Jaime Bermúdez, un canciller encantador

No lo sabe, pero llama la atención mucho más de lo que él quisiera. Su estilo reservado, su sonrisa franca y su imagen de universitario han hecho que no sólo sea la cara amable del gobierno. Él dice que la gente le tiene afecto, pero que todo es prestado.
Jaime Bermúdez, un canciller encantador

A las cinco de la mañana, el canciller Jaime Bermúdez se toma un tinto en el aeropuerto de Catam. Pantalón beige, zapatos de gamuza y un saco de lana que cubre, aunque no del todo, una guayabera blanca. Lo espera un avión CASA-212 de la Fuerza Aérea Colombiana que lo llevará a Cúcuta en más del doble de tiempo que un vuelo comercial. No ha salido el sol cuando el Ministro y un pequeño grupo de acompañantes suben a la nave.

- El canal cinco es el de la música -bromea el Canciller, al ponerse los protectores para los oídos. El avión despega y los protectores reducen apenas un poco el ruido infernal del motor. Hace frío, hay sueño, no sobra el oxígeno. Bermúdez se concentra en los documentos de trabajo que lleva en un fólder. Por algunos segundos cierra los ojos.

Dos horas después estará recibiendo aplausos de los alumnos de tres escuelas de Cúcuta -unos vestidos con trajes típicos, otros con carteles en la mano ("¡Bienvenido Canciller!"), muchos más que lo buscan entre la multitud ("¡Es ese, el más sencillito!")- a donde llegó para hacer entrega oficial de salas de informática y bibliotecas, como parte del Plan Fronteras. Le ponen medallas en el pecho. Él da discursos cortos, sin muchos adjetivos, y posa paciente para la foto ante decenas de celulares que lo acechan.

-Hay mucho afecto. Pero todo esto es prestado -dice, mientras se sube a una camioneta blindada.

Ahora tiene puesta una camisa de cuadros y manga corta (se cambió en la cabina del avión; la guayabera la dejó para después), y así parece más un profesor universitario. Hay algo en él que atrae como un imán y que es difícil de precisar. Causa cierta fascinación. Es un no sé qué, dicen algunas mujeres que se acercan a verlo. Puede que sea el pelo ligeramente despeinado, la mirada entrecerrada, su pronunciación medio enredada al hablar o esa sonrisa de confianza con la que da a entender que es agradable estar con él. El caso es que no pasa inadvertido. Es un tipo interesante, dicen, y se acercan para oírlo mejor. Que algún día lo saludaran llamándolo Canciller no estaba en su lista de planes. Menos que las mujeres lo buscaran para tomarse una foto a su lado.

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‘El Pollo'. Así le dicen desde niño y se lo debe a uno de sus hermanos mayores. Álvaro Bermúdez se ríe cuando recuerda el origen del sobrenombre. "Jaime siempre fue muy chiquito. Vino a crecer cuando iba en primer semestre de universidad. En el colegio se la montaban, pero él no se dejaba. Era pelioncito. Le pusimos ‘Pollo' y así quedó".

-¿Es decir que no siempre fue tan sereno como se ve ahora? -le pregunto al Ministro.

Sonríe y se va de su rostro ese ceño medio fruncido que suele acompañarlo y que a muchos les parece señal de mal genio (es más una maña que cogió al hablar).

-Yo peleaba mucho en el colegio -dice-. Me iba a los golpes por cualquier cosa y siempre ganaba. Pero un día uno me pegó más duro, y paré.

Se graduó en el Gimnasio de los Cerros, con la formación del Opus Dei. En la casa de los Bermúdez Merizalde -padre economista, mamá psicóloga, y cinco hijos: cuatro varones y una mujer- reinaba la disciplina. Desde niños se habituaron a horarios de estudio, a levantarse antes de las siete de la mañana (incluso en fines de semana), a tender la cama y quedarse en la mesa hasta terminar toda la comida, a trabajar en vacaciones y a ir a misa los domingos. Lo que más disfrutaba de niño eran los animales. El abuelo paterno tenía una finca en Armero, Tolima, donde jugaba con perros y aprendía a montar a caballo. Su papá, Francisco, era equitador y polista, dos aficiones que él heredó. Tenía 12 años cuando su papá murió de un tumor cerebral. Fue una agonía larga que -en el mismo año- se unió a la muerte de sus abuelos maternos y de otros tres familiares cercanos. "Ha sido el golpe emocional más fuerte" dice el Canciller. Y cambia de tema.

