Cabas, apasionado por las artes plásticas

El cantante barranquillero no solamente es un apasionado del folclor, también tiene una sensibilidad especial hacia las artes plásticas y por eso conserva una pequeña colección.
Cabas, apasionado por las artes plásticas

Que Andrés Cabas se haya ganado varios concursos de pintura durante su niñez no es casualidad. Su colegio incentivaba las artes y en las clases se la pasaba dibujando en sus cuadernos. Mediante este recuerdo de su infancia, Cabas explica la relación entre el arte y la música: “Se han compuesto sinfonías enteras viendo un paisaje, se han hecho canciones viendo una pintura, entonces la belleza en sí, el dolor humano, el amor y el desamor están tanto en la pintura como en la música”.

Que Cabas también acepte que la música va más allá de las notas dibujadas en los pentagramas resulta muy diciente: “Las melodías hacen dibujos en el aire; como muchos cineastas, actores y pintores me han dicho que hubieran preferido ser músicos, entonces yo sé que me estoy dedicando a un arte privilegiado; me encantaría pintar, pero siento que la música dibuja sentimientos, y con eso es suficiente”. Por eso su fijación por las carátulas: “Como siempre he estado ligado a cosas estéticas también he diseñado las artes de mis discos, pero asesorado. Desde pequeño compraba discos, veía sus artes de tapa y hoy en día colecciono arte; me encantaría dibujar pero igual siempre me ha servido como una terapia sin pretensiones”.

Aunque Cabas es barranquillero de nacimiento, desde muy pequeño se fue a vivir a Bogotá. Creció en el barrio El Batán, lugar donde montaba bicicleta “en una época en que se podía salir sin miedo a que lo fueran a robar a uno”, y durante las vacaciones viajaba a su Barranquilla natal. Allá se quedaba en casa de su abuela, que al mismo tiempo era un jardín infantil llamado Nuevo Horizonte. Los juegos que estaban destinados para el uso exclusivo de los pequeños alumnos de preescolar se convertían en la mejor excusa para que todos los primos pasaran ratoces la belleza en sí, el dolor humano, el amor y el desamor están tanto en la pintura como en la música”.

Pero no todo fue felicidad durante su niñez. A su hermano Juan le dio una meningitis que lo dejó sordo a los dos años de edad. Cabas recuerda que el aire se sentía más pesado que de costumbre y que la tristeza de sus padres era absoluta: “Mi vida cambió en ese momento porque mi madre se encargó de rehabilitarlo y yo me quedé solo, no porque ella se olvidara de mí sino porque se le dedicó por completo. Así aprendí a conocer a mi hermano, un ser maravilloso y noble, y me di cuenta de que los seres humanos hablamos mucho y cumplimos muy poco de lo que decimos. En una familia de músicos que el menor haya quedado sordo sirvió para darme cuenta de que tenía que llevar un legado”.

Ese legado empezó con un clarinete, que fue el primer instrumento que su padre le regaló. Como nunca lo aprendió a tocar siguió con la flauta dulce, que define como “un instrumento que ayuda a leer la partitura y a aguzar el oído”. Fue a los cinco años, mientras recibía clases de teoría musical de dos de sus tíos, que el piano irrumpió en su vida. “Mi familia siempre apreció el hecho de que una persona con sensibilidad musical es una persona mejor; no necesariamente me estaban induciendo a ser músico pero evidentemente la apreciación musical genera mundos imaginarios positivos”.

Uno de esos mundos imaginarios que se ha convertido en lugar común es la creencia de que, al parecer, los costeños son más talentosos para ciertos oficios. Cabas lo sintetiza así: “El costeño, de su propia tragedia, saca la alegría, la esperanza y el arte; no es que piense que somos más talentosos. Por ejemplo, cuando hay una inundación, si es en un pueblo del interior, todos lloran porque es una tragedia, pero cuando eso mismo pasa en la Costa, detrás del periodista se ven los peladitos jugando con el agua y burlándose de ellos mismos. El costeño tiene un imaginario más elevado por eso y porque por Puerto Colombia entró todo al país, ahí llegaban los barcos cargados de pianos, libros, muebles y arquitectura, y eso influenció a una generación de gente caribe”.

