Cita a ciegas con la comida

Dana Salisbury se inventó en N.Y un restaurante en el que se come con los ojos cerrados. Mezcla de gastronomía sensorial y experimentación artística.
Cita a ciegas con la comida

Dicen que se corre el riesgo de perder la cordura y la etiqueta. Que seguramente además de extraviar la noción del tiempo y el espacio, debido a la absoluta oscuridad, las texturas, los sabores y los olores que se desprenden de la mesa permitirán, a quienes vivan esta experiencia, conectarse con el auténtico gusto del buen comer.

El llamado Dark Dinning es una cita a ciegas con el sabor. La idea, concebida por Dana Salisbury, una reconocida bailarina y artista plástica neoyorquina, nació hace un poco más de cuatro años cuando se lo ocurrió, a manera de terapia artística, despojar completamente del sentido de la vista a los invitados a una cena. ¿El objetivo? Abstraerlos de su entorno y bombardearlos con una meticulosa y diversa lluvia de sabores, olores, texturas y sonidos. “Estaba coreografiando un proyecto de danza contemporáneo basado en la percepción no visual, cuando durante el descanso comencé a pelar una naranja; al quitarle la cáscara los jugos me saltaron en los ojos dejándome ciega por unos instantes. Cuando me di cuenta estaba sumergida en el sabor y la textura de la fruta. Así comenzó este viaje, explica Dana, quien diseñó el primer Dark Dinning Experience en un pequeño restaurante del bajo Manhattan. Meses más tarde incorporaría todo el concepto artístico que hoy la tiene a la vanguardia.

Esta simple idea se ha transformado en una tendencia en la escena gastronómica neoyorquina. Un éxito que se debe en gran parte a la creatividad de su concepto. La hora del inicio es exacta, los comensales deben llegar a la dirección indicada dispuestos a sumergirse en esta exploración culinaria. Luego de unas palabras de orientación, los asistentes son vendados con antifaces. Una única y muy importante instrucción les es impartida: “¡No podrán quitárselos en ningún momento y por ningún motivo!”. Como dice Dana, cuanto más tiempo se pase en la penumbra, mayor grado de sensibilidad alcanzarán los demás sentidos.

Una vez dispuestos, uno por uno son llamados para ingresar al restaurante, del cual nunca conocerán su interior. Con la ayuda del grupo de apoyo, todos son llevados a sus respectivas mesas. Allí, el primer proceso de reconocimiento se inicia. Las manos comienzan a deslizarse por la mesa chocando con las copas y los platos aún vacíos. La curiosidad por conocer el lugar y los objetos que los rodea hace que los invitados asuman actitudes que nunca se atreverían a adoptar. Luego de una copa de Prosseco italiano, llega los más esperado de la noche: la comida. “Ninguno de los invitados conoce lo que ha de comer hasta el final de la cena, el menú es secreto y sólo es revelado al terminar la noche en un sobre sellado. La idea es que el descubrimiento sea un proceso colectivo”, explica Dana.

Pasan unos segundos para que la textura de las muelas de cangrejo empanizadas, servidas como entrada, desaten la locura colectiva. Expresiones de goce y euforia se esparcen por el lugar mientras los platos son llevados a la cara en busca de ese contacto íntimo con el aroma y sabor de esos desconocidos trozos de alimento. Los comensales murmuran entre ellos sobre la identidad de lo que está sobre sus platos. De inmediato son bombardeados por una melodiosa pieza de contrabajo que hace que el momento aumente en delirio. “Escogemos meticulosamente el performance musical que ha de acompañar nuestro menú. La música, el licor y la comida son concebidas como un pieza de arte inseparable”, añade Dana. Entre sus números tiene pianistas, cantantes de ópera, bailarines de tap, incluso hasta grupos de beat box.

Llega el plato fuerte. Jugosos trozos de venado en una salsa de coñac sobre un risotto amarillo llenan de emoción a los comensales, quienes nuevamente entran en la euforia por descubrir con su tacto, olfato y gusto lo que están por llevarse a la boca. Han pagado 130 dólares por el puesto y están entregados al experimento. Caricias, besos y susurros se toman cada mesa del recinto. “Es increíble ver cómo la gente pierde las convenciones sociales, la timidez y la etiqueta cuando se está a oscuras, este es el objetivo del Dark Dinning: romper todos los esquemas”, afirma Josie, una fanática del Dark Dinning que ahora hace parte del grupo artístico.

