Un cincuentón disecciona el reggaeton

*El periodista y crítico musical se le midió a la tarea de escudriñar este ritmo callejero para ver qué descubría. Y encontró, nada menos, que tienen razón los mayas en querer acabar el mundo este año.*
Un cincuentón disecciona el reggaeton

Según el desprestigiado Karl Marx, los acontecimientos históricos se presentan en la vida la primera vez como tragedia y se repiten como farsa. Si curioseamos en el inagotable anecdotario de la música popular de finales del siglo XX, esta máxima se multiplica en extremos considerables, hasta el punto de que uno llega a especular, quizás por desconfianza, quizás por paranoia, que estamos ante uno de los tantos complots próximos al Apocalipsis. En los años cincuenta, para no irnos tan lejos, la sociedad WASP (White Anglo-Saxon Protestant) norteamericana, puso el grito en el cielo cuando el infierno del rock and roll impulsó a mover las caderas de sus hijos adolescentes, al mismo síncopa de sus contemporáneos de raza negra. Era inaceptable. Hasta que un joven de Tupelo (Misisipi) llamado Elvis Aaron Presley se encargó de acabar con la vida en blanco y negro, gracias a sus canciones de un solo sentido y a su pelvis sin barreras raciales. El mundo nunca volvió a ser el mismo y, como lo aseguró con conocimiento de causa Keith Richards, el legendario guitarrista de los Rolling Stones, las revoluciones juveniles no las protagonizaron los políticos sino las libertades auspiciadas por el sexo, las drogas y, cómo no, el rock and roll.

No han pasado cinco décadas y la historia parece repetirse. Pero los que estábamos aún engolosinados con las versiones de Bob Marley según Eric Clapton o con el nuevo grupo de Mick Jagger (que se llama SuperHeavy y que tiene mucho de reggae y nada de reggaeton), no nos dábamos cuenta de que la espuma del sexo juvenil crecía y crecía gracias a los ritmos caribeños en los que se mezcla el rap, el hip hop, el raggamuffin y demás términos que podrían enloquecer a más de un superficial que quiere que le den las cosas del mundo rapiditas y bien masticaditas. “Turún tun tun… Turún tun tun…” oía yo (dejadme, oh, lector, la primera persona, para que riamos y lloremos juntos…) en las fiestas, en los buses, en los taxis (cuando los choferes son jóvenes). No le daba mayor importancia al sonsonete, hasta que mi hijo de 17 años comenzó a despertarme, muy a las cinco de la mañana, con los estruendos del reggaeton. Al principio pensé en reprenderlo y en obligarlo a que escuchase música de Bach. Pero pronto intuí que se trataba de una batalla inútil y que debería dejarlo con sus golpes, de la misma forma como cualquier padre texano soportó con estoicismo que su hija bailase sin vergüenza al son de las canciones salvajes de Chuck Berry. Así que me contuve. “Debo ser tolerante, debo ser tolerante…” me repetía en un mantra sin demasiada convicción, hasta que la madre de mi hijo, prestigiosa abogada barranquillera, decidió reunirse con un apuesto tutor moreno y un grupo de amigas, todos los viernes por la tarde, para aprender a bailar lo más reciente de los ritmos tropicales. Hasta allí llegó mi paciencia. “¡Pero por qué no te despiertas con Wake up little Susie!”, le grité a mi hijo. “Si lo que quieren es mover las caderas, ¿por qué no ponen a los Beach Boys y bailan el hula-hula?”, le aullé a la madre de mi hijo.

Inútil. La suerte estaba echada. Debo ser tolerante, debo ser tolerante, así que he optado por entender que la mejor forma de saltar de la cama es oyendo a un tal J Balvin o entendiendo, sin mayores esfuerzos, que a ella lo que le gusta es la gasolina. No. No tengo nada contra el reggaeton. Quiero decir, no tenía nada contra el reggaeton hasta que, la semana pasada, mi hijo llegó feliz con un corte de pelo que, al verlo, se me vino a la mente la temible transformación de Robert de Niro en Taxi Driver, el film de Martin Scorsese. Lloré desconsolado, pensando que tenía un serial killer en mi casa. La madre de mi hijo trató de consolarme, mientras hacía sus ejercicios vespertinos al ritmo de algo que decía Yo tengo una gata que le gusta el castigo. “No seas bobo, no es ningún skinhead. Está tratando de parecerse a un cantante o a una estrella del fútbol”, me dijo, mientras agitaba sus caderas. Peor. Salí de mi casa dando un portazo de tristeza y decidí entregar mi diploma de padre, por perder vilmente la asignatura.

Pero han pasado los días y he decidido tomar la sartén por el mango. He decidido hacerme amigo de mi hijo y he decidido acompañar a la madre de mi hijo a sus fiestas de nalgas agitadas. Así que opté por bailar reggaeton. Mis alumnos, mis principales alcahuetas, me hicieron corrillo y apoyaron mis giros frenéticos con unos gritos y unos “uuuuh” prolongados y agudísimos, que no supe si eran de pesar o de franca burla. La verdad, terminé agotado y aburrido. No hay nada que fatigue más que la alegría. Decepcionado, decidí entonces volverme un intelectual del reggaeton y estudiar a fondo sus letras y, sobre todo, sus rimas. Supongo que si Calle 13 invita a la revolución con sus canciones de un solo sentido y Joaquín Sabina, con la traviesa complicidad de Manu Chao confiesa, sin vergüenza “No sopor, no sopor, no soporto el rap”, así mismo puedo yo sacar mis propias conclusiones a propósito del reggaeton. Al escondido, le he secuestrado el iPod a mi hijo y he oído una tanda de, no sé, doscientas canciones. Al terminar el curso, he decidido que mi verdadera vocación ha debido ser la de la literatura pornográfica. Yo no tengo nada contra la pornografía. Y menos ahora, cuando nada se puede controlar. Con las letras del reggaeton, si las tomamos en serio, terminaremos convirtiéndonos en adalides de una moral que, para bien o para mal, hace mucho tiempo ya no existe. Lo mejor, para disfrutar el reggaeton, es tener un paciente y cínico sentido del humor. Porque si se acercan a las canciones de Don Omar o Daddy Yankee con sentido del amor, terminarán convertidos en una masa de ira e intolerancia donde la brecha entre jóvenes y viejos será, ahora sí, un problema de generación en degeneración. Por eso, para terminar bailando con Karl Marx, optemos por decir que el fin de la historia comenzó con el rock and roll y el fin del mundo se lo inventaron los mayas, intuyendo la excitante farsa del reggaeton.  

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