), suficientes para que ambos vivieran un romance tan sonado y exitoso en la taquilla, que justamente por eso el productor de la Metro, Louis B. Mayer, decidió titular Love y no Anna Karenina a la versión cinematográfica de la obra de Tolstoi, con el propósito de que ese amor real tuviera su manifestación en la pantalla.

Lo que sucedió después tiene visos de leyenda. La irrupción del cine sonoro obligó a los actores del mudo a adaptarse a las nuevas condiciones dramáticas de manera intempestiva. Ya no sería tanto la gestualidad sino la voz la que imperaría, y los nuevos guiones exigirían un nuevo tipo de actuación. Ni el público ni los artistas estaban preparados para acoplarse a la tecnología. Había que correr el riesgo o morir. Gilbert estaba convencido de que vencería. Pero en el estreno de su primer filme totalmente hablado, His glorious night (Su noche gloriosa), en 1929, el público terminó propinándole una sonora carcajada por el timbre agudo del protagonista, muy distante de la grave masculinidad que reflejaba su rostro en las cintas mudas. Semejante reacción de los espectadores sentenció su muerte para el cine.

Al menos eso es lo que cuenta la leyenda. La verdad sería distinta. Gilbert, a quien le gustaba meterse en todos los vericuetos de la realización cinematográfica, incluida la escritura de los guiones, chocaba permanentemente contra el parecer de los directores para los que trabajaba, y contra el del propio Louis B. Mayer. Y si no fuera porque Gilbert era de verdad una estrella que le reportaba millones a sus arcas, es probable que el empresario no hubiera tenido ningún problema en desistir de sus servicios. Para completar, se rumoraba que Mayer estaba celoso del romance que Gilbert sostenía con la Garbo, y muchas veces se comportaba en consecuencia.

Fuga a la carrera

Lo cierto es que antes de esa “gloriosa” noche había sucedido un episodio que se prestaba perfectamente para las maledicencias. Y no era un episodio menor. Tras un insistente cortejo, Gilbert había convencido a la Garbo de que se casaran. Y no de cualquier manera. Sería una boda doble en la que también contraerían matrimonio el director King Vidor y la actriz Eleanor Boardman. Gracias a los testimonios de los invitados ha podido reconstruirse la escena: Gilbert esperando en el altar y la Garbo negándose a entrar; él desesperado mirándola por una ventana mientras ella se fugaba en su auto para no volver.Gilbert quedó tan aturdido que no sabía cómo deshacerse de los inevitables encuentros con los invitados. Descompuesto, intentó ingresar al baño y se encontró de frente con Mayer, quien le soltó de sopetón: “¿Pero qué es lo que te pasa? ¿Para qué quieres casarte con ella? ¡Tíratela y ya!”. Fuera de sí, Gilbert estampilló a Mayer contra los azulejos del baño y comenzó a golpearlo hasta que alguien tuvo a bien separarlos. Visiblemente enojado, Mayer refunfuñó entre dientes: “¡Estás acabado, Gilbert! Te destruiré así me cueste un millón de dólares”.

Mucho tiempo después, la hija de John Gilbert, Leatrice Gilbert Fountain, escribiendo la biografía de su padre, averiguó lo que había ocurrido en realidad la noche del estreno de His glorious night. Descubrió, entre otras cosas, que si bien la película no había sido un éxito entre el público, entre los críticos los comentarios no habían sido tan desastrosos. Y que la voz chillona de Gilbert no había suscitado tanta risa como los ridículos parlamentos del guión. Por otra parte, el anuncio de la venganza de Mayer dio para pensar que él mismo se había encargado de alterar a propósito la voz de Gilbert en el laboratorio. Leatrice nunca pudo comprobarlo. De hecho, en la década de los ochenta los técnicos de sonido de la cadena Thames Television analizaron la película y no pudieron encontrar evidencia física de que el sonido de la cinta hubiera sido alterado. O Gilbert tenía, en efecto, la voz con la que salió, o todo se debió a la inexperiencia de los técnicos ante tan reciente tecnología. Lo que sí es bastante probable es que Mayer hubiera decidido arruinar la carrera de Gilbert simplemente relegándolo a películas menores.

Un final declarado

El caso es que después de su fallida boda con la Garbo y el fracaso de His glorious night, la vida de John Gilbert ya no fue la misma. Tal como le ocurrió a George Valentin en El artista, Gilbert se dedicó a la bebida, mientras fracasaba una y otra vez en el intento por coronar de nuevo el esquivo estrellato. En contraste, como en El artista, Greta Garbo comenzó a vivir sus mejores años como actriz, antes de retirarse muy joven, a los 36 años, y convertirse en una leyenda viviente. Al final de El artista, la famosa actriz de los sueños de Valentin convence a su productor de resucitar al actor perdido en una nueva película, para ayudarlo a revivir sus días de gloria. Garbo hizo lo mismo con Gilbert. En 1933 le exigió a Mayer que incluyera a su antiguo amante en la película La reina Cristina de Suecia, en reemplazo de nadie menos que Laurence Olivier, quien por ese tiempo ya daba anuncios del portentoso actor que sería después.Fue, quizás, la última felicidad de Gilbert. Llevado por el alcohol y con cuatro matrimonios fracasados a cuestas, vivió un último romance con otra diva, Marlene Dietrich, con quien tenía planeado filmar Desire cuando falleció de un infarto en 1936.A propósito: de Dietrich, famosa por imponer en Hollywood su estilo masculino, se dijo también que había sostenido un romance con Greta Garbo, quien siempre levantó sospechas sobre su preferencia por las mujeres. Y quién sabe si fue por Dietrich que la Garbo no fue capaz de consumar la boda con Gilbert. Pero esa es otra historia.