Hernán Díaz en blanco y negro

Fue conocido como el fotógrafo del poder. Con sus retratos marcó una época y contó la historia del país.
Hernán Díaz en blanco y negro

Su muerte cierra un capítulo en la fotografía pero deja su propia marca: la de un hombre que seducía con su inteligencia y con su cámara. CROMOS fue a su casa en busca de la esencia que hizo que los personajes que él retrató hubieran quedado inmortalizados.

Lo dijo en varias ocasiones: “Mi vida está ahí, en mis fotos”. No escribió sus memorias pero las contó con sus imágenes. Se fue Hernán Díaz, el fotógrafo del poder, el retratista por excelencia que vivió intensamente los últimos 50 años del siglo XX y no dejó de sorprenderse en el comienzo del XXI. Caras, gestos, miradas y risas en blanco y negro son el legado de este hombre que contó parte de la historia del país fotografiando a la élite y a los miembros del poder.

El 5 de enero cumpliría 81 años. Bromeaba a veces con su edad y sabía muy bien que vivir no era una simple cuestión de números. Nació en Ibagué pero desde pequeño el mundo se abrió para él, primero en Europa y luego en Nueva York, según él “la capital del planeta, la única donde uno no se siente extranjero y a nadie le importa nada”. Cuando trabajó como auxiliar de vuelo hizo sus primeras fotografías, algunas con personajes famosos como Jorge Negrete y Libertad Lamarque, a quienes les robaba un momento, sin decirles nada, mientras bajaban del avión.

Su memoria prodigiosa le permitía contar sus comienzos y sus vivencias con los personajes más reconocidos del país. El cigarrillo, que por años lo acompañó a razón de dos cajetillas diarias, lo había traicionado, pero ni siquiera los males respiratorios que le dejó y que finalmente pararon su corazón el pasado 30 de noviembre, le quitaron su sentido del humor, el sarcasmo, un ego indoblegable, su orgullo y la capacidad de analizar el país sin temor a ser señalado.

Tampoco dejó de ser el hombre gruñón, con sabor a café en las mañanas, que se imponía. “Siempre lo fue, era totalitario. Era fuerte: ‘lo que yo digo es lo que se hace’ ”, afirma Rafael Moure, su compañero durante 53 años y también un cómplice de la vida, de las aventuras fotográficas de Hernán y hasta de las parrandas en la famosa “Colina de la deshonra”, en el barrio La Macarena de Bogotá, cuando estar con los amigos era el mejor pretexto para comenzar una fiesta.

De los tiempos de la ‘colina’ todavía andan los recuerdos por la ciudad, aunque algunos de sus protagonistas se fueron primero que él: Enrique Grau, Marta Traba, Eduardo Ramírez Villamizar, Feliza Bursztyn, Fanny Mikey y Eduardo ‘Chuli’ Martínez. “Le encantaba bailar, aunque no era buen bailarín. La música fue muy importante en su vida”, agrega Rafael. Podía pasar de Bach a los Beatles, y lo único que no sonó en su casa fue vallenato.

“Siempre quería compartir con todos la música, hace años empezamos a hacer unos casetes y luego discos para regalarles a los amigos en Navidad, como collages que contaran una historia, cada canción llevando a la otra. Escogíamos las canciones formando una armonía y muchas veces les metíamos efectos de sonido o ruidos de la ciudad. Además, llevaba una carátula inventada por nosotros. Para este año teníamos lista nuestra selección”, cuenta Rafael.

Hernán era un gran conversador, imponente sus criterios en tertulias y en discusiones álgidas, con un aire protagónico que reflejaba su alma de artista pero que pretendía disimular con modestia. Divo o vedette, todos lo sabían y él más que nadie. Decía que la gente le daba pánico y una reunión con más de diez personas le secaba la boca, quizás no quería perderse en la multitud. “No le gustaba porque no resistía que alguien brillara más que él”, dice Rafael en un tono jocoso.

También las evitaba para no tener que conocer personas que querían que él supiera que lo conocían. Hernán tenía ese poder de atracción pero sólo se dejaba seducir por algunos. “La primera impresión que me da una persona abre ya una puerta”, decía para justificar su estilo que conectaba su mente con la de su modelo, con alguien que trajera algo más que su cara y le permitiera ser su cómplice.

Por eso decían que Hernán sólo fotografiaba a los amigos y en sus sesiones la tensión del primer minuto podía convertirse en una charla intelectual para morirse de la risa. “Me encanta un amigo para no tener que escucharme sino escuchar a los demás, que llene un vacío”, decía. El resultado fueron fotos únicas con personajes del poder, el arte y la élite del país que sólo debían cumplir con un requisito para ser fotografiados: carisma.

Así lo hizo por casi 50 años, peleando también por ser libre, por los derechos de autor y por darle profesionalismo a su oficio. Alimentando otras pasiones: la lectura, el cine, su amor por los animales, estar informado, opinar, decir e imponer sus criterios. “Las noticias sobre la crueldad con niños y con animales le daban una ira santa y en los últimos meses estaba obsesionado con Hugo Chávez, le parecía un personaje nefasto”, recuerda Moure.

Llegada la noche, empezaba una hora especial, la del cine. Veía una película al día y Rafael era el proyeccionista oficial. Condiciones: sin violencia gratuita, crueldad o enfermos trágicos. “Si no le gustaba, se paraba y se iba”. Pero también se quedaba emocionado con el buen cine gringo, el europeo y clásicos que repetía como Casablanca y Lo que el viento se llevó.

En el día no dejaba de trabajar, tomó fotos hasta muy poco antes de su muerte y alternaba su pasión con el dibujo, la pintura, las cajitas que decoraba con collages y la escritura de textos a mano en cuadernos regados por toda la casa.

Este era el Hernán cotidiano, un viejo gruñón amante de las revistas, fiel a Vanity Fair, pésimo modelo que sólo posaba para Rafael –pero dando instrucciones– y de quien ahora hay que hablar en pasado como él lo hizo de sí mismo muchas veces, por el simple hecho de haber vivido casi un siglo y empezado el otro. Esa fue su vida y ahí están sus fotos.