Adiós D´artagnan

Una semblanza muy personal del periodista Roberto Posada García Peña, por el ex presidente de la República Ernesto Samper.
Adiós D´artagnan

La capilla de los Santos Apóstoles en el Gimnasio Moderno de Bogotá, donde esta semana fue enterrado Roberto Posada García-Peña, es el sitio emblemático de los bogotanos y de la bogotanidad. En este sitio, muchos fuimos bautizados, recibimos la primera comunión de monseñor Emilio de Brigard -el Doctorcito-, nos casamos y, como sucedió esta semana con Roberto, seremos seguramente enterrados. No es de extrañar, por ello, que los primeros recuerdos que tengo de mi amistad de varias décadas con Roberto Posada se remonten a los predios del Gimnasio Moderno, fundado por nuestros antepasados masones cuando la educación confesional tenía a los liberales por fuera de los colegios eclesiásticos. Roberto era de los "pelados" cuando yo dirigía la revista El Aguilucho y llegó a pedirme, un día cualquiera, que le publicara una nota, lo que hice con mucho gusto sin saber -por supuesto- que le estaba abriendo el primer espacio editorial a quien después sería reconocido como el más importante periodista político del país.Unos años más tarde me buscaron él y su mancorna intelectual de toda la vida, Mauricio Acero, para proponerme sacar una revista.Recuerdo como si fuera hoy el número de prueba de La Rueda Suelta. En mi condición de imberbe director escribí un editorial diciendo que de entrada anunciaba que no aceptaríamos ninguna presión de parte de los anunciantes porque éramos, con mayúsculas, INDEPENDIENTES. No hubo necesidad de hacer efectivas las amenazas; la revista jamás vio la luz por falta de pauta. Roberto tomó su camino periodístico y yo entré a la actividad gremial en ANIF. Asumimos juntos la defensa de Jaime Michelsen, el colombiano más injustamenteperseguido de la historia de Colombia. Mientras todo esto sucedía, no dejábamos, por supuesto, de vernos. Con él y su entrañable abuelo, Roberto García-Peña, quien lo marcó para siempre. Recuerdo como si fuera ayer el día que fuimos juntos al Café Chinitas en Madrid; don Roberto estaba, como decía mi mamá, de "punta en blanco", todo de blanco hasta los pies vestido. Cuando empezó el cante jondo, al director de El Tiempo le dio por improvisar algunas rancheras con su nieto en estilo y tonalidad flamencos. El bar que estaba, literalmente, lleno hasta las copas, estalló de regocijo, al punto que un señor que estaba al lado nuestro, alzando emocionado su copa, brindó por los dos improvisados cantaores sudacas y le preguntó al abuelo a voz en cuello desde su mesa: "Dígame, ¿el señor vive aquí?", a lo cual don Roberto se apresuró a contestar, alzando también su copa hacia el techo: "No, yo bebo aquí".Muy pronto, cuando empezó mi carrera pública, los dos robertos se convirtieron en mis mayores promotores y, en muchos casos, defensores de Enrique Santos Castillo, quien ya por entonces veía en mí un peligroso prospecto izquierdoso. "Mijito, me decía el abuelo, vaya despacito para que no se canse". Las veladas en la casa de Roberto y Marcela, la mamá de Carmen, su primera hija, eran tan inolvidables como eternas. Cuando el abuelo cumplió 80 años ocurrió una de ellas. Asistieron, entre otros, Otto de Greiff y Enrique Caballero, si mal no recuerdo. Le llevé de regalo, por tomarle el pelo que ya no tenía, una Historia de los prostíbulos en tres tomos. Cuando el agasajado abrió el paquete y leyó el título me dijo con su picardía de siempre: "Ay, mijito, si nosotros inauguramos todos estos hoteles".Roberto absorbía enseñanzas de sus mayores con la propiedad del papel secante que utilizábamos en el Gimnasio Moderno para proteger las planchas de dibujo en tercero de bachillerato. Enseñanzas del abuelo que era puño de hierro en guante de seda. Enseñanzas de Jaime, su padre, de quien aprendió que el ejercicio cotidiano de la honestidad debe ser algo tan común como cepillarse