Roberto Alagna: La voz de la polémica

Este francés que con su voz ha conquistado los escenarios más prestigiosos del mundo, estará en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán de Bogotá.
Roberto Alagna: La voz de la polémica

Mucho se habló entonces de aquel desplante, que de inmediato le dio la vuelta al mundo. Mucho, también, se especuló: que desde antes de salir al escenario el público ya estaba silbando; que quiso volver pero el tenor sustituto no lo dejó entrar, y que existía un complot contra él por una serie de declaraciones previas, en las que se mostró indignado por las críticas que le hicieron al montaje de la ópera.  

Pero lejos de perjudicar su carrera, el célebre suceso terminó impulsándola aún más. Con el tiempo Alagna ha logrado volverse inmensamente popular, vender más de un millón de discos solo en Francia, y hasta tener una estatua de cera en el Museo Grévin, en París. “Roberto forma parte de esa generación de tenores que dieron el paso a algunos grandes que, como Domingo o Carreras, han tenido una carrera excesivamente larga –dice Emilio Sanmiguel, comentarista musical y colaborador de la HJCK–. Es un tenor muy importante, pero tiene fama de conflictivo. Se destaca su versatilidad, sobre todo para cantar el repertorio francés de la segunda mitad del siglo XIX”. Es cierto: la polémica nunca ha estado alejada de su vida.Una voz prodigiosa“Tengo que cuidar mi voz; para mí es como una hija”, le dijo Alagna hace unos años al diario inglés The Guardian. Y es que esa voz, precisamente, es la que le ha permitido cantar en los escenarios más importantes del mundo con óperas como Aída, de Verdi, y Carmen, de Georges Bizet. Gracias a esa voz lo descubrieron en un cabaret parisino y lo llevaron a los grandes escenarios, donde no tardó en consagrarse.  

Tenía apenas 22 años cuando debutó en el festival inglés Glyndebourne Touring Opera, haciendo el papel de Alfredo en La Traviatta; dos años más tarde ganó la Competencia Internacional de Ópera Luciano Pavarotti, que se realizó en Filadelfia, donde tuvo la oportunidad, además, de conocer al gran tenor italiano. “Aquella vez le pedí un consejo –recuerda Alagna–, y él dijo que con mi tipo de voz era mejor no darme ninguno. Cada uno tiene su instrumento, y debe entenderlo por sí mismo”.  

Su gusto por la ópera se lo debe a la ascendencia siciliana de sus padres –él, obrero; ella, costurera–, quienes desde muy temprano lo fueron metiendo en el género. No fue el único, por supuesto; de hecho, Alagna creció escuchando las canciones populares del sur de Italia, así como temas de Paul Anka, Dean Martin y Frank Sinatra. Sin embargo, fue luego de ver al legendario tenor y actor estadounidense Mario Lanza cantando en la película El gran Caruso –donde interpretó al célebre tenor italiano, en 1951–, cuando terminó de sellar su romance. Tenía diez años y la ópera, desde entonces, se convirtió en su amor secreto. Camino difícil 

En 1994 alcanzó la fama con su papel de Romeo en la ópera Romeo y Julieta, de Charles Gounod, presentada en el Teatro Real de la Ópera de Londres. Ese mismo año sufrió también uno de los episodios más dolorosos de su vida: su primera esposa, Florence Lancien –con quien se había casado dos años atrás y tenía una hija, Ornella–, murió de un tumor cerebral. Alagna tenía 29 años y empezaba a despuntar como uno de los tenores más prometedores de Europa. 

Dos años después se casó con la tenor lírica rumana Angela Gheorghiu (considerada una de las grandes divas del género), con quien duró 13 años antes de separarse en 2009. Pero a medida que lidiaba con los dolores de su vida personal, su carrera no hacía más que ascender: actuó en óperas como La Bohème, de Giacomo Puccini; Lucia di Lammermoor, de Gaetano Donizetti, y Fausto, de Charles Gounod; grabó discos de ópera, música sagrada y recitales (hasta la fecha van publicados más de 20 trabajos), y se presentó en grandes escenarios como el Teatro Metropolitan Opera, de Nueva York, y la Ópera Bastille, de París.  

Hoy está considerado como uno de los tenores más importantes en el mundo de la ópera, aunque algunos expertos todavía guarden sus reservas. “Escuché a Alagna hace un tiempo en Londres y debo decir que me pareció un tenor común y corriente, que no está a la altura de un Plácido Domingo o un Juan Diego Flórez –dice Manuel Drezner, autor del libro Civilización y cultura a través de la música y columnista de El Espectador–. Es bueno, pero no extraordinario. Aquella vez tenía problemas de respiración y me pareció que la voz y la forma de interpretar no son las de un tenor de primerísima categoría”. Una cosa, al final, es clara: Alagna no deja a nadie indiferente. La polémica es una parte importante de su carrera.  

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