No le gusta hablar de su vida. Prefiere preguntas sobre el trabajo en las que se mueve con soltura. Lo otro le da pudor, dice, y suena sincero. No cree ser personaje de portada.

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Lo primero que pensó en estudiar fue Administración Agropecuaria -por los animales-, después tanteó la de Empresas y terminó por matricularse en Ingeniería Industrial. Cursó algunos semestres. Le gustó la física, pero no aguantó el cálculo algebraico. Al final se decidió por el Derecho. Se fue a Medellín a vivir en una casa del Opus Dei -la Casa Elarví-, y se matriculó en la Bolivariana. Cumplía con la disciplina rigurosa de la casa, donde recibía toda la formación teológica, pero la combinaba con otras actividades. En esos años de facultad conoció a la que hoy es una de sus amigas más cercanas, Claudia Jiménez, actual consejera presidencial. Con ella, y cuatro amigos más, creó los "Jueves Cívicos": lloviera o hiciera sol, todas las tardes de los jueves se iban a Llano Grande a montar a caballo, tocar guitarra y oír cantar -mal- a Jaime Bermúdez.

Alcanzó a pensar en ser numerario del Opus Dei. "Pero me di cuenta de que no iba con mi forma de ser y me salí". Personas muy cercanas siguen formando parte de la institución -su hermana vive en una casa de la obra; su mamá también pertenece a ella-, pero su decisión de salirse no generó ningún conflicto familiar.

-¿Hoy cómo se define en el campo religioso?

-Agnóstico.

Regresó a Bogotá y terminó su carrera en los Andes. Antes de graduarse ya trabajaba. "Me lo recomendaron como un estudiante brillante, sin más referencias que esa", recuerda el historiador Jorge Orlando Melo, que lo tuvo como asesor en la consejería para los Derechos Humanos en el gobierno de César Gaviria. Luego, por recomendación de su director de tesis, entró en el equipo de Noemí Sanín en la Cancillería. Y no se quedó quieto. Andrés Peñate recuerda que, aun sin conocerse, Bermúdez lo llamó y le pidió una cita. Peñate trabajaba entonces en la BP. Durante su visita sólo le hizo preguntas. ¿Y usted qué hace cada día? ¿Y cómo se trabaja aquí? Lo mismo hizo en otras empresas. Estaba en busca de conocimiento para ver qué camino seguir.

-La vida dura como dos años -afirma el Canciller. La camioneta lo lleva a la cuarta reunión del día, en el municipio de Villa del Rosario, a pocos minutos de Cúcuta. Dos años es lo máximo que programa su vida. "Lo mío ha sido una cosa inesperada tras otra. No he hecho más que dar pasos en falso", dice. Y eso sí no se le cree mucho.

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El paso que dio a finales de los noventa fue Oxford, Inglaterra. Llegó a hacer un diplomado en Política en el St. Antony's College. Pero no se concentró sólo en eso. En ese tiempo Bermúdez leyó cuanta literatura inglesa cayó en sus manos y, con dos compañeros británicos y un argentino, formó un grupo de rock. Él era el vocalista.

-¿Cómo se llamaba el grupo?

-No tenía nombre. Si hubiera tenido se habría llamado El Desastre.

No sonaban bien, pero la pasaban bueno. Desde entonces era practicante de algo que años después le oyó a Craig Barrett, presidente de Intel: Work hard, play hard. Trabajar mucho, jugar mucho. Muy diferente al trabajar, trabajar y trabajar del presidente Uribe.

Álvaro Uribe y Jaime Bermúdez se conocieron en Oxford, ambos en rol de estudiantes (Uribe había terminado su período de gobernador y buscaba un sabático) y ambos acompañados de sus esposas. Bermúdez estaba recién casado con Catalina Sanint, también abogada de los Andes, que se había decidido por las artes plásticas.

