Julio César Gálvez, de la cárcel al exilio

Julio César Gálvez, uno de los ex presos políticos que fue liberado a comienzos de julio por el régimen cubano, le contó a Cromos cómo han sido sus primeros días en Madrid y cómo se dio su liberación. Dice que su libertad no es completa porque no puede volver a su tierra.
Julio César Gálvez, de la cárcel al exilio

En una ciudad tan europea como Madrid se suele decir que lo que no está comunicado por el metro, no existe. Así sucede con el pequeño pueblo de Vallecas, adonde han llegado veintitantos exiliados políticos cubanos desde comienzos de julio, procedentes de Cuba, luego de ser liberados por el régimen de Castro, tras la presión de la huelga de hambre del disidente Guillermo Fariñas. Para llegar a ellos hay que atravesar toda una línea de metro, coger un bus intermunicipal y después caminar entre fábricas, camiones y terrenos baldíos hasta dar con el Hostal Welcome, un pequeño edificio blanco del que cuelga un cartel gigante con su nombre y precio por noche, 13,90 euros, algo así como 32.000 pesos.

Los periodistas no son bienvenidos en este hostal. Lo sé porque he estado llamando toda la semana para saber si puedo hablar con alguno de los exiliados cubanos. “Lo siento, pero esa información no la podemos facilitar”, es lo único que me han contestado.

Así que decido ir al hostal a montar guardia. Después de una larga espera, aparece en la puerta un señor de edad, vestido con pantalones cafés, camiseta a juego y una bolsa negra desgastada en la mano derecha. Es Julio César Gálvez, uno de los ex presos políticos cubanos que acaba de estrenar su libertad. Cuando lo entero de que soy periodista, me abraza como si fuéramos antiguos amigos y agradece que la prensa se haya ocupado de él. Luego me invita a que nos sentemos en una cafetería contigua que parece tener las sillas más incómodas del mundo. Pero a Julio César no le importa: ahora se puede sentar donde se le da la gana.

“Ayer estábamos presos, hoy estamos libres pero lejos de nuestro hogar”, es lo primero que dice con una voz cargada de tristeza mientras saca su pasaporte de la bolsa para dejarlo sobre la mesa. Intuyo que en Madrid, un destino que no eligió sino que le fue impuesto, todavía se siente un poco preso, y continúa: “Lo primero que deben saber es que el cubano se ha visto obligado a vivir con una doble cara porque en Cuba criticar al gobierno se paga con dos cosas: la muerte o la prisión. A los que estamos aquí nos tocó por suerte la prisión pero a muchos les ha tocado la muerte”.

Julio César tiene una mirada penetrante, de esas que sólo se pueden desarrollar tras siete años en la cárcel sin haber cometido ningún delito. Nunca mira al piso, aunque por su cabeza pasen cosas que todavía le quitan el sueño: “El 18 de marzo de 2003 viví uno de los momentos más difíciles de mi vida. Nos manifestamos pacíficamente para exigir cambios y terminamos en la cárcel. Setenta y cinco personas, entre ellos mis otros 19 compañeros que están dentro del hostal y yo, fuimos condenados a 15 años de cárcel, se ensañaron no sólo con nosotros sino también con nuestras familias. A mí me enviaron a una prisión a más de 300 kilómetros de mi casa con el objetivo de que mi familia tuviera que pasar dificultades. Pensaron que al separarnos iban a poder doblegar nuestras ideas, nuestra conciencia. Se equivocaron”.

Julio César habla atropelladamente, una pregunta basta para que cuente casi toda su historia, pero cuando lo hace mira alrededor achinando los ojos, quizá todavía sin creer que los siete años en la cárcel ya pertenecen al pasado. “No sólo nos trataron de doblegar alejándonos de nuestras familias sino con tratos vejatorios. El primer año nos lanzaron individualmente en celdas de escasos cuatro metros cuadrados y en completa oscuridad. Nos daban agua potable diez minutos al día y teníamos que correr para llenar lo que nosotros llamamos “pepino” (recipiente plástico) para tener agua que beber durante las siguientes 24 horas. La luz eléctrica la encendían de diez a veinte minutos por día y perdíamos la noción del tiempo. La comida nos la pasaban por un hueco rectangular en el bajo de la puerta. Los alimentos eran pésimos, muchas veces hasta en estado de descomposición”.

