Carolina Barco, la reina de la discreción

Esta colombiana, que tiene la finura y la elegancia de la realeza y nunca está fuera de su sitio, nos abrió las puertas de su casa en Washington y nos contó cómo es su vida desde que asumió como embajadora.
Carolina Barco, la reina de la discreción

A las cinco y media de la mañana, cuando apenas comienza a clarear en Washington, la embajadora de Colombia en Estados Unidos, Carolina Barco, abre los ojos y se incorpora de la cama, reservando esos primeros minutos de quietud de la mañana para pensar. En un cargo como el que ocupa son tantas y tan variadas las preocupaciones, que esos ratos de reflexión resultan, a su juicio, provechosos. “Estoy acostumbrada a levantarme muy temprano”, me dice una mañana de junio en el estudio de su casa, antes de salir a cumplir una nueva cita en el Congreso de Estados Unidos. “En mi familia, todos siempre durmieron más que yo, así que no tengo problema en despertarme temprano para organizar las cosas que voy a hacer durante el día –me confiesa–. A veces miro las prioridades y las escribo inmediatamente. En eso soy una persona de papel y lápiz”.

Aun así, no es una persona ajena a la tecnología. De hecho, todas las mañanas lee los periódicos colombianos en internet. Cuando le pregunto qué juguetes electrónicos le son familiares, enumera el Blackberry, que usa para mantenerse en contacto con la oficina cuando está por fuera; el Messenger, que utiliza para hablar con sus dos hijas que viven en Estados Unidos (una en Boston –ciudad donde nació la embajadora hace 58 años– y la otra en Nueva York), y Skype, a través del cual habla y ve a su hija mayor y a su nieto Lorenzo en la pantalla del computador casi todas las noches.

Los últimos años, sin embargo, aún con noticias tan alegres como la llegada de Lorenzo a la familia, han sido agitados. Representar a Colombia no es una tarea fácil. Un embajador es como un padre que siempre tiene que hablar bien de su hijo, aunque en el fondo sepa que se está portando mal, y en todo este tiempo la embajadora Barco ha interpretado el papel de una madre aguerrida. “Cuando está en un almuerzo o en un evento, siempre está exponiendo su caso”, le dijo hace un tiempo el presidente del National Foreing Trade Council, Bill Reisch, a The Hill (el periódico del Congreso), refiriéndose a la manera como la embajadora estaba luchando por sacar adelante el Tratado de Libre Comercio.

La labor ha sido continua y los problemas diversos. Tan sólo en el último año la embajadora ha tenido que apelar a la discreción y a la diplomacia que desplegó con destreza durante su paso por la Cancillería, para responder a las preguntas difíciles que han surgido a donde quiera que ha ido (las universidades, los famosos Think Tanks o centros de investigación de Washington, el mismo Congreso) debido a las situaciones comprometedoras que se han dado en el último año en Colombia, como el bombardeo al campamento donde se encontraba el líder guerrillero Raúl Reyes, en territorio ecuatoriano, o el torbellino de la parapolítica que ha enlodado la imagen democrática del país o las acusaciones sindicales en contra del gobierno de Álvaro Uribe, circunstancias que en el corazón político y administrativo de Estados Unidos tantas cejas arqueadas y ceños fruncidos ha producido. ¿Le quita el sueño tener que dar tantas explicaciones sobre lo que está pasando en Colombia?, le pregunto, mientras anticipo su respuesta (después de haber hablado con ella en las últimas semanas, me vuelvo experto). “A veces me quita el sueño, claro que sí, porque representar al país implica una gran responsabilidad”, me dice, refugiada en su personalísimo búnker diplomático.

La buena educación

Quienes conocen a la embajadora de cerca, o la han conocido en el ejercicio de sus funciones, suelen usar los mismos adjetivos a la hora de calificarla. “Discreta” es la palabra que más se oye. También “elegante” (“incluso en jeans y camiseta se ve siempre bien”, me dice alguien). Y “trabajadora” (“Es inagotable”, me confiesa un ex funcionario de la Cancillería). Su mejor amiga en Washington, Mercedes de Uribe, se inclina más por el término “fina”, en tanto que quien fuera su jefe de prensa hasta hace un par de años, Juan Carlos Iragorri, suelta una frase escueta y rotunda: “Es ante todo una señora muy, muy educada”. Los adjetivos, incluso, llegan hasta un “dietética” (uno de los empleados que trabaja en la casa de la embajadora, me dice: “Ella se cuida mucho al comer; le gustan las cremas y las ensaladas, las frutas; durante el día, no ‘pica’ nada, aunque a veces ‘peca’ comiéndose una oblea, que le gustan mucho”).

