César Millán, el encantador de perros

Oprah Winfrey, Will Smith y su esposa Jada, entre otros, lo acogieron cuando aún era un inmigrante ilegal en Estados Unidos. Hoy, César Millán es el adiestrador canino consentido de Hollywood. Un mexicano que cumplió el sueño americano.
César Millán, el encantador de perros

Siglos atrás, las ratas de Hamelín murieron seducidas ante las tonadas de un flautista desconocido. Hoy, los malcriados perros de Estados Unidos caen rendidos ante los encantos de un hombre no menos intrigante: César Millán. Su instrumento: un collar de ahogo y una energía firme y tranquila. Su proeza: lograr que decenas de perros agresivos, temerosos, ansiosos, obsesivos e hiperactivos se tornen mansas palomas capaces de vivir en sociedad al lado de sus amos.

No es veterinario, ni etólogo, ni biólogo, pero sus conocimientos sobre el mundo canino son tan amplios que por eso lo llaman el psicólogo de perros; un título hecho a pulso desde su niñez, cuando pasaba horas y horas mirando la camada que recorría el rancho de su abuelo mientras él pastoreaba el ganado. “Era un hombre que no me daba muchas explicaciones, pero yo veía cómo se comportaba con los animales, y aprendí a reconocer la actitud que se debe tener frente a ellos –asegura Millán en entrevista para CROMOS–.

Mi abuelo siempre me recordaba: ‘Nunca debes trabajar contra la naturaleza’. Para mí eso es una joya, una chulada, una frase increíble que se la enseño a quien sea. El don que me dio Dios fue crecer con un abuelo que tenía ese don”, recalca, sin dejar de dar crédito a sus grandes maestros en la psicología perruna: los mismos perros. Y fue ahí, en la granja de Ixpalino, a una hora de su natal Culiacán, donde empezaron sus amores perros.

Suspiraba cuando veía a Rin Tin Tin y a Lassie en la TV, y sus hazañas inspiraron su gran sueño de trasladarse a Hollywood y convertirse en el mejor adiestrador del mundo. ¿Por qué allí? Porque en medio de su humilde universo –el de una familia de clase trabajadora– el progreso tenía nombre: Estados Unidos, y apellido: Disneylandia o Hollywood, las únicas referencias que en su tierra se tenía de aquel paraíso prometido.

A los 15 años empezó a trabajar como ayudante en un centro veterinario de su barrio y se ganó el apodo de “el perrero”, que en su ciudad no era exactamente un cumplido porque los canes urbanos eran considerados bestias humildes y sucias, según relata en su libro Cesar’s Way. Un 23 de diciembre, a los 21 años, les dijo a sus padres que partiría a Estados Unidos para buscar su destino. No hablaba inglés y sólo tenía 100 dólares. Intentó cruzar la frontera tres veces, pero fracasó, y tuvo que acudir a la ayuda de un coyote que le cobró todo lo que tenía en el bolsillo. Coronó y llegó a San Diego en 1990.

Tras vagar un mes por las calles, encontró trabajo en un salón de belleza canina. Su destreza con las tijeras era evidente, pero lo que más sorprendió fue su capacidad para enfrentar los feroces hocicos de las razas más agresivas y poderosas: pitbull, pastor alemán, rottweiler, doberman y mastin napolitano. Se ganó la confianza de la gente y empezó a pasear sus perros. Tenía la reputación de ser un empleado esforzado y fiable, y uno de sus clientes le propuso trabajar con él lavando limusinas, con el anzuelo de que así tendría su propio carro.

Aceptó y su nuevo jefe empezó a difundir el mensaje de que para él trabajaba un buen tipo que, además, “tenía métodos mágicos para manejar perros”s referencias que en su tierra se tenía de aquel paraíso prometido.

A los 15 años empezó a trabajar como ayudante en un centro veterinario de su barrio y se ganó el apodo de “el perrero”, que en su ciudad no era exactamente un cumplido porque los canes urbanos eran considerados bestias humildes y sucias, según relata en su libro Cesar’s Way. Un 23 de diciembre, a los 21 años, les dijo a sus padres que partiría a Estados Unidos para buscar su destino. No hablaba inglés y sólo tenía 100 dólares. Intentó cruzar la frontera tres veces, pero fracasó, y tuvo que acudir a la ayuda de un coyote que le cobró todo lo que tenía en el bolsillo. Coronó y llegó a San Diego en 1990.

Tras vagar un mes por las calles, encontró trabajo en un salón de belleza canina. Su destreza con las tijeras era evidente, pero lo que más sorprendió fue su capacidad para enfrentar los feroces hocicos de las razas más agresivas y poderosas: pitbull, pastor alemán, rottweiler, doberman y mastin napolitano. Se ganó la confianza de la gente y empezó a pasear sus perros. Tenía la reputación de ser un empleado esforzado y fiable, y uno de sus clientes le propuso trabajar con él lavando limusinas, con el anzuelo de que así tendría su propio carro.