Sin duda ha pagado un precio muy alto por su “crimen”: manifestarse y escribir a través de Internet para dos programas radiales en el exilio: Encuentros de la cultura cubana, en Madrid, y Cartas de Cuba, en Puerto Rico. Asegura que un hombre debe ser fiel a sus ideales y que él lo fue hasta el punto de perder un cómodo puesto de trabajo en la radio cubana en febrero de 2001: “En la quinta avenida con 72 de la Habana existe un centro de desarrollo del Instituto cubano de radio y televisión, esto parece una oficina gubernamental pero en verdad es una fachada porque en ese mismo edificio trabaja la oficina de seguridad del Estado, que se dedica a rastrear vía Internet o telefónica toda la información que sale y entra a Cuba. A mí me llamaron en dos ocasiones para decirme que dejara lo que estaba haciendo porque podía ir preso. No lo dejé”.

Julio César resistió, al igual que sus otros compañeros. Y ahora piensan seguir resistiendo en Madrid como exiliados, disidentes, deportados o cualquier otro adjetivo que se les quiera dar.

Lo primero que han aclarado los veinte liberados cubanos que hasta el momento han llegado a España, es que no se sienten del todo libres porque atrás han dejado la patria por la que tanto han luchado y ahora, en Madrid, se ven obligados a reinventarse. Las opciones parecían estar claras en el momento de escuchar la propuesta del gobierno cubano: volar al extranjero o seguir dentro de la cárcel con la dudosa promesa de que en algún momento quedarían libres en Cuba. Julio César y otros más, decidieron viajar.

La noticia de Radio Bemba

Gálvez se enteró de su liberación por el más primitivo de los sistemas de comunicación de su Cuba natal, Radio Bemba, que es simplemente la transmisión oral de noticias prohibidas. “Un jueves por la mañana vino a mi celda el segundo jefe de seguridad del bloque y me dijo que me preparara para recibir una llamada. Yo me preocupé porque pensé que algo malo había pasado en mi casa, pero él inmediatamente me dijo que me estuviera tranquilo, que no había pasado nada y que simplemente me iban a telefonear”

La llamada se demoró en llegar. Como se demora en llegar ahora la del Ministerio de Relaciones Exteriores de España, que tiene a los compañeros de Gálvez paseándose por la entrada del hotel con un celular en la mano. Tan sólo una llamada con la que esperan resolver muchas dudas sobre el estatus que tienen en este país. Una llamada más, pero crucial. La de aquella tarde en Cuba, Gálvez la recuerda así: “Al comienzo de la tarde, y todavía con el cuento de la llamada rondándome la cabeza, me senté en la puerta que divide los dos edificios de la prisión; entonces los internos del otro bloque empezaron a gritar: ¡Felicidades, político. Te vas, sabemos que te vas para España! Yo al comienzo no me lo creí pero la llamada que recibí más tarde del cardenal Jaime Ortega Lameno me lo confirmó todo.

–Oiga Gálvez, ¿está usted dispuesto a viajar?

–Perdone Cardenal pero no sé de qué me está hablando, en la prisión las noticias no es que fluyan mucho.

–Sólo necesito saber si usted está dispuesto a viajar y que me diga inmediatamente con quién de su familia quiere salir de Cuba. ¿Cuál es su talla de ropa?

“Me recogieron un sábado y me llevaron al hospital nacional de reclusos. Para el régimen, la imagen sigue siendo lo más importante, por eso nos dieron trajes nuevos y antes de viajar nos hicieron placas, un electro, análisis de sangre y muchas otras pruebas. A los dos días ya estábamos en Madrid”.

