Ernesto Samper y el costeño que lleva dentro

Su gusto por las fiestas, los rituales y los sabores de la Costa colombiana son una declaración de amor del ex presidente a la tierra donde le habría gustado nacer.
Ernesto Samper y el costeño que lleva dentro

Cuando Ernesto Samper observa el atardecer bajo un palo de mango con un vallenato de fondo y el mar Caribe cerca, experimenta algo muy parecido a la felicidad. Aunque la sangre costeña le corre por la venas, gracias a la herencia de su abuela paterna (una mujer oriunda de Riohacha), fueron sus viajes a La Guajira los que le robaron para siempre el corazón. Allí pasó sus primeras vacaciones y conoció el mar cuando apenas era un niño de 8 años. "Fue una cuestión de idiosincrasia. Mi manera de ser alegre y descomplicada me acercó desde hace tiempo al talante costeño".

Como lo dice su hermano Daniel: "A diferencia de muchos políticos que consideran ‘inevitable' el baño de popularidad en lugares de la Costa, Ernesto de verdad se siente a gusto en ellos. Su afición a la cultura costeña es genuina y de vieja data". Una afirmación que Ernesto remata así: "No presumo de ser costeño pero me habría gustado serlo totalmente".

Así es que a lo largo de toda su vida se ha dedicado a cultivar ese cariño por el Caribe colombiano, que en sus años de vida política y luego como presidente de la República alimentó con largos recorridos y una labor para tratar de devolverles a esas tierras una dignidad poco reconocida: "Hemos sido injustos con la Costa. Siempre estuvo desconectada del resto del país hasta que comenzó a producir termoelectricidad y nos acordamos de que existía". Pensaba que la idea que se tenía de esa región, solamente promovida por la televisión nacional, estaba llena de estereotipos y poca realidad. "En el interior no se sabía nada del béisbol ni del boxeo, para los cachacos los costeños eran corronchos".

La primera invitación al Festival Vallenato vino de la mano de Alfonso López Michelsen, a quien considera como uno de los verdaderos embajadores de la cultura costeña en Bogotá. Junto a él comenzó a disfrutar de esos versos cargados de nostalgia que le hicieron comprender que se trataba no solamente de una gran parranda: "Entendí que había mucho más de expresión cultural, de manifestación de un sentimiento colectivo, de una tierra de juglares".

Desde entonces los festivales han sido un compromiso inquebrantable, una cita de obligada asistencia en la que se entrega como un nativo más a disfrutar de ese legado cultural. O si no que lo diga Marta Blanco de Lemos, amiga del ex presidente y quien lo considera un cachaco con el gen costeño incorporado: "Ernesto tiene dos compromisos sagrados; uno es visitar a su mamá todos los miércoles, y el otro es ir al Festival Vallenato cada año".

Es uno de sus mayores placeres. Por eso se pone contento cuando se acerca la fecha de viajar a Valledupar: "Lo que hay que preparar es el hígado para resistir los tres o cuatro días de trago del Festival. Solamente debajo de un palo de mango con un Old Parr en la mano y escuchando el origen de las canciones de viva voz de los intérpretes, es como se aprende a disfrutar y conocer el vallenato". Un ritmo que no baila porque según él fue hecho para disfrutarlo de otra manera: "Me parece ofensivo bailarlo, el vallenato es para sentirlo, para escucharlo".

Claro que Daniel Samper tiene otra teoría acerca de los talentos de su hermano: "A diferencia de mí, el pobre no tiene oído para el merengue, ni paso elástico para la cumbia, lo que no hace menos meritorio su gusto por la música del Litoral".

Ernesto dice que aunque no es el mejor, sabe defenderse como un caballero: "Yo no bailo bien pero lo hago dignamente. Bailo todos los ritmos del país, si no no habría podido ser Presidente". Marta Blanco dice que quizás ese es el único rasgo que no heredó de los costeños, y que en las lides del baile lamentablemente lo hace como un cachaco. Para defender su honor, Ernesto está dispuesto a demostrar sus aptitudes: "Daniel presume de que tiene mejor oído y no es cierto. Estoy dispuesto a someterme a una competencia abierta pero con árbitros imparciales".

Aunque en la Costa disfruta las parrandas, su cariño por la región está compuesto de muchas más alegrías. Una de ellas es viajar a Cartagena, ciudad en la que tiene una segunda casa y en la que puede decir que juega de local. Allá aprovecha para disfrutar de la gastronomía caribeña y aislarse cuando quiere escribir algún discurso: "Cuando quiero inspirarme me gusta irme para Cartagena porque allá puedo caminar las ideas. Es el único sitio donde uno puede caminar los temas para luego escribirlos".

A pesar de la desigualdad tan marcada y una pobreza que está por encima del promedio nacional, lo emociona profundamente el sentimiento de solidaridad que persiste y cree que la región está vacunada contra la violencia por su manera de ser, por los rituales de sus carnavales, de su música. "Son costumbres que no son para evadir el trabajo sino para vivir de una manera distinta la vida. Los costeños son unos gocetas".

Como dice Marta Blanco: "Tiene mirada alegre y un gran sentido del humor", una forma de ser bonachona que lo acerca sin remedio al fulgor de los costeños y a su capacidad para hacer de cualquier situación una fiesta. No de otra manera habría podido soportar los cuatro años de gobierno bajo la carga pesada del proceso 8.000. Por eso aunque esté en Bogotá, si hay celebración en su casa siempre hay vallenatos. "Si no hay acordeón es como si no hubiera habido fiesta". ¿Se iría a vivir un cachaco como él a la costa? "Por supuesto que sí -dice-. Cuando cumpla 60". Y es que, además, está convencido de que los minutos tienen otra cadencia junto al mar.