El chef de los excéntricos

Dieciocho personas sentadas en una mesa rectangular miran una obra de teatro en un escenario. De repente, uno de los actores baja de la tarima y se sienta en la mesa con los espectadores. Enseguida aparecen los meseros con bandejas de comida que disponen sobre la mesa. Todos empiezan a comer. Incluso el actor.
El chef de los excéntricos

El particular acontecimiento es tan solo un ejemplo de los montajes que Daniel Castaño y Michael Cirino organizan dos o tres veces al mes. Cada performance es una experiencia original e irrepetible.

El par de ingeniosos personajes son dos amigos que montaron un supper club (algo así como un club de cena) después de darse cuenta de que sus encuentros de domingo terminaban convertidos en pretextos para cocinar y comer platos exquisitos.

Cada domingo, Daniel y Mike se reunían en la casa del gringo extravagante –así lo describe Daniel– a jugar bocce mientras tomaban vino y cocinaban. Daniel siempre había tenido una afición por la cocina. Había estudiado en el French Culinary Institute en Nueva York, y trabajado una temporada en un restaurante de tradición familiar en un pueblo catalán en España; y también trabajó bajo el mando de uno de los chefs estadounidenses más importantes: Mario Batali. Cocinar era para Daniel algo natural.

De pronto sus tardes domingueras se crecieron y todo comenzó a girar en torno a la cocina. Con días de anticipación, convocaban a través de internet a sus amigos y con una pequeña cuota compraban los ingredientes. La preparación se transformó, cuando menos lo esperaban, en un acontecimiento social que les permitó conocer una enorme cantidad de gente en una ciudad como Nueva York en donde las relaciones sociales son especialmente difíciles.

A través del blog, que fue bautizado A Razor, A shine Knife, convocaban a la gente y documentaban las reuniones. Poco a poco más personas se sintieron atraídas y los encuentros exigieron cada vez más locos montajes.

Sin quererlo, habían iniciado un movimiento de restaurantes underground. Tanto que algunos de sus amigos inventaron sus propias versiones de estos encuentros.

A veces el encuentro gira en torno a un ingrediente, ocho platos en los que el durazno es el protagonista: entrada, sopa, plato fuerte, postre, salsas… Otras veces, en torno a un color: un loft blanco, la vajilla blanca, todos vestidos de blanco. En alguna ocasión viajaron a una finca a una cacería de jabalíes a las afueras de Nueva York, en donde los asistentes pudieron hacer parte de la caza de su plato.

El montaje es una experiencia teatral en la que cada asistente debe cumplir una función. Mientras unos pican, otros lavan. Los asistentes, que suman entre 16 y 20 personas, pagan una cuota que depende de la magnitud del evento y con la que apenas se cubren los gastos. Comer bien sin necesidad de las formalidades de un restaurante, en un espacio íntimo y casual, y con la camaradería de distintas personas que en su mayoría tienen entre 20 y 30 años de edad, terminó por atraer a decenas y decenas de comensales que querían algo más que sentarse a una mesa a saborar los platos de una carta rigurosa.

Sin embargo, en A Razor no se improvisa. Aunque las reuniones se organizan en su mayoría con solamemte una semana de anticipación, no se deja nada al azar. Daniel, curiosamente, es ingeniero mecánico, y asegura que lo que aprendió lo aplica en la cocina. “La ingeniería me enseñó a pensar y a solucionar problemas”. Por eso, cuando quiso cocinar un lomo de jabalí con piel de pato investigó la forma para elaborarlo. Y no descansó hasta conseguirlo. Encontró cómo las grandes industrias aplican la física y la química para elaborar salchichas y embutidos, y así consiguió elaborar su particular híbrido en la pequeña cocina de Mike en Brooklyn.

Por estos días, uno de sus amigos trata de crear el último encargo de Daniel y Mike: una olla exprés que cocine en frío.

Mientras organizan el encuentro anual de Pig Roast, en donde el plato principal es un enorme cerdo que requiere 17 horas de cocción y alcanza para unas 60 personas, los chefs contemplan la idea de hacer un performance cuyo tema central sean los juegos de palabras. Vaya uno a saber cuál es el plato principal, pues para ellos no hay reto que sea imposible.

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