Emilio Moncayo y su duro regreso a la vida

En sus primeras horas de libertad Pablo Emilio Moncayo celebró el cumpleaños de su hermanita, tocó guitarra y recibió mensajes de sus admiradoras.
Emilio Moncayo y su duro regreso a la vida

Pero todavía no ha podido sacar el dolor acumulado. Gustavo Moncayo se siente desnudo sin las cadenas que durante tres años y siete meses cargó en sus muñecas y aún no se acostumbra a vestir una prenda distinta a las camisetas estampadas con la fotografía de su hijo Pablo Emilio. De hecho, tuvo que comprar unas franelas blancas porque no tenía más que ponerse. Son muchas cosas nuevas para él y su familia. Y a pesar de la ansiedad retenida durante doce años para tener entre sus brazos a su único hijo varón, no atina a hacer planes para los dos. Sólo le ha dado regalos: una cámara fotográfica digital, su computador personal, una guitarra y un charango virgen que espera en la casa de Sandoná.

Es como empezar de nuevo. Su vida, como la de su hijo, quedó atrapada en el tiempo: sin cumpleaños, sin vacaciones, sin días del padre o de la madre, sin navidades. No sabe qué le depara el futuro, sólo que ahora debe pagar la hipoteca de la casa y las deudas que le dejó su lucha por la libertad. No hay muchos planes, sólo el convencimiento de que el tortuoso pasado quedó atrás, en la maraña de la selva, y ningún miembro de la familia Moncayo Cabrera está interesado en removerlo.

Por ahora sus energías se concentran en hacer más suave el aterrizaje de Pablo Emilio en la dura realidad de la “civilización”, que resultó cargada de amenazas y de incomprensión. Sus primeras palabras en libertad no cayeron bien en ciertos círculos, y tal vez por eso sus padres tomaron la decisión de mantenerlo aislado de los medios. “Hay muchos periodistas malintencionados”, dice con dolor María Estela, la mamá del sargento. Ni ella ni su esposo entienden qué mueve a las personas a proponer en facebook la muerte de un hombre que perdió doce de sus mejores años enjaulado y encadenado en lo profundo de la selva.

La familia está impactada con la madurez y sabiduría que ha mostrado Pablo Emilio. En su corazón no hay odio ni rencor hacia sus captores. Está tratando de liberarse del pasado y ni siquiera las recientes amenazas logran desequilibrarlo. “Debemos confiar en Dios”, les repite a sus papás y les cita pasajes de la Biblia que pretende aplicar a cada momento. Y los recita casi de memoria porque la leyó durante la mayor parte del cautiverio.

Fue grande la sorpresa que se llevó el profe Moncayo cuando descubrió que la Biblia que leyó y releyó su hijo en sus eternas horas de soledad fue la misma que él y un grupo de madres de soldados y policías le enviaron a Manuel Marulanda Vélez, en 2000, convencidos de que lograrían conmover al jefe guerrillero para que les diera la libertad. No saben cómo, pero ese libro grande, nuevo, con las firmas de las mamás de sus compañeros, llegó a manos de Pablo Emilio y se convirtió en su mayor aliado en la lucha por mantenerse cuerdo.

“Yo quisiera renunciar a mi nacimiento, llegar al punto de maldecir ese día, pero no puedo dejarme llevar por el dolor y el sufrimiento. Jesús: transforma en calma el caos en que se ha convertido mi alma”, decía Pablo Emilio en una carta que, al parecer, escribió después de recibir la Biblia.

Después de varias horas de conversación, interrumpidas por exámenes médicos y terapias psicológicas en el Hospital Militar, los Moncayo descubrieron que la oración los mantuvo conectados. “Él dice que sentía una fuerza interior y se refugiaba en los libros que le hicimos llegar, oraba y se fortalecía. Por la misma época en la que Pablo Emilio se enterró una estaca en un pie y soportaba en silencio el dolor, yo sentí el arranque que me llevó a iniciar la caminata contra la voluntad de mis hijas y mi esposa. Mi hijo no les demostraba dolor ni temor a los guerrilleros y se negaba a recibir su ayuda. Y yo seguía con el impulso de no parar hasta regresar a casa con Pablo Emilio”.

Tal vez por esa misma conexión, el profe Moncayo se negaba a recibir medicamentos para sobrellevar la pena del secuestro. Quería estar en las mismas condiciones de Pablo Emilio. Mientras tanto, su hijo acudía a las hierbas y la tradicional “saliva en ayunas” para salvar su pierna de la pesada cadena que apretaba sin piedad. No quería pedirles nada a sus captores.

Pablo Emilio no ha contado mucho de las duras condiciones del secuestro y sus papás no quieren preguntar, prefieren no saber. Los tres creen que esa convicción de no odiar y mirar hacia adelante les facilitará la vida. Ahora hay cosas más importantes. Ya celebraron el cumpleaños número cinco de Laura Valentina, la hermanita menor que lo inspiró a escribir poemas y lo impulsó a no desfallecer.

Las horas se les van en hablar, reír y estremecerse con cada recuerdo, como el domingo de Pascua cuando al son de la guitarra y el charango entonaron las canciones que cantaban cuando eran niños en la casa de Sandoná. Pablo Emilio las cantó todas con especial sentimiento y hasta rasgó las cuerdas de la guitarra. Comprobó que había recuerdos que permanecían intactos y evocó a sus hermanas menores, a las mujeres que él había jurado cuidar y hacer respetar porque era el hermano varón.

Nora Elena y Yuri Tatiana ya son adultas. No las vio crecer ni las pudo proteger. Pero ahora son ellas las que pasan con él las noches de chisme y tertulia en el hospital. Y le llevan furtivos mensajes de amor de las chicas de Sandoná que se enamoraron del héroe. Y son ellas las únicas que lo han visto llorar por el sufrimiento de sus papás, por las afugias económicas que han pasado, por la batalla que libró su papá por medio mundo. Con ellas ha logrado sacar esas lágrimas que, según contó en sus cartas, de tanto usar ya se negaban a salir.

Ahora el sargento quiere estudiar, ser médico o ingeniero y está pensando en la casita que el Estado le debe entregar por los años de servicio al Ejército. No habla del retiro y hace planes como los hizo durante el cautiverio: “Quiero dejar este estado vegetativo, yo sé que tengo un potencial muy grande para ponerlo al servicio de mi pueblo”, les decía a sus familiares en una carta.

Al cierre de esta edición, el sargento Pablo Emilio estaba a punto de regresar a Sandoná, ansioso de conocer la casa que él había prometido construir con el sueldo de soldado. Allí, en su cama, su mamá le tiene una cobija nueva y un cojín que tejió en punto de cruz. Su único deseo, confiesa María Estela, es simple: quiere prepararle un cafecito y sentarse a charlar con él sin interrupciones, con el tiempo suficiente para hablar de literatura, de los libros que leyó en cautiverio, para seguir escuchando sus historias increíbles de los animales que conoció en la selva, de la lora que roncaba mientras dormía en su hombro con un ojo abierto y el otro cerrado. Quiere acompañarlo en silencio en ese proceso delicado y asombroso de “abrir las alas para volar otra vez”.