Aceptó y su nuevo jefe empezó a difundir el mensaje de que para él trabajaba un buen tipo que, además, “tenía métodos mágicos para manejar perros”. Los animales fueron llegando hasta que Millán se independizó y abrió su academia. El boca a boca llegó hasta Jada Pinkett, la esposa de Will Smith. No sabía quién era ella, pero acordó una cita en su casa para atender a sus mascotas. Timbró y quien abrió la puerta fue el célebre actor que tantas veces había visto en la pantalla. ¡Guau!

La pareja tenía dos rottweiler incontrolables que Jay Leno les había regalado. Quedaron tan impresionados con su talento que no sólo lo recomendaron con sus amigos de la élite de Hollywood –Ridley Scott, Michael Bay, Barry Josephson y Vin Diesel–, sino que lo apadrinaron. Jada le pagó clases intensivas de inglés durante un año. “Yo vivía en un lugar de bajos recursos donde estaban todas las pandillas. Pero me llegaban perros de Beverly Hills y de Bel Air, algunos en limusina. Nunca hice comerciales ni nada de eso, pero me empezaron a llegar cartas de Canadá, Inglaterra, Irlanda y Escocia y llamadas de Nueva York”, cuenta él, quien pese a ser ilegal se volvía cada vez más popular (logró la residencia oficial en el 2000 y en marzo de este año obtuvo la nacionalidad estadounidense).

Su negocio comenzó a florecer y se consolidó en el Centro de Psicología Canina, en un antiguo polígono industrial. Tras una entrevista publicada en la edición dominical de Los Ángeles Times en la que aseguró que le encantaría tener un show de televisión, Millán pasó de ser el adiestrador de los famosos a fse independizó y abrió su academia. El boca a boca llegó hasta Jada Pinkett, la esposa de Will Smith. No sabía quién era ella, pero acordó una cita en su casa para atender a sus mascotas. Timbró y quien abrió la puerta fue el célebre actor que tantas veces había visto en la pantalla. ¡Guau!

La pareja tenía dos rottweiler incontrolables que Jay Leno les había regalado. Quedaron tan impresionados con su talento que no sólo lo recomendaron con sus amigos de la élite de Hollywood –Ridley Scott, Michael Bay, Barry Josephson y Vin Diesel–, sino que lo apadrinaron. Jada le pagó clases intensivas de inglés durante un año. “Yo vivía en un lugar de bajos recursos donde estaban todas las pandillas. Pero me llegaban perros de Beverly Hills y de Bel Air, algunos en limusina. Nunca hice comerciales ni nada de eso, pero me empezaron a llegar cartas de Canadá, Inglaterra, Irlanda y Escocia y llamadas de Nueva York”, cuenta él, quien pese a ser ilegal se volvía cada vez más popular (logró la residencia oficial en el 2000 y en marzo de este año obtuvo la nacionalidad estadounidense).

Su negocio comenzó a florecer y se consolidó en el Centro de Psicología Canina, en un antiguo polígono industrial. Tras una entrevista publicada en la edición dominical de Los Ángeles Times en la que aseguró que le encantaría tener un show de televisión, Millán pasó de ser el adiestrador de los famosos a famoso adiestrador. “El lunes siguiente había productores en el lugar para ver de qué iba a ser el show”, señala entre risas.

National Geographic haló el collar y desde el 2004 produce su serie Dog Whisperer, transmitida desde hace un año en América Latina los martes en la noche por Animal Planet, bajo el nombre de El encantador de perros. Hoy, a sus 40 años, Millán preside un imperio que incluye su programa –presente en 83 países y nominado dos veces al Emmy Award–, tres libros que han estado en los listados de bestsellers en Estados Unidos, varios DVD, productos especiales para mascotas y una fundación que acoge perros abandonados o maltratados. Su fama es tal que apareció en un episodio de las series South Park y Bones.

En sus shows aborda casos de animales problemáticos y acude a las casas de los propietarios para tratarlos en su ambiente. La clave de su método es “el poder de la manada”, es decir, la influencia positiva que ejerce un grupo estable de canes en un perro desequilibrado. Cuando el problema es leve, acude solo; cuando es grave, llega con unos cuantos de su manada, y cuando es severo se lleva al paciente a su centro, donde conviven pacíficamente cerca de 40 perros.

Aunque en la mayoría de ocasiones los propietarios juran que el problema es sólo de sus mascotas, Millán sabe que la historia es otra. Y su olfato resulta infalible. “Cuando llego a una casa, el dueño me dice una historia, pero el perro me cuenta la realidad. Ellos expresan de una forma canina lo que uno siente, son nuestros verdaderos espejos”, explica este sabueso.

