Andrés Collado, !todo un descubrimiento!

Luego de recorrer varios países del continente, el embajador de España en Colombia asegura que se siente latinoamericano. Es un amante del Real Madrid, el ajiaco y el vallenato.
Andrés Collado, !todo un descubrimiento!

Un cuadro enorme de la Pinta, la Niña y la Santa María, las tres carabelas que llegaron a América el 12 de octubre de 1492, adorna la sala del embajador de España en Colombia. Hay, también, una chimenea encendida, una biblioteca con figuras precolombinas, la réplica de una escultura de Antonio Gaudí, y un libro sobre las embajadas de España y su historia. Al fondo, luego de pasar por otra sala, se ve un comedor barroco de doce puestos custodiado por otro cuadro, grande también, de Isabel y Fernando, los Reyes Católicos.

En la entrada hay una figura de la Virgen y en las mesas, portarretratos con fotografías de los príncipes Felipe y Letizia. La casa, ubicada al frente del club El Nogal, en Bogotá, está custodiada por un muro alto y un jardín verde en donde se alzan, impávidas, las banderas de España y la Unión Europea.

Andrés Collado González, embajador en Colombia desde finales del 2007, aparece en la sala, saluda de manera cálida y se sienta en un sofá; lleva un vestido con corbata azul y unas gafas sin marco. Collado mantiene intacto su acento español pese a haber vivido más de treinta años fuera de su país por cuenta de la carrera diplomática. Iraq, Argelia, Canadá, Italia, El Salvador, Ecuador y Colombia son algunos de los países en los que ha transcurrido su vida.

Cuando se acomoda, un empleado de chaqueta blanca y pantalones oscuros se acerca y le sirve un café.

—¿Queréis un cafelito? —ofrece.

Se ve jovial, cálido, entre otras cosas, por la reciente victoria de su selección en la copa del mundo de Suráfrica. Y es que el fútbol es un deporte que lleva en la sangre: “Siempre lo he jugado: empecé en el colegio y lo hice hasta el año 2000, cuando era embajador en El Salvador. Allí teníamos un equipo hispano-argentino: portería, defensa y medio campo eran españoles, y la delantera era gaucha. Ganamos dos años consecutivos el campeonato hasta que tuve una lesión. Fui al médico y entonces me recordó mi edad. Tuve que dejarlo”, cuenta.

Todavía rememora con nostalgia los años en que jugaba como defensa por la banda izquierda; los partidos cerrados contra la guardia republicana del presidente de El Salvador, y los días lejanos en que solía ir al Santiago Bernabéu para ver a su equipo, el Real Madrid.

“En realidad tengo dos clubes: el Madrid, del que fui socio mucho tiempo, y el Racing de Santander, porque soy santanderino –dice. Y luego, riendo, añade–: Yo suelo decir que el primero me da alegrías y el segundo me hace sufrir”.

Del Madrid añora la época dorada de Alfredo Di Stefano. De hecho, lo primero que hizo cuando llegó a Bogotá fue pedirle a su chofer que lo llevara al estadio El Campín, donde también jugó el mítico delantero argentino. Dice que admira a grandes ex madridistas como Juanito, Butragueño y Míchel; y, por supuesto, a emblemas ‘merengues’ como Raúl y Guti. Pero al final se declara seguidor del buen fútbol, sin importar de dónde venga: “Me encanta ver jugar al Barcelona –dice–. El drama de este deporte es que todos somos entrenadores: tenemos nuestra alineación y la propia forma de jugar; por eso, alcanzar consensos es muy difícil”.

El empleado se acerca y le sirve un café más.

—¿Otro? —pregunta el embajador mientras agarra su celular, que suena de repente. Saluda, cruza un par de palabras con su interlocutor, y le dice que lo espera a almorzar ajiaco.

“Es el plato que más me gusta de la gastronomía colombiana –cuenta cuando cuelga–. Aún así, tengo que decir que esta cocina me parece un poco limitada. Sin duda, la gran gastronomía latinoamericana es la peruana, aunque si me oye mi mujer, probablemente se va a enfadar”. Lo dice porque su esposa es ecuatoriana, así como su yerno, quien conoció a su hija en Madrid, cuando ambos hacían una maestría en la Universidad Complutense. Luego se casaron.

De la gastronomía española echa de menos platos típicos como la paella. “La cocino, como buen norteño. Me gusta mucho una que es a base de conejo y alcachofa, que aquí es poco conocida. También me encanta la fabada asturiana y el marmitaco de bonito, un potaje a base de bonito (un tipo de pescado) y patata”.

Pero el ajiaco no es lo único que le gusta de Colombia. En el ámbito literario, por ejemplo, asegura que le encantan los libros de William Ospina, Fernando Vallejo y las novelas de García Márquez. Y a pesar de que su música favorita son la ópera y los cantos gregorianos, dice que se ha dejado contagiar por la alegría que le transmite el vallenato. Qué bonita es esta vida, de Jorge Celedón, me parece que describe bien la increíble energía que tiene este continente –cuenta–. Lo mismo ocurre con las canciones de Carlos Vives”.

De lejos se ve que Collado es optimista con respecto al futuro de Colombia, un país que no deja de sorprenderlo. “Vine por primera vez por allá en el año 70 y luego en el 2004, a dar unas charlas cuando era director de la Escuela Diplomática en Madrid –dice mientras llama al empleado y pide, de nuevo, otro café–. Cuando regresé en 2007 para ser embajador, me encontré con un país diferente del que había conocido; Bogotá, que había visto como una ciudad pequeña y pueblerina, es hoy una capital alegre, en plena ebullición, donde la gente ha perdido el miedo”. Y remata con una frase esperanzadora: “Creo, sin temor a equivocarme, que Colombia es junto a Brasil el país suramericano que tiene todos los ingredientes para ser una potencia continental”.

De repente esboza una sonrisa y, señalando con el dedo hacia la sala, dice: “Ahí está mi media naranja”. Su mujer saluda cordial, sonríe y le dice que vuelve en un rato. Collado le responde que no se olvide del almuerzo. Por nada del mundo quisiera perderse el ajiaco.