Lo más interesante del caso es que cuando uno tiene enfrente a la embajadora, se da cuenta de que todos los adjetivos casan perfectamente. Nadie la ha visto nunca salirse de casillas ni levantar la voz, aun en las situaciones más difíciles. Cuando habla es como si bordara las frases. Si levanta un vaso o toma la perilla de una puerta lo hace de un modo tan dulce y parsimonioso que es como si no quisiera perturbar al aire.

Hay quienes aseguran que estos ademanes finos provienen de su mamá, aunque otros atribuyen sus buenas maneras a su paso por el Wellesley College, una de las universidades élite de la Costa Este americana, sólo para mujeres, por cuyas aulas han pasado personalidades del mundo de la política como Hillary Clinton y Madeleine Albright.

“Cuando mi papá estaba viviendo aquí en Washington como director ejecutivo del Banco Mundial, yo estaba estudiando en Wellesley”, me dice un martes soleado en la sala de su casa. “Fueron unos años interesantes, me tocó vivir la época del hippismo, por ejemplo. No fui a Woodstock, pero en esa época sí oí mucho rock, aunque también oí vallenatos y música colombiana. Yo siempre he sido una persona muy musical. Sigo oyendo rock, aunque prefiero la música clásica a la hora de trabajar”. Ahora, como embajadora de Colombia en Estados Unidos, ha aprendido otros nombres de cantantes colombianos distintos a Shakira o Juanes. “Sé quién es Celedón”, admite.

Tras su paso por Wellesley, donde obtuvo el título en Sociología y Ciencias Económicas que ya había avizorado desde su época de estudiante en el colegio Nueva Granada de Bogotá, hizo una maestría en Planeación Urbana en Harvard. Más tarde, en los ochenta, obtuvo un título más en Administración de Empresas en Madrid. Todo esto, hoy lo reconoce, ha sido fundamental para su vida profesional. “Siempre me interesó el tema urbano”, me explica, sentada con las piernas cruzadas, las manos enlazadas en el regazo, la cabeza ladeada apenas lo justo. “Recibí una influencia de mi papá. Cuando era Alcalde de Bogotá, salíamos los sábados por la mañana a recorrer la ciudad. Mientras manejaba, él me iba mostrando las obras que se estaban haciendo en su Alcaldía, la calle 100, el Templete para la visita del Papa, y me decía: ‘pero mi mejor obra no la va a ver nadie porque está enterrada’ ”. Se detiene. Toma impulso. Sonríe: “Se refería al acueducto, claro”. ¿Y a usted no le gustaría ser alcalde de Bogotá algún día?, le pregunto, recordándole que alguien me dijo que ella era “una urbanista atrapada en el cuerpo de una embajadora”.

“Nunca lo he pensado –confiesa–. Me fascina el urbanismo, me fascinan las ciudades cuando las visito y las recorro. Siempre estoy mirando cómo funcionan sus servicios, su diseño arquitectónico, sus programas de transporte o seguridad. Pero nunca he querido ser alcalde, no”. Lo que en consecuencia me lleva a preguntarle por las ciudades que más le atraen, aquellas en las que viviría sin reparos. “Para vivir, Bogotá. Yo quiero vivir en mi país, entre mis amigos, con mi familia. Pero si es para pasar una temporada corta, pues hay ciudades muy bellas como París, o Londres, o Roma, o Brasilia, que es fascinante, o Río de Janeiro, que es de una belleza excepcional. O en Sudáfrica la Ciudad del Cabo, que es maravillosa. O Kyoto, que es de una sensibilidad inmensa”.

¿Y Boston? “Con Boston tengo una relación cíclica. Allá nací, aunque a los tres años me fui a vivir a Colombia. Allá estudió mi padre. Allá estudié yo. Y ahora allá estudia una de mis hijas. Boston es una ciudad que ha jugado un papel muy importante en mi vida. Pero sin lugar a dudas soy bogotana”.

Macondo en DC

Un jueves lluvioso y sofocante nos cruzamos en uno de los pasillos de su casa. Desde que llegó a Washington, hace casi tres años, la embajada se ha convertido en un jardín. Los arreglos de rosas, pompones, gladiolos, astromelias y orquídeas se ven por todas partes. La embajadora lleva puesto un vestido azul claro. En su cuello asoma un discreto collar blanco (además de haberse vuelto famosa por los colores llamativos que usa en sus vestidos, la embajadora se siente orgullosa de comprar toda su ropa en Colombia).

Cuando me ve, me saluda amablemente, estirando una mano. Sus dedos son largos y flacos, fríos quizá por la corriente de aire que se esparce por toda la casa gracias al sistema de aire acondicionado que, entre otras cosas, ayuda para que las flores estén siempre frescas incluso en días tan húmedos como este.

