Christian Tappan nos cuenta la historia de cómo llegó a ser el actor del momento

“Yo hago casting sin problema, no me creo nada”, dice el actor mexicano, quién además confiesa que el secreto de su éxito es dejar las pretensiones a un lado.
Christian Tappan nos cuenta la historia de cómo llegó a ser el actor del momento

Con más de 30 años haciendo televisión en Colombia, este mexicano está probando, por fin, las mieles del éxito. Este cuarto de hora no es gratuito, es el premio a la constancia y al trabajo. Es la prueba de que un actor se construye todos los días.

 

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Lecciones de un luchador sin mayores pretensiones.

 

A Christian Tappan varias veces le ha tocado empezar de cero. Nacido en México en 1972, tal vez la única vez que recibió un empujoncito fue cuando, recién llegado a Colombia, su papá –el director de televisión mexicano Alfredo Tappan– lo llevó de la mano a las audiciones para las series infantiles de moda. Tenía diez años y se dejaba llevar por la fascinación de las cámaras y los sets de grabación en los que había crecido acompañando a su padre. Estaba convencido, a esa edad, de que su futuro estaría en los musicales. Había pasado casi dos años estudiando en la Escuela de Capacitación Infantil de Televisa cantando y bailando al ritmo de Chiquilladas y Timbiriche, grupos infantiles de música muy populares en América Latina a comienzos de los años ochentas. Así que, con total naturalidad se presentó a las pruebas de Imagínate, el musical infantil de María Angélica Mallarino. Hoy se ríe recordando que casi no pasa porque le faltaba sonreír.

Fue su primera actuación en Colombia. La segunda sería en Décimo grado, la serie juvenil de los ochentas que marcaría un hito en el género. A pesar de su pinta de niño pícaro, desgarbado y pelirrojo (perfecta para cualquier papel de colegial), y de que uno de los directores de la serie era nada menos que su papá, también tuvo que presentar audición. Casi lo descabezan. La razón era la misma: no sonreía.

De ahí en adelante, la carrera de Christian Tappan en la televisión fue tan luchada como la de cualquier mortal. Ni siquiera cuando volvió a su natal México, con 22 años y diez de actuar en Colombia, tuvo algún privilegio. De hecho, le dijeron que no le serviría de nada su experiencia. Él, por el contrario, pensó que haber hecho decenas de papeles de series, novelas y unitarios como Padres e hijos, Musidramas, Dialogando o Corín Tellado, le daría un pase de entrada a la industria más grande de la televisión latinoamericana.

Se había ido con ganas de estudiar, de aprender, de entrar a ese monstruo que es la televisión mexicana para conocerlo, devorarlo, triunfar y, a lo mejor, volver a Colombia como un grande. Entró a Televisa sin desfallecer por tener que arrancar de cero. Fue juicioso, hizo la tarea, estudió, trabajó, pero al poco tiempo se dio cuenta de que el sueño que tenía no se haría realidad allá.

“No era lo que yo esperaba. Como profesional no me sentí identificado con lo que se hacía. Yo buscaba una identidad como actor, un trabajo que me hiciera vibrar, que me hiciera sentir completo, pero no lo encontré”, dice un poco decepcionado.

Al cabo de cuatro años y medio se devolvió con la certeza de que lo que buscaba estaba en Colombia. Aterrizó con 500 dólares en el bolsillo y tuvo que compartir apartamento con un amigo que le tendió la mano. Otra vez a empezar de cero. De alguna manera, la industria colombiana lo castigaba por haber estado fuera del país tanto tiempo y tuvo que rebuscársela con papeles pequeños en unitarios y seriados.

 

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¿Fracaso?

Christian contesta con un no rotundo. Sincero. Su balance es distinto: estudió, le pagaron durante los casi cinco años que estuvo allá, hizo tres novelas, aprendió a hacer comedia con la India María y Héctor Suárez en la tercera temporada de ¿Qué nos pasa?. Simplemente regresó en el momento que creyó adecuado.

Y aunque se niega a calificar de desagradecida a su profesión, Christian no niega que ese fue uno de los momentos más difíciles de su carrera. Por eso agradece a quienes le dieron trabajo y le ayudaron en su tercer comienzo. Fue en El precio del silencio, de Telecolombia, donde inició otro ciclo, como él lo llama.

Una etapa que marcó otra salida del país, cuando presentó una audición en RTI y Telemundo se lo llevó a Estados Unidos a hacer un par de producciones: Amor descarado y Anita no te rajes. La vida le volvió a sonreír. Dice que fue feliz. “Fueron personajes muy agradecidos”, recuerda con nostalgia, tal vez porque fueron esos papeles los que le abrieron las puertas a producciones como La reina del sur, Victoria, Sin senos no hay paraíso y El clon.

Iba y volvía a trabajar con series y unitarios de Caracol y RCN. En 2007 su vida actoral hizo clic. Presentó un casting para interpretar a un portero en la novela Vecinos, pero cuando el director, Germán Porras, lo vio en acción, le dio el papel de Alfonso Kraus, un ejecutivo vividor y mentiroso que a pesar de estar casado enamora a su vecina, una linda modelo que le enreda la vida. El éxito fue arrollador, tanto que aún hay gente en la calle que lo recuerda como Poncho o “Boliqueso”.

Vecinos fue una de las novelas que mantuvo al Canal Caracol encabezando el rating en esa franja prime time, al punto que la alargaron y duró casi dos años al aire. Christian los recuerda con cariño porque, además del reconocimiento de su personaje, en ese lapso se casó y se estrenó como papá. Ese fue el primer papel “grande”, el que le ayudó a consolidarse y a demostrar que podía hacer comedia y drama a la vez.