los dientes. Enseñanzas del ex presidente Turbay, a quien siempre admiró y defendió, quien sostenía que para salir adelante en política uno debe aprender, como los buenos pilotos, a volar alto y mirar siempre hacia adelante y lejos.Nos tocó vivir, con Jaquie, el Roberto solterón, cargando siempre con él adonde fuéramos.Recuerdo su cara cuando estuvimos en la China autoritaria y fue enviado, en su condición de periodista, al último coche de la comitiva donde se hizo íntimo de todos los escoltas y maleteros. Él disfrutaba esas ocasiones que le daba la vida para que conociera otras facetas. Estaba tan a gusto en un restaurante de varias estrellas Michelin comiendo un buen foie como disfrutando del pescuezo de gallina rellena de Doña Elvira, en el barrio Teusaquillo. Era tan desordenado en su parte divertida como organizado en sus ideas. Con Hernando Santos, Luis Noé Ochoa y mi hermano Juan Francisco, se convirtieron por ello en los más fieles escuderos de mi gobierno. Todos los sábados, por la mañana, se reunían Hernando y Roberto en el periódico El Tiempo, mientras los otros Santos andaban de paseo, para organizar mi defensa; en medio de pandebonos calientes, empanadas de las Margaritas y refajo, organizaban columnas, decidían investigaciones, ajustaban editoriales. Tenían la costumbre de no salir a viajar juntos para no dejar abandonada la trinchera. Y me llamaban a mediodía a darme buena cuenta de sus estrategias.A veces, cuando las cosas estaban demasiado tensas, Hernando me llamaba y me decía: "Mijito, me tengo que ir adonde Lucio en Madrid porque estoy que estallo, pero ahí le dejo a Robertico por si acaso". Y Roberto se encargaba, como buen futbolista virtual -porque nunca lo fue real - de tapar goles, cobrar tiros de esquina y acusar árbitros. Cuando, pasado el gobierno, decidimos celebrar con ñoquis de papa y vino rioja el fin del cuatrienio en la casa de Hernando, los dos me confesaron que, aunque difíciles, los años de mi mandato habían sido los más emocionantes de sus vidas.De Hernando no pude despedirme cuando, estando yo en España, un día, cansado, se fue para su último matiné y no volvió nunca.Roberto, por el contrario, vivió la misma experiencia terminal que viví yo después del atentado del que fui víctima hace exactamente veinte años. De la mano del mismo médico que me salvó la vida, Alonso Gómez, Roberto también superó esta encrucijada con un coraje increíble. Cuando después de un largo viaje regresé y fui a hacerle una visita, él ya había reorganizado su vida en función de sus nuevas pero superables limitaciones físicas. Hablamos en serio; le dije que después de una experiencia tan impactante lo primero que debía hacer uno era redimensionar su propia vida y encontrarle nuevos valores y sentidos a través de lo propio, de la mujer, de los hijos, de los paisajes, de las experiencias cotidianas sabias y sencillas. Me queda la tranquilidad de que así lo hizo y de que los últimos años de su vida, cuando debió jugársela contra la muerte en varias partidas, ayudado por su heroica mujer, Lorenza, y sostenido por las oraciones de Maryluz y las tarjetas de bienvenida de sus hijos cuando regresaba de lo que él llamaba sus excursiones a distintas clínicas, los vivió a plenitud con los suyos y para los suyos.La vida de Roberto Posada fue muy corta en años pero larguísima en litros de vida si sumamos la vitalidad con que supo vivir los momentos que pasó con los que amó, los que combatió, los que divirtió, los que enseñó y los que defendió. Yo estuve entre todos pero sobre todo entre los últimos. Poco a poco nos daremos cuenta de que uno se muere para los amigos a plazos: no hay muertes de contado, todas las muertes, para los seres queridos al menos, son procesos, procesos que nunca se extinguen porque para eso está la memoria, para seguir recordando como recordaremos a Roberto Posada por muchas cosas, en muchos tiempos y a través de muchos caminos.