Richard Clayderman “Soy un modesto intérprete”

Tiene 58 años y es, de lejos, el pianista romántico más popular del mundo. Ha grabado más de 100 discos y prensado otro tanto en recopilaciones. Ha brindado más de 2.000 conciertos desde su aparición en la escena musical en 1976, y se presenta en Bogotá el 27 de noviembre.  
Richard Clayderman “Soy un modesto intérprete”

Nos recibió en París, sin su típico esmoquin blanco de concertista, pero aún con la sonrisa seductora de los años ochentas. ¿Recuerdan? Un joven rubio de ojos azules y mirada dulce tocaba una melodía de la cual se venderían más de 25 millones de ejemplares: Balada para Adelina.

Tras más de 30 años de giras, fanáticos y mucho dinero, es apenas lógico preguntarle cómo ha hecho para manejar la fama. “Me doy cuenta de la suerte inmensa que he tenido. Hay miles de pianistas en el mundo que tocan divinamente, pero que no han hecho una carrera tan increíble como la mía. Por eso guardo la cabeza fría”. Un éxito tan excepcional no se refleja, asegura, en su estilo de vida: “No vivo en una casa extraordinaria; mi esposa es una mujer sencilla, me gusta hacer compras y salir a pasear el perro. Tengo un ritmo de vida completamente normal”.

Si Clayderman puede darse el lujo del anonimato es porque es más popular fuera que dentro de Francia, donde no hace giras desde hace varios años y es casi un desconocido para las nuevas generaciones. En el extranjero, en cambio, sus conciertos siguen siendo un acontecimiento.

En 1990, Clayderman dijo en una entrevista que en Perú, Brasil o Argentina estaba obligado a “encerrarse en el cuarto de hotel” a causa del asedio de los fans. Si en el escenario no estaba rodeado de un importante servicio de seguridad, corría el riesgo de “terminar el espectáculo desnudo”. Le pregunto si esto sigue ocurriendo hoy.

“No, por supuesto que no; eso ya ha pasado. Aun cuando en algunos países la seguridad es importante. También hay seguidores que, si doy diez conciertos, van a los diez conciertos. No se pierden ni uno solo. Esto es muy raro. Yo también soy un gran admirador de algunos artistas pero nunca se me ocurriría hacer algo así”.

Después de tanto tiempo, Clayderman continúa muy activo. De hecho acaba de terminar una gira por Alemania, y después de una única presentación en Colombia, emprenderá otra en China. Una vida de conciertos que él mismo, un niño nacido en un suburbio desfavorecido de las afueras de París, nunca se imaginó. La carátula de su primer disco se hizo con la foto de la cédula de ciudadanía porque él estaba de viaje y su madre no tenía ninguna otra a la mano.

“Cuanto más avanzo, más deseos tengo de seguir. Los países que visito son extraordinarios. Me alegra, por ejemplo, regresar a Colombia, donde ya he estado seis o siete veces”, contesta cuando le pregunto si no ha pensado en retirarse. “Sigo teniendo la mentalidad de un joven. Lo único que temo es perder la salud porque los viajes son agotadores”, subraya.

A pesar de las duras críticas de los puristas, Clayderman nunca se ha amilanado. En 1982, tocó en la Sala Pleyel, un teatro reservado tradicionalmente a los pianistas clásicos. Los expertos musicales fueron implacables, y lo han seguido siendo desde entonces.

Lo han tratado, entre otros, de “Mozart de supermercado”, “Malvavisco en papel de celofán”, “músico ligero para una música ligera” y “Jarabe romántico para jovencitas”. También atacaron su “técnica insuficiente”, a pesar de haber ganado el Primer Premio en el conservatorio.

A propósito de estas críticas, Clayderman se dice víctima de una confusión: “Soy un modesto intérprete de música popular; siempre he dicho que no hago música clásica, aunque lo que toco es un poco clásico por la composición de la orquesta”.

En la Sala Pleyel alcanzó a realizar 13 conciertos, lo cual es, según él, “excepcional para un músico de variedades; la sala se llenó todas las noches. El público que asistió era menos estricto y frío que el de los conciertos clásicos”. Las acomodadoras, por ejemplo, recibieron propinas más generosas. En la última presentación, ellas reunieron dinero y le regalaron un ramo de flores, lo que nunca habían hecho con otro artista. “Hay una música para todos los gustos”, apunta.

¿Y qué música prefiere hoy Richard Clayderman? “Me gusta el jazz rock fusión. Curiosamente escucho mucho a guitarristas como Pat Metheney y Larry Carlton. Aunque también me gustan pianistas como Herbie Hancock y Chic Corea, y cantantes como Paul McCartney”.

Practica por lo general cuatro horas diarias, incluidos sábados y domingos. Es corriente que a las seis de la madrugada ya esté ejercitándose. Pero cuando está de gira, lo que le gusta es salir a trotar para mantenerse en forma.

¿Clayderman corriendo por la carrera séptima, en medio de los trancones y las zorras? Es posible, sí. El músico consagra dos veces a la semana una hora al trote. Cuando está de gira, es decir, la mitad del año, le gusta salir a correr por las calles y los parques de las ciudades donde se está presentando “para ver a la gente”. También practica ciclismo y tiene un entrenador personal que va a su casa en Versalles para hacer gimnasia con él, ya que “solo es muy aburrido”.

¿Por qué tanto deporte? Porque ser Richard Clayderman requiere un excelente estado físico. El músico ha viajado en avión el equivalente a 70 veces la vuelta alrededor del mundo.

Después de todo, detrás del éxito del pianista no solo hay un músico apuesto y con cara de príncipe encantado, sino también un gran trabajador y un artista con talento. “Clayderman no hay sino uno, a pesar de que varias compañías discográficas han tratado de imitar el fenómeno. Olivier Toussaint (el empresario) y Paul de Senneville (compositor) también aportaron mucho. Yo me encargo de la interpretación. Ellos tuvieron el talento para llevarme unas melodías muy bellas, que yo traté de expresar de la mejor manera posible. Hay muy buenos pianistas que quisieron imitarme porque creen que es una música fácil, pero no lo es, aunque ciertas melodías son muy simples. Hay que tratar de interpretarlas de la mejor manera y ser lo más sincero posible”.

Quizás por eso sigue vigente, por su honestidad, su modestia y porque su legión de seguidores no ha disminuido con los años.

El secreto de su éxito

El fenómeno Richard Clayderman es el resultado de un excepcional trabajo en equipo entre un empresario (Olivier Toussaint), un compositor (Paul de Senneville) y un intérprete (Philippe Pagès). Sin uno de estos elementos, el éxito mundial muy probablemente no se habría producido. Philippe Pagès, quien hasta los 18 años estaba destinado a una carrera de contador, fue escogido en una audición en la que participaron una decena de pianistas. Su carisma y atractivo físico contaron tanto como su habilidad con el instrumento. El nombre, en cambio, no lo favorecía. “Pagès es un apellido que no suena muy bien. Es difícil pronunciarlo en el extranjero”, explica Clayderman. “Por eso Olivier y Paul me estaban buscando otro nombre. Yo les dije que tenía unos bisabuelos de apellido Klayderman, con ‘K’. La sonoridad les gustó. Luego pensaron que ‘Richard’ es más prestigioso que ‘Philippe’. Esto fue en 1977. Yo estaba muy joven, tenía 22 años, y no me molestaba cambiar de nombre”.