Entonces llegaron La Promesa y Escobar: el patrón del mal, con los que se sintió plenamente realizado. Ambos papeles lo tienen hoy como uno de los actores del momento. Y aunque los televidentes lo vimos primero encarnando a Gustavo Gaviria, el primo del temido narcotraficante, en realidad él grabó primero a Roberto Aristizábal, un policía alcohólico, depresivo y solitario que termina afectado por el drama de la trata de personas.

Para este papel, Christian se dejó engordar y se tiñó el pelo de negro. Era un personaje lúgubre, oscuro, parecía que no se bañaba. Un hombre al que su propia hija tildaba de ser un perdedor y que terminó convertido en héroe, un ser valiente que a pesar de la melancolía que nunca lo abandonó, supo pelear y salir victorioso.

A las dos semanas de terminar estas grabaciones, Christian se metió en los pantalones de Gustavo Gaviria. Se volvió a teñir el cabello, se quitó la barba desordenada y se dejó un bigote espeso que le dio más rudeza a su expresión. Y se convirtió en un ser frío y calculador. De la ternura y la lástima que llegó a inspirar el policía triste y patético que ni siquiera sonreía, pasó a uno de los seres que terminó marcando de manera sangrienta la historia de Colombia.

Había adelantado una investigación sólida en llave con Andrés Parra. Ambos descubrieron lo importante que fue el primo en la vida del capo de capos y compartieron datos hasta construir la relación de negocios que unía a Escobar con Gaviria.

“Fue un reto, no quería hacerlo a medias, quería que fuera muy completo, que se supiera todo lo que yo podía dar como actor”. No hay duda de que lo logró. Y él, como todos los que participaron en la producción, entendió las primeras reacciones del público y las acusaciones de que hacían apología. “Al final la gente fue justa y se dio cuenta de que contamos una historia que el país merecía saber. Víctimas y victimarios pudieron hacer catarsis”, dice.

Por eso no está de acuerdo con las parodias que se han hecho en otros países de América Latina. Eso demuestra, reflexiona Christian, que en Chile, Perú o Puerto Rico, no entendieron lo que significó para dos o tres generaciones de colombianos que además de vivir 50 años en guerra, teníamos que padecer la paranoia de no poder salir a la calle.

“Y para mi suerte la emitieron después de Escobar”, dice convencido. Según él, el proceso actoral de encarnar al delincuente de sangre fría y luego al policía vulnerable fue más entendible para el televidente.

 

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¿Suerte?

“Claro que hay mucho de suerte en esta profesión”, admite. No de otra manera se entiende que a los pocos días de terminar las duras y pesadas grabaciones de Escobar le haya llegado la propuesta de participar en El control, la película de Dago García que solo en el fin de semana de estreno logró llenar 100 000 sillas en las salas de cine.

Siempre había soñado con hacer cine, quería experimentar esa extraña sensación de verse en la pantalla gigante. Así que encarnar a un personaje inocente, en una historia blanca, fue un bálsamo para su existencia. Y así como disfrutó recibiendo agradecimientos porque le había ayudado a varias generaciones de colombianos a entender un pedacito de la historia con Escobar, saboreó los agradecimientos que le dieron porque las familias pudieron ir a cine a disfrutar de una historia sencilla, que sin truculencias ni pretensiones los hacía reír y llorar evocando viejos tiempos.

Fernando José Castro no era más que un hombre que buscaba ser un buen padre. Fue esa sencillez la que lo enamoró del personaje y le hizo encarretarse para construir ese mundo cotidiano del coprotagonista en El control.

Y pronto volverá a la pantalla chica y a la grande. Está grabando una comedia para Caracol Televisión que se llama La suegra y en la que interpreta a un cachaco que hará reír a la audiencia fiel que lo espera actuando otra vez en llave con Andrés Parra.

Y el año entrante volverá al cine, dándole vida a un personaje pesado, oscuro y urbano en ¡Que viva la música!, la cinta basada en el libro del mismo nombre de Andrés Caicedo, y dirigida por Carlos Moreno (el mismo de Escobar: el patrón del mal). El malandro se desenvuelve en las calles de Cali, la bohemia y la salsa.

Todos estos personajes los consiguió en franca lid, presentando casting y haciendo fila. Suena un poco raro que después de 31 años de trabajo y de sus exitosas representaciones en La promesa y Escobar lo llamaran a realizar pruebas, como si su desempeño anterior no fuera suficiente para probar su calidad actoral. Aun así, Christian va sin chistar.

 

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¿Resignación?

“¡No! Uno no puede hacer buen trabajo resignado”, dice casi levantando la voz. La vehemencia de su respuesta no deja duda. Y lo piensa y busca el término adecuado. “Yo hago casting sin problema, no me creo nada. Doy todo para ganarme el papel y si lo pierdo no pasa nada. Es que uno no tiene que vivir de lo que fue sino en lo que está y si la industria pide audiciones, pues se hacen”.

Insiste en que la actuación es como una carrera de largo aliento. Se pelea y se lucha todos los días hasta el final. No importa si alguien que participó en un reality o en un reinado gana un papel. Al fin y al cabo, dice Christian, el público y la industria decantan y si no se sostiene con calidad, se cae por su propio peso.

“Hay que tener muchas pelotas para estar aquí, para que llegue el día en que no tienes con qué pagar las cuentas y aun así sigas y presentas el casting”, dice convencido de haber encontrado el concepto que estaba buscando para explicar la realidad de su profesión. De todas maneras es cualquiera, menos resignación.