En el doctorado Bermúdez se concentró en un tema poco explorado: la opinión pública. Su tesis analizó los escándalos políticos y su repercusión en los medios y en la popularidad de los mandatarios. Uribe quedó descrestado con Bermúdez. Y Bermúdez, convencido de que Uribe iba a jugar un papel clave en el país. Se hicieron amigos. De vuelta a Colombia, sin embargo, la política no era su interés, sino la empresa privada.

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-No me diga Jaime, dígame ‘Pollo' -recuerda Darío Vargas que fue lo primero que le dijo Bermúdez cuando llegó a su oficina de Dattis, empresa consultora en comunicación.

No se conocían. Bermúdez se presentó como uno de los pocos colombianos con maestría en Opinión Pública en Oxford y terminó por formar parte de la empresa, incluso como accionista. "Me pareció un tipo con ideas, muy bueno en el análisis de encuestas", dice Vargas. En las oficinas de Dattis empezó su asesoría a Uribe, que arrancaba su campaña a la Presidencia con menos del 10% de intención de voto. Uribe hizo su primer entrenamiento de medios allá, junto a Bermúdez. Vargas está convencido de que conceptos como seguridad democrática, confianza inversionista y balance social nacieron en esas asesorías. "Uribe era un candidato fuerte pero desordenado -opina Miguel Silva-. Bermúdez le dio disciplina a su lenguaje".

Uribe, se sabe, triunfó en las urnas. Y Jaime Bermúdez se volvió su asesor indispensable.

"Todos jurábamos que Jaime iba a llegar de inmediato a un cargo alto a la Presidencia -dice Peñate, entonces viceministro de Defensa-. Pero no: Uribe le ofreció de todo, y él no aceptó". Bermúdez tenía la idea de hacer empresa, y le propuso seguir asesorándolo a distancia. Así lo hizo. Tanto que en el Gobierno llamaban a su oficina, en Dattis, "el centro de alineación y balanceo". Y no sólo del Presidente: de ministros, viceministros, consejeros. "Responda corto", "¿pensó lo que le van a preguntar?", "¿le parece necesario salir a hablar?", "¿qué mensaje quiere transmitir?", les decía durante el ‘balanceo'. El Canciller suele hablar con preguntas y tener una solución bajo el brazo.

Después de un año Uribe dijo no más: lo necesitaba en Palacio. Bermúdez cuenta que lo pensó mucho, y concluyó que el mundo privado podía esperar. Llegó como asesor de comunicación y se convirtió en uno de los pocos que le hablaba claro al Presidente y marcaba sus errores. Cuando a Uribe se le soltaba el genio, surgía la pregunta en el gabinete: "¿Quién le va a poner el cascabel al gato?" No lo pensaban mucho: Bermúdez.

-Eso es exagerado -refuta él.

Es una relación de amigos. A veces el Presidente lo llama y le habla las primeras frases en inglés, recordando sus tiempos de Oxford. Con Lina Moreno conversa de literatura. "Muchas pataletas de Uribe se habrían evitado si Bermúdez no se hubiera ido del país en estos últimos años", dice un ex funcionario del Gobierno. Un experto en medios agrega: "Es tranquilizador que junto a un personaje como Uribe esté un tipo como él".

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-Voy a tomarme seis meses sabáticos en Buenos Aires -le dijo al Presidente a mediados del 2006, con la segunda elección resuelta. Uribe le preguntó si quería irse como embajador a Argentina. "No, no tengo planes de carrera diplomática", contestó. Cuando le contó a su esposa, ella le dijo: "¡Pero qué tonto!". Bermúdez se devolvió a ver si la oferta seguía en pie. A comienzos de primavera llegó a Argentina como embajador.

Quería tener espacio para escribir lo que traía en su cabeza y en su computador: un libro de memorias sobre su tiempo con Uribe. Tenía guardado todo, desde los primeros memos, y planeaba hacer una crónica de ese período. Logró escribirlo en Buenos Aires (por lo menos la primera parte). Allá también tuvo tiempo para el polo. Acostumbra jugar en el medio, ni muy adelante ni muy atrás, y dicen que no lo hace mal, aunque ha sufrido varias lesiones. Una de ellas fue en Buenos Aires, y lo mandó al hospital con clavícula y brazo derecho afectados. La enfermera que lo atendió le preguntó:

-¿De dónde es usted?

