Jorge Reynolds, a corazón abierto

Desde que inventó el primer marcapasos externo del mundo, en 1958, Jorge Reynolds no ha parado de trabajar para descubrir los secretos del corazón.
Jorge Reynolds, a corazón abierto

Una pasión que, curiosamente, lo ha llevado a conocer de cerca a las ballenas pero le ha quitado tiempo para gustos que pocos conocen: la música, el automovilismo y los aviones.

La oficina de Jorge Reynolds, el creador del primer marcapasos externo del mundo, está inundada de ballenas. En las paredes del corredor que precede la entrada cuelgan cuadros de cetáceos pintados al óleo y el afiche de una ballena azul entrando en la bahía de Santa Marta. Justo al lado de la puerta hay una pequeña repisa con diez ballenas de mármol en diferentes tamaños. Detrás de su escritorio se asoma, imponente, la escultura de una aleta.

Su obsesión con este mamífero tiene una explicación sencilla: el corazón. No hay nada que desvele más a este ingeniero electrónico –único integrante de la Sociedad Colombiana de Medicina que no es médico– que el principal órgano del cuerpo humano. Por eso ha dedicado la vida entera a estudiarlo pese a que, con una sonrisa en los labios, afirma que 53 años después “apenas está empezando a entenderlo” y que “necesitaría otra vida para saber cómo funciona”.

Pero más allá de la modestia, sus aportes a la ciencia son innegables: el doctor Reynolds pasará a la historia como el inventor, por allá en el año de 1958, del primer marcapasos externo del mundo, un armatoste de 45 kilos que debía transportarse en un carrito y tenía que conectarse a la batería de un automóvil para lograr que funcionara.

Lo que pocos conocen es que, además del corazón y el interés por las ballenas, el doctor Reynolds tiene ciertos gustos que ha ido relegando con el tiempo. Y por culpa del tiempo. Uno de ellos es la aviación. “Soy piloto privado –revela como si fuera la cosa más natural del mundo–. Cuando era joven y tenía tiempo aprendí a manejar aviones. Hace 40 años que no vuelo, pero por entonces tenía una avioneta Cessna 182 en la que viajaba mucho”.

Aunque desde hace años sólo se monta en un avión cuando viaja invitado a dictar conferencias en cualquier país del mundo o para adelantar alguna de sus investigaciones sobre el corazón, el gusto por los aviones se revela en los distintos modelos de colección que conserva en su oficina: la réplica de un antiguo Avianca y una más del primer avión que lograron volar con éxito los célebres hermanos Wright.

Esta afición, como él mismo reconoce, está ligada a la parte mecánica. Su profesión. Y entonces, casi sin quererlo, el doctor Reynolds revela otra de sus pasiones secretas: el automovilismo. Con un acento cachaco y elegante, arrastrando las erres cuando habla, cuenta que cuando era joven participaba en carreras de carros. “Tenía un Triumph (la clásica marca británica de autos deportivos) y corría entre Cali y Manizales, cuando acababa una feria y comenzaba la otra –revela–. No lo hacía por ganar sino simplemente por la afición; esas carreras me traen grandes recuerdos de la zona cafetera”.

En cualquier caso, el corazón y las ballenas son pasiones que van más allá de lo racional en la vida del doctor Reynolds. A los cetáceos comenzó a estudiarlos para saber cómo funciona el corazón del mamífero más grande que existe y, a partir de ahí, descubrió que es un animal fascinante: “Tienen un sistema de comunicación increíble –dice–. La ballena es el único animal que se puede comunicar de polo a polo por medio de unos canales virtuales y de manera armónica”.

Gracias a esa fascinación, en 2003 fusionó el canto de las ballenas con otra de sus grandes pasiones: la música. Pese a que es una persona reservada con su vida privada y que, al final, siempre desvía la conversación hacia temas de trabajo (“cuando uno hace algo que lo apasiona –afirma– los hobbies se vuelven la misma profesión), a Reynolds le queda difícil ocultar su faceta de melómano. “Al doctor le gustan mucho los boleros”, asegura, tímida, su secretaria.

La unión de la música y las ballenas dio origen a Pacificanto, un proyecto que se realizó en la Catedral de Sal de Zipaquirá y que contó con la participación de la mezzosoprano Martha Senn y el flautista venezolano Huáscar Barradas. Allí, valiéndose de una boya llamada “El oído del mar”, se logró mezclar el canto de las ballenas del Pacífico con la voz de Senn. La idea, sin embargo, ya se había hecho tres años antes. Junto al doctor Gunter Pauli (fundador y director de la teoría de desarrollo sostenible conocida como ZERI), en Expo Hannover 2000, organizaron un pabellón en guadua construido por el arquitecto Simón Vélez donde convocaron más de 30 cantantes como Plácido Domingo, Paloma San Basilio y Sting para que improvisaran con el canto de las ballenas en tiempo real.

Las ballenas son, también, culpables de su gusto por el mar. Eso lo revela el timón de barco que cuelga como adorno en el techo de su oficina; la escafandra de buzo antigua con que alguna vez le hicieron una foto que detesta; la réplica del Titanic protegida por un vidrio que se encuentra al subir las escaleras y un pedazo de roca que, según explica la placa que lo acompaña, es parte de la proa del inmenso barco que se hundió en la noche del 14 de abril de 1912. “Esa me la regalaron los miembros del equipo que descubrieron los restos del Titanic –dice Reynolds–. Alguna vez trabajamos juntos”.

Es difícil que el doctor Reynolds converse demasiado sobre temas distintos a la profesión que lo apasiona y que, sin duda alguna, es su vida. Pero a pesar del hermetismo con que maneja su privacidad, reconoce con una sonrisa que lo que lo hace sentir pleno son las pequeñas satisfacciones de la vida, por encima incluso de las más de 40 condecoraciones que ha recibido. “Por más larga que sea esta vida, al final es corta”, concluye el doctor Reynolds, quien –cosa curiosa– espera poder morir algún día de un infarto fulminante.