La mayoría sumerge sus dedos en el plato en busca de ese último trozo de sabor en medio del rítmico compás del contrabajo. Luego, un crujiente suflé de cerezas con almendras llega como sobremesa para dar la estocada final. Después del puscafé y aún con los ojos vendados, todos salen del lugar de vuelta a la realidad, eso sí, sin poder ocultar la emoción de lo que acabaron de vivir. “Fue puro placer y goce, como si el mundo se abriera ante mí de una forma muy íntima. Comer a omente el performance musical que ha de acompañar nuestro menú. La música, el licor y la comida son concebidas como un pieza de arte inseparable”, añade Dana. Entre sus números tiene pianistas, cantantes de ópera, bailarines de tap, incluso hasta grupos de beat box.

Llega el plato fuerte. Jugosos trozos de venado en una salsa de coñac sobre un risotto amarillo llenan de emoción a los comensales, quienes nuevamente entran en la euforia por descubrir con su tacto, olfato y gusto lo que están por llevarse a la boca. Han pagado 130 dólares por el puesto y están entregados al experimento. Caricias, besos y susurros se toman cada mesa del recinto. “Es increíble ver cómo la gente pierde las convenciones sociales, la timidez y la etiqueta cuando se está a oscuras, este es el objetivo del Dark Dinning: romper todos los esquemas”, afirma Josie, una fanática del Dark Dinning que ahora hace parte del grupo artístico.

La mayoría sumerge sus dedos en el plato en busca de ese último trozo de sabor en medio del rítmico compás del contrabajo. Luego, un crujiente suflé de cerezas con almendras llega como sobremesa para dar la estocada final. Después del puscafé y aún con los ojos vendados, todos salen del lugar de vuelta a la realidad, eso sí, sin poder ocultar la emoción de lo que acabaron de vivir. “Fue puro placer y goce, como si el mundo se abriera ante mí de una forma muy íntima. Comer a oscuras es algo que nunca antes había vivido. Fue nuestro menú. La música, el licor y la comida son concebidas como un pieza de arte inseparable”, añade Dana. Entre sus números tiene pianistas, cantantes de ópera, bailarines de tap, incluso hasta grupos de beat box.

Llega el plato fuerte. Jugosos trozos de venado en una salsa de coñac sobre un risotto amarillo llenan de emoción a los comensales, quienes nuevamente entran en la euforia por descubrir con su tacto, olfato y gusto lo que están por llevarse a la boca. Han pagado 130 dólares por el puesto y están entregados al experimento. Caricias, besos y susurros se toman cada mesa del recinto. “Es increíble ver cómo la gente pierde las convenciones sociales, la timidez y la etiqueta cuando se está a oscuras, este es el objetivo del Dark Dinning: romper todos los esquemas”, afirma Josie, una fanática del Dark Dinning que ahora hace parte del grupo artístico.

La mayoría sumerge sus dedos en el plato en busca de ese último trozo de sabor en medio del rítmico compás del contrabajo. Luego, un crujiente suflé de cerezas con almendras llega como sobremesa para dar la estocada final. Después del puscafé y aún con los ojos vendados, todos salen del lugar de vuelta a la realidad, eso sí, sin poder ocultar la emoción de lo que acabaron de vivir. “Fue puro placer y goce, como si el mundo se abriera ante mí de una forma muy íntima. Comer a oscuras es algo que nunca antes había vivido. Fue realmente fascinante” asegura Julliette, una turista alemana que hacía meses había hecho su reserva para no perderse la oportunidad de vivir el Dark Dinnig en carne propia.

Una vez cae la noche y se cierra el restaurante, el trabajo continúa para Dana. Ella, junto a su chef, músicos y demás colaboradores, inicia los preparativos para el próximo encuentro. El proyecto, que ha sido galardonado por el programa “Arte más allá de la vista” del Museo Metropolitano de Nueva York, se lleva a cabo cada quince días en distintos restaurantes de la Gran Manzana como el Camaje Bistro (Lower East Side) y el Abigail Café (Brooklyn), así como restaurantes de otras ciudades estadounidenses. Y claro, también en algunas de Europa. Dana llevará su espectáculo a Dublín y a Berlín a mitad de año, y los asientos ya están vendidos.

Temas relacionados