De ahí que su lema sea “rehabilitar perros y adiestrar personas”. Poco después de llegar a la gran potencia se dio cuenta de que su misión no sería criar más rintintines ni lassis, sino restablecer el equilibrio natural de los canes con diversos traumas y manías, derivadas de los malestares y errores de sus amos. “Estados Unidos tiene los perros más mimados del mundo, pero claramente no son los más felices” porque sus propietarios se exceden en afecto, imponen poco ejercicio y disciplina y tienden a tratarlos como hijos y no como animales. “Mi caso más difícil siempre es la gente, no el perro. Se toma mucho tiempo para que una persona entienda que su perro no es humano. Y muchas veces el obstáculo es que el dueño no quiere que el perro sea perro”, confiesa.

El lenguaje universal, el que llega a todas las especies, se llama energía, y la energía –que nunca miente– es el idioma de las emociones. Para ser el líder de la manada hay que proyectar una energía firme y tranquila, pero hasta los más poderosos pueden flaquear. Eso le ocurrió con Oprah Winfrey. En su trabajo era la mujer imponente y serena, pero en la intimidad su imperio de fortaleza solía derrumbarse al cruzar el umbral de su casa porque sucumbía fácilmente ante las manipulaciones con batidos de cola de su pequeña Sophie, una cocker spaniel peligrosamente posesiva. Sin el menor resquemor le dijo a Millán que la amaba tanto como si la hubiera parido ella misma, y esa confesión desató otra que dejó atónita a la presentadora que, según la revista Forbes, vale millones de dólares y está entre las diez más influyentes del mundo: “No te estás mostrando como una líder”, le dijo él.

Para su sorpresa, muchos de los amos son poderosos de personalidad tipo A. La mayoría acude a las mejores universidades, son profesionales sobresalientes en sus áreas y hasta manejan el mundo, pero sus mascotas les quedan grandes.

De la mano del encantador de perros, Sophie aprendió a ser una criatura sumisa, sometida y relajada –como deben ser todos, según Millán– y siguió los tres principios básicos para la felicidad canina: ejercicio, disciplina y afecto, en estricto orden. Cuando esa correlación se altera, vienen las complicaciones y los complejos de culpa que los amos tratan de expiar con masajes, aromaterapias, comidas exclusivas, tratamientos de belleza y otro sartal de consentimientos perrunos costosos y ridículos. “Este tipo de apapachos habría que dejarlos para perros balanceados emocionalmente, pero la verdad es que esos centros o spas caninos son más para los humanos. Es la forma de quitarse la culpa por no darles a sus mascotas lo que realmente necesitan”, indica.

Bo, por ejemplo, el perro de agua portugués que tiene embobada a la familia Obama, no tiene ni idea de que su amo es el presidente de una superpotencia, que vive en la Casa Blanca y que sus travesuras han sido las más contadas y fotografiadas de can alguno en el planeta. Esas minucias le tienen sin cuidado. Hasta el momento es un cachorro libre de complejos que sólo quiere comer, jugar y dormir. “Pero es bien importante que el Presidente, su esposa y las niñas entiendan lo que es la simplicidad del liderazgo, del ejercicio, la disciplina y el afecto”, insiste Millán, para quien es claro que las reglas y los principios hacia los canes son aplicables entre los humanos. “En los negocios es muy importante y en la cuestión política también. Estoy trabajando duro para que los políticos entiendan lo que es el liderazgo animal frente al humano, para que comprendan que en los animales el líder trabaja para su manada y no para sí mismo”.

Aunque muchos están de acuerdo con ese contundente sentido de liderazgo que debe prevalecer en la relación hombre-animal, muchos le critican sus métodos represivos para lograrlo. “No pienso que un perro feliz sea el sumiso y sometido, como sostiene Millán, porque eso anula su brío, su autoestima y su brillo natural”, asegura el colombiano Germán Villa, entrenador profesional y competidor en concursos internacionales de agility y obediencia. “Es reprochable que sus perros siempre tengan la cola entre las piernas. Si él participara en estos torneos lo descalificarían de entrada”, añade.

No en vano, contra El encantador de perros cursan varias demandas por maltrato animal, entre ellas, la que interpuso el productor de televisión Flody Suárez en el 2006 porque su labrador mostró señales de ahogamiento y fatiga severa horas después de haberlo dejado en el centro de Millán. Él se defiende: “Yo no estaba ahí, me demandaron porque el lugar es mío, pero yo no agarré al perro, ni lo toqué”. Aun siendo todo un alfa, también tiene sus miedos y frustraciones: sufre al volar y le apena no haber logrado que su padre se desprendiera del machismo mexicano que él mismo heredó y que causó estragos en sus primeros años de matrimonio.

Pero como les ocurre a sus clientes, sus perros fueron la salvación. “Mi equilibrio se lo debo a los perros. Haber experimentado el amor condicional se lo debo a los perros, así como, de niño, mi capacidad para superar la soledad. El hecho de entender a la familia se lo debo a los perros, y ellos me han ayudado a aprender a ser un mejor y más equilibrado líder de la manada con mi mujer y mis hijos”.