Kathryn Bigelow, bendita entre los directores

La realizadora estadounidense es la primera mujer en ganar un Oscar en la categoría de mejor director. Pero también ha tenido que aguantar muchas críticas.
Kathryn Bigelow, bendita entre los directores

El anuncio lo hizo Barbra Streisand como si fuera un hito. Y lo era. "Ha llegado el momento”, dijo, antes de leer el triunfo de Kathryn Bigelow como mejor directora, en la pasada entrega de los premios Óscar, algo que no había sucedido en los más de 80 años de historia de la Academia.

Por primera vez, una mujer se alzó con la más codiciada estatuilla del séptimo arte, lo cual levantó una ola de especulaciones inanes alrededor de si la Academia quiso hacerles un guiño a las mujeres en su día, o de si en verdad lo merecía cuando ni siquiera ha completado 10 películas en su trayectoria. Incluso sorprendió que hubiera sido ella, una experta en banales películas de acción, y no otras mujeres más “profundas” como Lina Wertmüller o Jane Campion (ambas alguna vez nominadas), la merecedora de semejante honor.

Pero todo era fatuo. Allí estaba Bigelow, a sus 58 años, celebrando con la boca abierta y la estatuilla en la mano la decisión del jurado. Y no era para menos. Había elegido la profesión casi por casualidad, después de haber dedicado buena parte de su juventud a estudiar artes plásticas y de colgar algunas exposiciones en museos y galerías de Nueva York. Sin embargo, cierta premonición hizo que un día eligiera regresar a California, donde había nacido, a estudiar cine en Los Ángeles.

Tras una serie de cintas de acción al lado de su entonces esposo, James Cameron, entre las cuales las más populares fueron Punto de quiebre (1991) y Días extraños (1995), encontró por fin una historia que le daría un vuelco a su vida. “Cuando el guionista Mark Boal volvió de Iraq, donde estuvo destinado para escribir un reportaje sobre una brigada de élite, me estuvo hablando de los militares que desarticulan bombas en pleno combate. Me quedé boquiabierta cuando me comentó que eran extremadamente vulnerables y utilizaban poco más que unos alicates para desactivar bombas con radios de potencia de 300 metros. Supe que había dado con un buen proyecto cuando me contó que estos hombres son voluntarios, se prestan a poner su vida en peligro y a menudo les gusta tanto su trabajo que no se imaginan haciendo ninguna otra cosa”.

Y entonces filmó Zona de miedo, un proyecto en el que podía explorar, desde su particular punto de vista, temas como el miedo y la adicción a la guerra. Y lo hizo con 11 millones de dólares, un presupuesto más bien corto en comparación con los 500 millones que supuso la realización de Avatar.

La crítica, por supuesto, no se ha hecho esperar. El director español Fernando Trueba ha sido uno de los más demoledores: “Es una película detestable, sinuosa y de propaganda bélica. Bigelow es muy buena técnica, pero debe seguir haciendo películas de acción en vez de usar el dolor de la gente para hacer una peliculita de tiros”, dijo en un encuentro de directores celebrado en Málaga. Y concluyó: “Es una película de superhéroes, repleta de propaganda muy sucia. Lamento que la gente no tenga un espíritu más crítico”.

Ese espíritu crítico es el que tienen los soldados estadounidenses, así sea desde su propia orilla. Paul Rieckhoff, presidente de la Asociación de Veteranos de Iraq y Afganistán, anda indignado con la cinta porque ofrece una imagen totalmente distorsionada del combate a los millones de espectadores que han ido a ver la cinta. “Zona de miedo intenta mostrar las vivencias de los soldados, pero sus inexactitudes revelan no sólo una falta de investigación sino, en último término, una falta de respeto para los militares”, dijo a la revista Newsweek.

Los miembros de la EOD (Explosive Ordinance Disposal), la unidad a la que se refiere Bigelow en la película, también han protestado. No les ha caído en gracia que los muestren como seres autómatas y proclives a la bebida, que toman su misión como si fuera una droga. Olvidan, como lo dice el guionista Mark Boal, que la película no es un documental.

Sea como fuere, Bigelow ha partido la historia del Óscar en dos y, de paso, ha llamado la atención sobre una realidad apabullante: la escasa participación de la mujer en un mercado tan enorme como lo es el cine estadounidense. Para muchos la pregunta no es si Kathryn Bigelow merecía o no el Oscar por Zona de miedo, sino por qué la Academia tardó más de 80 años en premiar a una mujer en la categoría de mejor director. Quizás la respuestas esté en las cifras. De los 13.400 directores que están inscritos en la Asociación de Directores de Estados Unidos, apenas el 13% por ciento son mujeres.

Con razón, Bigelow respondió así cuando le preguntaron cómo se sentía por haber ganado el Óscar con tan pocas películas a su haber: “A Scorsese le tomó 70 filmes ganarlo, eso de- muestra que las mujeres son mejores que los hombres”.