Carlos Enrique Cavelier, apasionado por la leche

El presidente de Alquería desayuna cereal todos los días y es, irónicamente, intolerante a la lactosa. Aun así, en su casa se consumen más de 20 litros de leche por semana. reunión matutina con un antropólogo del negocio lácteo.
Carlos Enrique Cavelier, apasionado por la leche

A pesar de que nació en Bogotá, Carlos Enrique Cavelier tuvo una niñez de campo por haber crecido en Cajicá: a los cinco años descubrió de dónde venía la leche ordeñando las firmes ubres de una de las vacas de su padre; a los seis se deleitaba arrancando y saboreando los hielos blancos formados por una diminuta fuga en el enfriador de leche de la finca, y a los siete, después de llegar de clase del Liceo Francés, jugaba fútbol con otros niños en los potreros aledaños a la plaza principal, acaso el único espacio pavimentado que por esos días tenía el pueblo.

La política también lo fue marcando. A los ocho años, en unas elecciones, descubrió el talante conservador de su familia paterna y el furor liberal de la materna, que fue el que en últimas lo sedujo. También se le quedó grabado el afán de su padre por educar a los cajiqueños para que aprendieran a elegir inteligentemente a sus dirigentes políticos.

Así, poco a poco, Carlos Enrique se fue interesando por todo lo que tuviera que ver con el desarrollo del ser humano. Por eso, cuando decidió irse a estudiar Antropología y Sociología a la Universidad de Vermont, nadie se sorprendió de su elección. Al fin y al cabo el propósito lo tenía muy claro: “Me fui a estudiar a los Estados Unidos para entender la evolución y el comportamiento humano, con el objetivo de regresar a ayudar a los campesinos con lo que había aprendido”.

Era una reacción apenas natural: “Siempre me ha parecido importante que la gente estudie en el exterior para que vea lo que hay afuera y traiga lo mejor para el desarrollo del país”. Luego de haberse graduado Cum Laude y con honores de ambas carreras, decidió cursar una maestría en Administración pública en Harvard.

A su regreso y fiel a sus convicciones sociales, comenzó una prometedora carrera como asesor del Ministerio de Agricultura. Fue concejal de Cajicá, diputado a la Asamblea de Cundinamarca, representante a la Cámara y finalmente secretario general del Ministerio de Justicia. Pero se dio cuenta de que era un pésimo político: “Como a mí me desespera no estar haciendo algo productivo, tuve la percepción de que por estar hablando y hablando no estaba haciendo ni logrando nada, porque en un cargo de elección popular es difícil llegar a un consenso sin conversar ni debatir”.

Sólo en ese momento volteó a mirar el negocio familiar. Sin entender nada del manejo de las fincas y con su padre dedicado de lleno a la Alcaldía de Cajicá, Carlos Enrique se hizo cargo de Alquería, empresa que le sirvió para poner en práctica sus conocimientos humanistas: “La gente de Carulla, amiga cercana de la familia, me enseñó la investigación de mercados. A esto yo le apliqué la antropología para entender mejor el comportamiento del consumidor y descifrarlo lentamente: las mujeres siguen siendo como recolectoras de frutas en un centro comercial; los hombres son cazadores al aire libre”.

La antropología también le dictó un título distinto al de presidente y un camino empresarial sui géneris: “Me considero un coordinador de sueños porque como antropólogo pienso que la función de los empleados no es recibir órdenes sino limpiar las jerarquías. La mía es llenarlos de autoridad y empoderarlos para motivar el sentido de pertenencia.

Los seres humanos no sólo somos homo sapiens limitados a hacer cosas manuales y mecánicas, sino que podemos estimular el liderazgo para poder diferenciarnos, por ejemplo, de los chimpancés”. Por eso Carlos Enrique es un obsesionado de la educación: “Si una persona sólo llega hasta sexto de bachillerato es como si fuera miope; si llega hasta tercero es como si le faltara una mano; si llega hasta segundo de elemental es como un sordomudo cojo y si no sabe leer ni escribir es como si fuera un parapléjico sordomudo”.

De la misma forma en que se considera disperso mentalmente (empieza pensando una cosa y termina pensando otra), Carlos Enrique no tiene una rutina definida: así como se despierta a las 5:30 de la mañana para llevar a su hija al colegio o preparar una reunión, hay días en que llega a la oficina al mediodía. No porque le guste perder el tiempo. Todo lo contrario.

Cada vez que puede, se sienta a construir la visión de su empresa, que consiste en “crear y transmitir futuro para que la gente se lo apropie”. Así como puede acostarse a las siete y treinta de la noche, también puede quedarse despierto hasta la medianoche. Eso sí, siempre sueña, como él mismo lo dice, en Excel: “Trato de generar horizontes delante de los problemas y me enfoco en las oportunidades”, afirma.

Los seres humanos no sólo somos homo sapiens limitados a hacer cosas manuales y mecánicas, sino que podemos estimular el liderazgo para poder diferenciarnos, por ejemplo, de los chimpancés”. Por eso Carlos Enrique es un obsesionado de la educación: “Si una persona sólo llega hasta sexto de bachillerato es como si fuera miope; si llega hasta tercero es como si le faltara una mano; si llega hasta segundo de elemental es como un sordomudo cojo y si no sabe leer ni escribir es como si fuera un parapléjico sordomudo”.

De la misma forma en que se considera disperso mentalmente (empieza pensando una cosa y termina pensando otra), Carlos Enrique no tiene una rutina definida: así como se despierta a las 5:30 de la mañana para llevar a su hija al colegio o preparar una reunión, hay días en que llega a la oficina al mediodía. No porque le guste perder el tiempo. Todo lo contrario.

Cada vez que puede, se sienta a construir la visión de su empresa, que consiste en “crear y transmitir futuro para que la gente se lo apropie”. Así como puede acostarse a las siete y treinta de la noche, también puede quedarse despierto hasta la medianoche. Eso sí, siempre sueña, como él mismo lo dice, en Excel: “Trato de generar horizontes delante de los problemas y me enfoco en las oportunidades”, afirma.

Cuando Carlos Enrique se desconecta de su trabajo lo hace jugando tenis, dos veces por semana, e incluso lo ve por televisión no solamente para entretenerse sino también para aprender: “Es interesante del comportamiento humano que en la medida en que uno ve un deporte que practica lo juega mejor; a mí me ha servido para afilar mis saques”. Otro ejercicio que le encanta es conducir: “Manejar en las carreteras colombianas es espectacular porque éste es un país precioso”, afirma.

Y si pudiera, se desplazaría por las calles bogotanas en bicicleta. Semejante informalidad se nota hasta en su ropa: siempre se viste de jeans y suéter y, si pudiera también, “andaría descalzo por todas partes”. Por lo demás Carlos Enrique Cavelier ha sido siempre el mismo hombre preocupado por la educación y el bienestar de su comunidad. Lo único que ha cambiado en él desde que tiene seis años es que ya no se come los hielos blancos formados por alguna diminuta fuga en el enfriador de leche de su finca; ahora se la toma líquida, como si fuera un ritual diario, con galletas, bocadillos o cereal.