Cine, El precio de la codicia

Una película que nos recuerda que no hay nada más personal que los negocios.
Cine, El precio de la codicia

No es nada personal, son negocios. Los magnates nos han acostumbrado a eso, pero mienten, porque no hay nada más personal que los negocios. Por eso intentan salvarse primero ellos, por encima de cualquier consideración moral.

Lo dejaron claro Michael Moore en Capitalismo: una historia de amor (2009); y Charles Ferguson en Inside job (2010), en sendos documentales sobre el mayor descalabro económico estadounidense después de la Gran Depresión de 1929. Y ahora, en la ficción, lo ha corroborado J. C. Chandor, en una película de escasos tres millones de dólares de presupuesto, pero en la cual todos los grandes actores querían participar a cambio de nada. Y con razón…

La película narra, desde las claustrofóbicas oficinas de una enorme compañía de inversiones (que bien podría ser Lehman Brothers) las 24 horas anteriores al colapso. Puede que los no iniciados no comprendamos mucho las minucias de lo que se teje en el interior de la corredora de bolsa, pero Chandor nos ofrece lo suficiente para entender que, tras un error craso, detectado por un analista ¡que acaba de ser echado!, la compañía está a punto de irse al demonio y de arrastrar consigo a miles de empresas, empleos y personas. ¡Un desastre!

La tensión reside, y he ahí la genialidad de Chandor, en lo que se debe hacer para salvarse, en las discusiones éticas y financieras que se producen en el seno de la corporación (y que se suceden bajo un exasperante pero inevitable suspenso) para librarse de la hecatombe, así sea necesario sacrificar la estabilidad de millones de clientes.

Kevin Spacey, Jeremy Irons, Paul Bettany, Simon Baker, Zachary Quinto, Demi Moore… se juegan enteros en la idea de dejar en evidencia la manera desalmada, fría y calculadora con la que los analistas de bolsa suelen tomar las decisiones que afectarán a todo un país, como si nada fuera personal, solo negocios.

Quizás ese ha sido el gran error del capitalismo, no tomar cada una de sus operaciones, de la cual depende la vida de millones, como algo personal. Y quizás por eso los causantes de la hecatombe anden ahora tan frescos.