Léster González, Antonio Villarreal, Pablo Pacheco, José Luis García, Omar Ruiz y Ricardo González fueron sus compañeros de viaje. En el avión cada uno se dedicó a sus familias, a disfrutar de la compañía de sus mujeres e hijos y también a ratificarse en ese compromiso de lucha por la libertad, la paz y la democracia cubanas.

¿Y ahora qué?

Desde la libertad condicionada de la que gozan ahora en España, este grupo de veinte ex presos políticos cubanos sueña con la liberación de los casi 150 casos parecidos a los suyos. Julio César, además, abre los ojos tanto como su corazón y asegura que no quieren ser títeres de ningún estado: “Hay mucho escondido en este juego político de la liberación nuestra y nosotros no podemos prestarnos para él. No sé cómo es que el gobierno español se decide a ayudar al cubano después de que este incautara y congelara en febrero de 2008 y por un tiempo de cinco años los fondos de los inversionistas extranjeros en Cuba, la mayoría españoles. El caso es que no sabemos qué querrá hacer el gobierno español después de cumplir un objetivo con los Castro, que es ayudarlos a limpiar su imagen, a salvar un prestigio perdido y minimizar el descrédito”.

No teme decir que Raúl Castro es un segundón. Ya no está en Cuba y es libre de decir lo que quiera, así como de agradecer a quienes verdaderamente considera los artífices de su liberación. Y estos no son ni el gobierno cubano, ni el español, tampoco la iglesia católica y mucho menos la Cruz Roja: “Nosotros agradecemos lo que han hecho estas organizaciones, pero el detonante definitivo de nuestra liberación fue la muerte de Orlando Zapata y la lucha de las Damas de Blanco, nuestras esposas, nuestros familiares, que día a día han soportado la represión en medio de la calle. Tampoco se puede olvidar la huelga de hambre de 135 días de Guillermo Fariñas”.

Julio César anda desatado en su denuncia cuando es interrumpido por Antonio Villarreal, uno de sus compañeros. “Tenemos un problema –le dice–, a algunos les han dicho que parten para Málaga u otras ciudades”. Entonces Julio César me contesta a mí: “No entendemos por qué el Ministerio de Relaciones Exteriores pretende dividirnos, no lo creemos correcto, acá está pasando algo parecido a cuando nos separaron en diferentes cárceles cubanas. Se nos prometió que podríamos iniciar una vida nueva, trabajar, mantenernos y dejar de ser una carga para el país que nos ha acogido, pero hasta el momento seguimos esperando nuestros papeles definitivos”, reclama y luego se excusa. Necesita hablar a solas con Villarreal, así que sólo nos queda tiempo para una última pregunta: ¿Cómo ve desde la distancia el régimen cubano? “En cuanto al régimen cubano sólo podemos decir que nosotros hemos salido pero que ya hay nuevos presos políticos disfrazados como delincuentes comunes. En este momento hay represión contra la mamá de Orlando Zapata. El régimen no ha cambiado, hay que obligarlo a cambiar y eso sólo se logra con esta lucha”.

Antes de irse, Julio César abre lentamente su pasaporte, como un mago que está a punto de revelar su secreto, y busca la página en la que el gobierno ha estampado un enorme aviso que dice: “Salida definitiva”. Mostrándome el pasaporte, aclara que está agradecido con el gobierno español, pero que las condiciones, como la de que sus familiares serían libres de volver a Cuba cuando quisieran, no se han respetado. “Nosotros venimos en una situación de exilio, de deportación, porque mi pasaporte y el de toda mi familia dice: salida definitiva. El que estuve preso fui yo y el pasaporte de mi hijo, que tiene 5 años, dice lo mismo”, dice con cierto rencor.

Pero algo es algo. Al menos él lo siente así: “Sé que la mayoría de mis compañeros también decidieron viajar para compensar a sus familias por tantos años de lucha. El pasado sábado tuvimos una piñata aquí en el hostal con globos, juguetes, y dos pasteles enormes con helado y caramelo. Nuestros hijos nunca habían tenido en Cuba un cumpleaños donde pudiera haber todo esto”.