-Colombiano.

-¿Y qué hace aquí?

-Soy el embajador.

La enfermera corrió a llamar al médico preocupada porque el paciente estaba delirando.

Puede estar rodeado de diplomacia, pero no le gusta el protocolo. Cuando no está de trabajo, su pinta es bluyín, camiseta de cuello redondo y cachucha. "No tiene cara de jefe", dice su hermano Álvaro. "Es un tipo muy descomplicado", agrega su amigo Francisco Lozano, compañero de polo. Ya no practica mucho ese deporte, no sólo por falta de tiempo sino por cuidarse de una posible lesión que lo aleje de la oficina. Prefiere el tenis, en el Club América, y siempre sencillos. Los dobles le aburren. También hace una rutina de gimnasio, unas dos veces por semana, para mantener al margen las molestias de una hernia de cuello. "Ya empieza uno a volverse viejo", bromea. Tiene 42 años.

No es una persona que se deje conocer de todos, pero cuando está en confianza se relaja y muestra su humor, tan bogotano como él. En Buenos Aires, las 300 mujeres que conforman la Asociación de Mujeres Colombianas en Argentina lo recuerdan con nostalgia. "He conocido varios embajadores y él es el que más huella ha dejado -dice Gisella Acosta, presidenta de la asociación y residente allá desde hace diez años-. Al principio me pareció una persona un poco difícil, tal vez por timidez, pero después fue amable y nos apoyó en nuestros proyectos. Me parece que se las sabe todas".

"Jaime es muy popular con las mujeres -cuenta Peñate-. En el Gobierno lo adoran". Entre amigos, aparece su versión más extrovertida. Rafael Molano, cercano suyo desde los años noventa, cuenta que el iPod de Bermúdez es famoso, con cientos de canciones que incluyen hasta música de plancha. En las reuniones, siempre en casas, no en sitios públicos, termina bailando de todo (y dicen que no lo hace mal). No es experto en la cocina, pero él mismo cuenta que le queda rico un cerdo a los tres quesos.

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A las siete de la noche, doce horas después de su llegada a Cúcuta, el Canciller sigue en reuniones de trabajo. Tiene puesta la guayabera ("me siento almidonado", se queja), y ese es el único cambio que se le nota. El cansancio no aparece. Y a la siguiente semana le espera una correría que incluye Madrid, Roma, Londres, Nueva York y Lima.

-¿No cansa tanto viaje?

No alcanza a responder. Suena su celular y es su esposa. Habla de sus hijos. Cuelga.

-Esto es lo que me pierdo por andar viajando: el tiempo con mi familia.

Tiene dos hijos, María y Andrés, de 4 y 2 años. En su despacho del Palacio de San Carlos hay una foto de ellos sobre su escritorio. "Son lo más importante", dice. María aparece en la foto con un casco de equitación. A veces coordina para que almuercen con él en su oficina. O va a la casa antes de que se duerman, comparte un rato, y vuelve al trabajo. Los días de descanso son siempre en familia, en una finca que tiene cerca a Bogotá. "Puede pasar horas jugando con ellos en un columpio", cuenta Francisco Lozano.

La foto de sus hijos y el libro The Complete Cartoons of The New Yorker son sus únicos aportes a la decoración del despacho. "Traje ese libro para meterle un poquito de humor a esto", dice. Su equipo de trabajo repite: "El Ministro es un tipazo". Un alto funcionario de la División de Soberanía que ha trabajado con los últimos cinco cancilleres, afirma: "Es el que más sabe. Y no viaja a las fronteras para tomarse la foto".

En el vuelo de Cúcuta a Bogotá, entrada la noche y en el mismo avión, la única luz que se ve es la que emana la pantalla de su blackberry. Escribe rápido. En su muñeca derecha tiene una manilla verde. Se la regalaron en Salvador de Bahía, Brasil, y está atada con tres nudos que representan tres deseos. "Si me la quito no se cumplen. Me traje quince de reserva, por si acaso". Sonríe. No parece ser de los que les falta la buena suerte.