Esta noche, la casa se ha ido llenando de gente con motivo de la presentación de la biografía que sobre Gabriel García Márquez escribió Gerald Martin después de 17 años de trabajo y más de 300 entrevistas. Por todas partes hay movimiento, meseros solícitos con bandejas llenas de quesos, galletitas, canapés. Los vinos blanco y tinto van llenando las manos de quienes llegan a la presentación. En una mesa rectangular, una mujer de ojos hundidos hojea uno de los ejemplares de A life. La embajadora camina hacia ella, cruza a lo largo del salón de baile de la casa y se une a un círculo en el que se encuentra Gerald Martin. Intercambia varias palabras en un inglés perfecto.

De acuerdo con la embajadora, la mejor forma de hacerle ver al mundo que Colombia es un país distinto al que describen las noticias es a través de eventos similares a este, lo que, para ser honestos, no tiene nada de nuevo. Lo novedoso es que gracias a la “campaña” cultural que la embajadora ha venido haciendo con su equipo en los últimos años, la percepción hacia Colombia ha ido cambiando de a poco. El año pasado se escribieron más de 160 editoriales y 130 columnas positivas en diferentes revistas y diarios norteamericanos, y se reanudaron las visitas de los Cuerpos de Paz a Colombia después de 40 años de ausencia. Este último logro, dicen algunos, se debe en parte a la relación cercana que la embajadora tiene con Maureen Orth, editora de la revista Vanity Fair y una de las periodistas más influyentes en Estados Unidos.

Antes de que se dé inicio a la lectura de uno de los capítulos de la biografía, y Gerald Martin les hable a las cincuenta personas que están en el salón sobre alfombras voladoras, trozos de hielo, trenes que suenan como cafeteras y pelotones de fusilamiento, la embajadora pasa al frente y hace una presentación puntual y emotiva.

Al día siguiente, me reúno con ella en el estudio de su casa (libros, fotos, un arreglo de rosas, discos). Hablamos, como es lógico, de la presentación en el salón de baile. El vestido que usa hoy es rosado. A unos metros de donde está sentada, la luz pálida de la mañana ilumina la mesita donde suele desayunar después de salir a caminar por el Rock Creek Park. Esta mañana está radiante, satisfecha hasta el alma con el evento.

Como si de pronto se decidiera a compartir conmigo una táctica en el intrincado mundo diplomático, me dice: “Este salón maravilloso que tenemos en la casa, el salón de baile, es muy apreciado aquí en Washington. Nosotros a veces lo prestamos para eventos culturales o filantrópicos, bien sea de la National Geographic, de la Ópera de Washington, de la Fundación Smithsonian, la Fulbright o la Care”. Hace una pausa. Uno de sus colaboradores se asoma a la puerta y le recuerda que tiene una cita en unos minutos. La embajadora se lo agradece. Continúa: “Tengo la oportunidad de acercarme en esos eventos, por diez o quince minutos, a las personas que vienen para hablarles de Colombia. Son audiencias distintas a las de los congresistas y son, sin duda, importantes como formadores de opinión e influyentes en el mundo de Washington”.

Se trata de un trabajo sin descanso. Arduo. Agotador. “Cuando no estoy trabajando mi vida personal es bastante tranquila”, me dice en una última charla. “Me gusta el ballet –confiesa–. Cuando era niña, quería ser bailarina. También tocaba piano, hasta que comprendí que había bailarinas y pianistas mucho mejores que yo. Los abandoné; pero me gusta ir a ver ballet”.

¿Qué está leyendo ahora?

Ahora estoy leyendo al último premio Nobel, a Le Clézio. En la mesa de noche, también tengo la biografía de Gabo de Gerald Martin.

¿Ha vuelto a bucear?

Cuando voy a Cartagena siempre aprovecho para ir al mar. Para mí es el mejor descanso. Hago ‘careteo’ (snorkeling) y buceo. Es como hacer yoga. Me produce una sensación de tranquilidad ver el paisaje, sentir la respiración.

En Belice está el segundo arrecife más grande del mundo. ¿Ya fue?

He buceado en México y en Bonaire. Una vez lo hice en la Florida. Y en Providencia. Belice está en mi lista, por supuesto. También me gustaría ir a Australia.

¿Qué tal bucean sus hijas?

Son mucho más arriesgadas que yo. Ellas bucean de noche.

Hablamos unos minutos más. Los compromisos la esperan.

Pero hay tiempo para dos preguntas más:

Esta semana el presidente Uribe se va a reunir con Obama en la Casa Blanca. Va a ser la primera vez que lo conocerá personalmente, ¿cierto?

Sí.

¿Y qué tiene Obama que no haya tenido Bush, y que sea bueno para Colombia? (Le pregunto a salto de mata, esperando que al menos por unos segundos salga del búnker diplomático en el que se refugia cuando nos internamos en otras aguas).

Obama es una persona que inspira mucha tranquilidad. Es muy respetuoso. Atendiendo a su invitación a trabajar como socios, creo que Colombia va jugar un papel regional más importante.

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