El hogar de Catalina Casas

La directora de la galería Casas Riegner vive del arte y por el arte. Admite que es monotemática y que incluso en los viajes que no son de trabajo, tiene que visitar al menos una exposición.
El hogar de Catalina Casas

La primera obra de arte contemporáneo que compró Catalina Casas, directora de la galería Casas Riegner, fue un cuadro de Pedro Ruiz con mariposas amarillas que llevaban grabadas en sus alas los primeros párrafos de Cien años de soledad. La adquirió cuando aún era directora de la revista Jet-Set y todavía no sabía que iba a terminar viviendo del arte.

Pero el destino se encargó de llevarla por un camino que ya parecía trazado: Catalina nació en un ambiente artístico (su papá, el ex ministro Alberto Casas, era coleccionista; su mamá, Ellen Riegner, fotógrafa y artista) y creció recorriendo las galerías más importantes de Nueva York y Ciudad de México. Por eso resultó inevitable que, pese a estudiar Ciencias políticas y ejercer durante algunos años el periodismo, terminara dedicándose a lo que antes era su pasión y ahora es su vida.

Cuando se casó, hace ya más de una década, empacó maletas y se fue a vivir a Miami. Allí nació la idea de abrir la galería que más tarde sería conocida en Bogotá con el nombre de Casas Riegner. “Era un buen momento –dice y sonríe– porque entonces la ciudad era un foco de atención: había muchos ojos puestos en ella pero nadie lo sabía. La escena del arte era perfecta. Creo que abrirla en ese preciso momento ha sido el mayor acierto que hemos tenido”.

Poco a poco fue haciendo contactos, forjándose un nombre. “Si hubiera sabido en lo que me estaba metiendo, tal vez no lo habría hecho –dice, categórica–. Lo que pasa es que para este oficio hay que saber mucho y yo lo aprendí en el proceso. Pero diez años más tarde los resultados son más que favorables; además, siempre supimos que este era un proceso a largo plazo”.

Hoy la Casas Riegner es una galería que cuenta en sus filas con varios artistas importantes. Aún así, Catalina continúa trabajando en una tarea titánica: “Me he puesto como misión en la vida que al arte de acá se le dé la importancia que nunca ha tenido”, dice.

Por eso, quizás, su propia casa es una galería: hay dos obras de la bogotana Johanna Calle (en una de ellas, que hace parte de la muestra Laconia, Calle transcribió al derecho y al revés la novela El proceso, de Kafka, y bifurcó varios de los renglones); otra, de Gabriel Sierra, hecha con madera e imanes que le permiten adquirir distintas formas; una de la libanesa Mona Hatoum –que considera una de sus artistas favoritas– y varias más de jóvenes artistas nacionales y extranjeros. El apartamento, amplio y con una decoración minimalista, tiene una terraza con asador; adentro, junto a la sala, un pequeño estudio con un mueble lleno de libros de arte. Encima de la mesa de la sala hay uno de la artista serbia Marina Abramovic y una cartera en porcelana que parece de verdad. “Yo no tengo Louis Vuitton, sino Luis Botones”, cuenta divertida.

Y es que el arte es todo en su vida, confiesa. Incluso admite que a veces se vuelve monotemática: quiéralo o no, todas sus conversaciones y actos giran en torno al mismo tema. Si va de viaje –ahora acaba de llegar de São Paulo–, tiene que visitar una galería. Empaparse del tema. No es casualidad que su ciudad favorita sea Nueva York (donde está el MOMA), y por eso trata de visitarla, como mínimo, dos veces al año.

En ocasiones tantos viajes le quitan tiempo para estar con sus tres hijas y por eso cuando regresa suele dedicarles toda su atención. Tiene una ventaja: maneja su propio tiempo, no tiene que cumplir un horario ni rendirle cuentas a nadie. “Trato de ser tan intensa de madre como lo soy con el arte –dice–. Ayer, por ejemplo, estuvimos juntas todo el tiempo porque me entró estrés de estar tantos días en Brasil sin verlas”.

Su relación con ellas es tan estrecha como la que tenía con su madre, Ellen Riegner de Casas, fotógrafa y artista que murió de cáncer en 2002. Y precisamente por haber sufrido de cerca la enfermedad, por haber sentido el dolor, Catalina hace parte activa de la fundación Ellen Riegner, que lleva ya casi una década ayudando a quienes sufren de este mal. “Mi mamá siempre estuvo muy preocupada porque enfrentó el cáncer de manera, digamos, muy privilegiada. Se moría de saber que la gente salía de una quimioterapia y no tenía para coger un bus. Eso para ella era inconcebible. Por eso lo que hacemos en la fundación es darle dignidad al paciente”.

Ambas, madre e hija, viajaron juntas a muchos lugares. Compartieron decenas de momentos. “Esa mujer fue increíble. Como era fotógrafa me daba clases, pero la verdad yo soy pésima para las fotos. ¡Ya se me olvidó todo lo que me enseñó!”, dice. Lo suyo es el arte, está claro. Y todo lo que tenga que ver con el tema. Incluso sus lecturas siempre van por ese lado, así no lo toquen de manera directa: “Ahora estoy encarretada con las lecturas de los artistas –cuenta–. Busco detectar qué libros leen para inspirarse en sus obras y me meto en ellos”.

Catalina no desampara su Blackberry un minuto; de hecho, un par de veces interrumpe la conversación para contestar llamadas y hablar de arte, por supuesto.

—¿Vas a ir a la subasta de esta noche? –pregunta con el teléfono al oído.

Luego regresa, se sienta, sonríe. No parece estar muy cómoda con la conversación; es como si, al final, no le gustara ser protagonista. Entonces se escuda en el arte, de nuevo: “El panorama actual es increíble –concluye–. La gente está empezando a hablar de los artistas colombianos y están invitándolos a participar en proyectos de primera. Todavía falta muchísimo, pero seguiremos mejorando”.

Lo dice Catalina. Y hace creer, de paso, que sí es posible vivir del arte.