Un terco al que no le gusta verse en TV

Testigo como pocos de la actuación en Colombia, Gustavo Angarita lleva 50 años desde que pisó por primera vez las tablas. Ahora vuelve con un entrañable personaje en la película Sofía y el terco.
Un terco al que no le gusta verse en TV

Cincuenta años. O, mejor aún, toda una vida: eso es lo que lleva Gustavo Angarita en la actuación. Su carrera arrancó en los años sesenta, cuando era un imberbe de pelo largo, que alternaba sus estudios de Derecho y Filosofía y Letras en la Universidad Nacional con presentaciones que realizaba en los escenarios y cafeterías del campus. Su vida, muy a tono con la época y el auge de Camilo Torres, era contestaria y alocada. Hasta que llegó Gustavo Jr., su primer hijo, y se dio cuenta de que la vida tenía que tomársela en serio, así que abandonó sus estudios para dedicarse de lleno al mundo de las tablas. 

Y fue entonces cuando al lado de actores como Carlos Barbosa, Waldo Urrego, Jorge Alí Triana y Antonio Corrales se afincó en los teatros Odeón y Popular de Bogotá para formalizar una carrera con intenciones artísticas y ánimo de lucro: “Era una época muy entretenida, estábamos todas la noches haciendo funciones, en contacto con el público, familiarizado con las obras y su eficacia”. De allí le vienen los recuerdos de Ricardo III, La ópera de los 3 centavos y I took Panama, obras con las que recorrió el país de los años setenta, en la época de Alfonso López Michelsen, un país “variopinto, pero que ya vivía un ambiente de violencia, narcotráfico e inequidad”. 

Pasaron así 15 años, hasta que llegó una migración de actores del teatro a la televisión. Empezaba una etapa que no tenía los mismos fines artísticos pero que con un trabajo depurado, le permitió conocer la cara y sello de la fama: “Era más lucrativo, el público lo conocía más a uno, había más proyección, pero a la vez se estaba más expuesto a la reiteración y monotonía mediática de una figura pública”.Y precisamente para rehuirle a las entrevistas monotemáticas que siempre le preguntan por sus personajes, aclara con una mirada jovial: “Salvo que me toque por compromiso, no me gusta verme en mis papeles. Eso ya pasó”. No le gusta verse en retrospectiva, pero en cambio, de joven y adulto sí gozó mucho con el cine de Buñuel, Antonioni e Igmar Bergman y con los papeles de las actrices del cine francés de la época: Brigitte Bardot y Jeanne Moreau.La biblioteca de su casa también es un vívido recuento de su vida cambiante y algo caótica. Al punto que le cuesta reconocerse en muchos de los libros que leyó, mas no en una botella de Jack Daniel’s vacía que reposa en uno de los entrepaños superiores: “Bebí mucho y por poco pierdo el rumbo, los guayabos eran muy fuerte. Ya no bebo, pero me aburro, el alcohol divierte muchísimo”. 

De los libros recientes que mejor recuerda, trae a colación las Partículas elementales, de Michel Houellebecq, y 2066, de Roberto Bolaño. Aunque su top of mind se lo lleve la obra completa de Paul Auster. “Es un autor que experimenta, le gusta jugar y lo sorprende a uno”. Elementos que no son ajenos al actor colombiano, que le gusta jugar con sus respuestas y atornillarse a su memoria olvidadiza para zafarse de las preguntas que no quiere responder.Al hablar de su papel protagónico en Sofía y el terco, la opera prima de Andrés Burgos, la respuesta fue espontánea y natural y explica por qué aceptó este proyecto entre otras propuestas sin concretar. “Generalmente a la gente joven no le interesan los avatares de la gente vieja, pero esta historia interpreta los rasgos de la senectud de una forma cariñosa y no pesimista ni enfermiza, lo que hace que el personaje se vuelva querible y pintable”. 

A manera de juego, a Angarita en ocasiones le gusta hablar de su retiro definitivo de la actuación. En esas lleva desde 2003. Es entonces cuando apela a una mirada de nostalgia para hablar de la falta de motivación afectiva que a veces lo asalta. “La depreciación del amor define el paso del tiempo, uno es viejo porque ya no ama”. Entonces se alisa la barba, su “único maquillaje posible”, y se pasa la mano por su mermada cabellera: “Ahora todos los personajes que hago son de despedida. Adiós, adiós”.