La colección particular de Cabas está conformada por dos obras de Carlos Jacanamijoy, otras dos pinturas del ecuatoriano Oswaldo Guayasamín, un cuadro de Augusto Rivera, una escultura de Nadín Ospina, un cuadro de Ana Mercedes Hoyos, otro de Boris Pérez y una pintura de la francesa Dominique Fury, entre siete alebrijes mexicanos, varias artesanías colombianas y algunas antigüedades: “Yo empecé mi colección con artesanías porque no tenía plata para comprar arte, porque siempre es una inversión que excede lo que uno tiene. Poco a poco fui montando un set de objetos que me atraían visualmente, después fui conociendo amigos del mundo del arte y así me interesé por coleccionar lo que estuviera a mi alcance”.

A pesar de su colección particular, Cabas está lejos de creerse experto en la materia: “Mis obras las tengo por gusto y no porque pertenezca a ese medio que puede llegar a ser demasiado esnob; tampoco gastaría sumas exageradas como las que piden por ciertas obras”. En todo caso, Cabas también se da una licencia para soñar: “Me gustaría tener un Basquiat, un Obregón... imagínese un Picasso, pero eso es como pensar en ganarse la lotería”. Su artista de cabecera es Alejandro Obregón: “Así se haya popularizado tanto, me encanta; sus trazos y sus colores lograron reflejar a nuestro país, y por eso lo admiro, porque salvó al mundo con su arte”.

Tiene claro que las obras adquiridas son efímeras: “Quisiera tenerlas para siempre pero también las veo como una inversión para mi hijo, porque todo lo que tengo es de él, si veo que el man quiere irse de viaje tres años le diré ‘véndalo, maestro, que todo en esta vida es prestado’ ”. Ese hijo, que se llama Simón, es otra persona que le cambió la vida por completo: “Hoy pierdo menos tiempo con esa gente que se le pega a uno por ser Cabas. Un hijo ilumina y hace ver lo que es verdaderamente importante: como decía el Principito, lo esencial es invisible a los ojos, y el amor a un hijo es lo único verdadero”.

Así, Cabas confiesa otro de sus hobbies: la literatura. “La poesía de García Lorca me encanta, autores como Cortázar, Borges y García Márquez me gustan mucho y uno de mis libros favoritos es Pasión india, de Javier Moro”. El cine también ocupa un lugar especial en su vida. Directores como Francis Ford Coppola, Wong Kar-Wai, Michel Gondry y Bernardo Bertolucci son sus preferidos. Y ante la pregunta de qué manera el arte, la literatura y el cine han aportado a su carrera, un Cabas consecuente responde: “Investigar estas artes y tener un gusto por todo esto me generó un estilo diferente. Los libros que he leído, las películas que he visto y la música que he escuchado me han dado la posibilidad de no copiar a nadie y de evolucionar”.

Si en algún momento la vida de Cabas fue vertiginosa y desenfrenada en medio de giras y conciertos, ahora es todo lo contrario. Se despierta a las 8:30 a.m. para componer, escribir y estar con Simón, con el que baila y toca el piano a más no poder. Por las tardes, de vez en cuando, se toma unos vinos con sus amigos, y organiza “comidas bailables”, en medio de las cuales prepara una memorable pasta de anchoas y caviar y deja que cada quien ponga su música.

Cabas dice que no hay ninguna canción de su repertorio que haya nacido de un pasaje específico de su vida. Sin embargo, recuerda con nostalgia cuando era el raro de su colegio, porque mientras todos jugaban básquetbol él se dedicaba a pintar y a cantar: “Yo no fui deportista porque en mi colegio incentivaban las artes. Entonces me fui metiendo en el rollo de la música que, finalmente, es una catarsis para quien la ha vivido plenamente”.